Gobernar tras 2001 (el kirchnerismo como equilibrismo osado)
Un destilado de mi libro sobre kirchnerismo
[¡Terminé mi libro sobre el régimen kirchnerista!: El Estado posnacional. Más allá de kirchnerismo y antikirchnerismo. Aquí va el cierre del libro a modo de adelanto.]
Podemos recapitular sumariamente el argumento que hilvana la conversación y destilarlo. El Estado, en 2003, ya no podía seguir siendo Estado como hasta entonces. El kirchnerato es la continuación del Estado por otros medios.
El régimen kirchnerista hace experiencia de las dificultades de gobernabilidad posteriores a 1983, y en esto basa su eficacia. En general, esas dificultades venían acumulándose: debilidad secular de las instituciones republicanas, transnacionalización de la economía, mutaciones sociales y económicas, sectores sociales no representables en la cima y en la base social (capital transnacional, consumidores, excluidos) que dificultaban la representación, etc. En singular, la dificultad era más reciente y punzante: la emergencia de sujetos infrapolíticos que impugnaban e iban más allá de la representación.
El Estado, en 2003,
¿Por qué “posnacional”?
[prefacio a mi libro sobre el kirchnerismo]
Los amigos me preguntan por qué digo que los gobiernos de los Kirchner han contribuido a formar un Estado posnacional.
“Posnacional” no habla de ‘una época posterior a la desaparición de la nación’, sino de una en que la nación adquiere una forma distinta a la que había adquirido con el Estado-nación (compuesta de públicos o gente, y no de clases o pueblo; formada por consumidores y no por ciudadanos; dependiente más del espectáculo que de su historia; más impulsiva-sentimental que épica-patriótica; más identificada con sus celebridades que con sus próceres; más multicultural que “crisol de razas”, etc.). En realidad, cómo es una nación posterior a la estatal-nacional es algo que se nos va aclarando a medida que se va desplegando y la vamos leyendo, del mismo modo que se nos aclara cómo es un Estado posnacional a medida que se va creando y lo vamos leyendo. Vayan unas líneas sobre el carácter estratégico de la noción de Estado posnacional.
“Posnacional” no es un concepto, una categoría que sea parte de un sistema de pensamiento estricto y coherente. No es el engranaje de una maquinaria de teoría política. Es más bien una expresión que resultó cómoda para ir reuniendo y distinguiendo todos esos rasgos, prácticas, características, acciones que se vienen desarrollando sobre todo en el ámbito estatal desde el 2003 a esta parte y que no condicen con las características clásicas de un Estado nacional.
Cuando, antes de las reuniones que motivaron este libro, comencé con las notas sobre el Estado actual, el adjetivo resultaba operativo: primero, para evitar caer en creer, de un lado, la publicidad oficial de que el Estado-nación volvía y, del otro, la opinión opositora de la posibilidad y conveniencia de restaurar una institucionalidad republicana; y, segundo, para evitar arrastrar significaciones de otras teorías políticas o de la opinión periodística que estorbaban el pensamiento situado de nuestra circunstancia. Lo que en ese entonces sencillamente queríamos decir al decir “posnacional”, era que la forma del Estado actual no era nacional y que su forma actual era la que venía cronológicamente después de la forma nacional del Estado. Cualquier palabra que aclarara que no había vuelto el Estado-nación y que no había que llorar su extinción sino situarnos en la nueva circunstancia, servía. En las próximas líneas me esclarezco el porqué.
Enriquecer el mote para convertirlo en una noción y tal vez en un concepto articulado con otros ha sido en gran parte la tarea de reflexión de las reuniones que en este libro reúno y reescribo. Señalaremos algunas características de este Estado y las articularemos a lo largo del texto. Aquí busco subrayar el carácter estratégico del término posnacional cuando la estrategia es realzar el presente, ver sus aberturas o posibles y sortear las técnicas estatales contemporáneas de cierre o contención de lo abierto.
Es, aún así, claramente un término de los que llaman concepto primitivo. Todavía bastante abierto, bastante indeterminado, que se va determinando a medida que va resultando útil para describir procesos en curso, es decir, a medida que también el Estado actual se va determinando va inventando los procedimientos necesarios para ser Estado en la sociedad contemporánea (o sea, no-nacional, con una economía posindustrial).
A fines de los ’70, “se empieza a entrever la época postindustrial, la revolución microelectrónica, el principio de la red, la proliferación de los agentes de comunicación horizontal, y, por tanto […], la crisis de los Estados Nación”.[1]
Por supuesto, que sea posindustrial una sociedad o posnacional un Estado no significa ni que deje de haber nación ni que deje de haber industria o producción en general pero sí que todas estas cosas se dan y producen de una manera diferente.[2]
Con el neoliberalismo, “el capitalismo se ha transformado en un sistema de automatismos técnico-económicos del que la política no es capaz de sustraerse.”
Ahora bien, en los años kirchneristas la política se ha mostrado bastante capaz de sustraerse a esos automatismos. Esto no significa –ni siquiera para los kirchneristas– que el Estado actual se haya independizado del capital; solo significa que no es su marioneta. Significa que el posneoliberalismo no guarda con el capital las relaciones carnales que guardaba el neoliberalismo. Esta autonomización relativa del Estado (como mostraremos) es un efecto de 2001. No es un regreso a los tiempos nacionales.
Nos parece estratégico entonces usar “posnacional”, puesto que, si el Estado nacional ha vuelto, la normativa neoliberal y la globalización, por ejemplo, no continúan en el presente.
Los hechos demuestran que sí continúan. Así por ejemplo continúan las leyes que permiten el uso de semillas transgénicas y los agrotóxicos que requieren y cuya exportación aporta las ingentes sumas que contribuyen a los superávit gemelos, pata fundamental de “el modelo” kirchnerista; lo mismo vale para la minería. Asimismo vale para la telefonía celular, la hogareña e internet, rubros también importantes en lo económico pero fundamentales para la subjetividad consumidora y su vida cotidiana.
Pero la cuestión no termina ahí sino que apenas empieza, y continúa por las cuestiones políticas, pues, si volvió el Estado-nación, entonces vuelve la lucha por la toma del poder y la lógica del enfrentamiento, esto es, vuelve la centralidad social, política y cultural del Estado, lo cual desmienten tanto las dinámicas culturales como las políticas. Desarrollamos estas dinámicas en la reunión, pero por lo pronto diremos que los movimientos sociales de estos años se han mostrado más implicados, no en una dinámica clásica schmittiana –y también peronista y también guevarista– de amigo/enemigo como eje de su política sino en una dinámica que yo caracterizaría como de amigo/indiferentes, una dinámica en la que hay politización cuando la indiferencia social general en que vivimos los consumidores troca en cooperación alrededor de un problema común y crea un espacio común, un espacio público no-estatal. Esta creación puede partir de una lucha-contra, pero no depende esencial o lógicamente de la enemistad y el antagonismo. En el campo de lo político, entonces, el poder del Estado no tiene centralidad.
Desde el punto de vista cultural, vemos que las campañas publicitarias, las historias mediáticas, las redes virtuales y demás tienen al menos tanto (en general, más) poder de formación de subjetividad como tiene el Estado a través de sus aparatos. Por lo demás, si el poder del Estado fuera central, el gobierno no se sentiría destituible como evidencia cada vez que denuncia que un opositor es destituyente. Incluso, hay unos singulares agentes del Estado actual llaman “tiempos a-estatales” a los actuales, en tanto y en cuanto el Estado ha perdido la centralidad propia del Estado-nación pues han “disminuido las capacidades estatales para incidir en la construcción subjetiva de sus funcionarios y agentes [y de] los ciudadanos en general.”[3]
Si hubiera vuelto el Estado-nación, la lucha política se hubiera vuelto binaria y giraría alrededor de un eje. Todas las prácticas que acabo de mencionar muestran que no hay tal eje.[4]
Pero lo más importante, lo que le da carácter más estratégico a “posnacional” no pasa tanto por los hechos que desmienten ese cliché publicitario oficialista sino por los aprendizajes que el cliché impide, o mejor dicho, por las potencias que el cliché invisibiliza, pues, si volvió el Estado-nación, si estamos retomando la historia por el punto en que la interceptaron la Dictadura y el neoliberalismo, entonces estamos retomando la senda abandonada en el ’76 y no aprendimos nada entre el ’76 y el 2003, no desarrollamos ninguna capacidad en esos años. La experiencia que va de las Madres de Plaza de Mayo a las asambleas de 2001 y los movimientos colectivos autónomos de 2011, la experiencia infrapolítica o ‘dosmilunera’, la experiencia de lo político no-representable, queda anulada, cancelada y deja de ser capitalizable por la esfera de lo político, por los colectivos autónomos existentes o por venir. “Posnacional” contribuye a hacer la experiencia de una autonomía política distinta a la de tiempos nacionales, así como a calibrar sus efectos y sentir su potencia.
Cancelar la experiencia infrapolítica significa cancelar la capitalización de la potencia de que podemos pensar lo común a distancia del Estado. A distancia: esto es, no fuera del Estado sino entremezclada con él, pero no confundida ni centrada en él, no pivotando a su alrededor como si fuera el eje de todo, tomándolo como instrumento de la construcción, un instrumento demasiado poderoso para evitarlo pero no como fundamento de la subjetividad, negociando con él desconfiando de él.
La publicidad de que volvió el Estado-nación (o de que está volviendo progresivamente, paso a paso, obstáculo a obstáculo) pretende que cancela los daños provocados por Dictadura y neoliberalismo y cancela así, también, el aprendizaje de lo que podemos hacer cuando Dictadura y neoliberalismo han ocurrido y han dejado ya un efecto irreversible en la sociedad y en nosotros. La gran creación kirchnerista es la de incorporar al arreglo estatal los elementos más visibles del aprendizaje infrapolítico (por ejemplo, el reconocimiento del derecho de los trabajadores de una empresa quebrada a autogestionarla si se organizan como cooperativa o la adopción de una política de derechos humanos como política de Estado) con la imagen de que son restauración de lo estatal–nacional, la imagen de que son una una vuelta al punto del camino en el que Dictadura y neoliberalismo nos hicieron perder el camino, los compañeros, los sueños, etc. Se los incorpora porque no son cancelables pero se los incorpora como si fueran miembros del cuerpo desaparecido por Dictadura y neoliberalismo. Si volvió el Estado-nación, entonces no llegó la infrapolítica después de que el Estado-nación se fue. Si volvió el Estado-nación se anula la potencia de lo político y se anula también la impotencia de la política institucional, a la vez que se le devuelve o se le genera poder. Un poder estatal que la mayoría hoy celebra y que es la transformación, el reencauzamiento de la energía infrapolítica que explotó en 2001.
En breve, es estratégico desmentir que volvió el Estado-nación porque, si volvió, se cierra lo abierto, se reducen los posibles, lo político no existe y los nosotros no podemos politizar ningún problema común.
En otras palabras, la publicitación del Estado contemporáneo como poderoso tiene como condición la publicitación de la experiencia infrapolítica como impotente. Por esto el kirchnerismo presenta, tanto como los medios, una imagen descafeinada de 2001, inocua, rutilante (el espectáculo-catástrofe tiene siempre muy buen rating, pero no produce sino víctimas y espectadores: impotencia). La publicidad kirchnerista y las cataratas mediáticas nos ponen, retroactivamente, como expectando que volviera un Estado fuerte y protector que evitara catástrofes neoliberales y terrores dictatoriales, que en la práctica nos deja complacidos con el eclipse de la autonomía dosmilunera.
¿Quiere todo esto decir que debemos añorar 2001 para zafar de la estética catastrofista kirchnerista-mediática? ¿Quiere todo esto decir que 2001 debe repetirse? Nada de eso. 2001 no volverá. Si decimos que el fantasma de 2001 merodea o que se inmiscuye en las hendijas del armado ordenador posnacional, es porque aún no tenemos otro nombre para eso, es porque nuestra imaginación no acierta a ir más allá de lo que la imaginalización mediática y oficial performan. Ocurre que solamente la exploración colectiva de las aberturas, y el hallazgo de las potencias que en esos espacios tenemos, potencian la imaginación de los colectivos autónomos. En otras palabras, la consigna no es 'luche y vuelve'; la consigna es ‘abramos e imaginemos'.
[1] F. Berardi, Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Tinta Limón, Buenos Aires, 2007, p. 35.
[2] Parte de las tareas que tenemos por delante es pensar cómo es una nación o una industria que no se articulan de modo estatal-nacional con el resto de los elementos sociales: una industria que no produce la subjetividad “productor”, arquetípica de la nación, ínsita en la subjetividad “ciudadano”.
[3] S. Abad y M. Cantarelli, Habitar el Estado. Pensamiento estatal en tiempos a-estatales, Buenos Aires, Hydra, 2010, p. 19.
[4] Es cierto que el flujo de opinión kirchnerista y antikirchnerista se empeñan en hacer aparecer un eje, pero, como veremos, esa es una imagen que sobreimprimen a una realidad mucho más rica y potente.
Significado histórico de 2001
O la significación por retroacción
PH: Se dice que ningún enunciado obtiene significancia por sí solo. Todo enunciado padece una indeterminación de base que solo puede ser suturada por un segundo enunciado. El enunciado 1 necesita un enunciado 2 que le dé sentido. En términos de historiador, el hecho o práctica 1 adquiere significado a través del hecho o práctica 2.
La gestión compatibiliza infra y macropolítica
Cuando no hay metaestructura que homogeneíce los elementos sociales, la representación no puede ligarlos. Luego, el Estado ya puede ligarse con la sociedad representándola. En su desgarro más candente: la política estatal no puede gobernar la infrapolítica representándola. El Estado posnacional argentino salda la inoperancia de la representación con gestión.
El Estado de tiempos postindustriales tiene un problema que también tiene la infrapolítica (que es el nombre de la subjetivación de tiempos postindustriales). El problema que ambos comparten es el problema de la gestión material de la vida. El Estado no tiene asegurada su estabilidad política ni su financiación económica; los excluídos no tienen asegurado el trabajo, el sustento.
La política de tiempos nacionales, la política de tiempos de capital productivo, a veces industrial, a veces agrario (o ambas cosas, como en el caso argentino) era una política en que no estaban en duda los modos de producción misma de riqueza. Estos años, en cambio, son tiempos en que no es seguro que haya capitales, no es seguro que haya naturaleza, no es seguro que haya trabajo. Así, si la gran divisioria de aguas políticas de tiempos industriales pasaba por el asunto de la propiedad de los medios de producción, hoy lo que está en cuestión es la viabilidad misma de la producción y del trabajo.
Incluso podríamos decir que mientras la política clásica debía preocuparse por cómo representar adecuadamente la vida, la política contemporánea en general (tanto la política como lo político) debe ocuparse de la 'presentación' misma de la vida, de tramitar todo lo necesario para que se produzca y reproduzca. Así las cosas, las diferencias entre las concepciones políticas no se dan en función de la representación (hétero-representación, auto-representación, representación parlamentaria, soviética, monárquica, corporativa, etc.), sino más bien en función de la gestión: hétero-gestión, autogestión, gestión empresarial, gestión estatal, gestión mercantil, gestión de organizaciones de la sociedad civil, etc.
En este punto ya la cuestión no es representar adecuadamente los problemas de los sectores definidos según sus lugares en la producción sino asegurar la producción, asegurar que exista y que perviva. En tiempos industriales, la producción podía darse por supuesta; era un hecho dado, y la política discutía la distribución (de la propiedad de los medios de producción, del excedente, del ingreso, de la tierra, del poder). En los tiempos contemporáneos, en cambio, es la producción misma la que está en cuestión, sea porque los capitales se fugan y escurren como agua, sea porque se extingue el trabajo fabril rutinario, sea porque los capitales se apropian el agua, sea porque el cambio climático hace dudar hasta de los ciclos naturales y las cosechas, o incluso porque los movimientos campesinos y originarios plantean la cuestión de la soberanía alimentaria. La cuestión de la soberanía alimentaria es bien contemporánea, clava su interrogación en el corazón de la encrucijada actual: ya no tanto de quién es la tierra (los pools de siembra se conforman con arrendarla) o sus frutos, sino qué produce y cómo. En un escenario más urbano y de un modo distinto, también las empresas recuperadas muestran que la encrucijada actual no está en la lucha por la distribución del excedente económico sino en la lucha por asegurar que haya economía. Es una necesidad de asegurar que haya economía que tienen tanto el Estado como los sectores excluidos.
Si me permiten esta incómoda manera de decirlo, el quid de nuestros tiempos no es ya la apropiación del excedente económico sino la producción del necesario económico; no es ya el reparto del fruto del trabajo, sino el trabajo. No ya el nivel segundo y trascendente de la distribución económica o la constitución política, sino el nivel primero e inmanente de la actividad económica y la relación social. Para el nivel segundo, se requería representación. Para el nivel primero, gestión.
Así las cosas, la penetración del Estado en la sociedad no se da por medio de la representación sino que se da por medio de la gestión, en correlación con el hecho de que el funcionamiento mismo de la economía no consiste en un fetichismo de la mercancía que hace que el resultado del proceso productivo tome el lugar de éste o que la mercancía oculte el proceso de producción o las relaciones sociales de producción representándolo, sino el puro ‘hay o no hay’, el puro ‘ya’ (o nunca). Se plantea, ya desde la misma economía contemporánea, algo así como un principio de inmanencia absoluta que es en sí mismo gestión (implementación de procedimientos, estandarizados o improvisados, consensuados o impuestos, que consigan los resultados que cuentan, que importan), a diferencia del fetichismo de la mercancía que es en sí mismo representación.
Aun si esta correlación que intuyo para los tiempos actuales (entre inmanencia económica y gestión política) no es tan sólida como la verificada entre representación política y fetichismo de la mercancía, vale por lo menos el señalamiento de que las condiciones económicas contemporáneas no son compatibles con la representación política clásica. Vale el señalamiento de que las relaciones sociales de tiempos nacionales e industriales eran penetrables por la representación, configurables representacionalmente, mientras que las contemporáneas, no. Después, si mi hipótesis de una correlación entre inmanencia pura de la economía y política gestionaria no prospera, podremos ver a qué se debe esta contemporaneidad entre una y otra, pero quedaría aun en pie la incompatibilidad entre una economía inmanente como la posindustrial y una política representativo como la nacional.
También queda para otra ocasión diferenciar entre tipos de gestión. Se me ocurren por lo menos cuatro: la mercantil, la política, la no gubernamental y la infrapolítica, y dilucidar si hay un principio común de funcionamiento entre los diferentes tipos de gestión. Por lo pronto, desde el punto de vista nosotros, habrá que diferenciar entre gestión y autogestión:
“F. Ingrassia plantea una tesis con futuro: se cierra el antagonismo en términos políticos y se reescribe en términos de gestión. Los problemas son problemas de gestión, tanto el problema del estado técnico administrativo como el problema de las asambleas. Lo más importante que están haciendo las asambleas, en general, es ir generando mecanismos de autogestión de diversos aspectos de la vida social. Pero entonces tendremos que pensar en dos modelos de cohesión, heterogestión y autogestión.”[1]
Se abre aquí todo un campo de exploración para los nosotros del que poco puedo decir ahora –salvo señalar que el espacio que exploran los movimientos campesinos y las empresas recuperadas. Sí puedo decir que se trata de un aspecto más de la pérdida de centralidad del Estado, o, en otras palabras, de su pérdida de trascendencia. Como ya no representa y gobierna, sino que gestiona y resuelve, se haya en la inmanencia de lo que gestiona. Ya no está, como un todo, por encima de las partes sino que co-gestiona lo social junto a otros elementos sociales, como empresas, medios, ong’s, sindicatos, etc. Y también junto a organizaciones micropolíticas; les leo el siguiente pasaje que menciona dos organizaciones de la cuenca Matanza-Riachuelo que plantean una agenda de cuestiones relacionadas con las redes de aguas y la contaminación:
“Tanto en el caso de las Madres de las Torres de Wilde, como en el del Foro Hídrico, 1- Se trata de colectivos que plantean una posición confrontativa con el Estado. A diferencia de las organizaciones colectivas de los ’90, por ejemplo los piqueteros, estas son más demandantes con respecto al Estado, para que controle espacios de proximidad, que establezca nuevas regulaciones, que controle las actividades industriales, las fuentes de contaminación, etc. 2- Se forman colectivos multisectoriales; es decir, hay participación de vecinos, de técnicos, de grupos de clase media, de profesionales, de militantes políticos, pero se asume que en el espacio colectivo la representación política no puede predominar sobre la articulación. 3- Ganan peso las controversias sociotécnicas, porque hay un reclutamiento de especialistas, pero también hay un proceso de aprendizaje colectivo respecto del cual los vecinos, las comunidades, dejan de ser legos y se convierten en expertos. Van armando una contraexperticia.”[2]
Peatón 3: Experticia y contraexperticia suenan como otra forma de decir que el antagonismo pasa por la divisoria entre autogestión y heterogestión.
Posdata: crisis civilizatoria, Estado y autogestión.
Después de todo, hay un punto en que el Estado sí resulta necesario para las cuestiones de la vida ‘subestatal’ o infrapolítica, que es la transición hacia otro modelo civilizatorio. Sea por riesgos visibles como el de la central nuclear de Fukushima de Japón, sea por depredaciones más imperceptibles como la del suelo, la del subsuelo, la del aire, la del agua, las de los ocho millones de canguros que Nike deberá matar en 2011 para ponernos zapatillas a los peatones del mundo. Sea porque las ciudades no dan abasto para recibir los desplazados, por los cultivos agrarios que requieren cada vez menos mano de obra y van a la ciudad donde se deberían ofrecer los servicios que se consideran mínimos para la vida urbana, sea porque la energía es cada vez más insuficiente o más onerosa de producir y consumir, el modelo civilizatorio, lo que consideramos civilización, confort, progreso, prosperidad, los modos de asegurarlo (incluyendo alimentación, transporte, energía, iluminación, salud y tal vez incluso higiene vestimenta y demás) debe ser abandonado.
Les leo un extracto (un poco largo, comprenderán ustedes) de una propuesta del Movimiento Nacional Campesino Indígena que me llegó por mail en enero último con el título “Represión a los Qom, villa Soldati, trabajo rural esclavo: Todas caras de la Agricultura Industrial.” Y con el subtítulo “No será sencillo pero es urgente transformar el modelo agropecuario argentino”.
“[…] Proponemos algunos ejes de Soberanía Alimentaria:
“Reconocimiento por parte de la sociedad en su conjunto: -De lo rural y de lo urbano, como formas de vidas diversas y complementarias; cuyas relaciones se definen por la solidaridad. -Del mundo rural como Espacio de vida cuya consolidación requiere de presencia de una población enraizada, con condiciones mínimas de permanencia, la más importante es el acceso y uso de la tierra, el agua y demás bienes naturales. -De que estos territorios y poblaciones diversas (pueblos indígenas, campesinas, pescadores artesanales, pastoralistas, trabajadores y asalariados rurales y otras), tienen una importancia clave y es dar al conjunto de la sociedad la provisión de alimentos y preservación de la naturaleza y al patrimonio natural y cultural, la biodiversidad que nos pertenecen a todos-todas. -De la mujer como productora de vida, alimentos, arte, cultura, conocimientos, valores y diversidad. -Respeto a las semillas y los procesos milenarios genéticos, basta de trangénicos. -De las organizaciones y Movimientos campesinos, de pescadores artesanales, pueblos indígenas como instancias directas de participación, diagnóstico y ejecución territorial de políticas de desarrollo [aquí también podemos leer “gestión” o “contraexperticia”] y luchas por las conquistas de derechos civiles sociales y culturales.
“Debemos impulsar que los gobiernos provinciales, municipales y nacional realicen: -Leyes de apoyo y estimulo que custodien y promuevan estos modelos de producción y provisión de alimentos, a las comunidades y los bienes naturales. -Leyes de suspensión de desalojos y garantizar el acceso al agua. Apoyo y Estímulo: -Al desenvolvimiento de formas de economías de proximidades que garanticen a las poblaciones urbanas alimentos sanos de las poblaciones rurales de acuerdo a la diversidad cultural (pueblos indígenas, campesinas, pescadores artesanales, pastoralistas, trabajadores y asalariados rurales) […] -Al acceso de estas poblaciones del campo y de las pequeñas ciudades a los bienes y servicios, priorizando los que esos grupos y poblaciones consideren necesarios para el ejercicio de su ciudadanía. Que además participen en la gestión y administración de los mismos. Con énfasis especial en acceder a los bienes y servicios que garantizan los derechos básicos fundamentales, como la educación, salud, comunicación y recreación. -Ampliación de ofertas de asentamientos en el campo y a pequeñas ciudades, especialmente a los jóvenes, para reducir los impactos negativos del éxodo rural que van a los lugares más distantes, creando en el campo las condiciones necesarias para el pleno ejercicio de los derechos en las comunidades rurales. -A las organizaciones y movimientos diversos, respetando su autonomía o filiación cualesquiera ellas sean, convocándolas a participar del diseño, programas y ejecución de los mismos sin discriminación.
“El rol del Estado en este programa es importante, en la medida que transfiera los subsidios que se otorgan al agronegocio hacia la agricultura familiar y campesina, además de abastecer a los programas sociales con producción campesina y desarrollar mecanismos de acceso directo de las poblaciones urbanas pobres a los productos campesinos a bajo costo.
“Fortalecer la vida campesina y sus organizaciones creará las condiciones para derrotar a la mesa de enlace y las transnacionales y lograr la vuelta al campo de miles de familias argentinas que se encuentran excluidas en las ciudades.
“¡Somos Tierra para alimentar a los pueblos!”[3]
Para tamaña transición, tamaña coordinación es, claramente, necesario un Estado y sin duda no es compatible con el kirchnerismo una transición que, desde el punto de económico capitalista, es decrecimiento. A ojos vistas, deberemos empezar de manera infrapolítica la transición a otro modelo civilizatorio de manera grupuscular, mínima, casi infrasocial, ya que no contaremos con el beneplácito de los Estados ni del gran capital, pero tampoco de los habitantes urbanos acostumbrados al aire acondicionado, a la locomoción petrolífera, a la luz eléctrica y demás. La subjetividad consumidora no querrá mudarse a otra civilización…
[1] Lewkowicz, I., Sucesos Argentinos, Paidós, Buenos Aires, 2002, cit.
[2] G. Merlinsky en la mesa redonda “Procesos de aprendizaje colectivo, ¿democracia de las ecologías urbanas?”, en el libro del colectivo GPA - Gris Público Americano, Paraformal. Ecologías Urbanas, CCEBA/AECID: Buenos Aires, 2010, pp. 206-7; disponible en es.scribd.com/doc/55493420/Paraformal-Ecologias-Urbanas; subrayados míos; el epígrafe de este libro es una frase de B. Latour: "Si la verdad científica no se impone ya, no es porque el buen pueblo se ha vuelto irracional, sino porque se encuentra adelantado en situación de co-averiguación."
[3] Negritas en el original; subrayados míos.
De la infra a la micro. Breve historia de la infrapolítica III
[adelanto del libro de historización de Argentina]
III. La infra deriva en micro
Por supuesto, el montaje, por parte del Estado, de instrumentos para tramitar la esfera de lo sub-representable ya había comenzado antes (yo diría que con las cajas del Plan Alimentario Nacional del gobierno de Alfonsín), y es lo que se conoce como proceso de territorialización del poder (o, periodística y un poco peyorativamente, como clientelismo). El proceso se aceleró con la emergencia piquetera a fines de los ’90 y la aparición de los llamados “planes sociales”. Pero 2001 obligaba a aceitar, ampliar y profundizar el esquema. Gestionar lo social sub-representable se había convertido en condición de gobernabilidad. Si no lo hacía el Estado, lo haría esa hormigueante, dispersa y potente infrapolítica, pero
Breve historia de la infrapolítica II
[adelanto del libro de historización de Argentina]
II. 2001 como encrucijada
Sigamos ensayando nuestra caracterización de la infrapolítica. Los movimientos infrapolíticos no tienen al Estado en su horizonte ni en el aspecto de los problemas o la agenda que se fijan ni en los métodos que desarrollan, ni como interlocutor excluyente –aunque a veces y contradictoriamente sí en el caso de las Madres, que exigían justicia y podían desautorizar al poder judicial o al ejecutivo, o luego en los de los movimientos de desocupados que pedían planes sociales (aunque también podían pedir bolsones de comida, medicamentos o herramientas a empresas privadas), pero claramente no en 501 y casi nada entre los H.I.J.O.S., que por lo demás funcionaban reunidos en asambleas. Si lo tenían como interlocutor, no reclamaban ya que el Estado los representara sino que accediera a ciertas demandas. La representación no estaba en su horizonte, como tampoco lo estaba la toma del poder del Estado. La subjetividad que producían no se satisfacía con representación, y eso resultaba desquiciante. De tal manera, estos movimientos infrapolíticos no resultaban dominables ni integrables con los recursos tradicionales de la representación como los partidos y los sindicatos. Es en este sentido que son infrapolíticos: si el proletariado marxista iba “más allá” de las instituciones políticas burguesas, los movimientos infrapolíticos se movían, como si dijésemos, demasiado ‘más acá’ de las menguadas instituciones neoliberales como para que la política pudiera representarlos e integrarlos.
La infrapolítica, por estar debajo de los límites de visibilidad y representabilidad de las cosas que el Estado detecta, representa, tramita, domeña, puede pasar inadvertida, un poco como la vida microscópica suele pasar inadvertida para los humanos hasta que nos afecta de alguna manera, hasta que nos enferma o nos tropezamos con ella por algún motivo y recién entonces nos llama la atención. La infrapolítica, a la vez que no buscaba representación, sí buscaba, y muchas veces encontró, modos de llamar la atención pública. Un primer modo fue esa “locura” de caminar en círculos sin destino en la Plaza. Otro modo fueron los cortes de ruta y la represión que recibieron, aunque la represión de los piquetes no fue tanto lo que hizo que se pudiera percibir lo infrapolítico sino que los medios atendieran esa represión y/o que la actividad infrapolítica fuera lo suficientemente contundente como lo fue por ejemplo en Cutral-có en 1996. Por su parte, un movimiento como 501 se hizo visible no porque el Estado hubiera logrado representarlo, sino porque los medios lo comentaron relativamente bastante condenándolo. Los escraches fueron otro modo aun.
Pero la visibilidad de estos movimientos no significaba representabilidad. El carácter ‘infra-social’ de sus circunstancias, y sobre todo el carácter infrapolítico de sus situaciones, de sus móviles, métodos, objetivos y logros, e incluso el de sus modos de argumentación y pensamiento de su práctica eran ‘sub-políticos’: estaban por debajo del umbral de la visual y la comprensión republicaneras de los medios, que cuando podían los ignoraban,[1] como debajo estaban del umbral de representabilidad de las instituciones (un desocupado es irrepresentable para un sindicato).
Pero entonces llegó 2001, un punto en que lo infrapolítico tomó una dimensión tan cuantitativamente grande y cualitativamente autónomo que imposibilitó el despliegue de la instancia política. En las jornadas de diciembre de 2001, el monstruo infrapolítico incluso redujo a ineficaz la represión armada –que venía siendo casi el único recurso que la política estatal podía utilizar frente a lo infrapolítico–; el Estado mató a unas 35 personas, y declaró un estado de sitio, pero sus gobiernos cayeron igual.
En circunstancias así, lo infrapolítico no deviene representable, pero deviene ‘in-ignorable’ para los medios e incluso en garantía de rating para éstos. Tal vez estos, aunque no entendieran lo que estaban transmitiendo, es decir, aunque no lo representaran adecuadamente, ayudaban a propagar su dimensión, su eficacia, su adopción.
Allí donde el Estado venía retirándose de la representación, allí donde el mercado radicalizado venía convirtiendo en irrepresentables a los antiguos trabajadores, allí se desarrollaba una vida muy activa, una vida infrapolítica, infrarrepresentable, que decía algo así como ‘si ellos no quieren representarme, yo me presento’. Pero en 2001 no solo dijo ‘me presento allí donde no quieren representarme’, sino que los voy a echar de todo eso que quieren representar, y lo gritó diciendo: “¡Qué se vayan todos!” y lo hizo con asambleas, piquetes y empresas recuperadas. Y lo practicó como diciendo: venimos nosotros.
Y entonces le tocó gobernar a Kirchner. El kirchnerismo vino a asumir la difícil tarea de hacer viable un Estado donde los movimientos sociales no pedían representación. El Estado debía llevar gobierno y gobernabilidad a la esfera infrapolítica, o, como le dijo Kirchner a Jorge Ceballos (dirigente de Barrios de Pie): “debemos llevar institucionalidad a los barrios”.[2] Kirchner sabía, y mostró saberlo muy bien, que llevar institucionalidad no podía ser llevar república, no podía consistir en lograr que la representación representara al espectro infrapolítico. Como la represión había resultado inútil con ese espectro infrapolítico, como insistir con la representación y la represión había dejado de asegurar la gobernabilidad, Kirchner desarrolló métodos posrepresentacionales –o posnacionales– de que el Estado, la instancia política, llegara a esa esfera.
Llegaría allí vía gestión, vía “redistribución” y vía imaginalización. Y, aunque no lograría hacer de la infrapolítica un actor tan identificado con el kirchnerismo como sí logró hacerlo de la clase obrera de los ’40 el peronismo, logró invaginarla hasta el punto de convertirla en micropolítica, esto es, algo así como el polo territorial (o no tanto, pero siempre informal) de un arco que tiene en el otro polo la instancia institucional o formal de la macropolítica. Ahora el campo de la infrapolítica ha sido conectado –aunque no incorporado- a un continuo que tiene en su otro extremo la macropolítica, de modo tal que aquella ha devenido algo así como la ‘pata micro’ del ‘accionar macro’ del gobierno “nacional”. Por las vías de la gestión, la “redistribución” y la imaginalización de la circunstancia social globalizada, el kirchnerato ha logrado que los agenciamientos infrapolíticos funcionen como algo así como el complemento pedestre y gobernable de las altas esferas gubernamentales. Pero esto ya es tema de la próxima reunión.
Breve historia de la infrapolítica I
De la infra a la micro.Breve historia de la infrapolítica III
[ver otros adelantos del libro]
pablohupert@yahoo.com.ar www.pablohupert.com.ar
[1] Los medios solían dejar de ignorar a los piqueteros cuando podían mostrarlos como víctimas (de la miseria o la represión) o como criminales (es decir, como victimarios).
[2] Relatado por Ceballos en 2004 al salir de una entrevista con Néstor Kirchner.
Breve historia de la infrapolítica I
[adelanto del libro de historización de Argentina]
I. Los precursores de 2001
"Cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres"
Borges, "Kafka y sus precursores"
Busco con esta breve historia comprender el avatar micropolítico en que derivó la infrapolítica luego de 2001.
Es el sinuoso y discontinuo camino que va desde el eclipse de la política estatal como lugar de pensamiento de lo común (como lugar natural de lo político) a la formación de un campo de autonomía donde pensar lo común. El camino que va de lo que llaman “crisis de representación” (y yo llamo, más bien, cesación de la representación) al estallido de presentación. El camino que, en lugar de ir del sujeto ciudadano al sujeto consumidor (un camino de desubjetivación), va hacia un sujeto colectivo bien contemporáneo pero que crea y autogestiona nuevos valores y modos de vida (un camino de subjetivación). El camino que va de la impotencia en que nos sumieron Dictadura y Neoliberalismo a la potencia que nos dan las Madres, los piquetes, 2001.


