Mi abstract rechazado por la academia
Parece que ahora en la academia el kirchnerismo es políticamente correcto, y pensar, no. Decía el mail: «El abstract por Ud. presentado no ha sido aceptado por el Comité Científico del “IV Encuentro Internacional de Trabajo Social de la Universidad de Buenos Aires Políticas Públicas y Trabajo Social. Aportes para la reconstrucción de lo Público”»; pregunté los motivos, pero la “ciencia” del Trabajo Social se quedó sin respuestas… (Clarín tampoco planea publicarlo...) Aquí va el abstract de la ponencia que me rechazaron.
Hacia la noción de Estado posnacional
El caso argentino (2001-2011)
Eje temático: Reconfiguración del Estado en Latinoamérica
Problema: El gobierno “popular” argentino como apuntalamiento de la dominación capitalista globalizada.
Se habla de “vuelta del Estado”. Sin duda, hay más Estado hoy en América Latina que en los ’90, pero es dudosísimo que este Estado “ampliado” sea la restauración del Estado-nación.
La noción de Estado posnacional es una herramienta en construcción. Busca reconocer y dar cuenta de un cambio sustancial de nuestros tiempos: del capitalismo industrial al posindustrial y de la sociedad y la cultura sólidas a las fluidas. En esta exposición resumiremos el trabajo que venimos desarrollando para pensar los gobiernos kirchneristas como instalación de un régimen posnacional de gobierno. El kirchnerismo logra actuar en al menos tres esferas: la coyuntural, la estatal y la de la dominación. Logra mantener y reforzar la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Al hablar del kirchnerismo, debemos recordar que es un gobierno que nace condicionado por un hito en la historia argentina, que es diciembre de 2001. 2001 significaba un condicionamiento a cualquier gobierno que viniera, un condicionamiento que Duhalde no pudo resolver: imposibilidad de reprimir (porque, gobierno que reprime, gobierno que cae), imposibilidad de hacer ajustes e imposibilidad de representar. Así, pues, los Kirchner debieron prescindir de los tres recursos básicos de la democracia posdictatorial y generar procedimientos nuevos de obtención de consenso (a veces vía chamullo, a veces vía caja, a veces vía medios, nunca vía represión directa o disciplinamiento por exclusión) y convertirse en un gobierno muy complejo y contradictorio. Por ejemplo, abrir juicios a represores de la Dictadura y a la vez no desmontar los aparatos represivos que pueden hacer desaparecer a Julio López o matar a Fuentealba, a Mariano Ferreyra o a cualquier pibe en cualquier comisaría; permitir la extranjerización de la economía y a la vez quitar concesiones a privatizadas; etc..
Para aportar a la construcción de la noción de Estado posnacional, así como para mostrar su productividad, recorreremos algunos rasgos de los gobiernos kirchneristas teniendo en cuenta esta madeja de tensiones y de condicionamientos, así como la forma en que actúan en las tres esferas mencionadas –la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Valga este abstract como adelanto del libro de historia argentina que estoy terminando. Este martes mando algo más -y vendrán otros. Podés ir siguiéndolos en mi facebook. pablohupert@yahoo.com.ar
Historia y militancia o historización militante
[esta minuta, escrita en setiembre de 2001, era un adelanto del libro Universidad tomada. Agotamiento y fundación, que íbamos a publicar en 2002. Es lo que la UM99 pensó sobre la universidad y sobre qué hacer en la universidad. La escribimos con la excusa de presentarlo a unas jornadas de historia que se realizarán en la Facultad. Lo que aquí se dice de la disciplina histórica vale para todas las ciencias sociales. En las jornadas, fue absorbido como paper y como paper de historia. También fue publicado en Cuaderno de Pedagogía 8 y como folleto publicamos para que comience una circulación de otro tipo.]Se añora el compromiso social de los intelectuales de los años setenta. Se quiere recuperar semejante compromiso. Se organizan unas jornadas bajo el título "Militancia e historia: ¿una relación antagónica?". Se convoca a historiadores de generaciones anteriores a las de los organizadores que hayan participado del compromiso setentista o que simpaticen con él. La filiación resultante es, de este modo, sinónimo, no de fidelidad, sino de obediencia. La generación actual se ve sujeta a los parámetros que organizaban el campo de la generación previa. La generación actual, por su sometimiento a la generación de los setenta, se ve impedida de forjar su propio campo generacional. Luego, la "generación actual" no es ni generación ni actual, sino una rémora del pasado presente en el presente, lo inactual de lo actual. Si una generación llega a ser tal cosa, no lo hace en paz con sus padres.Hay una historicidad del compromiso -es una premisa si hablamos de compromisos perdidos. El setentismo fue una forma del compromiso. Esa forma era una forma propia de lo estatal-nacional que se movía bajo el supuesto de que, además de lo que se nos presenta, hay un mundo. Esa forma está agotada. Conservarla es antihistórico. Un signo del agotamiento: la "historia de los sectores populares", sucedáneo de la antigua historia del movimiento obrero, en la que se confundían provechosamente el sujeto y el objeto de esa historia: ¿la historia es del movimiento obrero porque éste es su objeto de estudio o porque éste la hace? En esta ambigüedad estaba lo activo de una forma del compromiso; hoy, en la "historia de los sectores populares", la ambigüedad ha sido despejada: no hay pueblo haciendo ninguna historia sino sufriéndola. Lo histórico no es buscar en el pasado un ideal del compromiso perdido -todo ideal encontrado en el pasado está, en lo real del presente, por eso mismo, perdido. Lo histórico es preguntar si el devenir ha presentado otras formas del compromiso.Existe una nueva configuración subjetiva del compromiso. La subjetividad comprometida contemporánea se configura en la fidelidad a un acto y no a un conjunto. La subjetividad comprometida setentista se configuraba en torno al compromiso con un sector social oprimido. La contemporánea se configura en torno al compromiso con los actos en que las víctimas se pronuncian, es decir, dejan de serlo.El acto que en nuestra situación logra convertirse en principio de una fidelidad de nuevo cuño se recuerda bastante bien en sus hechos pero por eso mismo se encuentra en un impasse: la toma de la Facultad de Filosofía y Letras en mayo de 1999. Hasta Mayo sólo había agotamiento del compromiso setentista; hasta Mayo asistíamos a las múltiples sobrevidas de un modelo agotado del compromiso. Pero Mayo propone una nueva forma del compromiso. Mayo historiza el compromiso. La tarea es construir su concepto.
El acto de Mayo
La crónica periodística es bien conocida. El 3 de mayo de 1999, el gobierno anuncia un recorte del presupuesto educativo. El 4 a la mañana, el rector de la UBA dice que con el dinero restante no pasa del 1 de octubre siguiente y llama a cerrar las facultades en señal de protesta. El 4 a la noche, casi todos los establecimientos educativos estatales del país están cerrados o tomados para decir "no al recorte"; hay marchas y cortes de calles por doquier. En el curso de la semana siguiente, el recorte se fue revocando por partes y finalmente por completo. En la Facultad de Filosofía y Letras, completa la crónica un paro que el personal no-docente había comenzado el 29 de abril. El 4 de mayo, cuando estudiantes y no-docentes se enteran de la decisión del decano de cerrar la Facultad, deciden en sendas asambleas tomarla para mantenerla abierta. Hacia el jueves 13, en los mismos días en que el recorte era anulado, el decano y los no-docentes llegaban a un acuerdo por el cual se satisfacían todas sus exigencias a cambio del levantamiento, el lunes siguiente, del paro y la toma. El martes 18, la normalidad regresaba a las aulas.Esos son, escuetamente -porque su enumeración puede multiplicarse al infinito-, los hechos. Su recuerdo no causa problemas de pensamiento, no convoca ningún compromiso, no funda ninguna fidelidad. Pero su historización militante reparte otros acentos, aísla otras secuencias. En Mayo está, según la nueva configuración del compromiso, la forma de hacer historización militante, es decir, de pensar en inmanencia una diferencia temporal (o sea, una ruptura) y producir el concepto de esa diferencia radical (o sea, discriminar, entre la materialidad del presente, lo activo y lo agotado, lo actual y lo inactual).La toma de la Facultad tuvo rasgos inéditos, marcas de una diferencia radical entre esta toma y las anteriores. La Asamblea, la Comisión de Discusión, la pregunta "¿qué universidad queremos?", murales, discusiones ocasionales y otras acciones, el impedir que sesionara el Consejo Directivo, son algunos.La Asamblea, que sesionó cuatro veces en los trece días de toma, funcionó bajo la consigna de "la asamblea es soberana". Eligió sus propios coordinadores, desconociendo la estatutaria precedencia de las autoridades estudiantiles elegidas en elecciones; practicó asimismo un principio inseparable del de soberanía, la auto-nomía[1]: se puso a sí misma reglas para el desarrollo de las discusiones y votaciones que evitaran las habituales manipulaciones de las "asambleas" de Centro. A su primera sesión, el 4 de mayo, la convocaba el problema de qué hacer frente al cierre de la Facultad ordenado por el decano. Votó, como ya lo había hecho una asamblea no-docente, la toma, pero en una votación que además dispuso que durante la toma se mantuviera abierta la Facultad con el funcionamiento no sólo de las ya normales comisiones de seguridad, comida y comunicación sino también diversas comisiones de discusión de diversos temas (presupuesto, situación nacional, planes de estudio, gobierno universitario). La institución entraba en huelga; los estudiantes y no-docentes se encargaban de impedirlo, pero, mientras que el propósito de la toma no-docente era que el edificio siguiera acumulando mugre para obtener sus trece puntos, la toma estudiantil no era una medida pragmática que buscara determinado objetivo (como dirían los no-docentes a los estudiantes, "con ustedes no se puede negociar porque no se sabe lo que piden").A la segunda noche de toma, todas las comisiones se habían convertido en una única "Comisión de Toma", también llamada "Comisión de Discusión" o "Comisión de Discusión en Toma". Esta Comisión se convertiría en el concentrador cualitativo del sujeto de Mayo. No obedecía mandatos de la asamblea sino que pensaba cómo realizarlos: los interpretaba en clave de fidelidad. El mismo hecho de la fusión en una única comisión era una interpretación en acto del problema que había convocado a la Asamblea (el de qué hacer con la universidad en la universidad): tenemos un solo problema. Fue en esta Comisión, que funcionaba durante la noche y la madrugada, que se pensó la universidad. No admitía, como pretendían los actores políticos de la institución, que la lucha estuviera fuera del edificio, cortando calles y marchando por mayor presupuesto para la educación: cualquier multiplicación del presupuesto significaría una multiplicación equivalente de la universidad que tenemos, lo cual no queremos. En este punto, la Comisión, que no quería lo que tenía, se preguntaba "entonces, ¿qué universidad queremos?". La exigencia de la militancia setentista de reconocimiento estatal de los intereses y las reivindicaciones de un conjunto social se convertía aquí en pregunta por el propio querer; por esto es que "con ustedes no se puede negociar": las reivindicaciones son negociables, pero no el propio querer, no la voluntad de poder. No llegaría la Comisión a hacer un plano de la universidad querida; es que, para semejante pregunta, no había un saber que la respondiera. La Comisión, que discutía en una de esas aulas donde tanto saber circula, hacía una pregunta que no sabía ella ni sabía nadie; en la Facultad normal, las preguntas que se preguntan tienen respuestas, actuales o en curso de investigación, mientras que una pregunta sin respuesta era lo que se planteaba la Comisión, una pregunta que por lo tanto obligaba a pensar. Y la Comisión pensó algunas pistas a seguir para afrontar semejante tarea de pensamiento. En primer lugar, distinguió entre universidad pública y universidad estatal y calificó de estatal a la presente y postuló que de ésta no había nada que defender. En segundo lugar, propuso reemplazar el cogobierno de la universidad heredada por un autogobierno docente-estudiantil-no-docente que decidiera los criterios mismos de asignación del presupuesto eventualmente aumentado, mientras los actores políticos de la institución, la militancia setentista, no pasaban de pedir aumento. En tercer lugar, pero primero en importancia, pensó la implementación de mecanismos que permitieran el abordaje de las tareas de pensamiento que proponía al sujeto de Mayo que componía (la mencionada elección por la asamblea de sus coordinadores, el anotar visiblemente en el pizarrón la lista de oradores de la asamblea, la distribución en círculo de los presentes en la Comisión, la redacción y distribución de volantes relatando lo discutido, la erección de barricadas para impedir el dictado de clases o incluso para impedir que el Consejo Directivo sesionara a puertas cerradas).El bloqueo de la Sala de Consejo para impedir su sesión de emergencia del martes 11 es bastante recordado; sin embargo, su significado no ha sido pensado, lo que contribuye a agravar el impasse del proceso subjetivo de fidelidad. Para la Comisión de Toma, evitar que funcionaran las instancias de gobierno de la Facultad significaba hacer real la toma. Luego de la sesión de la Asamblea del lunes 10, que votó la continuación de la toma real hasta una nueva sesión el miércoles 12, la Comisión de Toma, enterada de la reunión de Consejo del día siguiente, pensaba cómo continuar evitando el funcionamiento gubernativo. "sí relata esta discusión un integrante de la Comisión:"En realidad, la medida [ir a la reunión del Consejo Directivo] que tomamos fue una combinación de varias cosas que habíamos votado en esa asamblea [del lunes 10] y en la del miércoles anterior. En la del miércoles, se había propuesto tirarle la basura al Consejo Directivo para que sufrieran ellos también las consecuencias del paro no-docente. También se había votado socializar los sillones del Consejo Directivo, una serie de pavadas así que todos habíamos votado a favor con entusiasmo, pero que nadie hizo. El lunes [en la asamblea] votamos instrumentar las medidas para que no hubiera clases efectivamente. Después, en la Comisión, se discutió cómo hacer para impedir realmente que hubiera clases. Ahí uno se acordó de lo que habíamos votado en la asamblea anterior, y salió esto de hacer las barricadas."[2]Se ve de paso aquí cómo la Comisión interpretaba, y no obedecía, los mandatos de la Asamblea. "l principio de la tarde del martes, se daba la reunión de emergencia del Consejo "que tomamos por asalto y nos metimos". Los intrusos cambiaron el orden del día, hablaron y obligaron a los Consejeros a hablarles. El bloqueo con barricadas de las salas de representación dio resultado: los representados se presentaron, con lo que los representantes dejaron de serlo. (Cuando a una reunión normal del Consejo asisten los representados como oyentes, ni los representados ni los representantes dejan de serlos: por un lado, el que asiste sin voz ni voto no se presenta porque es una figura instituida del representado; por otro lado, el que asiste sin voz ni voto no se presenta porque "estar de cuerpo presente" no es presentarse si el cuerpo no es soporte de una voz irrepresentable, como lo fue en este incidente, la del sujeto de Mayo). Los representados (sin voz ni voto) dejaron de serlo porque crearon las condiciones para tener voz y tuvieron voz (ojo: la voz que tuvieron no fue la "voz" que se le otorga por ejemplo al representante no-docente en el Consejo -esta "voz" del representante no-docente es derecho a opinar y, más importante, es un derecho otorgado por el dispositivo). No tuvieron, los hasta entonces representados, voto, es cierto, pero aquí el no haber tenido voto no obstó para que dejara de ser representante el representante y representado el representado, pues lo que estaba en juego no era quién debía representar (votar) y quién no sino que estaba en juego la misma relación de representación. En breve, allí, a) no votar (ni el representado ni el representante) era neutralizar la operación de representación y b) hablar el hasta entonces representado era presentar (presentar una cualidad nueva). En esto consistía hacer real la toma.Por otra parte, de modo general, en Mayo "no se tomaban decisiones; se abrían acciones y se empezaban a ejecutar"."El Boletín es un ejemplo. Podíamos hacer un boletín y podíamos juntarnos y después no todo el mundo que estaba en el Colectivo participó en el boletín; el Boletín no tenía una posición única. Y se usó mucho la herramienta de, no el consenso, sino la capacidad de acción, eso de sostener con la acción lo que uno dice. Entonces, si a vos te parecía bien que uno podía sacar el Boletín sin editorial, podíamos hacer el intento, en tanto te pudieras comprometer a garantizar un Boletín sin editorial. Esa es una cosa muy interesante y que hace desafiante la participación." [3]No cabía en Mayo eso de que la política no es política si no dispone de un programa y una organización. Las "acciones" fueron el modo concreto de habitación de la Facultad en esos días. Se trataba de poner condiciones para destituir un modo de ocupación (el estatal) e instituir otro (el público o colectivo).Se trataba de "empezar a resignificar eso por donde uno pasa de largo. Las paredes están para dividir las aulas, y de repente uno las puede pintar. Usar el patio para hacer un festival. De hecho, estamos condicionados por el espacio todo el tiempo. Porque ¿cuál es la huella que dejamos en la facultad?"[4]Se trataba de capturar una materialidad habitacional y habitarla de un modo nuevo que inventara allí otro espacio. Se trataba de capturar una materialidad de enunciación para inventar otra pauta de funcionamiento. Se hicieron murales y se pintaron graffitis, y así las paredes fueron refuncionalizadas. Se hizo un recital y se hizo un picadito, y así el patio fue refuncionalizado. Se hicieron esculturas con basura, y así la basura fue refuncionalizada. Se daban discusiones ocasionales en uno y otro lugar de la Facultad; antes de las asambleas, sobre todo, la gente se cruzaba y, aun sin conocerse previamente, se ponía a intercambiar ideas sobre la cuestión del momento. "Eso es algo que disfruté mucho".[5] Había que dejar nuestra huella en la facultad para que el espacio nos condicionara de otro modo. Y eso hicieron las acciones. Ninguna de estas acciones exigió votaciones ni ninguna instancia central de decisión previa para ser hecha; su único requisito era que las acciones se sostuvieran a sí mismas. El sujeto de Mayo no era un bloque ni un grupo sino una dispersión de prácticas enredadas cuya clave consistía en habitar el espacio de modo tal que deviniera cualitativamente otro. Esta habitación alteradora debió forzosamente no sólo alterar el hábitat sino al habitante: el hecho mismo de unos estudiantes que mantienen abierta y activa una Facultad y la organizan, que no se dejan gobernar y que preguntan preguntas que ningún profesor puede responder hace que estudiantes y profesores dejen de ser tales -ahora son indiscriminadamente universitarios. La Toma alteró la institución Facultad, pero eso no podía ocurrir sin alterar también sus instituciones: manifiestamente, la del estudiante y la del profesor. Dejar huella exigió cambiar la pisada. El sujeto, Mayo, condicionó el hábitat tanto como condicionó a sus habitantes.En cuanto al método historiador que produjo este relato, ya se ha insinuado el recurso de las entrevistas. También hay fotos, documentos escritos. Sin embargo, la lectura de Mayo no consiste en establecer la sustancia o estructura de un objeto por medio de la crítica documental heredada, contrastando y corroborando unos documentos con otros para establecer su grado de confiabilidad para la reconstrucción de ese objeto. En primer lugar, el sujeto que lee Mayo no es un investigador sino Mayo mismo. En segundo lugar, no se trata de reconstruir un objeto para expandir el conocimiento o nuestra memoria sino de que un sujeto gane consistencia, y una consistencia no representable por ningún saber, para que propague sus efectos en la situación en la que emerge. La lectura que Mayo hace de Mayo consiste en discriminar, entremezclado en un montón de palabras, la voz de Mayo. Esta discriminación es una identificación de los mojones de emergencia subjetiva maya que permite dar espesor al sujeto, extraer su cualidad y explotar su potencia alteradora. Es una historización militante o una militancia historizante y no una relación (antagónica o armoniosa, da lo mismo) entre los preexistentes ente militancia y ente historia.
La militancia, la historia y el Estado-nación
Cuando se trata de una relación entre dos términos, ésta puede regirse de tres modos. Primero, uno de los términos domina al otro; segundo, el otro de los términos domina al primero; tercero, un tercero domina a ambos y la relación misma. Éste es el caso en la relación entre historia y militancia: el Estado-nación había constituido la condición absoluta de posibilidad de ambas tal como las conocimos, simplemente porque fue el garante de la existencia del objeto de ambas. El Estado-nación ha delimitado espacios y culturas nacionales, pero también clases y conflictos y también pasados nacionales. El Estado nacional ha organizado los archivos que han sido la condición de las prácticas historiadoras, de las oficiales tanto como de las alternativas, así como ha organizado la arena de la lucha política en la que batallaron los militantes, nacionalistas tanto como internacionalistas.Hoy, el término organizador ha caído; el Estado técnico-administrativo ha desplazado al Estado-nación; historia y militancia se encuentran huérfanas y añoran los dorados tiempos en que su consistencia era garantizada por la Nación. Hoy, pues, se presentan como caminos probables las dos primeras posibilidades. En una, la militancia domina a la historia. El modelo de compromiso militante como compromiso con un conjunto social sustancial se reproduce y pide a la historia que le proporcione nuevas sustancias con las que comprometerse. Nacionalismo, obrerismo, indigenismo, feminismo, etc. constituyen las diversas vías de reciclaje del modelo. En la otra posibilidad, en cambio, la historia es soberana sobre la militancia. El modelo de compromiso militante es producido por el acontecimiento mismo. Cada acontecimiento plantea sus propias exigencias.
Mayo historiador
Mayo, el acto, historiza los parámetros de nuestra situación, la situación de la cual es acto o acontecimiento. "sí es como Mayo plantea sus propias exigencias.Por un lado, Mayo historiza la militancia universitaria. La forma setentista de esta militancia, aun sobreviviente, se consideraba militando en una parte del país. La forma contemporánea, que se configura en fidelidad a Mayo, forja una situación que no es parte de otra y que tiene el alcance de sus efectos -hasta el momento, la Facultad de Filosofía y Letras. El acto que produce el pasaje de una forma a otra es una toma que no defiende la universidad ni pide más presupuesto para ella sino una que, de hecho, hace de la Facultad otra cosa. Ya no se trata de "defender la universidad" desde afuera (desde las calles o las plazas) sino de fundarla desde dentro (las aulas, el patio, la asamblea, la sala de consejo, el pasillo). La pregunta "¿qué universidad queremos?" sólo puede ser respondida por quien, en primera persona del plural y en la Facultad, la hace; no da lugar a su representación (no admite esos enunciados del tipo "lo que esos quieren es x" al modo de "los intereses de la clase obrera son x"). La pregunta es indelegable. Además, la pregunta "¿qué universidad queremos?" postula una política universitaria que no pretende representar intereses de grupos y, en cambio, afirma una voluntad de poder, realiza en acciones una potencia subjetiva. Mayo no se movió en torno a la difundida consigna "no al recorte". Ya no se trata de reaccionar ante las embestidas de un enemigo sino de afirmar el propio querer. La Asamblea, la Comisión de Toma, el bloqueo del Consejo proponen una línea que no es la del aplicar una teoría o bajar una línea (que también es un saber), ni la de la reacción, ni la de exigir cosas al estado u ocuparlo, ni la de legitimar la línea con los que depositaron su voto y se fueron; la línea que proponen es la línea del pensamiento, de la autoafirmación y de la autolegitimación inmanente (lo que hacemos legitima lo que hacemos).Por otro lado, Mayo historiza el régimen universitario, historiza la Reforma Universitaria tal como fue instituida, historiza la universidad reformista. La pregunta "¿qué universidad queremos?" es aquí bien singular, bien disruptiva. No admite, esto ya lo subrayamos, ser respondida con el saber sobre la universidad porque de éste sólo pueden esperarse enunciados representadores. Pero tampoco admite que se la responda con el saber de la universidad, pues este saber es el de la universidad tal como es, o sea, el de la universidad en su agotamiento, o sea, el saber de la universidad en la que no sabemos qué universidad queremos. Por lo tanto, "¿qué universidad queremos?" sólo puede ser respondida -esto enseña Mayo- alterando la universidad misma. Es lo que ocurrió en Mayo: para que "¿qué universidad queremos?" fuera un enunciado admisible, hubo que alterar la situación de enunciación. Y esto fue la Toma -algo que ninguna toma precedente había sido. Cuando la Comisión de Toma o la Asamblea se preguntaban "¿qué universidad queremos?" y sentaban las condiciones para respondérselo y no llegaban a respondérselo enunciativamente, sin embargo se lo respondían, sin saberlo. La universidad que Mayo quiso es la Toma que Mayo hizo. Y hoy, como no sabemos qué universidad queremos, tenemos que leer lo que hicimos cuando la quisimos.La Toma fundó una universidad del pensamiento y, al mismo tiempo, demostró la incompatibilidad de ésta con la universidad del saber. La Facultad de Filosofía y Letras del saber es la que acumula enunciados; la del pensamiento, la que altera la situación de enunciación de sus enunciados cada vez que un enunciado nuevo adviene. Fue así que Mayo historizó el régimen universitario. Todas esas osificaciones de la Reforma del =18, los claustros, cátedras, centros de estudiantes, cogobiernos, consejos directivos, estudiantes y demás instancias de custodia del saber han sido cuestionados implícita e incluso explícitamente por Mayo. La Toma, que creó en acto un nuevo régimen universitario, por fuerza debía crear un nuevo espacio y un nuevo habitante para ese espacio. "sí como las paredes ya no estuvieron para dividir aulas ni el patio estuvo para el recreo, así tampoco el estudiante "de libro y apunte" que se limita a levantar la mano en las asambleas[6] ni el profesor de libro y lección que se limita a calificar en los cursos tuvieron lugar en ese lugar.Ya -es decir, desde Mayo- no se trata organizar un dispositivo de reproducción (simple o ampliada, da lo mismo) del saber sino de organizar un dispositivo de pensamiento de lo que no se sabe, y esto Mayo lo hizo con su Asamblea, su Comisión y sus acciones. El régimen de la universidad del pensamiento será el de las acciones que tienen como único criterio de validez el de sostenerse a sí mismas; no alcanzará con dejar la hojita firmada para dar el presente o escuchar una grabación de la clase o transmitir disposiciones a través de auxiliares de cátedra: el pensamiento no se deja representar y exige poner el cuerpo. Este régimen de pensamiento tiene, entre los problemas que piensa, el problema de pensarse a sí mismo -allí están la Comisión pensando cómo garantizarse una "discusión real" y la Asamblea dándose reglas de "funcionamiento asambleístico" [7]. En esto -lo colectivo pensando lo colectivo[8]- consiste lo público de la universidad pública y será este régimen, y no su propietario, lo que califique de pública a la universidad. "Defendemos lo público como construcción de nosotros-como-lo-público, como algo que se está instituyendo y no que está instituido."[9] Se ve: Lo público no es el resultado de un proceso colectivo sino el proceso mismo. Pero además lo público no es una categoría teórica aplicable a una realidad; lo público se dice en primera persona del plural o no se dice (o se está diciendo otra cosa); lo público es lo colectivo. No hay una institución que defender sino una por instituir.Por último, Mayo historiza los modos de historizar. Después de Mayo, de Mayo sólo ha habido memoria pura, y su compañero, olvido. Esta memoria y este olvido son el impasse de un proceso subjetivo. La contradicción memoria/olvido, la lucha misma entre sus polos, excluye un tercero, la activación de lo actual. La operación de historización militante en la inmanencia del impasse (es decir, fiel) consiste en pensar aquello que Mayo ha historizado del modo que Mayo enseña a historizarlo. ¿Cuál es este modo? Llegamos aquí al punto crucial del nuevo compromiso militante: éste comienza con la fidelidad a un acontecimiento, pero, al mismo tiempo, no existe a priori ningún método de traducción del acontecimiento en militancia fiel. Es un problema con el que el compromiso setentista no se topa: éste dispone de una matriz de militancia que del devenir espera únicamente que le llene los lugares; el lugar del oprimido puede ser ocupado por obreros, indígenas, naciones, mujeres o estudiantes y el del opresor, por patrones, latifundistas, imperialistas, machos o rectores sin que estos cambios traigan cambios en las relaciones entre los lugares de la matriz, es decir, sin que cambie nunca la matriz misma. En efecto, el compromiso setentista dispone de una matriz a priori de traducción de "la realidad" en "compromiso social". En el modelo setentista de militancia, el modelo se impone sobre la historia. La matriz es soberana.Pero cuando se ha aprendido que "la realidad social" no propone sino reproducción de lo mismo y sólo el acontecimiento postula principios de alteración, lo que la militancia debe traducir es el acontecimiento que la funda que, por su misma esencia, es siempre distinto; por su misma esencia -irrupción de lo radicalmente otro de lo existente-, cada acontecimiento requiere de un método propio de interpretación que permita operar en el proceso subjetivo que funda. Ese método es el que el acontecimiento prescribe; pero el acontecimiento prescribe su método de modo opaco y obliga al militante a pensarlo y a pensar su línea de fidelidad. En la configuración contemporánea del compromiso, el acontecimiento es soberano.Podemos historiar el modo en que Mayo ha ejercido su soberanía sobre sus militantes. Primero, existió Mayo; después, existieron algunos que fueron tomados por Mayo. Pero la toma ya había pasado y había que ser fiel a Mayo sin toma: impasse. Este impasse requería interpretar el concepto de Mayo para prescribir la continuidad de su sujeto. Los militantes no tenían método a priori para semejante tarea; Mayo lo prescribía, pero opacamente. Entonces, Mayo y los militantes constituyen la interpretación y los modos de interpretación de Mayo. Esta interpretación es ahora un nuevo sujeto de Mayo, capaz de interpretar Mayo y su militancia como principio de una fidelidad. Este nuevo sujeto también encontrará su impasse y también será suplementado por un sujeto ulterior, pero nunca último.Tal es la historia de una historización. Tal es la historia de un proceso subjetivo en que el acto es soberano. Entre éste y su sujeto, hay relaciones mutuas de constitución. No hay fronteras claras entre el acontecimiento y su sujeto, así como tampoco hay trascendencia de ninguno respecto del otro, como sí había entre sujeto y objeto. El acontecimiento historiza al sujeto y el sujeto historiza el acontecimiento. Emergen con claridad las diferencias entre la forma actual del compromiso y su forma previa. En ésta, el sujeto historiador se distingue claramente de su objeto (de estudio o de militancia, da lo mismo) y está en trascendencia respecto de éste, gracias a su mayor grado de conciencia. En la forma contemporánea, en cambio, la historia es un recurso interno del sujeto o del acontecimiento (ya no es posible distinguirlos) y el objeto se ha esfumado; la historia es una operación subjetiva en la inmanencia de una emergencia subjetiva. En la forma previa del compromiso, la matriz historiadora detenta a priori el sentido de la realidad, a la que se lo otorgará: el historiador (o el militante) porta lo real en su conciencia. En la forma contemporánea, la historización activa el sentido que el acontecimiento propone en acto.En suma, la relación entre historia y militancia sólo es pensable bajo alguna configuración subjetiva del compromiso. En la configuración heredada, hay un tercer término, el Estado, que organiza la relación, hay representación de intereses, hay conciencia de una tradición (hay memoria), hay una comprensión de la esencia del movimiento, hay construcción progresiva de un buen futuro que es nuestro fin último y el presente se dibuja como un momento más (de flujo, de reflujo, de resistencia, de avance, de retroceso, de cambio del "sector social más dinámico") de una lucha constructiva secular en la que la historicidad no es de las formas del compromiso sino sólo de sus contenidos. En la configuración contemporánea, que historiza la anterior, no hay tercer elemento trascendente regulador sino afirmación inmanente de lo radicalmente nuevo que prescribe la forma de la relación; no hay conciencia a priori de lo que se hace sino explicitación a posteriori de lo hecho; no hay intereses a representar sino potencias que afirmar; no hay fin último para la militancia sino permanentes nuevos agotamientos e impasses, los que siempre otra vez hay que historizar; no hay lucha secular en la que participar sino fundación de principios de fidelidad. La forma contemporánea del compromiso propone una implicación subjetiva al tiempo que revela que, en su agotamiento, la forma heredada exige una implicación objetiva.¿En qué condiciones hacer historia es militante? Cuando es historización, y lo es cuando opera en el impasse de un proceso subjetivo. No hay, como sugieren el título de las jornadas y toda la concepción setentista del compromiso, dos entidades preexistentes que deban entrar en relación. Pues no hay militancia sin historización ni tampoco lo inverso. La militancia no es tal si no es fiel a una ruptura temporal (a un acto) y la historización es ese pensamiento que activa, en el presente, lo actual del acto.XI. Los militantes han interpretado la universidad de diversas maneras; de lo que se trata es de historizarla.
UM99
Ignacio Lewkowicz y Pablo Hupert
[1] Nomos es el griego para "ley". Aquí, pues, "autonomía" significa "autolegislación", darse el sujeto su propia ley.[2] Entrevista con Mario de Filosofía. Las entrevistas serán publicadas en la Web.[3] Entrevista con Leonor de Antropología. Se refiere al Boletín que sacó la Comisión de Toma, ya con el nombre de Colectivo de Acción y Discusión, una vez terminada la toma, intentando hacer balance de la experiencia, a principios de junio. [4] Entrevista con Fabio de Filosofía.[5] Entrevista con Marcelo de Antropología.[6] Entrevista con Pablo de Artes.[7] Entrevista con Pablo de Artes.[8] Entrevista con Marcelo de Antropología: En Mayo, "se llegaron a concretizar, por momentos, formas de organización bastante poco comunes a nivel universitario. En la forma de organización incluyo tomas de decisión prácticas pero al mismo tiempo ese cuestionamiento permanente sobre las formas de organización." Mayo no disociaba los enunciados y las prácticas de enunciación.[9] Entrevista con Mario de Filosofía.
La paradoja del aula
Hay en las aulas universitarias algo que baña todo como un éter general que asigna su rango y su forma a todo lo demás. Es la reproducción, con su nombre propio universitario, el Saber. La reproducción universitaria es reproducción del saber (que el saber "aumente" indica que su reproducción es ampliada y no que sea creador)y su economía (repro ampliada + valor de cambio). En el aula universitaria hay todo un dispositivo que asegura eso y que asigna su función a cada una de las prácticas que se dan dentro del aula, y lo hace de modo tal que sólo están incluidas en el aula las prácticas cuya función es reproductiva.
Sin embargo, ese aparato, al funcionar, produce un residuo no semantizado: en medio de tanta reproducción, algunas producciones se insinúan. Es lo que un compañero, Andrés, llama "la paradoja del aula". Cuando, por ejemplo, al alumno le encargan que estudie un apunte para aclarar un punto del programa del curso y el lector por encargo encuentra en el texto puntos a problematizar no programados y se convierte en lector por motu proprio; cuando un profesor orienta a su curso a leer el texto del día de modo que interroga a su curso por lo que éste había dado por sobreentendido; cuando un examen formula una pregunta que sabe qué respuesta la responde y el examinado contesta examinando una veta problemática inexplorada y hace que la respuesta no acople término a término con la pregunta; cuando, con vistas a un examen, un alumno estudia, en tiempo y forma, en función del aprobaje y se encuentra con un examen cuyas preguntas no requieren el tipo de respuestas que su estudio había previsto; cuando a un profesor le preguntan algo que no sabe y devuelve la pregunta al curso y éste y aquél trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando un estudiante pregunta algo que el profesor no sabe y sus compañeros, con o sin el profesor, trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando algo de esto ocurre, decimos, lo que ocurre es la paradoja del aula: una práctica orientada a saber (una lectura, un examen, una pregunta) produjo un resto orientado a pensar o, mejor dicho, un resto que es él mismo pensamiento. Cuando algo de esto ocurre, si es que ocurre, el Saber cede el paso al pensamiento, la reproducción a la producción.
Que algo así, a veces, raramente, fugazmente, suceda, no significa que su ocurrencia sea normal ni que tuerza el curso de lo que pasa en el aula (aquí hay que recordar que ese curso ya ha sido recorrido y que es por esto que ese curso se dice con un participio pasado y un artículo definido, "la cursada"). Es que el dispositivo áulico tiene sus mecanismos de hegemonía. Puede que, a veces, el saber ceda el paso al pensamiento, pero es sólo para luego pisotearlo. Si algo no estructurado emerge, la reestructuración de ese algo no se hará esperar.
Así, las calificaciones aseguran retroactivamente una divisoria clara entre lo que es una respuesta que responde a lo preguntado y lo que no lo es o lo que es una pregunta válida para lo que se estudió y la que no; además, están los comentarios del profesor: así, si el examinado examinó una veta inexplorada, "no está mal, pero no es lo que se pedía"; además, están las quejas del estudiante: así, si el profesor diseña preguntas que no requieren el tipo de respuestas previstas en el "tragado" que el estudiante hizo con vistas al examen, "esta pregunta no era clara" o "a mí me dijeron que en el final no preguntan esto". Calificaciones, comentarios, quejas aseguran la sujeción de la respuesta por la pregunta y de una y otra por el aprobaje o –para escenificarlo con personajes– la sujeción del evaluador y el evaluado por el examen; hacen, en fin, del examen una instancia de medición de la erudición, es decir –ya que el pensamiento es no es mensurable–, una instancia del Saber.
Así también, el cronograma de lectura impide que discutamos la cuestión que el accidental lector activo plantea, "tan interesante pero que llevaría tanto tiempo… después no vamos a llegar"; y, si a pesar de esta pragmática consideración, la cuestión encuentra un grupo y un profesor dispuestos a trabajarla, se impone el recuerdo de que después de la cursada hay otro examen, cuya dificultad aumenta cuando disminuye "lo visto" en clase. O, si el profesor toma o propone la interesante cuestión para hacer que el grupo piense, raramente faltará el alumno que inquiera: "¿esto entra para el parcial?". Y, por si estos mecanismos no alcanzaran, viene otro a reforzarlos y constituirse en su reaseguro: el programa. Tampoco es casual este nombre: si una materia es un recorrido ya cursado, lo es a condición de que sus escalas y su destino estén programados. La cursada tiene meta y la meta asegura el desprecio de lo que surge en el camino. (Que la mayoría de las veces al programa "no lleguemos" no disminuye su eficacia sino que la aumenta). El programa tiene su complemento y vía de realización en la bibliografía: no se trata de libros, sino de bibliografía; tal vez los libros se lean, pero la bibliografía se estudia; tal vez los libros conduzcan a cuestiones inesperadas, pero la bibliografía proporciona respuesta a las cuestiones programadas. Y, en el aula, sólo existe la bibliografía. Cronograma, examen, programa, bibliografía hacen de la lectura un camino cuyo curso es conocido, tranquilizador, y cuyo resultado es saber.
También, el programa asegura la reinscripción de toda intervención en el curso por él planeado. Si una pregunta, una observación o una intervención del tipo que sea se sale de curso, el programa se hace actual en el aula por medio de ciertas indicaciones que, dichas por un alumno o un profesor –lo mismo da–, restringen la posibilidad de pensar, tales como "eso lo vemos dentro de dos o tres clases" o "sigamos que quiero ver Holloway antes del parcial" o "eso se ve en [tal otra] materia" o "para hablar de eso antes hay que leer a tal, a tal, a tal y a tal" o "eso solo es tema para un seminario y no lo podemos ver acá", etc., etc., etc. La enumeración puede centuplicarse, pero la proliferación de las frases contemplará siempre esta propiedad: desechar como desvío lo que emerge en la situación; o esta otra, más abarcativa: remitir una cuestión que exige pensar en la inmanencia de la situación a la totalidad del saber, desconocida por los presentes pero presuntamente existente en algún lugar externo. La representación de la totalidad del saber y la del plan del saber practicadas en las situaciones académicas imposibilitan la presentación de la singularidad del pensar.
Así también, la impresión que cada actor del aula debe dejar restringe la posibilidad de pensar. Si al profesor le preguntan algo que no sabe, puede éste decir "no sé" y devolver la pregunta, pero corre el riesgo de que los alumnos lo tilden de ignorante que quiere disimular, por lo que será mejor que dibuje algún firulete o que diga "te lo averiguo para la próxima". Puede ocurrir también que un compañero del preguntón conozca la respuesta o tenga algún indicio, y puede ponerlo a disposición del curso o puede reservárselo para no dejar "mal parado" al profesor o para jugar esa carta en el examen y deslumbrar. La imagen, la representación de sí, el brillo que un saber da o quita, orientan el trabajo en el aula en función de saber. Como se ve, la sujeción del pensamiento por el saber no necesita de medios demasiado violentos.
Ni el examinado ni el examinador examinan el examen; el lector no escribe; el que interroga no responde y el que responde no pregunta; el que enseña no aprende de sus aprendices. Fijaciones semejantes son las que asegura el dispositivo llamado aula. Así es como ninguna de las subjetividades instituidas por la Universidad heredada piensa.
Y está también la cátedra, otra destacada institución del dispositivo. La cátedra dice que el docente al frente de un práctico o de un teórico-práctico sabe menos que el que está al frente de un teórico. Es una cristalización de una jerarquía de saberes que hace que el docente sea responsable de lo que hace, no ante el curso en el que hace lo que hace, sino ante una jerarquía. (Entiéndase "responsable": el que responde por algo ante alguien; pues bien, el alguien es la cátedra, que no está frente al docente sino en su cabeza). La cátedra, entonces, es una entidad supra-aula con capacidad de interpelación intra-aula y, por eso mismo, desactiva lo que ocurre en el aula. La pregunta clave sería: lo que ocurre en el aula, ¿ocurre en un aula o en una cátedra? El dispositivo está montado de tal manera que hay que responder lo segundo. Así, por ejemplo, puede ocurrir que una pregunta que "desvía" encuentre entusiastas laboradores tanto en el profesor como en los alumnos de un aula, pero, tarde o temprano, por medio de alguna interpelación como "el titular no dijo nada de esto en el teórico" o "si sigo con esto, van a dar mal el final", la entidad sobrestante restaurará su programa.
No. El dispositivo reproductor no fracasa: dispone de mecanismos para reinscribir en la armonía áulica los residuos que produce, mecanismos para hacer de toda práctica que se dé en su seno una práctica cuyo sentido no está por verse sino ya cursado. Y si hay un residuo no reciclable, siempre habrá modos de desecharlo, de entre los cuales es el principal el que estos restos productivos son invisibles dentro del dispositivo y para la subjetividad que él instituye. En la paradoja del aula, la reproducción se impone siempre sobre la producción. Y la causa principal de esta eficacia es sencilla, pero muy sutil, que saber y pensamiento no son los polos opuestos de una unidad dialéctica de contrarios que se llamaría aula. Pues el dispositivo es determinado, mientras que sus restos son indeterminados.
Resérvense los moralistas sus sermones; las cosas no suceden de esta manera porque tal o cual docente sea malo o porque aquellos alumnos sean unos "olfas" ni dejan de ocurrir porque este profe sea "piola" o porque en ese grupito sean pibes re-inteligentes. Esto ocurre así porque el dispositivo llamado universidad está constituido alrededor de un objetivo llamado Saber. Es la investidura del saber como fin de toda la institución universitaria el éter general que asigna a toda práctica áulica el rango y la forma de medio (la lectura es estudio, el libro es bibliografía, el examen es medición, la pregunta sabe lo que pide, la clase está para dar o recibir saber, el curso es cursada, etc.).
Ahora bien; ¿hay en la universidad alguna otra instancia que no deseche las producciones residuales ocurridas en el aula sino que las capture y las ponga a producir?, o, lo que es lo mismo, ¿hay alguna instancia universitaria que se haga fuerte en el pensar y no en el saber? No. Ni los Centros de estudiantes, ni los seminarios, ni los congresos, ni los seminarios internos de cátedra. Tampoco los pasillos, supuestos lugar de lo no-instituido, que son en realidad el ámbito de los chismes, de la charla informal, de la seducción, de los insultos, de las catarsis y de todo lo que la clase magistral proscribe, la válvula de escape, en suma, instituida por la institución, su inocua inversión carnavalesca. No hay en la universidad normal dispositivo alguno que capture ese mosto de pensamiento que el saber produce sin proponérselo.
Una ocasión hubo, es cierto, en que el pensamiento era la fuerza de lo que allí se instituía, pero no fue compatible con lo instituido y requirió de su suspensión. En esa ocasión, la normalidad universitaria se vio interrumpida y el pensamiento fue sinónimo de a-normalización. Fue en mayo de 1999. UM99 y su libro apuestan a capturar ese pensamiento y ponerlo en producción.
PH y UM99 (junio de 2000)