Subrayado de “Despertando a la vida”
Acabo de ver Despertando a la vida , una película de dibujos animados para adultos. En inglés el título es Waking Life , que podría ser vida que se despierta, o vida que se levanta. Esto es para anotar una frase que un personaje le dice al protagonista: no olvides; mejor dicho, recuerda, porque recordar es una actividad mucho más psicótica que olvidar . El mismo personaje hace otra disquisición: comenta que se considera en general que entender la vida y vivirla van por caminos separados, y agrega: no estoy completamente de acuerdo con eso, lo cual también quiere decir que no disiento completamente con eso. Para mí, la única vida que se entiende es la vida que se vive, o la vida vivida es la vida entendida .
Calvino y su fidelidad a la existencia
Una idea luego de leer las páginas 16 y 17 de Voluntad e ironía en Italo Calvino, de Elizabeth Sánchez Garay. El pesimismo de Italo Calvino puede ser visto como renuncia a los modelos en general. Esa renuncia proviene de una fidelidad a los hechos. Pero mejor es ver ese pesimismo como una ética que es fiel a la existencia, y el supuesto es que renuncia a los modelos de existencia, no a los modelos en general. Es muy activa esta idea de diferenciar fidelidad a los hechos de fidelidad a la existencia. Mejor habría que llamarla responsabilidad por la existencia.
Dice Sánchez Garay en la página 17: “Para Calvino, la renuncia a una pauta definitiva de existencia va acompañada por un compromiso ético de responsabilidad hacia la existencia, porque la ausencia de certezas absolutas no exime al individuo de su obligación por cada uno de sus actos, ni es una disculpa proferida para diluir el compromiso de la decisión en la tranquilidad del magma de lo indiferenciado (…). Ni necesidad ni indiferencia”.
Calvino dijo en 1959: “Yo me cuento entre los escritores que dieron sus primeros pasos en la literatura de la Resistencia ; pero a lo que no he querido renunciar es a la carga épica y de aventura, de energía física y moral. Y puesto que las imágenes de la vida contemporánea no podían satisfacer mi deseo en ese sentido, me ha parecido natural transferir esa carga en aventuras fantásticas fuera de nuestro tiempo, fuera de la realidad” (Sanchez Garay, ob. cit., página 19).
Resulta que escribir aventuras fantásticas, lejanas, incluso imaginarias, es una forma de fidelidad hacia la existencia. En este caso, la existencia debe renunciar a las pautas definitivas pero no debe renunciar a la experiencia de la Resistencia (aunque sí a su modelización moral). Esa experiencia épica debe prolongarse de algún modo en la propia existencia, con alguna práctica. La práctica de Calvino consistía en escribir relatos épicos, lejanos, fantásticos.
La verdad de algunas mentiras
La verdad de algunas mentiras
publicado en Macedonio 3, junio de 2005
“Al cabo del tiempo, el historiador se convierte en historia y no sólo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero del siglo XVIII.”
Jorge Luis Borges. Prólogo a la Historia de la decadencia y ruina del imperio romano, de Edward Gibbon, publicada por primera vez entre 1776 y 1783.
Sugerí al director de Macedonio publicar este texto luego de leer “La mentira en la historia” en el primer número de la Revista. Este texto no se opone frontalmente a ese artículo, pero sí encuentra cosas diferentes. Leyendo la película El gran pez , de Tim Burton, traza una diagonal que se aparta de la línea de aquél: Más eficaz que el contenido de la historia, es la forma de historiar.
En la película hay un padre, que representa A. Finney, y un hijo ya adulto. Este padre siempre cuenta historias manifiestamente inventadas o al menos noveladas, hiperbólicas, donde no se puede saber qué ha sido verdad y qué ha sido exagerado. Las historias son por cierto atrapantes, agradables y el padre es un tipo muy simpático y muy cálido. Las historias que cuenta el padre tienen desde brujas tuertas en cuyo ojo herido puede uno ver su propio futuro hasta gigantes que miden más del doble de lo que mide cualquier hombre normal, hasta él mismo trabajando gratis en un circo por tres años.
El tipo es muy cálido pero para el hijo es desquiciante. Cada vez que el hijo quiere saber algo sobre el padre, el padre le contesta con una de sus historias (en las que siempre está él mismo, por supuesto). Pero el pibe no logra saber qué es lo que el padre fue. Hay que imaginarse en esa situación, realmente debe ser desquiciante. Cuando uno es un tercero, puede deleitar escuchar a este hombre contar esas historias; cuando uno es el hijo y pregunta y quiere saber cuál ha sido su ancestro, y quiere saber quién ha sido el abuelo del hijo que está esperando con su mujer, es desesperante que a uno no le respondan. Yo me imagino exasperado simplemente si al preguntarle a mi mujer “qué tal, cómo te fue hoy”, y ella responderme “ah, en el trabajo se desmayó una paciente, y vino una ambulancia, y la paciente era tan gorda que antes habíamos tenido que desinflarla para hacerla entrar y cuando se desmayó al desplomarse rompió el piso y cayó en el departamento de abajo donde vive una bruja con olor a alquitrán con porotos de Madagascar pero igual pude entrar con una máscara antigás que los marines que pasaban por ahí camino a Irak tenían, y después los de la ambulancia no podían levantarla, y después tuve que hablar con el presidente para que consiguiera una grúa inmediatamente,” etc., etc. No imagino el desencaje que provocaría recibir sistemáticamente ese tipo de respuesta.
Volviendo, cuando el hijo se casa no le habla más al padre. Pasan tres años, y un día la madre lo llama diciéndole que el padre está mal, que tiene cáncer y pronto va a morir. Él vuela desde París, donde vive, a su ciudad en el sur de EE.UU. y le pregunta al padre: “necesito saber quién sos”. Y el padre le contesta: “yo soy este”. Y el hijo: “Sí, pero necesito saber quién es mi padre en realidad”. El padre: “todo lo que te conté es lo real. ¿Qué querés que te diga?” Y el pibe : “lo bueno y lo malo, todo”. Pero creo que lo que el pibe quiere preguntar cuando dice lo bueno y lo malo es: contame lo que te pasó, no quiero más que eso. El padre no cuenta eso; se entiende que para no aburrir, cuenta las historias condimentándolas de tal manera que puedan entretener, sin importarle si eso respeta o no la verosimilitud con su vida.
Uno supone que el pibe le pide al padre que le cuente las cosas tal cual fueron para saber qué es lo que lo va a constituir, para saber los antecedentes a partir de los cuales podrá constituirse su propio hijo. Uno entiende que son las cosas que han sucedido las que lo constituyen y que uno puede constituirse mejor separando un poco la paja del trigo en esa constitución si sabe cuáles son esas cosas que en realidad han ocurrido. Claramente la película muestra casi lo contrario: para empezar, cuando el pibe le hace estas preguntas y le discute porque el otro no quiere responderle bajo esa exigencia, el padre le dice: “pero si somos iguales vos y yo, los dos contamos historias: vos las escribís en el diario, yo las relato oralmente”. El pibe insiste: “papá, te estás por morir y yo no sé quién sos”. El padre le dice: “no, a mí me contaron cómo me voy a morir, una bruja me lo contó, y no es así como voy a morir”. El hijo: “Ah, bueno, ¿y entonces cómo es?” El padre: “no me lo acuerdo, pero no era así como voy a morir”.
La película continúa mostrando las historias del padre, coloridas, entretenidas, hiperbólicas y fabuladas, y finalmente el padre tiene una embolia y lo internan. Está inconsciente y el hijo se queda cuidándolo durante la noche. En mitad de la noche el padre despierta (esto es hacia el final de la película) y el padre le dice “contame cómo termina” (se sobreentiende que la pregunta es contame cómo me muero). El hijo dice “voy a llamar a la enfermera”. El padre lo desestima con un gesto. El pibe se pone a contar cómo termina, y en el final de esa historia del entierro del padre aparecen los personajes de las historias del padre de toda la vida. El pibe hace esto sin dejar de lagrimear, el padre lo escucha atentamente, feliz con el final de su historia y, puede decirse, muriendo contento.
A la historia del final de la historia del padre que cuenta el hijo no le falta prácticamente ningún condimento de los que el padre ha sabido ponerle a sus historias. Antes de quedarse velando al padre en el hospital el pibe intercambia unas palabras con el médico de la familia, que atendió a su padre moribundo y el médico que siempre los ha atendido a él y a su madre, que lo ha hecho nacer a él. Del día del parto el padre siempre había contado una gran historia, que había estado pescando un pez muy gordo, un enorme pez quincuagenario contra el cual ningún pescador había podido nunca, y por eso no había podido ir al nacimiento de su hijo. El doctor le cuenta al pibe cómo fue el parto: un parto normal, sin ninguna contingencia digna de mención; “ un parto perfecto” , dice el doctor, y agrega: “ personalmente, si tengo que elegir entre lo que te conté y lo que ha contado siempre tu papá, me quedo con la historia de tu papá ”.
El pibe se ha enojado mucho con el padre, ha estado tres años sin hablarle porque el padre nunca contaba la verdad despojadamente. Y cuando adornaba la verdad no decía qué parte era verdad y qué parte era adorno. Ahora, el punto es: las historias del padre, ¿no eran verdaderas, como dice el padre en esa discusión? Es como si dijera: “ ¿No es real el que está en las historias, no es real el que las inventa y cuenta?, y la fabulación y la narración, ¿no son reales?” . Tenemos una pista cuando el pibe le relata la historia de cómo termina la historia del padre, de cómo es su entierro, y lo que vemos ahí es que el padre tenía razón: él es un contador de historias, un cuentero, como el padre.
Lo que me parece ahora es que las mentiras que uno escuchó durante toda su vida también son constitutivas de uno. Me parece que las mentiras esas, esas historias hermosas, demasiado coloridas para ser ciertas, demasiado redonditas para ser ciertas, demasiado interesantes para ser ciertas, de tan interesantes, de tan redonditas y de tan coloridas han sabido hacer del hijo un contador de historias. En ese sentido son reales. Es real que el padre ha sido un mentiroso, que ha criado a su hijo mintiéndole , lo que aquí quiere decir enseñándole a contar. Eso es lo que el pibe sabe del padre (un saber transmitido de un modo no pedagógico). Eso es lo que el padre le ha dado a él, un saber hacer, un procedimiento no explicitable pero transmisible. Ése es el antecedente a partir del cual él puede constituirse. Lo que nunca ha sucedido, si está en la historia que me contó mi padre, me ha sucedido a mí; como me ha sucedido y como he accedido al pedido de mi padre de ponerme a fabular como él fabulaba, me constituyó.
P.S.: Generalmente consideramos que la enseñanza consiste en transferir contenidos; ahí, el que sabe le pasa conocimiento al que aprende, y de cómo hacer bien esto se ocuparía la pedagogía. Pero en El gran pez volvemos a encontrarnos con que la enseñanza no sólo enseña contenidos sino también formas, no transmite enunciados sino también protocolos o formas de enunciar. Cuando decimos que la educación forma al sujeto, se suele entender que lo constituyen sus contenidos curriculares. Lo que la película nos obliga a decir es que los enunciados que la educación enseña son bastante secundarios respecto de la forma como los enuncia. La enunciación constituye subjetivamente al educando. Pasando al terreno historiográfico, no son los datos de una historia lo que nos constituye, no es su veracidad ni es su falsía, sino los modos de historiar.
Constituirse en hijo de padre desaparecido
A propósito de la nota de Página/12 del 17 de abril de 2005 sobre los diez años de HIJOS/ H.I.J.O.S.
La periodista que hace la nota habla de una “irrupción de H.I.J.O.S. en el mundo de los hijos”. Esa irrupción es la que a nosotros, hijos o padres, nos da para pensar HIJOS (la organización).
La Dictadura marcó la entrada de la Argentina en la posmodernidad, o el fin del estado nación, o tal vez incluso el inicio de la fluidez. Esto era bastante claro en el sentido económico; Nacho lo dejaba claro en el sentido simbólico, pues decía que durante la dictadura el poder era ilegal y la ley era impotente. De modo general, podemos decir, reuniendo estas dos tendencias, que la dictadura desestructuró el país nacional-estatal posperonista sin proporcionar ni dejar paso a un nuevo principio de estructuración, sino sólo al impulso mercantil. Vale decir, la dictadura y las democracias que le siguieron no reestructuraron el país sino que lo fragmentaron.
Entre esas cosas fragmentadas quedaron las relaciones entre padres e hijos, fragmentos de filiación por doquier. ¿Cómo relacionarse con un padre desaparecido? ¿Cómo constituirme como hijo si hace poco, luego de adolescente, me enteré de que mi padre era otro, y ese otro está desaparecido, y ni siquiera sé si está muerto? La vulgata dice que contra el olvido usemos la memoria. Debería , entonces, para ser llegar a ser su hijo, aprenderme de memoria al padre que desaparecieron. Y aquí viene el problema: lo que puedo memorizar no son sino fragmentos, y esos fragmentos no tienen un sentido, porque no están en una estructura, están boyando en la fluidez. Pero tal vez pueda componerlos entre sí, componerme con ellos, componerme con otros que tienen sus fragmentos para construir una relación con mi padre desaparecido.
Las instituciones que tradicionalmente tramaban la relación paterno-filial constituyéndose en dispositivos coadyuvantes del dispositivo familiar, como la escuela, suponiendo que no estuvieran abatidas por la inundación de la fluidez, estaban incapacitadas para tramar una relación paterno-filial con un padre desaparecido, pues se constituían bajo el supuesto de que papá está en el trabajo, papá vuelve del trabajo, papá está en casa cuando vuelve del trabajo, papá tal vez incluso está en la reunión de padres, etc. Tal vez, habría que ver cómo jugaban en esto el orfanato y el internado; pero, como sea que haya sido, hay que decir que el orfanato y el internado eran instituciones estatales y que aquí estamos en un caso donde el mismo Estado ha hecho que el padre ya no esté. El que intentaba suplir la ausencia de padre no era, en principio, el que la había provocado. Las instituciones, agotadas tras la arrasadora inundación globalizadora, no tenían un saber que dispusiera las cosas de tal modo que estos hijos con padres desaparecidos pudieran filiarse.
En este punto de no-saber llegó HIJOS, no una institución con saber sino una organización para pensar. Para filiarse, los hijos debían juntarse con otros hijos , componerse ellos como fragmentos de una filiación con otros fragmentos de otras filiaciones, con otros fragmentos de recuerdos y de balbuceos, y tener como padres a sus padres desaparecidos. Y, pieza clave de esta composición filiadora, hacerles justicia a los padres desaparecidos escrachando a los desaparecedores. Ni la reunión con otros hijos de desaparecidos ni el escrache de los desaparecedores hacen aparecer a los padres, pero configura a los hijos.
No hay saber sobre cómo ser hijo de un desaparecido; luego, hay que pensarlo. No hay institución donde saber eso; luego, hay que pensarlo con los hermanos. La enseñanza de HIJOS suena tal vez irónica, o simplemente rara: para ser hijo en ausencia de padre hay que tener hermanos que no sepan, como no lo sé yo, ser hijo en ausencia de sus padres.
P.D. (26/12/6):
El procedimiento que practicó HIJOS es la hermanación, procedimiento con el cual pudieron pensar la pregunta ¿cómo me filio con un padre desaparecido? Es como si hubieran dicho “no lo tengo a él para que me lo responda; entonces me junto con otros hijos que no saben cómo filiarse para pensar cómo filiarnos”. Es por cierto, un procedimiento justiciero.
Da la sensación de que a veces que la pregunta clave pasa de cómo filiarnos a a quién afiliarnos . Da la sensación de que esta última exhibe una lógica institucional más que fraternal, o de que la primera pregunta invita a pensar mientras que la segunda no.
A los fines de esta nota, la diferencia no es importante.
Genocidio y pulsión de muerte
Una reflexión a partir de las palabras de cierre del Primer encuentro internacional “Análisis de las prácticas sociales genocidas” (10 al 15 de Noviembre de 2003) dichas por su organizador
Daniel Feierstein dijo: “Era un riesgo que al tratar esta cuestión rondara la muerte. Y sin embargo en el encuentro hubo mucha vida. Vida en las discusiones teórico-políticas, vida en los testimonios de sobrevivientes, vida en la poesía de Chababo y Sneh…”
Yo digo: sólo a la vida le ronda la muerte; luego, el rondar de la muerte encuentra en la vida no un obstáculo sino su condición absoluta de posibilidad. Vaya esto para que la vida no quede como valor supremo, como con una supremacía y una valía dadas de por sí. Por otra parte, la vida, si no es un vector biológico, es un ideologema: no hay la vida como no hay el individuo o la identidad. No hay vida unitaria, pero hay situaciones vitales: pueden ser un testimonio, una poesía, un genocidio, una política, una discusión, un duelo, un encuentro, un fracaso.
Despejada esa cuestión, puedo intuir a qué aludía Feirestein. En el tratamiento de los genocidios (conozco bastante cómo tratan los judíos el suyo) se respira a veces el resentimiento, la paranoia, el miedo, la culpa, la repetición; en breve, la pura reactividad, la pulsión de muerte (que, huelga aclararlo, es una forma de vida). Esa reactividad no rondó –o, al menos, no predominó– en ese encuentro. Mi experiencia con el genocidio del pueblo judío europeo es que el exterminio se puede tratar como muestra de lo que acecha todo el tiempo o como situación vital –como experiencia que exige aprendizaje, mutación de la propia subjetividad . Lo digo con un ejemplo un poco banal: después de recibir una piña o después de enterarse que a alguien querido le dieron una piña, uno puede sentirse con miedo o bronca o ponerse alerta y seguir siendo el mismo o puede dejarse afectar (aprender, alterarse) por la manifestación de su vulnerabilidad
¿Enseñamos sufrimientos o actos?
¿Enseñamos sufrimientos o actos?
Consideraciones estratégicas para una enseñanza no victimal ni memorial de la Shoá *
Cómo olvidarse cómo
desalojar el crudo
recuerdo de la muerte
esa desgarradora memoria
esa herida.
Si es el precio increíble
el altísimo orgullo.
Idea Vilariño
El desafío actual de la enseñanza de la Shoá es hallar modos en que el genocidio se inscriba en sus sujetos como una condición y un recurso para pensar los problemas de la hora: modos de una elaboración que tome la memoria como piedra de toque más que como meta final.
El obstáculo: la estrategia memorial centrada en las víctimas
La poesía del epígrafe resume cómo suele quedar inscripta en nosotros la enseñanza del genocidio: memorizar es crudo y es desgarrador; olvidar es orgulloso y cuesta un precio increíble. La enseñanza memorial del genocidio, el relato de las atrocidades, nos dejan en una encrucijada: entre el desgarro de recordar y la soberbia de olvidar. La visión tradicional de los genocidios nos deja entrampados en ese par complementario. La pregunta es si no habrá un tercero excluido, una tercera vía que nos evite rehuir del problema tanto como empantanarnos en él. El genocidio nos interpela. ¿Cómo responder a la interpelación sin culpa y a la vez sin indiferencia? ¿Podemos cursar un camino de responsabilidad?
“De una manera particular sentimos que somos responsables por eventos en los que no estuvimos y respecto a un tiempo que no es el nuestro… estos acontecimientos nos intiman a responder por ellos —de allí la responsabilidad”. La interpelación y el hacernos cargo de que algo nos interpela y responder por eso tienen su efecto: constituyen nuestra subjetividad. La constitución subjetiva es la tarea clave de toda educación. Lo que en este trabajo buscamos pensar es cómo aquello que uno hace con el pasado termina haciendo algo con uno. Más precisamente: cómo una concepción del pasado y los modos de su transmisión se efectúan como una constitución subjetiva (o, dicho más clásicamente, como formación). Es la pregunta estratégica de la enseñanza del genocidio. ¿Cómo hacer que la enseñanza de un genocidio tenga relevancia en las situaciones vitales de los sujetos educativos?
La idea de este texto es que hagamos experiencia de la enseñanza tradicional del genocidio para encontrar una estrategia educativa actual. Tal vez sea necesaria una aclaración. Este no es el trabajo de un pedagogo. Es el trabajo de un judío argentino, historiador, que ha recibido una enseñanza de la Shoá y la última dictadura argentina que le ha provocado diversas angustias, y que usa los recursos de su oficio para pensar cómo atravesar esa angustia. Es un historiador que desea compartir el recorrido que ha hecho en el intento de librarse de lo angustiante de lo que, por vías horrorizantes o melancolizantes, aprendió de la Shoá y la Dictadura a la vez que hacerse responsable de lo patente de esa catástrofe por vías más productivas. En breve, no hablamos como docentes sino como aprendices que fuimos (y no dejamos de ser) del genocidio.
El desafío de la enseñanza del genocidio es hallar modos por los que el genocidio se inscriba en sus sujetos como un recurso para pensar problemas actuales (léase propios). Los efectos aflictivos que la enseñanza de la Shoá produjo en nosotros (en el que suscribe, en su generación y en tantos más…) son efectos como los sentimientos de padecimiento y compadecimiento por los padecimientos de otros, de aislamiento, de culpa por no haber sufrido el genocidio, de miedo de que le suceda a uno, de parálisis, de vergüenza, o de paranoia, e incluso de arrogancia.
¿Qué es lo que nos hacía sufrir a los memoriosos? La memoria. No es que una enseñanza deba evitar todo lo que aflija. L a angustia puede ser un momento necesario del aprendizaje, así como no entender es un momento necesario del entendimiento. Pero la dificultad de este sufrimiento efecto de la memoria estriba e n que, por falta de herramientas para trabajarla, acabamos disociados. Uno no puede estar todo el tiempo con las fotos de las montañas de cuerpos de Auschwitz en la cabeza: uno tiene que disociarse para poder continuar con su vida. En el mismo sentido convergen otros efectos subjetivos de la enseñanza tradicional que se resumen en “insensibilización” y van desde el cinismo que postula imborrable el genocidio hasta el “ya vi suficiente” y “no quiero oír más sobre el tema”. De una u otra manera (ya por sensibilidad paralizante, ya por “insensibilidad”), pasado y presente quedan disociados en los sujetos de la educación memorial-victimal del genocidio. Esta disociación la produce la memoria. ¿Cómo? Por sus contenidos y por sus procedimientos. Por sus contenidos, la memoria es la memoria de una victimización. ¿A qué llamamos “memoria de una victimización”? Por un lado, victimizar es separar a un ser humano de sus potencias, es despotenciar a un ser humano, dejarlo como sujeto pasivo, como objeto de los actos de otros. Por otro lado, encima, esa memoria de las víctimas es una memoria sagrada, una memoria que no podemos tocar y que debemos recibir tal como nos llega y traspasarla intacta (a veces, la mejor manera de no arruinar algo tan delicado es directamente soltarlo…). C omo me señalaba Darío Martínez, teníamos que recibir la memoria más como un deber que como una experiencia; no podíamos hacer nuestra experiencia de esa memoria. Por su contenido victimal tanto como por su carácter sagrado, la memoria nos hace sufrir.
Así, pues, la memoria se inscribió en nuestras subjetividades como disociación. No decimos disociación en un estricto sentido psicológico; hablamos de una disociación en el sentido ético-político: es una disociación porque no podemos asociar pasado y presente, no podemos asociar alegría y memoria. Esto lo resumió bien Ignacio Copani, diciendo “pueden verme/ entre risas y besos,/ no crean por eso/ que voy a olvidar”: la memoria y el dolor, y la alegría y el cariño, van por carriles diferentes. Acá está el desgarro producido por esa desgarradora memoria, esa herida. Es un desgarro entre el pasado y el presente, entre los problemas de otros y los nuestros, entre nuestro recuerdo y nuestra capacidad de pensarnos a nosotros en nuestra situación; en suma, entre la memoria y la vida. Es disociación la falta de asociación entre nosotros y nuestras potencias. La victimización del pasado nos ha victimizado.
Hacia una propuesta: ¿memorizamos o conmemoramos?
Lo contrario de olvido no es memoria sino justicia.
Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos
La pregunta decisiva de toda educación es la pregunta por los efectos que produce en sus sujetos, tanto educandos como educadores. Es la pregunta por la inscripción de una enseñanza: ¿qué constitución subjetiva produce, qué sujeto constituye?
Una enseñanza transmite saberes (los contenidos), sin duda. Pero lo hace recurriendo a la narración, la ilustración, la explicación, etc.: los procedimientos. Los procedimientos son clave en lo que a formación subjetiva refiere. (Por ejemplo: a lo largo de nuestra educación, nos han explicado muchas cosas que hemos olvidado, pero el procedimiento de explicar ha quedado inscripto en nosotros.)
La enseñanza heredada del genocidio, ¿qué constitución subjetiva ha producido? La enseñanza memorial de la Shoá y de la Dictadura deja como efecto inscripto una constitución disociada; es decir, una despotenciación de los educandos —y probablemente también de los educadores.
Ahora bien, ¿cómo llega a esto? Con sus contenidos, por un lado: el saber de la victimización (las atrocidades victimizadoras, los sufrimientos de las víctimas, la saña de los victimarios, la declamación de incomprensibilidad del genocidio, etc.). Con sus procedimientos, por otro lado: la repetición y e l monólogo didáctico.
¿Qué formación, qué educación del genocidio potenciaría a educandos y educadores? Una enseñanza no victimal ni memorial del genocidio. Una enseñanza potenciadora es la estrategia. Semejante educación del genocidio debería operar dos corrimientos, en los contenidos y en los procedimientos. En los contenidos, debería pasar de los sufrimientos de las víctimas a los actos de las víctimas, actos por los cuales las víctimas dejaron de ser víctimas. En los procedimientos, debería pasar del monólogo didáctico al diálogo ético.
El contenido no victimal
Pasemos a los actos. El más conocido, para doctos y también legos, es levantamiento del gueto de Varsovia. Si el levantamiento del gueto de Varsovia no ha pasado inadvertido, no es por su importancia cuantitativa en los resultados de la guerra o en la desaceleración del exterminio de judíos, sino por su significación cualitativa. Un grupo de humanos aislado física y socialmente, condenado a una ingesta calórica muy inferior a la necesaria, en condiciones de salubridad y vivienda deplorables, sin chances serias de triunfar militarmente, se alzó en armas. Viviendo como ganado, murieron como combatientes. Con su gesta, introdujeron la posibilidad de no ser transportados como ganado y fumigados como insectos. La potencia de abrir semejante posibilidad nos resulta mucho más relevante que la debilidad militar frente al ejército de ocupación. ¿Por qué? Porque nos muestra la capacidad de, aun estando atrozmente victimizado, subjetivarse; la capacidad de inventar posibilidades; la potencia de, aun estando atrozmente victimizado, vivir una muerte no victimal. Y porque, lo que es tal vez más importante, nos da la posibilidad de empalmar nuestro pensamiento con una subjetivación. Si la pregunta más relevante de una educación es por los sujetos que forma, entonces los actos de las víctimas deberán ser centrales en la enseñanza del genocidio: buscar hoy constituirse subjetivamente a partir de una subjetivación pasada posibilita una formación activa, mientras que constituirnos subjetivamente a partir de los sufrimientos pasados ha solido dejarnos paralizados, o fugando hedonistamente —pero siempre disociados.
Tomemos dos capítulos de la película Héroes improbables, documental que habla de siete víctimas del nazismo que de un modo u otro resistieron la operación nazi de desubjetivación. Uno es León Kahn, un lituano que pierde a su familia en manos de los lituanos colaboracionistas. Se refugia en un bosque y encuentra a un grupo de partisanos rusos; se incorpora al grupo. Los partisanos sabotean a los nazis: ponen bombas en las vías, en los puentes, en los tanques de agua. No podían enfrentarse directamente, para eso no tenían fuerza militar, pero podían sabotearlos. Él cuenta, casi suspirando: “¡ sentir volar un puente… sentir la onda expansiva… era maravilloso! ”, y ríe. Su recuerdo de este período de la guerra es un recuerdo alegre; no es una alegría que niega el sufrimiento, no es una alegría que se disocia del sufrimiento. Es una alegría que parte del sufrimiento para excederlo, para ir más allá de la victimización que sufrió. Otro “héroe improbable” es Clary, un cantante francés que a los dieciséis años llega al campo de concentración. Clary cantaba en ídish para los nazis, que lo hacían cantar para entretenerse. Así se salvó, y también cantando en las barracas: por las noches recorría las barracas y cantaba y bailaba para los prisioneros. Gastaba sus pocas calorías en eso. Otro s sobrevivientes cuentan que, mientras lo escuchaban cantar y lo veían bailar en las barracas, estaban fuera del campo.
Los partisanos excedieron su victimización con la alegría de sabotear a los nazis. Clary y otros prisioneros excedieron su victimización con el canto y el baile. Los combatientes del Gueto excedieron su victimización combatiendo. Ha habido también pinturas, ha habido escritos y escuelas de pintura, ha habido prisioneros que organizaban un séider de péisaj en los campos de concentración, diarios personales… Ha habido muchas formas de exceder la victimización.
El procedimiento no memorial
Ahora bien, ¿qué procedimientos educativos implementar para que nuestras prácticas no desdigan los contenidos? Seleccionar actos como contenidos de la educación en genocidio no garantiza una constitución subjetiva no disociada. La pregunta es menester porque se pueden enseñar contenidos no victimales con los procedimientos victimales heredados. Así, por caso, el levantamiento del gueto de Varsovia puede ser recordado como condensación memorística, tal como sugirió un sobreviviente: “El 19 de abril [día del Levantamiento] es un día de recogimiento, un día para nombrar cada uno de los guetos, cada uno de los campos de exterminio, y si fuera posible a cada una de las víctimas… E l 19 de abril es condensación de todos esos años terribles, una condensación que me recuerda a todas las víctimas”. P ero también, muy en otra estrategia, podemos pensar el Levantamiento como una liberación, una singular forma de exceder la condición de víctima.
Vemos cómo un mismo hecho, pues, puede ser la ocasión de una memoria paralizante o de un pensamiento subjetivante. El memorioso Funes, para quien hubiera sido posible recordar a cada una de las víctimas del nazismo, murió postrado en su catre aun a pesar de no tener que cargar con una memoria victimal como la nuestra; pareciera que hay una relativa autonomía del efecto del procedimiento respecto del contenido que repite: la repetición paraliza, repita lo que repita. Los procedimientos heredados dejan a los educadores y a los educandos como meros sujetos pasivos, meros transmisores y receptores de memoria, meras correas de transmisión sin protagonismo en esa educación. Si convertimos a los maestros y alumnos en meras correas de transmisión, en receptores pasivos de un saber de los actos, entonces los separaremos de sus potencias de elaboración —es decir, los victimizaremos. Una estrategia memorial centrada en los actos produciría una contradicción lógica y efectos educativos desorientadores. Debemos pues implementar procedimientos que no victimicen, que no hagan que educandos y educadores sean sujetos pasivos (léase memorizadores) de la enseñanza de la Shoá. Solo un procedimiento no memorial es compatible con una enseñanza no victimizadora.
Ahora bien: no nos queda claro, de todos modos, cómo, por qué procedimiento, el Levantamiento, aun entendido como potenciación de las víctimas del Gueto, puede potenciarnos a nosotros como educandos o educadores de la Shoá. En este punto, no sabemos, en este punto tenemos que pensar, puesto que si, como se dice, saber algo es no tener que pensarlo, no saber algo es tener que pensarlo.
Pero, ¿con quién pensarlo? ¿Con los pedagogos? No sería honesto: si les dejamos la tarea de pensarlo a los que están fuera del aula, privamos al aula de la potencia de pensar. Tendríamos que pensarlo los educadores y los educandos conjuntamente, puesto que si hay una justicia que se puede hacer en el llano, la justicia que tenemos que hacer en el llano y no en una instancia suprema (es decir en el aula y no en un ministerio de educación) es la justicia a las potencias formativas-formadoras de los mismos que (se) están formando. He aquí el procedimiento que se insinúa como procedimiento no victimal sino activo, como procedimiento potenciador de educadores y educandos del genocidio.
El procedimiento que se vislumbra no es la memoria sino la con-memoración: la construcción conjunta de la relación con el pasado. Ahora bien, la construcción colectiva de la relación con un genocidio exige un diálogo ético, o una ética de la transmisión.
“La ética de la transmisión tiene una escena privilegiada que es la escena del diálogo generacional, pero a condición de que no la llenemos de mitos, de «ven hijo mío, te voy a explicar», que no la llenemos de escenas de película yanqui, de «qué gran momento, muchacho, estoy por revelarte algo que te va a ser inútil para siempre pero a mí me gusta decírtelo»… La escena del diálogo es la escena de pensar con otros. Se dialoga cuando no se sabe, pero no cuando no se sabe al modo de quien dice «¿Qué habrá por allá en Neptuno?» sino cuando no se sabe sobre esto que está acá y nos constituye, cuando no se sabe sobre el problema que nos hace ponernos a dialogar.”
Es decir, tenemos que postular como premisa el hecho de que no sabemos para poder no victimizar a otros con la memoria del sufrimiento —es la experiencia que estamos haciendo en este escrito: recordar el sufrimiento nos hace sufrir; recordar nos disocia; recordar nos paraliza. Hay una única respuesta honesta para la pregunta ¿cómo nos afecta el hecho de que sucedió un genocidio?: no sabemos y tendremos que averiguarlo aquí en el aula. Pues, si les indicamos a los aprendices cómo los constituye ese hecho, los estaremos sometiendo a un saber previo, a una memoria construida por las generaciones previas en respuesta a la pregunta por cómo las constituía a ellas el genocidio sucedido. Estaríamos evitándoles el trabajo de pensar la pregunta; estaríamos disociándolos de la potencia de pensar su constitución. Entonces, si la pregunta recibe un monólogo por respuesta, la pregunta resulta ser desoída. La respuesta que la interpelación inducida por el hecho del genocidio requiere es el diálogo. No es un contenido lo que la pregunta requiere sino un procedimiento dialógico y colectivo.
“¿Qué es lo que se transmite allí, con otros? ¿Qué es lo que se transmite cuando se comparte el problema con la generación siguiente? No es una situación en la que uno transmite un saber y el otro lo vacía, sino una circunstancia para la cual mi saber insuficiente es imprescindible para que el otro pueda pensar conmigo… Transmisión es la transmisión de la experiencia de lo que se hace en las grietas del saber.”
O sea que los problemas sin respuesta son la condición del diálogo, y es la aptitud para el diálogo lo que debemos transmitir. Esto mismo hicieron las víctimas de la Shoá que lograron exceder su condición de víctimas; en ningún caso lo hicieron solos, sino en diálogo colectivo: compartieron, pensaron, junto a otros su problema: ni Clary ni León Kahn ni los insurgentes del gueto de Varsovia actuaron en soledad. Por medio del diálogo en el aula se trata de asociarnos con nuestras potencias. ¿Cuáles son estas potencias? Se verá en cada situación, allí donde emerja una potencia. La potencia clave, empero, es la potencia de pensar. Pensar no es una actividad intelectual sino práctica: eso que una vez se llamó las piernas de Maradona, y otra vez se llamó música dodecafónica y otra vez se llamó filosofía y otra, física cuántica, y otra, pacifismo y otra, máquina de vapor y otra, fusil… Pensar es inventar posibles. Vale, sin embargo, mencionar algunas potencias que vemos obturadas por la enseñanza heredada: la de actuar en la propia situación, la de pensar la propia situación a partir de otras situaciones, la de pensar otras situaciones a partir de la nuestra, la de configurar el pasado, la de responsabilizarme por lo que me interpela pensando cómo me afecta…
¿Y quién sabe qué relación con el pasado debo establecer? ¿Y quién sabe cómo? Éticamente hablando, solamente el aula puede responderlo. Una memoria prefabricada en un ministerio de educación —por decir un lugar “arriba” y afuera del aula—, que encima debe ser repetida, es una imposición de una particular relación con el pasado necesariamente desvinculada de la situación-aula. Se trata de que hagamos, enseñantes y aprendices del genocidio, nuestra experiencia del pasado. Se trata de que hagamos, enseñantes y aprendices del genocidio, nuestra experiencia de usar ese pasado como recurso para pensar el presente. No se trata de memorizar el pasado sino de pensarlo. No se trata aprender un contenido (la memoria), sino que se trata de construirlo cada vez, en el llano, en el aula. No se trata de funcionar como cinta transportadora de una memoria que viene de algún lugar “arriba” y afuera del aula sino de producir nuestra relación con el pasado en el llano, en el aula. La potencia de construir la relación con el pasado es una potencia del aula. Es decir, se trata de aprender a pensar nuestros problemas (por caso, los que plantea el pasado) para pensar los problemas del presente.
La estrategia
Sinteticemos la propuesta. La disociación subjetiva (o despotenciación) producida por la enseñanza memorial es consecuencia de la visión victimal en los contenidos y de la memorización y el monólogo en los procedimientos. En cambio, los sujetos educativos podemos producir una potenciación de los sujetos educativos si adoptamos una visión actuante en los contenidos y una práctica dialógica y productiva en los procedimientos. Mientras que el modo memorial, con sus procedimientos y contenidos, transmite y forma en una relación pasiva con el pasado y una disociación entre nuestra relación con el pasado y nuestra relación con el presente, el modo conmemorador transmite y forma al sujeto en la práctica de configurar colectiva y situacionalmente el pasado que nos interpela a partir de la pregunta por cómo nos afecta.
posteado: 12-ene-06
* Trabajo presentado en el Primer Congreso Latinoamericano de aprendizaje y enseñanza de la Shoá/Holocausto, realizado en la FMH, Buenos Aires, octubre de 2006. Publicado en Nuestra memoria n° 28 en 2007.
Al presentar esta exposición, Graciela Jinich contaba que muchos padres piden a los maestros que no les hablen a los hijos sobre la Shoá. Y preguntaba, “¿qué significa, para los docentes, que desde las casas les pidan que no hagan sufrir a nuestros chicos?”
Dreizik, P., en la “Presentación del libro La memoria de las cenizas ”, publicada en Nuestra Memoria n° 18.
En adelante, la llamaremos, sencillamente, “la Dictadura”.
Muchas veces ha pasado en una sesión de psicoanálisis que el paciente esté hablando de sus paisanos exterminados y el psicoanalista pregunte “¿y vos, de qué lado del alambrado estás?”
El dispositivo memorial, con su funcionamiento, extiende a los memoriosos la llamada (por ej., en la película Gebürtig, Austria, 2002) “culpa del sobreviviente” por no haber muerto.
El protagonista de la famosa poesía de Bertolt Brecht, luego de anotar que se han llevado a todos los diferentes a él sin despertar su reacción, advierte que “ahora me llevan a mí, quiero hacer algo, pero es tarde”. Independientemente de las intenciones primigenias de Brecht, su poema, que ya es parte del aparataje memorial, circula indicándonos: “sientan miedo de que los puedan llevar, desde el principio”.
Borges ha ensayado un personaje con una capacidad de recuerdo de todo: Funes el memorioso, quien “había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín… En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos… Le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).” Pero una memoria tan completa resultó aplastante para Funes: “no se movía del catre” y murió a los veintiuno “de una congestión pulmonar”. Encima, lo que muestra más inmovilidad aun, “no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias”. (Borges, J. L., “Funes, el memorioso”, en El jardín de los senderos que se bifurcan, Emecé, Buenos Aires, varias ediciones.)
Esta vergüenza es formulada como “yo también soy humano (o también soy argentino); ¿cómo puede ser que los seres humanos (o los argentinos) cometamos semejantes atrocidades?” J. Milmaniene lo dice así: “ Una humanidad avergonzada todavía esta pagando, con su sufrimiento, hechos siniestros que jamás debieran de haber acontecido”, en la “Presentación del libro La memoria de las cenizas ”, publicada en Nuestra Memoria n° 18.
Conocí a una nieta de sobrevivientes, más o menos de mi edad, que temía encontrarse con un nazi a la vuelta de cada esquina, literalmente.
Esa arrogancia puede ser individual o grupal: parece que el pertenecer a un grupo social que sufrió un genocidio habilita al “altísimo orgullo”.
Otro efecto subjetivo es el “esperanzamiento” inducido por el reclamo de justicia. Analizar cómo el esperanzamiento nos disocia requiere un espacio del que no disponemos aquí..
Preferimos la palabra victimización antes que víctima u otras porque subraya el hecho, generalmente ignorado por el discurso memorial, de que el hombre no nace víctima, sino que es hecho víctima por operaciones sociales precisas y variadas que van, por ejemplo, desde su traslado en vagones de ganado por parte de los victimarios hasta el énfasis en su incapacidad de actuar por parte del discurso memorial.
Nótese que decimos potencias, y no potencialidades. Estas, cuya sumatoria forma “el potencial” de un educando, son determinadas, es decir, conocidas a priori. Aquellas son indeterminadas y por eso mismo son desconocidas a priori. Una educación potenciadora busca, justamente, ser un ejercicio de determinación de la potencia de la situación de educación (a la que por comodidad llamamos aula, pero que puede constituir un patio, un salón de actos, una plaza, una fábrica, un comedor-merendero, etc.).
Realizado por el Centro Wiesenthal de Estados Unidos en 2004.
El álbum La leyenda del gueto de Lodz, hallado en las ruinas del gueto, contiene algunas decenas de coloridos dibujos con una o dos estrofas al pie de cada dibujo y fue compuesto por niños del gueto.
La pintora de la F. Dicker Brandeis organizó una escuela de pintura para niños en el campo de Theresienstadt.
El de Graciela Daleo y dibujos de otros detenidos-desaparecidos por la Dictadura fueron expuestos en la muestra realizada en el Centro Cultural Recoleta con ocasión del trigésimo aniversario del comienzo de la Dictadura. (Una salvedad: visitar el pequeño altillo en el que fueron expuestos significaba salirse del circuito al que la muestra espontáneamente invitaba.)
Jack Fuchs, “Fecha para una plegaria”, Página/12, 19 de abril de 2006.
Para un desarrollo de la idea de justicia hecha desde el llano, puede verse “Del reclamo de justicia al acto de justicia. Indagaciones sobre la afectación posgenocidio y el trabajo con esa afectación” en www.pablohupert.com.ar/del-reclamo-de-justicia-al-alto-de-justicia.html, publicado en Nélida Boulgourdjian-Toufeksian y Juan Carlos Toufeksian (coord.) Genocidio y Diferencia. Actas del V Encuentro sobre Genocidio, Fundación Arzoumanian, Buenos Aires, 2007.
Este procedimiento no baja del cielo de las ideas sino que se perfila a partir de nuestra experiencia de los obstáculos que la memoria nos presenta. Lo vislumbramos tanto a partir de la experiencia que en este texto procesamos como a partir de los relatos de experiencias educativas presentados en este Primer Congreso. Para continuar el recorrido que va definiendo el procedimiento vislumbrado, preparamos el artículo y el taller para docentes “La conmemoración o la estrategia educativa actuante”.
Lewkowicz, I., La ética de la transmisión y la transmisión de la ética, conferencia en Nueva Congregación Israelita, Montevideo, septiembre de 2001, subrayado mío.
Hacia una enseñanza no victimal del genocidio (esquema)
Cómo olvidarse cómo / desalojar el crudo /
recuerdo de la muerte / esa desgarradora memoria /
esa herida. / Si es el precio increíble / el altísimo orgullo.
Idea Vilariño
Estamos entre el desgarro de recordar y la soberbia de olvidar. ¿No habrá una tercera vía?
- Objetivo: El desafío actual de la enseñanza de la Shoá es hallar modos en que el genocidio se inscriba en sus sujetos como un recurso para pensar problemas propios.
- Qué me habilita. Haber sido aprendiz de la enseñanza tradicional o memorial del genocidio.
- Como aprendices de la Shoá o la Dictadura, mis congéneres y yo vivimos los efectos de esa enseñanza memorial: efectos aflictivos. Mi pregunta hoy es cómo superarlos.
- La aflicción: sentimientos de culpa, miedo, parálisis, compadecimiento, angustia, vergüenza, “insufribilidad”, “insensibilidad”, paranoia. ¿Qué nos hacía sufrir? La memoria.
- La memoria. Era :
• i. una memoria de una victimización = memoria de una despotenciación
• ii. una memoria sagrada (el recuerdo de los muertos es intocable), una memoria que es más un deber impuesto, que una experiencia que hicimos
• iii. una carga, en suma: recordar los sufrimientos pasados nos hacía sufrir.
- Esta aflicción se inscribió en nuestra subjetividad. ¿Cómo?
- Como disociación (a veces, “encallecimiento”). Acá está el desgarro.
- Una disociación:
• i. entre pasado y presente o entre memoria de los demás y mi vida
• ii. entre hombre y sus potencias o entre nosotros y nuestras potencias. (“disociación” no en un sentido psi sino en el sentido de falta de asociación o sinergia)
Aquí, paréntesis. Pregunta decisiva de toda educación: pregunta por formación, por constitución subjetiva.
Una enseñanza: a) traspasa saberes (al explicar, narrar, mostrar, etc.); b) transmite procedimientos (en acto, al proceder).
Ante la pregunta por la formación, los procedimientos tienen más relevancia que los contenidos
- El efecto formador de la enseñanza memorial o victimal = la disociación = la despotc. Cómo : por medio de
- Los contenidos (la victimización)
- Los procedimientos (monólogo y traspaso con repetición)
- Ahora bien. ¿Qué formación, que educación del genocidio, desarrollaría las potencias de educandos y educadores?
Una enseñanza no victimal, no memorial del genocidio, potenciadora . Una que haga dos movimientos:
- en cuanto a contenidos, pasar el centro de las víctimas a los actos por los cuales las víctimas excedieron su condición de víctimas
- en cuanto a procedimientos, pasar del monólogo didáctico al diálogo colectivo.
- Algunos actos.
- León, el partisano. (breve intro)
- Excedió su victimización con la alegría de sabotear a los nazis.
- Clary, el cantante. (breve intro)
- Excedió su victimización y la de otros internos con el canto y el baile.
- El centro en los actos cambia mucho el contenido, pero no alcanza. Permanece el riesgo de enseñarlos memorialmente. (Funes.) Ej:
• i. El levantamiento del gueto de Varsovia puede considerarse:
• como condensación de la barbarie:
“El 19 de abril nos permite, a los sobrevivientes y al resto, anclar el recuerdo. Sabemos que la memoria es muy frágil. Me incluyo entre los que necesitan establecer en esa fecha, el 19 de abril [de 1943], la condensación de todo lo ocurrido en esos terribles años.” (JF)
• o como autoliberación, como acto.
-
- O sea que puede haber una enseñanza memorial y victimal de los actos. Por ejemplo, a Funes, el memorioso, lo paraliza recordar los diferentes perfiles de un perro.
Es necesario adoptar procedimientos que no desmientan los contenidos (pues si convertimos a los maestros y alumnos en meras correas de transmisión, en receptores pasivos de un saber de los actos, entonces los separaremos de sus potencias de elaboración, es decir, los victimizaremos).
• Propongo un procedimiento no victimal sino potenciador:
No ya el de recibir o traspasar una memoria prefabricada. La con-memoración (o construcción conjunta de la memoria y la relación con el pasado). O diálogo ético:
“Creo que la ética de la transmisión tiene una escena privilegiada que es la escena del diálogo generacional, pero a condición de que no la llenemos de mitos, de “ven hijo mío, te voy a explicar”... Se dialoga cuando no se sabe, pero no cuando no se sabe al modo de quien dice “¿Qué habrá por allá en Neptuno?”, sino cuando no se sabe sobre esto que está acá y nos constituye, cuando no se sabe sobre el problema que nos hace ponernos a dialogar.
“¿Qué es lo que se transmite allí, con otros? ¿Qué es lo que se transmite cuando se comparte el problema con la generación siguiente? No es una situación en la que uno transmite un saber y el otro lo vacía, sino una circunstancia para la cual mi saber insuficiente es imprescindible para que el otro pueda pensar conmigo .” (IL)
Por este medio,
-
- se trata de asociarnos con nuestras potencias. ¿Cuáles?
• i. la capacidad de actuar
• ii. la capacidad de actuar en la propia situación
• iii. la capacidad de pensar la propia situación a partir de otras y viceversa.
Se trata de que hagamos, enseñantes y aprendices del genocidio, nuestra experiencia del pasado, y no recibir el pasado como carga.
Se trata de que hagamos, enseñantes y aprendices del genocidio, nuestra experiencia de usar ese pasado como recurso para pensar el presente.
No se trata de memorizar el pasado. Se trata de pensarlo.
No se trata de aprender un contenido (la memoria). Se trata de construirlo cada vez, en el llano (en el aula).
Es decir, se trata de aprender a pensar los problemas (del pasado o del presente, tanto da).
Esta propuesta no baja del cielo de las buenas ideas sino de hechos de la educación y de la literatura de los genocidio.
En síntesis. La disociación subjetiva, la despotenciación, es consecuencia de la visión victimal de los contenidos y de la memorización y el monólogo didáctico en los procedimientos.
Podemos esperar una potenciación de los sujetos educativos de la educación del genocidio si adoptamos una visión actuante y un procedimiento conmemorador.
Recapitulo:
• Objetivo: enseñanza para pensar problemas presentes + desarrollo de potencias.
• Efectos aflictivos de enseñanza memorial: disociación-despotenciación.
• Enseñanza potenciadora:
• De victimización a actos desvictimizantes.
• De repetición a producción. De monólogo didáctico a diálogo colectivo.
• Pensar situaciones y qué hacer en ellas.