El genocidio después del genocidio: de la memoria heterónoma a la justicia autónoma (exposición y preguntas)

Genocidio, Política, Problemas

Se sabe mucho del pasado para no saber nada del presente. Jack Fuchs

Dados doce minutos para exponer, voy a decir aunque sea dos enunciados, que quizá son polémicos. Este trabajo es una reelaboración de trabajos anteriores que pueden ver en www.pablohupert.com.ar. El trabajo tiene básicamente dos partes: por un lado, examina los efectos del genocidio después del genocidio y, por otro lado, piensa qué podemos hacer con esos efectos, cómo podemos atravesar esos efectos.

Para poder entender los efectos de un genocidio, para mí fue importantísimo el concepto de realización simbólica. En la primera parte retomo ese concepto para extenderlo un poco a otro concepto, el de realización subjetiva. “Realización subjetiva” refiere a la realización del genocidio en la subjetividad, tanto en la individual como en la colectiva.

Una forma de realización subjetiva es el democratismo que vivimos en la Argentina en los ’80. ¿Se acuerdan que uno no podía disentir con alguien sin decir ‘yo disiento, pero me parece muy bien que podamos disentir; así nuestra democracia se fortalece’, etc., y había que gastar de los doce minutos diez en justificar que uno disentía (por supuesto que no se lo consideraba gasto sino inversión republicana)? En España pasó algo parecido. Paloma Aguilar Fernández, una historiadora española, dice: “Hubo un acuerdo de no usar políticamente el pasado que se respetó escrupulosamente. Si algo tuvieron los españoles en los años ’70 fue un exceso de memoria, sin advertir que las circunstancias del país y de la sociedad habían cambiado mucho. Los recuerdos de Guerra Civil o régimen autoritario son determinantes para fijar las reglas de juego institucionales que se adoptan en los procesos de cambio político. Muchas de ellas están llenas de cautela, sólo para evitar que la situación se polarice o se reproduzca la violencia del pasado… Y esas normas, así nacidas, condicionan el futuro de la democracia”. De lo que estoy hablando al hablar de realización subjetiva es de los efectos que la memoria del genocidio produce en la subjetividad, y de que estos efectos no son producto de olvidar sino que son producto de recordar demasiado bien. Por recordar demasiado bien, los españoles estaban llenos de cautela y sus instituciones democráticas eran más cautelosas que firmes. Esto pasa también en lo que hoy conocemos como setentismo, que son los nostálgicos de la militancia de la década del ’70: hoy se llaman setentistas porque repiten los enunciados de la década del ’70 pero no pueden repetir la situación enunciación que los enunciaba en esa época. Si Sarmiento repetía “Las ideas no se matan”, lo que pasó acá es que las prácticas sí se mataron. Entonces tenemos que las ideas de los ’70 siguen circulando como enunciados pero no están ligados a la enunciación de los ’70, no están ligados a las condiciones históricas que en esa época hacía que los enunciados fueran eficaces. Un historiador, Ignacio Lewkowicz llamaba ‘repetición patética’ a esta repetición.

Vamos a decirlo con palabras de psicoanalista: en la realización subjetiva no habla el sujeto sino que habla el trauma. En la realización subjetiva del genocidio, el sujeto se acomoda en el espacio de muerte que quedó luego del genocidio. La memoria no recupera la vida aniquilada por el genocidio, sino que en la realización subjetiva una subjetividad sustituta viene a ocupar el vacío que esa aniquilación de la vida autónoma dejó.[1] Por ejemplo, recordando las atrocidades asesinas, se asegura el olvido de las prácticas subjetivas muertas por esas atrocidades. Poniendo el énfasis en el recuerdo de las atrocidades o del sufrimiento se olvida lo asesinado. La memorización, sea de los victimarios o de las víctimas, olvida al sujeto político genocidado.

Esta vida sustituta, que no es la recuperación de la vida pre-genocidio, sino que es una subjetividad post-genocidio, tiene la característica de estar disociada de su potencia. ¿Qué potencia? Creo que la potencia que es central en el concepto de realización simbólica y sobre la que ha insistido Daniel Feierstein es el concepto de autonomía: los genocidios matan grupos autónomos. Hay muchos tipos de autonomía, no solamente la autonomía política; como sea, la vida sustituta, la realización subjetiva, la subjetividad que realiza el genocidio logra que esa subjetividad post-genocidio esté separada de su potencia, de su potencia de usar el pasado para pensar el presente, y de la potencia de relacionarse con otros y pensar la propia realidad –de la potencia de habitar la situación, en suma. El efecto agregado de la realización subjetiva es la disociación: de la potencia, de la realidad, de los demás. Por eso la repetición es patética.

Este trabajo empezó en el 2003 en el primero de estos Encuentros, en el panel de cierre, con la última frase del último expositor –un miembro de la Asociación de ex detenidos desaparecidos– que terminó con la frase: “Lo contrario de olvido no es memoria sino justicia”. Vemos que la memoria es injusta, porque nos disocia. Pero ¿qué es hacer justicia? ¿Qué podemos hacer si recordar no es justo pero tampoco debemos olvidar? ¿Qué justicia es la que no olvida ni memoriza?

Aquí viene la propuesta de justicia autónoma. Esta propuesta no es la propuesta de un jurista: es un historiador que ha leído procedimientos justicieros; la leí en lo que hicieron algunos sobrevivientes y algunos afectados por la memoria del genocidio. Por ejemplo, la agrupación HIJOS.[2] Hace un tiempo en Página 12 apareció un reportaje a la agrupación HIJOS en donde ellos decían algo así: “yo quisiera saber qué haría mi papá en esta situación, pero como no sé, y no tenía forma de ir a preguntarle, tenía que hablarlo con mis hermanos”. Pero no siempre tenían hermanos biológicos: los hermanos son los otros hijos de otros desaparecidos. La asamblea de los Hijos –procedimiento que ellos reivindicaban lento– era un procedimiento a través del cual ellos no recuperaban a los padres sino que se hacían hijos, lograban filiarse a padres desaparecidos, y lograban hermanarse con otros hijos de desaparecidos; la filiación no se daba por restitución del padre sino por hermanación con otros –permítanme decirlo así– huérfanos. Paso a otro procedimiento justiciero. Tras proyectar Nietos, un documental hecho por un nieto recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo, Benjamín Ávila, afirmó que en ese documental él, más que las atrocidades, más que el horror, quería mostrar cómo el nieto recuperado construye su familia. Construye su familia, dijo, y no ‘reconstruye’. No están los elementos necesarios para reconstruirla (el padre y/o la madre, piedras basales del edificio familiar convencional); entonces tiene que indagar, tiene que conocer a los amigos de los padres, tiene que preguntar cómo eran los padres… una cantidad de operaciones que construyen, que activan hoy eso que desde hoy hemos perdido ayer.

Voy a leerles un texto de Ignacio Lewkowicz en donde habla del escrache. “El escrache no es el mal menor cuando no pudimos meter en la cárcel a los genocidas. El escrache es, cuando se acabó la justicia representativa, recuperar en nosotros la potencia de castigo”. El escrache no es una operación por descarte cuando la justicia representativa no anda, sino que es una operación subjetiva, que crea realidad y liga a las víctimas del genocidio con los otros y con su realidad. No recupera lo perdido: activa un principio de lo perdido. Tampoco recupera un principio de lo perdido, sino que lo produce como perdido ayer y activo hoy. Hay muchos otros procedimientos: procedimientos que no son previsibles, porque son inventos subjetivos. Uno muy curioso es un guión que pone un chico judío descendiente de judíos alemanes que se hace amigo de un alemán no-judío; él desde hoy dice: ‘lo que los nazis mataron es el guión judeo-alemán y hoy lo único real es construir ese guión. Reconstruir la sinagoga de Dresde es cartón pintado.’

En la justicia autónoma no se trata de reparar, de recuperar, de restituir algo perdido, sino que se trata de ser fiel, no a los enunciados de lo genocidado sino a los principios de enunciación. No se trata de recordar lo genocidado sino de activar algo. Parece que hoy es más activo activar el principio de relación con la situación y de compromiso con el movimiento social de los ’70 que repetir el ideario aquel. Si en la justicia reparadora, en la memoria heterónoma, se ve que es ahí, en la memoria, en donde se realiza una subjetividad posgenocidio, en la justicia autónoma se produce una subjetividad pos-posgenocidio –una subjetividad que logra dar por terminado el genocidio, una subjetivación que logra atravesar y zafar los efectos del genocidio en la subjetividad.

Creo que si hay algo difícil de entender del concepto de realización simbólica es que continúa luego de terminado el genocido, y no a manos de los perpetradores materiales del genocidio. La justicia autónoma es la que logra terminar con el pos genocidio. La pregunta no es cómo recordar a los muertos: esta es una pregunta heterónoma, porque está inducida por el asesinato. La pregunta es cómo activar el principio muerto que puede trabajar en nuestra situación.

Para la justicia autónoma, lo central no es castigar al victimario sino que se libere la víctima de su condición de víctima, que habite el presente. La punición del victimario es relevante si el sujeto de la justicia autónoma la necesita para lograr exceder su condición. Pero es la subjetivación justiciera (la estrategia de libertad) la que dice que requisitos deber reunir en el camino hacia la estrategia y no al revés; el fin determina los medios, y no al revés. Cómo ir más allá de nuestra afectación, cómo hacernos justicia: esta es la pregunta autónoma.

Termino con unos versos de Daniel Viglieti y Circe Maia:

No son solo memoria,

son vida abierta,

son camino que empieza

Preguntas

M1: estoy muy contenta de escuchar una ponencia así. Yo formo parte de la Mesa de Escrache Popular y venimos laburando hace un montón los escraches. Quería saber si podés explayarte un poco más respecto de lo de los escarches. Los escraches se inician en una irrupción un fin de semana para escrachar a un milico, pero tiempo después se transforma en un trabajo barrial de seis meses, en donde se trabaja en el escrache al militar, sino también las problemáticas actuales del barrio. Entonces empieza a surgir otro pensamiento sobre la justicia, que tiene que ver con el principio de igualdad. De esto habla mucho Badiou. A mí me interesaría saber qué opinión tenés vos acerca del escrache.

Daniel Feierstein: Más o menos en la misma línea, pero quizá profundizando alguna cuestión, mi duda era en relación con este concepto de ‘justicia autónoma’ que planteás, que es claro que cuando esta metodología del escrache surge, surge con la consigna “como no hay justicia, hay escrache”: el escrache se presenta como un modo de reemplazar la justicia ante la impunidad. Y coincido con vos –y me parece muy lúcido el planteo- en que, sabiéndolo o sin saberlo, las organizaciones de Hijos estaban haciendo algo que iba mucho más allá de eso, porque era esto de pensar otras modalidades de pensar justicia, que en términos de construcción simbólica pueden ser producir otros efectos además de la justicia –y no porque la reemplacen. ¿Cómo repensar desde tu punto de vista –en función de esta ponencia- la lógica del escrache, cuando comienza a reaparecer con la anulación de las leyes de impunidad la posibilidad de la justicia? Porque una visión simplista diría “entonces, si como no hay justicia hay escrache, si hay justicia, no hay escrache”. Si el escrache construyó otra cosa, y ahora es posible que comience a haber justicia con el escrache, ¿qué hacemos con esta herramienta que tenemos?

PH: Para hablar sobre el escrache, tengo acá un párrafo de Ignacio Lewkowicz; pero antes vamos a hablar de la anulación de las leyes de impunidad. A mí me parece que (esto es una hipótesis arriesgada) no por haberse impugnado esas leyes ha sido reestablecida la idea de justicia. Dolina contaba que en Telenoche estaban preguntando si estaba bien que hubiera un tipo vendiendo en la calle en la cuadra de la verdulería, porque la verdulería tiene una habilitación, paga impuestos, el tipo no, etc.; había una denuncia al respecto, y el periodista fue a preguntarle a la gente qué le parecía. Entonces Dolina, Stronatti y Rolón dramatizan la situación (así como se suele hacer en los programas de Dolina); Dolina era el periodista que preguntaba, mientras los otros dos representaban a distintos transeúntes que iban tirando distintas opiniones. Hasta que uno de ellos dice: –No, esperen: acá no es lo que nos parece a nosotros; acá hay leyes y esto hay que juzgarlo, y lo que diga la justicia es lo que debe ser.– Y el periodista representado por Dolina respondió: –Gracias por su opinión. –Supuestamente, la ley es la que dirime entre opiniones, pero esto de que la ley dirime entre opiniones se ha convertido en una opinión…

Para Badiou, hay justicia cuando no hay representación. Para él –que analiza el siglo XX– toda situación tiene la situación y la representación de la situación. Si hay algo que me parece se terminó en estos tiempos, es esto de los dos niveles, esto del piso y la superestructura. Hay un cuento del 1984 de José Murillo –un cuentista argentino que en un libro cuenta nueve cuentos de desaparecidos, una de las primeras ficcionalizaciones de la tortura– en el que una detenida desaparecida piensa “‘¡Dios mío, acordate de mí, sólo un momento’. Ni dios soportaría esta afrenta a la vida, a la dignidad, al decoro. Debió haberle vuelto la espalda a los hombres. Y si hasta Dios se negaba a ser testigo de toda esta crueldad, ¿quién juzgaría a estos hombres? Podía ser que tantas atrocidades quedaran impunes, pero entonces, si no se puede apelar ni a la justicia divina, ¿qué futuro espera la humanidad? Desesperada y sin respuestas, no pudo contener el llanto. Lloraba con todo su cuerpo.”

¿Conocen el concepto de Otro con mayúscula (ese que pueden ser el Padre, la Madre, la Patria, la Clase o lo que fuera)? El Otro es un donador general de sentido que es el referente último de la Ley y de todas las relaciones sociales. La necesidad de un Otro con mayúscula que restaure la distribución del mundo en bien y mal es palmaria en este pasaje del cuento. Pero la caída del Otro también es palmaria: Ni la justicia nacional ni la justicia divina se mantienen en pie. La cuestión será entonces construir una justicia inmanente (ni estatal ni divina), sin testificaciones y con testimonio, la justicia como elaboración de experiencia y producción de experiencia. Una justicia que no administra los hechos sino que produce las condiciones para habitar la de otro modo inhabitable experiencia de tortura y desubjetivación.

Para mí, hubo una época en que la justicia autónoma –la justicia presentativa, subjetiva– coincidía con la justicia heterónoma, con la justicia representativa (ahí estuvo Simón Wiesental). Pero lo que se terminó hoy es el Otro con mayúscula, se terminó el representante. Puede venir otro Menem y volver a indultar a los milicos; hoy sabemos que la ley es una opinión. Hoy sabemos que el Estado es uno más de los que está en el llano: no es más el piso de arriba. No nos queda otra que estar en el llano con otros que están en el llano, huérfanos de todo Padre.

Les leo un fragmento de Ignacio Lewkowicz sobre el escrache. “El escrache es un pensamiento específico. Es un dispositivo esencialmente, y no técnicamente, político. Si el sistema político es representativo, las capacidades estatales proceden de la representación. La justicia es también representativa: la potencia del pueblo se delega y el Estado redistribuye esa sustancia delegada según diversas modalidades. De esa alquimia resulta que la capacidad popular de justicia queda capturada en un aparato burocrático específico. Si ese aparato jurídico hace síntoma, es porque tocamos los límites de la justicia representativa. El escrache es el invento político que piensa en acto la justicia popular. Pero nuevamente, para pensarlo así, es preciso quitarse de encima toda una imaginería derivada de la subjetividad pospolítica, que dice lo siguiente: “los asesinos deben ir a la cárcel, nuestra justicia es corrupta, los asesinos no van a la cárcel; por lo tanto, como castigo menor, simbólico, los escarchamos”. Según esta idea, nuestro modo de castigar, nuestro modo de hacer justicia es idealmente la prisión. En caso de que no se pueda, bien viene el escrache. Sin embargo, en esta percepción se pierde lo esencial: el escrache es un invento porque es nuestro modo de castigar, nuestro modo político y no penitenciario. La penitenciaría es una unidad representativa en la que se ha delegado la capacidad popular de castigo”.

Creo que respondí, pero podemos seguir discutiéndolo.

M1: Muchas veces, cuando pasó esto de las leyes, la mesa de trabajo de escrache es muy diversa, no tenemos todos una opinión fija, no es una organización. Coincidimos, tenemos puntos de encuentro, pero no es fijo. Y en esa diversidad lo que pensamos es un poco lo que dice él: el escrache es transversal, la idea no es decir ‘la justicia institucional no sirve, entonces si no van en cana no nos importa’. En general el grupo dice: ‘está en la cárcel, buenísimo, peor es nada, pero no se agota acá’. Hay una realización simbólica del genocidio, hay una fragmentación social; la idea del trabajo barrial de seis meses es generar puntos de encuentro, de reflexión del pasado y del presente. Estos tipos pueden estar todos en cana –nunca lo van a estar, pero suponé que están todos en cana-, pero no se agota ahí, no termina ahí, porque hay un problema social, una fragmentación social, por el genocidio. Y esa es la fuerza del escrache, que tiene que ver con reflexionar el pasado para este presente, no sólo para quedarnos ahí o para que alguien decida por nosotros si está preso o no. Sin embargo, en el conjunto de la Mesa no decimos ‘no sirve de nada la justicia institucional’; no se agota ahí, la excede, la práctica que nosotros hacemos por el genocidio tiene que exceder, porque hay algo mucho más grave que el militar, y es todo lo que se generó en la sociedad hoy, y cómo nosotros vamos a seguir caminando.

Leticia Muñoz: En relación con esto de la ley -yo soy docente- el tema de que haya sido una ley no es una cosa menor en los debates de hoy con los chicos, que no son los que más sacan la teoría de los dos demonios, uno podrá darlo a debate, pero en realidad lo que dice que es ley, que acá hubo terrorismo de Estado, el tema de la ley no es una cosa menor, por más de que esta democracia no sea todo lo que uno quisiera, el tema de la ley es para defender, que Etchecolatz esté siendo juzgado, que lo veamos ahí sentado… Y en relación con los escraches, quería decir que los escenarios que se arman tienen este juego pasado presente que es muy importante –sobre las manifestaciones estéticas callejeras- lo que hizo el escrache de H.I.J.O.S. en La Plata, una jirafa asesina suelta. Apareció en la ciudad, durante varios meses, un graffiti que decía “Jirafa asesina suelta”, y de pronto aparece un afiche en el que se dice quién es el genocida y en qué momento se va a ir a hacer el escrache. Y hay gente que comenzó a pensar lo que nos ocurrió a partir del escrache, en su barrio, en su lugar. Esos escenarios son para rescatar. Pero el tema de la ley, creo, es central.

Patricia Camós: Quería hacerte una pregunta acerca de lo que planteaste sobre el Otro con mayúscula, la caída de un Otro inmanente. Mi visión es que un Otro con mayúscula no fue Menem, un Otro con mayúscula viene desde antes de todo el Proceso. Lo simbólico se tiene que incluir antes para que esto se produzca. Hay una fase previa. No sé si estoy muy de acuerdo con el Otro con mayúscula y de aplicar la teoría lacaniana en todo esto, fundamentalmente porque la teoría lacaniana ingresa a la Argentina en la época del Proceso, y es desbaratadora de toda la psicología grupal y comunitaria, y de toda la psicología preventiva. No fue culpa de Lacan, pero esta teoría psicológica tiene una función simbólica en Argentina. Mi pregunta es si esto simbólico no tuvo que haber pasado antes –desde el ’73 y mucho antes también– para que se centrara y se generara el genocidio en la Argentina.

PH: Las teorías son lo que efectivamente son; no importa si Lacan quería efectivamente esto o no. Puede ser que el lacanismo haya hecho eso que decís –desconozco. Sí sé que la destitución de un Otro con mayúscula vino tanto por el lado del genocidio como por el lado del neoliberalismo. El retiro del Estado significa también un abandono de las subjetividades que había adoptado el Estado Nacional. El retiro del Estado nos deja huérfanos. Así las cosas, o nos quedamos llorando porque papá se fue o hacemos algo con los hermanos.


[1] En el panel de cierre del Encuentro, Diana Kordon insistió con la idea de que los tiempos previos al Golpe fueron de “revolucionalización” de la vida. Es la vida “revolucionalizada” lo que el genocidio aniquiló.

[2] Aquí no distingo entre las agrupaciones H.I.J.O.S. e HIJOS.

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