Foto quizás expresiva del  algarrobo.

Una cantata determinante

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Algarrobo, cantata y expresión

 

Foto quizás representativa del algarrobo.
Foto quizás representativa del algarrobo.

Intentaré decir algunas palabras sobre la “Cantata del Abuelo Algarrobo” para distinguir impulso y escritura (o poema o canto) de ese impulso y, por supuesto, intentar relacionarlos, en el camino de pensar lo otro de la imaginalización.

Estar frente a ese algarrobo no es joda: es un árbol tremendo, gigante, y tiene 1200 años. Uno percibe 1200 años de golpe, sea lo que sea que signifique “1200 años” (o “algarrobo” o “estar frente a”). Uno siente algo; uno (o alguien que parece uno) vivencia algo; ese algo necesita una expresión.

Antonio Esteban Agüero (poeta puntano nacido en 1917 y fallecido en 1970), le escribió una cantata llamándolo Abuelo Algarrobo y haciendo de alguna manera que ese sea el nombre con el que se conoce hoy aquel árbol ubicado en Villa de Merlo, San Luis.AGUERO

La Cantata, por supuesto, convendría leerla, al Algarrobo convendría visitarlo, pero voy a decir que la Cantata tiene unos 400 versos y que no la encontré completa en un googleo rápido, lo cual hace pensar que tal vez esta Cantata sea no introducible en la Red.[1]  Y en este sentido, esta oda consitutuiría (lo anoto en lápiz) un otro de la égida de la imagen, uno de los otros posibles de la imaginalización –que es lo que estamos intentando pensar.

El largo poema comienza expresando una, digámoslo así, atonitud o una dificultad para expresar lo que ese árbol ­–el encuentro con ese árbol– infunde, lo que hace sentir. Esta atonitud[2] insiste cuatro veces en el poema, intercalada entre tantas otras aproximaciones, intentos de expresión de ese sentir, para al terminar la Cantata darse por expresada; el poeta, ahí, entonces, sólo después de todo lo anterior, logra decir que encontró el tono que sintoniza con el encuentro con ese árbol.

Foto quizás expresiva del algarrobo.
Foto quizás expresiva del algarrobo.

Pero entremos ya a la Cantata. Sigámosle el procedimiento a nuestro poeta. Primer planteo de atonitud, de inefabilidad o de dificultad, de indecibilidad:

Padre y Señor del bosque,
abuelo de barbas vegetales,
yo quisiera mi canto como torre
para poder alzarla en tu homenaje;
no el canto pequeño de la flauta
dulce, delgada, suave, la de cantar la rosa y la muchacha,
sino el canto del mar, un canto grave,
con olores de vida y con el pulso
musical y viviente de la sangre.

Viene en este punto lo que podríamos llamar una aproximación genética al algarrobo:

Cuando tú crecías
la región era bosque impenetrable,
con oscuros guerreros que danzaban
junto a los fuegos al caer la tarde
y con nombres diaguitas en los ríos,
sobre todas las bestias y las aves,
una tierra sin mapas ni ciudades,

El árbol nace y crece en un, como si se dijera, teatro natural y libre. Hay luego, ya en la segunda estrofa, una aproximación digamos familiar o genealógica:

Pero ya Tú eres lo que ahora miro […]
el Árbol sin edad en el tiempo y en el aire,
a cuya sombra hace doscientos años
a favor de un designio inescrutable
se fundó mi casona solariega
sobre honrada simiente de linaje.

Luego de otro párrafo donde detalla el origen castellano de la familia Agüero, atribuye cierta atonitud al Agüero fundador que se llamaba Francisco Antonio.

Cómo me gusta imaginar los ojos
de aquél mi casi legendario abuelo
y su larga emoción inexpresada,
o expresada tal vez por su silencio,
ante la copa de tremantes brazos
sola y enorme bajo el puro cielo,
sostenida por tronco milenario,
con su forma y color de paquidermo,
donde los años eran llagas ocres
y los siglos arrugas en el leño.

Él quedaría con los labios mudos,
tal como carta que mantiene el sello,
con los ojos en alto y en los ojos
la liviana humedad del sentimiento
cuando el alma es un arco que se estira
y sube y crece y ya no cabe adentro.

Queda para un psicoanalista o psicólogo de constelaciones familiares pensar este desplazamiento del “abuelo” fundador del linaje al árbol con tronco milenario “sin edad en el tiempo”. Aquí me importa resaltar que Antonio Esteban imagina a su ancestro Francisco Antonio emocionado y enmudecido por el Algarrobo. Intenta entonces, después de estas líneas, aproximarse a lo que el árbol es para él, con unas líneas que homenajean la “artesanía civilizatoria”:

Él (Francisco Antonio) construyó la casa solariega
casi a la par del algarrobo viejo,
con la greda que nutre las raíces
y con el arte del mejor hornero.

Casa de barro. Luminosa casa.

Antiguo hogar de mi primer abuelo,
en ti quiero cantar la artesanía
y saludar al regional ingenio
que ha poblado la comarca

Continúa saludando el barro, la cal, “la vara y la cumbrera”, “la eterna geometría”, “la azuela y el martillo”, “la paja popular”, “cada clavo de orinoso hierro”, “la rueca y el huso”, “el agua y el fuego”, etc. De ahí pasa a una aproximación ornitológica, digámoslo así, llamando ahora al Algarrobo “Catedral de los pájaros”:

Voy a decir el nombre de los seres
que visitan tu cielo entrelazado,
con la alegría de alabar amigos
y la emoción de recordar hermanos:
sea el primero la Calandria pura
que provoca la luz desde su canto

Sigue con el hornero, la urpila, “la leve chirigua mañanera”, el cardenal, el crespín, el cachirote, entre muchos otros,

y otro pájaro más, otro nocturno
por nadie visto pero sí escuchado
hacia el filo y la flor de medianoche,
cuyo nombre se dice: Piscu-Yaco.

Aquí, luego de la aproximación ornitológica, vuelve la atonitud; y lo que el poeta, este poeta al menos, necesitaría para expresar lo que siente él (¿él?, ¿alguien que parece él?), en el encuentro con este árbol:

Yo quisiera los
plásticos pinceles
y la marea musical del órgano
para pintar y describir el árbol
de la manera que los ven mis ojos,
con la exacta figura que lo devuelven
los callados espejos del asombro.

Aparece entonces una aproximación, digámoslo así, caminante:

Uno camina por sendero agreste
hacia la hora en que la luz de oro
inclinase rosada hacia poniente
y el aire es como un río rumoroso
navegado de esencias campesinas
-hierbabuena cordial, poleo tónico-
con mugidos de bueyes invisibles,
claros cencerros, gallos melodiosos,
vocerío de pájaros, rumores de rurales
faenas…

Este caminar se vuelve a encontrar con la dificultad para expresar el encuentro que produce.

El sendero prosigue, serpenteando,
túnel de sombra, caracol terroso,
con la verde sonrisa de la recta
y el arbolado ensueño del recodo
hasta dar en un claro de silencio
donde nos crece la emoción de pronto,
pues delante se yergue la presencia
imperial y total del algarrobo.

El encuentro caminante hace crecer la emoción de pronto, para conducir a una aproximación descriptiva de este nuestro árbol:

Ocres raíces surgen de la tierra
como animales de encrespado lomo,
sosteniendo la torre milenaria
toda construida en material leñoso.

Siete gañanes por la mano unidos,
catorce niños cuando forman corro
y se enlazan en rondas infantiles,
apenas pueden abrazar el tronco.

Y es su corteza como piel de saurio
cuando emerge cubierto por el lodo
y también como el tacto de las dermis
del megaterio que murió leproso.

El ramaje se inserta complicado
y se tiende en un gesto poderoso
como brazos que buscan impotentes
una cosa que asir en el contorno.

Viejas ramas que son como tentáculos
de oscuro pulpo, miembros musculosos
de yacente dragón o dinosaurio,
de araña enorme o encantado monstruo.

En este punto aparece una renuncia que no es renuncia: declina voluntariamente la representación del árbol por el número:

Yo podría contarlas,[3]  si quisiera,
una por una y apagar mis ojos
con la venda y el frío de la cifra,
pero prefiero contemplar gozoso.

Como se ve, se declina la representación, que apaga los ojos, pero se apuesta a la contemplación, a la vivencia del disfrute del encuentro. Un algo que se siente en el encuentro, que no queda mudo y que sigue haciendo que el poeta se aproxime descriptivamente:

Y decir que la sombra que derrama
como lluvia de paz el Algarrobo
puede cubrir una pequeña plaza,
proteger un rebaño numeroso,
cobijar una tropa de carretas,
y un regimiento con vivac y todo.

Y gustar la fragancia indefinible
que nos circunda totalmente como
si ella fuera una túnica fragante
que nos ciñera desde el pie a los hombros.

Vuelve de nuevo una declaración del sentimiento de limitación para expresar eso que le pasa con el algarrobo:

Ah, yo quise los plásticos pinceles
y la marea musical del órgano
para pintar y describir el árbol
de la manera que lo ven mis ojos,
pero no tuve nada más que esto:
el verso gris y el remontado asombro.

Y pasa entonces a intentar una aproximación por la felicidad que le da o le inunda:

Ahora canto la Dicha que derramas
Algarrobo natal, Abuelo mío!
sobre la gente que a su vera vive,
en todo tiempo, con calor o frío,
ora sea en la pausa de otoño,
ora en la fiesta del frutal estío.

Nuevamente y de pasadita, aparece la limitación que el poeta (o el humano) tiene para expresar semejante encuentro; no le alcanza ni el verso, ni los pinceles, ni el órgano, cuando dice:

del agua en la vertiente
y cuyo elogio me está prohibido
mientras yo sea nada más que un hombre
y no posea un corazón de mirlo.

Pero nuestro hombre sigue intentando cantar a nuestro árbol, y canta a “la dicha de tu sombra” y “la dicha de los frutos sabiamente enrulados y amarillos.” Menciona varios frutos y elixires que se elaboran con frutos de la zona para finalmente cantar “la dicha de la leña que es en el fuego acontecer divino.”

Padre y Señor del bosque
Abuelo de barbas vegetales,
Algarrobo natal. Torre del Cielo.
Monumento y estatua del follaje.
Hijo del sol y de la tierra unidos.
Corona real para la sien del aire.
Árbol de luz. Espejo de los siglos.
Dios vegetal de corazón fragante.
Así yo quiero terminar la Oda,
asistido por Ángeles del canto:
Algarrobo Natal, Abuelo nuestro.
¡Catedral de los Pájaros!

Con estas últimas líneas, resume de alguna manera las diversas aproximaciones; y es sólo con este resumen, sólo luego de cientos de versos y de toda estas aproximaciones que puede dar por terminada la oda y por expresado ese algo que se siente en el encuentro con este tremendo ejemplar singular. Debe cerrar con una voz coral para dar por satisfecha la expresión del algo:

Así yo quiero terminar la Oda,
asistido por Ángeles del canto

Bueno es decir que hasta antes de este poema, ese árbol ya conocido en la zona era conocido como el algarrobo de los Agüero. En tiempos de las guerras de independencia desde la casa de los Agüero, cuya cabeza era en ese momento Pío Quinto Agüero, partió (dice el folleto que te entregan al visitar el árbol) el primer contingente de la Villa de Merlo con mulas y pertrechos para el ejército de San Martín. Esta gesta del pueblo puntano en armas, será cantada por Antonio Esteban en su poema: “Digo el llamado”. Pero la cosa es que después de esta Cantata, el algarrobo de los Agüero pasó a llamarse y a ser conocido como Algarrobo Abuelo. Así, al parecer, logró con su Cantata expresar lo que sentimos los hombres al encontrarnos con ese arbolote, logró nominar ese encuentro de modo tal, que Abuelo es ahora el nombre de ese algarrobo y se escribe por esto con mayúscula inicial.


Decimos esto después de ver comentarios que pude encontrar en la web acerca de este árbol, diciendo que la Cantata expresa bien al árbol este. Decimos esto después de haber visto la Cantata, habiendo visitado el árbol ya denominado oficialmente Algarrobo Abuelo, y  también después de que se convirtiera ese ejemplar en un monumento histórico provincial. Ocurre entonces que se nos vuelve indecidible saber si el poeta con su Cantata logró decir lo que el árbol ya era, o si el encuentro que hoy tenemos con el árbol se siente de antemano como el poeta nos lo expresó, independientemente de su expresión.

De alguna manera, se vuelve a plantear la vieja indecidible pregunta de si el arte imita a la naturaleza o si la naturaleza imita el arte. Tenemos que pensar que ni una cosa ni la otra, y que sí ambas cosas, pero no que es un poco de cada una, o que es indecidible cuánto de cada uno, o cuál primero y cuál después… no que es una pregunta del tipo huevo y gallina, sino que es el tercero excluido entre la opción naturaleza imita arte y la opción arte imita naturaleza. Será escrito en un próximo posteo.


[1] Luego la encontré, mas no como parte de una página web o blog sino en el archivo pdf de un libro alojado en el sitio de la Biblioteca Digital del sitio del Gobierno de la Provincia de San Luis.
[2] Por supuesto, “atonitud” no está en los diccionarios. Valga pues decir que es el pretendido sustantivo abstracto que corresponde a “atónito” y valga copiar aquí los sinónimos que encontré en http://www.wordreference.com/sinonimos/atónito: -asombrado, estupefacto, maravillado, pasmado, admirado, sorprendido, boquiabierto, patidifuso, turulato, suspenso, alucinado, fascinado, conmovido, confundido, desconcertado. -como quien ve visiones, con la boca abierta, sin poder hablar. Valgan también estos dos antónimos: impasible, indiferente. Valga “atonitud” como reunión de todos esos sentidos (y de lo que se construya en las líneas que vengan debajo).
[3] Se refiere a contar las ramas.

 

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