Pablo Hupert Historiador Elaboración de experiencias

24may/080

Judíos sueltos: De la vivencia a la experiencia

Disertación en la mesa debate "¿Qué significa ser judío hoy?".
Asociación de ex alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires. 4 de agosto de 2005.

Introducción

Esta idea, judíos sueltos, no estaba presente en el ensayo que premió la AMIA.[1] Es una idea que estaba muy en germen, como "elementos sueltos"; después fui llegando a la idea de judío suelto, que no está cerrada. Ocasiones como esta mesa sirven para ir pensando mejor el concepto.  Así que, tomen lo que les diga como parte de un intercambio y una elaboración conjunta.

Un supuesto con el que nos manejamos los historiadores es el de que ningún producto humano, ninguna cultura se puede definir de una vez para siempre. Así, me parece que no se puede decir que judaísmo sea una cosa y que esa respuesta sea definitiva. Sí se ha dicho en determinadas épocas que judaísmo es religión, o que es nación, o un idioma, o una cultura, etc. En cada época las diferentes respuestas fueron ciertas, pero ninguna de las respuestas fue cierta para siempre.

5may/080

La paradoja del aula

Hay en las aulas universitarias algo que baña todo como un éter general que asigna su rango y su forma a todo lo demás. Es la reproducción, con su nombre propio universitario, el Saber. La reproducción universitaria es reproducción del saber (que el saber "aumente" indica que su reproducción es ampliada y no que sea creador)y su economía (repro ampliada + valor de cambio). En el aula universitaria hay todo un dispositivo que asegura eso y que asigna su función a cada una de las prácticas que se dan dentro del aula, y lo hace de modo tal que sólo están incluidas en el aula las prácticas cuya función es reproductiva.

Sin embargo, ese aparato, al funcionar, produce un residuo no semantizado: en medio de tanta reproducción, algunas producciones se insinúan. Es lo que un compañero, Andrés, llama "la paradoja del aula". Cuando, por ejemplo, al alumno le encargan que estudie un apunte para aclarar un punto del programa del curso y el lector por encargo encuentra en el texto puntos a problematizar no programados y se convierte en lector por motu proprio; cuando un profesor orienta a su curso a leer el texto del día de modo que interroga a su curso por lo que éste había dado por sobreentendido; cuando un examen formula una pregunta que sabe qué respuesta la responde y el examinado contesta examinando una veta problemática inexplorada y hace que la respuesta no acople término a término con la pregunta; cuando, con vistas a un examen, un alumno estudia, en tiempo y forma, en función del aprobaje y se encuentra con un examen cuyas preguntas no requieren el tipo de respuestas que su estudio había previsto; cuando a un profesor le preguntan algo que no sabe y devuelve la pregunta al curso y éste y aquél trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando un estudiante pregunta algo que el profesor no sabe y sus compañeros, con o sin el profesor, trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando algo de esto ocurre, decimos, lo que ocurre es la paradoja del aula: una práctica orientada a saber (una lectura, un examen, una pregunta) produjo un resto orientado a pensar o, mejor dicho, un resto que es él mismo pensamiento. Cuando algo de esto ocurre, si es que ocurre, el Saber cede el paso al pensamiento, la reproducción a la producción.

Que algo así, a veces, raramente, fugazmente, suceda, no significa que su ocurrencia sea normal ni que tuerza el curso de lo que pasa en el aula (aquí hay que recordar que ese curso ya ha sido recorrido y que es por esto que ese curso se dice con un participio pasado y un artículo definido, "la cursada"). Es que el dispositivo áulico tiene sus mecanismos de hegemonía. Puede que, a veces, el saber ceda el paso al pensamiento, pero es sólo para luego pisotearlo. Si algo no estructurado emerge, la reestructuración de ese algo no se hará esperar.

Así, las calificaciones aseguran retroactivamente una divisoria clara entre lo que es una respuesta que responde a lo preguntado y lo que no lo es o lo que es una pregunta válida para lo que se estudió y la que no; además, están los comentarios del profesor: así, si el examinado examinó una veta inexplorada, "no está mal, pero no es lo que se pedía"; además, están las quejas del estudiante: así, si el profesor diseña preguntas que no requieren el tipo de respuestas previstas en el "tragado" que el estudiante hizo con vistas al examen, "esta pregunta no era clara" o "a mí me dijeron que en el final no preguntan esto". Calificaciones, comentarios, quejas aseguran la sujeción de la respuesta por la pregunta y de una y otra por el aprobaje o –para escenificarlo con personajes– la sujeción del evaluador y el evaluado por el examen; hacen, en fin, del examen una instancia de medición de la erudición, es decir –ya que el pensamiento es no es mensurable–, una instancia del Saber.

Así también, el cronograma de lectura impide que discutamos la cuestión que el accidental lector activo plantea, "tan interesante pero que llevaría tanto tiempo… después no vamos a llegar"; y, si a pesar de esta pragmática consideración, la cuestión encuentra un grupo y un profesor dispuestos a trabajarla, se impone el recuerdo de que después de la cursada hay otro examen, cuya dificultad aumenta cuando disminuye "lo visto" en clase. O, si el profesor toma o propone la interesante cuestión para hacer que el grupo piense, raramente faltará el alumno que inquiera: "¿esto entra para el parcial?". Y, por si estos mecanismos no alcanzaran, viene otro a reforzarlos y constituirse en su reaseguro: el programa. Tampoco es casual este nombre: si una materia es un recorrido ya cursado, lo es a condición de que sus escalas y su destino estén programados. La cursada tiene meta y la meta asegura el desprecio de lo que surge en el camino. (Que la mayoría de las veces al programa "no lleguemos" no disminuye su eficacia sino que la aumenta). El programa tiene su complemento y vía de realización en la bibliografía: no se trata de libros, sino de bibliografía; tal vez los libros se lean, pero la bibliografía se estudia; tal vez los libros conduzcan a cuestiones inesperadas, pero la bibliografía proporciona respuesta a las cuestiones programadas. Y, en el aula, sólo existe la bibliografía. Cronograma, examen, programa, bibliografía hacen de la lectura un camino cuyo curso es conocido, tranquilizador, y cuyo resultado es saber.

También, el programa asegura la reinscripción de toda intervención en el curso por él planeado. Si una pregunta, una observación o una intervención del tipo que sea se sale de curso, el programa se hace actual en el aula por medio de ciertas indicaciones que, dichas por un alumno o un profesor –lo mismo da–, restringen la posibilidad de pensar, tales como "eso lo vemos dentro de dos o tres clases" o "sigamos que quiero ver Holloway antes del parcial" o "eso se ve en [tal otra] materia" o "para hablar de eso antes hay que leer a tal, a tal, a tal y a tal" o "eso solo es tema para un seminario y no lo podemos ver acá", etc., etc., etc. La enumeración puede centuplicarse, pero la proliferación de las frases contemplará siempre esta propiedad: desechar como desvío lo que emerge en la situación; o esta otra, más abarcativa: remitir una cuestión que exige pensar en la inmanencia de la situación a la totalidad del saber, desconocida por los presentes pero presuntamente existente en algún lugar externo. La representación de la totalidad del saber y la del plan del saber practicadas en las situaciones académicas imposibilitan la presentación de la singularidad del pensar.

Así también, la impresión que cada actor del aula debe dejar restringe la posibilidad de pensar. Si al profesor le preguntan algo que no sabe, puede éste decir "no sé" y devolver la pregunta, pero corre el riesgo de que los alumnos lo tilden de ignorante que quiere disimular, por lo que será mejor que dibuje algún firulete o que diga "te lo averiguo para la próxima". Puede ocurrir también que un compañero del preguntón conozca la respuesta o tenga algún indicio, y puede ponerlo a disposición del curso o puede reservárselo para no dejar "mal parado" al profesor o para jugar esa carta en el examen y deslumbrar. La imagen, la representación de sí, el brillo que un saber da o quita, orientan el trabajo en el aula en función de saber. Como se ve, la sujeción del pensamiento por el saber no necesita de medios demasiado violentos.

Ni el examinado ni el examinador examinan el examen; el lector no escribe; el que interroga no responde y el que responde no pregunta; el que enseña no aprende de sus aprendices. Fijaciones semejantes son las que asegura el dispositivo llamado aula. Así es como ninguna de las subjetividades instituidas por la Universidad heredada piensa.

Y está también la cátedra, otra destacada institución del dispositivo. La cátedra dice que el docente al frente de un práctico o de un teórico-práctico sabe menos que el que está al frente de un teórico. Es una cristalización de una jerarquía de saberes que hace que el docente sea responsable de lo que hace, no ante el curso en el que hace lo que hace, sino ante una jerarquía. (Entiéndase "responsable": el que responde por algo ante alguien; pues bien, el alguien es la cátedra, que no está frente al docente sino en su cabeza). La cátedra, entonces, es una entidad supra-aula con capacidad de interpelación intra-aula y, por eso mismo, desactiva lo que ocurre en el aula. La pregunta clave sería: lo que ocurre en el aula, ¿ocurre en un aula o en una cátedra? El dispositivo está montado de tal manera que hay que responder lo segundo. Así, por ejemplo, puede ocurrir que una pregunta que "desvía" encuentre entusiastas laboradores tanto en el profesor como en los alumnos de un aula, pero, tarde o temprano, por medio de alguna interpelación como "el titular no dijo nada de esto en el teórico" o "si sigo con esto, van a dar mal el final", la entidad sobrestante restaurará su programa.

No. El dispositivo reproductor no fracasa: dispone de mecanismos para reinscribir en la armonía áulica los residuos que produce, mecanismos para hacer de toda práctica que se dé en su seno una práctica cuyo sentido no está por verse sino ya cursado. Y si hay un residuo no reciclable, siempre habrá modos de desecharlo, de entre los cuales es el principal el que estos restos productivos son invisibles dentro del dispositivo y para la subjetividad que él instituye. En la paradoja del aula, la reproducción se impone siempre sobre la producción. Y la causa principal de esta eficacia es sencilla, pero muy sutil, que saber y pensamiento no son los polos opuestos de una unidad dialéctica de contrarios que se llamaría aula. Pues el dispositivo es determinado, mientras que sus restos son indeterminados.

Resérvense los moralistas sus sermones; las cosas no suceden de esta manera porque tal o cual docente sea malo o porque aquellos alumnos sean unos "olfas" ni dejan de ocurrir porque este profe sea "piola" o porque en ese grupito sean pibes re-inteligentes. Esto ocurre así porque el dispositivo llamado universidad está constituido alrededor de un objetivo llamado Saber. Es la investidura del saber como fin de toda la institución universitaria el éter general que asigna a toda práctica áulica el rango y la forma de medio (la lectura es estudio, el libro es bibliografía, el examen es medición, la pregunta sabe lo que pide, la clase está para dar o recibir saber, el curso es cursada, etc.).

Ahora bien; ¿hay en la universidad alguna otra instancia que no deseche las producciones residuales ocurridas en el aula sino que las capture y las ponga a producir?, o, lo que es lo mismo, ¿hay alguna instancia universitaria que se haga fuerte en el pensar y no en el saber? No. Ni los Centros de estudiantes, ni los seminarios, ni los congresos, ni los seminarios internos de cátedra. Tampoco los pasillos, supuestos lugar de lo no-instituido, que son en realidad el ámbito de los chismes, de la charla informal, de la seducción, de los insultos, de las catarsis y de todo lo que la clase magistral proscribe, la válvula de escape, en suma, instituida por la institución, su inocua inversión carnavalesca. No hay en la universidad normal dispositivo alguno que capture ese mosto de pensamiento que el saber produce sin proponérselo.

Una ocasión hubo, es cierto, en que el pensamiento era la fuerza de lo que allí se instituía, pero no fue compatible con lo instituido y requirió de su suspensión. En esa ocasión, la normalidad universitaria se vio interrumpida y el pensamiento fue sinónimo de a-normalización. Fue en mayo de 1999. UM99 y su libro apuestan a capturar ese pensamiento y ponerlo en producción.

 

 

PH y UM99 (junio de 2000)

5may/080

Hacer la experiencia de Argentina

[este es el planteo general del taller de historia argentina "Las crisis argentinas y sus sujetos"]

Hacer la experiencia de Argentina

¿Cómo ser argentinos? ¿Cómo constituirnos a partir de la experiencia de Argentina? ¿Y cómo hacer una experiencia de Argentina?
Una opción es irse lejos y extrañarla: llevar una foto de Pocho y de Carlitos (y unos videos de Maradona, por supuesto). Otra opción, sin irse tan lejos, es escuchar mucho tango, escuchar a Los Arroyeños, y así hacer algo así como una reducción folklórica, o una literaria, de lo argentino, y nostalgiar con eso.
Pero en algún momento uno llega a hacer la experiencia de que esa nostalgia no lo constituye sino que a lo sumo lo confirma. La nostalgia no nos produce como sujetos; a lo sumo nos reproduce; es decir, nos deja sujetos a esa morriña tan propia del nostalgiar. Podemos gozar de esa dulce melancolía, es cierto, pero se sabe: la nostalgia es nostalgia del pasado, y nuestra pregunta es por el presente de la experiencia argentina.
Hacer la experiencia de algo es elaborarlo. Piaget decía que la operaciones de juego se internalizan como operaciones mentales. Luego, elaborar algo es elaborarse. Ahora bien, para hacer experiencia de algo (del país, por ejemplo), para elaborarlo, para elaborarse a partir de esa elaboración, ese algo debe mostrar fisuras. Sin esas fisuras yo no puedo alojarme, no puedo constituirme a partir de ese algo que en algún punto me constituye. Las crisis argentinas son estas fisuras por las que podremos inmiscuirnos.
En cada crisis, por lo menos en las últimas, la Argentina se nos aparece como imposible. 2001 nos muestra que es en la imposibilidad de la Argentina que podemos ser argentinos. Es ante la imposibilidad objetiva de la Argentina que se presentan producciones subjetivas argentinas. La idea es la siguiente. En la sociología clásica, las crisis son el punto que revelan las condiciones de posibilidad de una sociedad, muestran su funcionamiento normal en el punto en que ese funcionamiento se torna ruidoso, o directamente imposible. Aquí la idea es que las crisis hacen además algo mucho más interesante: las crisis constituyen la condición misma de una subjetivación. Abren la posibilidad de producción de sujeto allí donde el objeto se fractura.
De ninguna manera debemos entender que las crisis sean algo exclusivo de la Argentina ni que el hacerse fuerte en una situación de impasse sea privativo de los argentinos. Sí debemos entender que eso es lo que podemos pensar al pensar las crisis argentinas: por ejemplo, que la Revolución de Mayo se afirmó con la crisis del imperio español, que la clase obrera argentina se afirmó con la crisis del '45, que el sujeto piquetero se afirmó con la crisis de 2001, el sujeto asambleario lo mismo, y así.
Toda esta idea de hacer la experiencia de la Argentina se resume en: que argentino no se es, sino que se hace, y que se hace haciendo la experiencia de Argentina, y que se hace la experiencia de la Argentina en las crisis argentinas.
Pablo Hupert

4may/080

Arancelamiento o gratuidad: lo mismo da

Arancelamiento o gratuidad: lo mismo da

Ambos garantizan una relación de consumo y no de compromiso

(publicado en Campo Grupal de marzo de 2007)

Un viejo adagio psi y de los coordinadores de diversas actividades societales predica que si alguien paga por una actividad ese alguien se compromete con esa actividad, y que si esa actividad le resulta gratis (es decir, no le requiere ningún esfuerzo, ni dinerario ni de otro tipo), esa actividad no lo compromete, no lo implica subjetivamente, no crea un lazo fuerte entre el alguien y la actividad y/o entre el alguien y la institución que realiza la actividad. Ahora bien, mi experiencia en la coordinación de grupos este año me ha mostrado el fin de la vigencia de ese adagio. Los que pagan establecen (por pagar, justamente) una relación de consumo, vale decir, una relación desimplicada en lo subjetivo. Las asistentes pagaban y venían, pero fuera de la reunión no leían el material que se iba a laburar en la reunión siguiente; no miraban siquiera una película. No se daba esa cosa que conocimos en otra época de: "Ya que pago quiero aprovecharlo bien, ya que pago me meto y lo disfruto", sino que se daba algo que dice: "Está pagado. Esta actividad no me requiere más que ir, y que no me requiera más porque si me requiere más no me da placer". La gente no se lleva tarea para el hogar. La tarea para el hogar es una forma de mantener un vínculo con la instancia que la propuso: no existe. Y, por lo tanto el vínculo tampoco. El vínculo se limita a conexiones puntuales más o menos aleatorias, pero nunca implicadas con la actividad.

¿Y qué pasa con lo gratuito? Las actividades gratuitas son un fenómeno en expansión, organizadas tanto por la Ciudad de Buenos Aires como por otras muchísimas instituciones y sociedades. Los programas incluyen listas siempre crecientes de conciertos, proyecciones, cursos. Algunos creen que, por ser una actividad gratuita, no la estamos consumiendo, y se agarran del supuesto de que se consume cuando se compra; pero cuando hablamos de consumo, hablamos de un modo de relación con los productos. Para empezar, si alguien va a una actividad o se lleva algo a la boca porque es gratis, resulta que lo está haciendo por el precio que tiene y, de ese modo, sigue siendo consumo, porque hay un juicio de precio para decidir el consumo. Para terminar: seguirá siendo consumo de cualquier modo en que la relación con la actividad o institución releve de una relación productiva estable. Lo esencial es que el consumo es un modo de relación con las cosas y los hombres, uno que no requiere implicación subjetiva. Por supuesto, habrá que cuestionar que, no siendo productiva, teniendo la fugacidad y precariedad que tiene el consumo, la sigamos llamando relación: No son más que contactos —o cliqueos, como se les dice en el ciberespacio.

Hoy, pagar por una actividad no asegura compromiso con esa actividad, sino que asegura una relación de consumo con esa actividad. La gratuidad hace lo mismo. Habrá que ver de qué maneras se pueden establecer lazos productivos en las actividades, de qué maneras se puede montar un dispositivo implicador.

pablohupert@yahoo.com.ar

4may/080

Motivación egoísta de la paternidad

Se dice que uno trae un hijo al mundo. Es como si fuera una buena acción que uno hace con un pequeño ser, y uno lo trae al mundo para darle cosas, sobre todo, amor. Pero soy padre desde hace casi tres años y me está pareciendo otra cosa. Anoto la experiencia que estoy haciendo al respecto.

Lo de que uno trae un hijo al mundo suena bien, o lo de que uno lo trae para darle cosas suena mejor, pero suena también insostenible, porque uno sólo puede traer algo que existe previamente. Uno al hijo no lo trae: lo fabrica. La pregunta sería qué fabrica uno al fabricar un hijo, y qué es lo que lo mueve a uno a hacerlo. Porque no es una efusión altruista eso de tener un hijo: el altruismo vale para alguien que ya existe, a uno lo satisface o le da rédito moral hacerle bien a alguien. Pero ¿cómo puede uno hacerle bien a alguien que no existe? Se me dirá: “Bueno, uno lo hace existir para hacerle bien”. Ahí, en este punto (que es un punto de partida diferente) quiero empezar yo el pensamiento de esta cuestión: ¿Por qué uno hace existir un hijo, y una vez que lo hizo existir, por qué uno quiere hacerle bien? Insisto con la idea que mueve a la pregunta: el pibe no existe; al no traerlo al mundo, uno no le deja de dar nada, uno no puede quitarle nada a alguien que no existe, uno no hace un mal por no traer al mundo a un chabón que no nació.

Uno tiene hijos por uno. Si uno tiene un hijo para verlo crecer, uno tiene un hijo para verse crecer. Tener un hijo te agranda, te expande, te afirma, incluso. Te multiplica concentrándote a la vez. Probar todas estas cosas es algo que lo mueve a uno a tener un hijo (retroactivamente, pues antes uno no sabe bien qué le va a hacer a uno hacer un hijo). Uno tiene un hijo porque no se quiere perder la experiencia de tener un hijo. Dicho de otra manera, uno tiene un hijo por uno mismo. Tener un hijo no es un acto de altruismo sino de egoísmo, de un egoísmo militante (tenemos aquí un caso de egoísmo productivo). Uno quiere que el hijo reciba cosas porque de esa manera las recibe uno; uno quiere que el hijo crezca porque de esa manera crece uno; uno quiere que el hijo tenga mucho amor, porque de esa manera lo aman a uno (si es uno mismo el que ama, el beneficio se duplica, porque amar también es amoroso, tanto como ser amado). También es por esto que cuando un hijo tiene un problema, el problema lo tiene uno; cuando un hijo hace algo vergonzante, la vergüenza la pasa uno, cuando hace algo bueno, el orgullo lo tiene uno, y así. Pues el hijo es uno, es uno de los proyectos de uno. Es un proyecto tan interesante que puede caminar por sí mismo. Que una vez echado a andar, desarrolla rasgos propios, una dinámica propia, una potencia propia que superará y alterará siempre las expectativas con las que uno empezó el proyecto. Pues tener un hijo no es proyectar una cosa sino proyectar una máquina que tendrá su propio dinamismo.

El hijo es esa parte de uno de la que uno puede hablar con orgullo sin que lo miren como a un fanfarrón. Al pensar en un hijo uno puede pensar en uno mismo sin sentirse egoísta. Uno puede querer lo mejor para sí mismo queriéndolo para el hijo. Toda esta generosidad para con los hijos es generosidad para con uno.

Por supuesto, los hijos no se limitan a cumplir los designios de sus padres; no se quedan conformes en esos estrechos confines de ser el lado satisfactorio, el lado “egolatrable” de su padre, el proyecto de otro; entonces salen a la búsqueda de su propio proyecto. La dura lucha –que no sé si comienza recién en la adolescencia, pero que sin dudas abarca toda la vida– es la lucha por tener un proyecto propio, la difícil tarea de tener un proyecto propio, que no es solamente el plan sino también su realización. Para esto, el pibe comienza desde tempranito la dura tarea de distinguirse de los padres. Esta lucha empieza como una batalla para diferenciarse a través de berrinches y cosas afines. Comienza tan temprano como en el octavo mes, si no es en el parto. Pero en la famosa angustia del octavo mes el chico comienza a resignarse a que es un ser distinto de la madre. Esto es claro, es objetivo, física y biológicamente; la lucha es por hacerlo realidad subjetivamente. Al menos esto es así en el mundo que yo conozco, no sé si moderno, o posmoderno, o qué.

Pareciera que para que el hijo deje de ser la parte satisfactoria y egolatrable de la subjetividad de los padres, debe ser padre también él. Se puede ser padre de muchas cosas, pero el recurso que está más a mano es, en general, ser padre de un hijo, tener el propio hijo como forma de tener el propio proyecto que no sea proyecto del padre. Se tienen hijos para dejar de ser hijos (en general, pues conocemos bien que hay padres que siguen siendo hijitos).

También habrá que ver (será parte de una dura lucha) cómo el padre se reacomoda al hecho de que el hijo ha dejado de ser preeminentemente la realización de su proyecto. Será necesaria una reformulación de la relación padre–hijo.

pablohupert@yahoo.com.ar

4may/080

La marca constitutiva. Sobre la memoria y el interrogarle al pasado

Hace unos meses que vengo deteniéndome con más o menos seriedad sobre la cuestión de la memoria –yo diría que desde que a fines de septiembre me topé ávidamente con Conjeturas sobre la memoria de mi tribu de José Donoso y enfáticamente desde que tuve que vaciar el departamento de la bobe a fin de noviembre. Ya hacía tiempo me rondaba una pregunta que no llegaba a formularse. La pregunta primitiva –así, medio cruda–más o menos era ¿por qué carajo nos ponemos a hurgar en el pasado? Me preocupaba si la historia era un invento de los estados nacionales o si la costumbre de escarbar en el pasado era sólo una rémora de aquellos tiempos, en que el discurso histórico se convirtió en el modo espontáneo de organización de toda reflexión.

La pregunta me insidiaba cada vez que oía el corriente “uno necesita conocer sus raíces” o el “conociendo el pasado los grupos encuentran su identidad” o “el pasado se reescribe según los problemas del presente” y demás. En todas esas expresiones de sentido común se da por supuesto lo que mi pregunta punzaba: ¿por qué la identidad o el abordaje de los problemas del presente requerían del pasado? También, cuando Donoso dice que hurga para encontrar su lugar en la arquitectura de la memoria familiar : ¿qué necesidad tiene de hacerse un lugarcito en la historia de su familia?, ¿para qué le sirve investigar y ensayar sobre las razones de que la tía abuela se enclaustrara en un monasterio durante sesenta años (además del para satisfacer el goce de la curiosidad por lo exótico)? También, cuando hacía mis indagaciones sobre el judaísmo ídishe: ¿por qué se me ocurría que en el pasado puedo esclarecerme mi pregunta sobre él? Mi pregunta podía responderse recurriendo a los rasgos de la era estatal-nacional, pero me parecía que hay enunciación sobre el pasado que no es discurso histórico (vale decir, que no tiene su régimen de dispositivo estatal-nacional) en épocas no-modernas; y la pregunta volvía al ataque.

También se podía oír cosas como “hay que conservar los testimonios del pasado” o “los niños no conocen el valor del antecedente” y así por el estilo. Acá el riesgo es que se tome el antecedente como algo con valor en sí, dado de antemano: ¿el valor intrínseco de los antecedentes significaría que su valor no depende del sujeto que los recoge y les hace la pregunta por su valor?, ¿o significaría que yo hoy sé el valor que mis actos tienen para los habitantes del futuro? Exactamente: adjudicarle un valor intrínseco al antecedente era una pifiada. Y la pregunta se relanzaba.

Conocía también la variante más fina de la reflexión histórica (no creo que haya llegado a pertenecer al discurso histórico, pero éste ya es otro problema) que dice que el efecto es causa de la causa, o –en “Kafka y sus precursores”, de Borges–, que Kafka crea a sus precursores. Pero la pregunta no aflojaba: ¿por qué corno sería que las cosas se dignaban a causar otras cosas previas?; ¿al que disfruta de Kafka le afecta saber precursor de qué precursores suyos es Kafka?

· Hoy se me ocurrió una idea para seguir laburando la insidia de la pregunta, una idea que puede explicar qué nos compele a interrogarle al pasado y que trae mucha tela para cortar: la noción de marca constitutiva . Tesis: Las marcas constitutivas que hay en el principio de los movimientos de producción de una subjetividad son marcas que constituyen la subjetividad de un modo que nunca puede saberse en el mismo momento en que están actuando sino sólo a posteriori . Las marcas constitutivas constituyen de un modo que no puede efectuarse sino en el largo plazo (o mediano, es lo mismo) y es por eso que necesitamos interrogar al pasado.

Sí, llegué a esto por lo que vengo oyendo de la huella mnémica freudiana y viendo de Calixta. Calixta, puedo ver cada día, estuvo siendo marcada por sus padres y otros de un modo tal que ella no sabe ni recuerda ni recordará que la marca y cómo lo marca y ni siquiera intuye que hay cosas que la marcan; imagino que en mucho tiempo, cuando lo intuya, comenzará a preguntar cómo era ella de bebé y otras por el estilo. Pero, en todo caso, la noción de marca constitutiva es más amplia que el concepto de huella mnémica. Si no escuché mal, este concepto vale para la siquis del bebé, mientras que la noción de marca constitutiva vale para cualquier comienzo de cualquier proceso de producción de subjetividad. La marca constitutiva puede actuar en la época de la lactancia o puede estar incluso antes, como las fotografías familiares decimonónicas que encuentra José Donoso y que no tienen ni un nombre ni una fecha ni una anécdota del fotografiado y que, aun sacadas antes de él siquiera despuntar como embrión en la panza de su madre, lo empujan a conjeturar sobre la historia de su familia; también, la marca constitutiva puede ser una catástrofe natural o una guerra o un best-seller que actúen sobre un grupo social; o puede ser un maestro o una película que actúa sobre uno estando uno en pleno uso de sus facultades, siendo tal vez un adulto, y que actúa sobre uno necesariamente no sabiendo uno cómo las marcas que el maestro o la película le imprimen lo van a constituir; etc.

Cómo una marca constitutiva va a constituir al sujeto que marcó sólo puede saberse después de que haya actuado, después de que haya constituido al sujeto que marcó; es decir, el modo en que la marca constitutiva constituye sólo se sabrá en un momento relativamente lejano del momento en que actuó, es decir, sólo se sabrá retroactivamente, por una operación que mirará hacia atrás en busca de la marca constitutiva y que al hacerlo la determinará como constituyendo de tal modo y no de otro. Resumiendo: la marca constitutiva es indeterminada cuando ocurre; los efectos constituyentes de la marca sobre la subjetividad son indeterminados cuando ocurren, aunque con su ocurrencia insinúan (que no es determinarlo) el modo en que la marca viene actuando; la marca constitutiva y los efectos constitutivos de la marca sólo se determinan cuando una operación historizadora indaga sobre ellos y su causa. Luego, la marca constitutiva no ha terminado de tener efectos sobre el sujeto que marcó mientras ese sujeto no haya emprendido una operación que pregunte cómo esa marca constitutiva marcó y constituyó su subjetividad. El sujeto escudriña el pasado (cuando no es para complacer su curiosidad) para producirse en el presente, para subjetivarse. Lqqd.

PS:

· Tal vez yo haya oído demasiado poco o demasiado mal sobre la noción de huella mnémica y todo lo que escribí no sea más que una réplica de ese concepto que tal vez lo generalice un poco pero nada más. Tal vez lo de la marca que marca y sus efectos constitutivos no sea sino otra forma de diferenciar entre huella e inscripción subjetivas. Si es así, me alegro de haberme encontrado con este cacho de teoría psicoanalítica.

· El valor del antecedente o testimonio se limita al del resto arqueológico: como no habla por sí solo, como no evidencia el modo como las viejas marcas nos han constituido, tiene el valor indeterminado o potencia de darnos a los que pesquisamos el pasado elementos para determinarlo y determinarnos al hacerlo. En el caso de que el mismo antecedente sea la marca (como es el caso de las fotos antiguas de los ancestros de José Donoso), tiene la potencia de permitirnos conjeturar cuál fue la gubia que nos marcó, el modo en que lo hizo, los efectos que produciría en nosotros al hacerlo... de permitirnos determinar la marca constitutiva.

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4may/080

Subrayado de “La vida y todo lo demás”

Frase extraída de La vida y todo lo demás , la película de Woody Allen

Él mira a su pareja hablar con otro tipo y dice: miren su lenguaje corporal: todos verbos .

Como casi siempre en los procesos de subjetivación, el amor, las mujeres, nos dan una pista: lo que interesa en un lenguaje son los verbos. Un lenguaje con mucho sustantivo es un lenguaje nominalizado, un lenguaje sustantivado, un lenguaje sustancialista, un lenguaje inactivo.

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