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Historia y militancia o historización militante

Escritos Clásicos, Pensamiento, Problemas, Universidad

[esta minuta, escrita en setiembre de 2001, era un adelanto del libro Universidad tomada. Agotamiento y fundación, que íbamos a publicar en 2002. Es lo que la UM99 pensó sobre la universidad y sobre qué hacer en la universidad. La escribimos con la excusa de presentarlo a unas jornadas de historia que se realizarán en la Facultad. Lo que aquí se dice de la disciplina histórica vale para todas las ciencias sociales. En las jorna­das, fue absorbido como paper y como paper de historia. También fue publicado en Cuaderno de Pedagogía 8 y como folleto publica­mos para que comience una circulación de otro tipo.]Se añora el compromiso social de los intelectuales de los años setenta. Se quiere recuperar semejante compromiso. Se organizan unas jornadas bajo el título “Militancia e his­toria: ¿una relación antagónica?”. Se convoca a historiado­res de generaciones anteriores a las de los organizadores que hayan participado del compromiso setentista o que simpaticen con él. La filiación resultante es, de este modo, sinónimo, no de fidelidad, sino de obediencia. La genera­ción actual se ve sujeta a los parámetros que organizaban el campo de la generación previa. La generación actual, por su sometimiento a la generación de los setenta, se ve impe­dida de forjar su propio campo generacional. Luego, la “generación actual” no es ni generación ni actual, sino una rémora del pasado presente en el presente, lo inactual de lo actual. Si una generación llega a ser tal cosa, no lo hace en paz con sus padres.Hay una historicidad del compromiso -es una premisa si hablamos de compromisos perdidos. El setentismo fue una forma del compromiso. Esa forma era una forma pro­pia de lo estatal-nacional que se movía bajo el supuesto de que, además de lo que se nos presenta, hay un mundo. Esa forma está agotada. Conservarla es antihistórico. Un signo del agotamiento: la “historia de los sectores populares”, sucedáneo de la antigua historia del movimiento obrero, en la que se confundían provechosamente el sujeto y el objeto de esa historia: ¿la historia es del movimiento obrero por­que éste es su objeto de estudio o porque éste la hace? En esta ambigüedad estaba lo activo de una forma del com­promiso; hoy, en la “historia de los sectores populares”, la ambigüedad ha sido despejada: no hay pueblo haciendo ninguna historia sino sufriéndola. Lo histórico no es buscar en el pasado un ideal del compromiso perdido -todo ideal encontrado en el pasado está, en lo real del presente, por eso mismo, perdido. Lo histórico es preguntar si el devenir ha presentado otras formas del compromiso.Existe una nueva configuración subjetiva del compromi­so. La subjetividad comprometida contemporánea se confi­gura en la fidelidad a un acto y no a un conjunto. La subje­tividad comprometida setentista se configuraba en torno al compromiso con un sector social oprimido. La contemporá­nea se configura en torno al compromiso con los actos en que las víctimas se pronuncian, es decir, dejan de serlo.El acto que en nuestra situación logra convertirse en principio de una fidelidad de nuevo cuño se recuerda bas­tante bien en sus hechos pero por eso mismo se encuentra en un impasse: la toma de la Facultad de Filosofía y Letras en mayo de 1999. Hasta Mayo sólo había agotamiento del compromiso setentista; hasta Mayo asistíamos a las múlti­ples sobrevidas de un modelo agotado del compromiso. Pero Mayo propone una nueva forma del compromiso. Ma­yo historiza el compromiso. La tarea es construir su con­cepto.

El acto de Mayo

La crónica periodística es bien conocida. El 3 de mayo de 1999, el gobierno anuncia un recorte del presupuesto edu­cativo. El 4 a la mañana, el rector de la UBA dice que con el dinero restante no pasa del 1 de octubre siguiente y llama a cerrar las facultades en señal de protesta. El 4 a la noche, casi todos los establecimientos educativos estatales del país están cerrados o tomados para decir “no al recorte”; hay marchas y cortes de calles por doquier. En el curso de la semana siguiente, el recorte se fue revocando por partes y finalmente por completo. En la Facultad de Filosofía y Le­tras, completa la crónica un paro que el personal no-docen­te había comenzado el 29 de abril. El 4 de mayo, cuando estudiantes y no-docentes se enteran de la decisión del de­cano de cerrar la Facultad, deciden en sendas asambleas tomarla para mantenerla abierta. Hacia el jueves 13, en los mismos días en que el recorte era anulado, el decano y los no-docentes llegaban a un acuerdo por el cual se satisfacían todas sus exigencias a cambio del levantamiento, el lunes siguiente, del paro y la toma. El martes 18, la normalidad regresaba a las aulas.Esos son, escuetamente -porque su enumeración puede multiplicarse al infinito-, los hechos. Su recuerdo no causa problemas de pensamiento, no convoca ningún compromi­so, no funda ninguna fidelidad. Pero su historización mili­tante reparte otros acentos, aísla otras secuencias. En Mayo está, según la nueva configuración del compromiso, la for­ma de hacer historización militante, es decir, de pensar en inmanencia una diferencia temporal (o sea, una ruptura) y producir el concepto de esa diferencia radical (o sea, discri­minar, entre la materialidad del presente, lo activo y lo ago­tado, lo actual y lo inactual).La toma de la Facultad tuvo rasgos inéditos, marcas de una diferencia radical entre esta toma y las anteriores. La Asamblea, la Comisión de Discusión, la pregunta “¿qué universidad queremos?”, murales, discusiones ocasionales y otras acciones, el impedir que sesionara el Consejo Direc­tivo, son algunos.La Asamblea, que sesionó cuatro veces en los trece días de toma, funcionó bajo la consigna de “la asamblea es sobe­rana”. Eligió sus propios coordinadores, desconociendo la estatutaria precedencia de las autoridades estudiantiles elegidas en elecciones; practicó asimismo un principio inse­parable del de soberanía, la auto-nomía[1]: se puso a sí mis­ma reglas para el desarrollo de las discusiones y votaciones que evitaran las habituales manipulaciones de las “asam­bleas” de Centro. A su primera sesión, el 4 de mayo, la con­vocaba el problema de qué hacer frente al cierre de la Fa­cultad ordenado por el decano. Votó, como ya lo había he­cho una asamblea no-docente, la toma, pero en una vota­ción que además dispuso que durante la toma se mantuvie­ra abierta la Facultad con el funcionamiento no sólo de las ya normales comisiones de seguridad, comida y comunica­ción sino también diversas comisiones de discusión de di­versos temas (presupuesto, situación nacional, planes de estudio, gobierno universitario). La institución entraba en huelga; los estudiantes y no-docentes se encargaban de im­pedirlo, pero, mientras que el propósito de la toma no-do­cente era que el edificio siguiera acumulando mugre para obtener sus trece puntos, la toma estudiantil no era una medida pragmática que buscara determinado objetivo (co­mo dirían los no-docentes a los estudiantes, “con ustedes no se puede negociar porque no se sabe lo que piden”).A la segunda noche de toma, todas las comisiones se habían convertido en una única “Comisión de Toma”, tam­bién llamada “Comisión de Discusión” o “Comisión de Discusión en Toma”. Esta Comisión se convertiría en el concentrador cualitativo del sujeto de Mayo. No obedecía mandatos de la asamblea sino que pensaba cómo realizar­los: los interpretaba en clave de fidelidad. El mismo hecho de la fusión en una única comisión era una interpretación en acto del problema que había convocado a la Asamblea (el de qué hacer con la universidad en la universidad): te­nemos un solo problema. Fue en esta Comisión, que funcio­naba durante la noche y la madrugada, que se p
ensó la uni­versidad. No admitía, como pretendían los actores políticos de la institución, que la lucha estuviera fuera del edificio, cortando calles y marchando por mayor presupuesto para la educación: cualquier multiplicación del presupuesto sig­nificaría una multiplicación equivalente de la universidad que tenemos, lo cual no queremos. En este punto, la Comi­sión, que no quería lo que tenía, se preguntaba “entonces, ¿qué universidad queremos?”. La exigencia de la militancia setentista de reconocimiento estatal de los intereses y las reivindicaciones de un conjunto social se convertía aquí en pregunta por el propio querer; por esto es que “con ustedes no se puede negociar”: las reivindicaciones son negocia­bles, pero no el propio querer, no la voluntad de poder. No llegaría la Comisión a hacer un plano de la universidad querida; es que, para semejante pregunta, no había un sa­ber que la respondiera. La Comisión, que discutía en una de esas aulas donde tanto saber circula, hacía una pregunta que no sabía ella ni sabía nadie; en la Facultad normal, las preguntas que se preguntan tienen respuestas, actuales o en curso de investigación, mientras que una pregunta sin respuesta era lo que se planteaba la Comisión, una pregun­ta que por lo tanto obligaba a pensar. Y la Comisión pensó algunas pistas a seguir para afrontar semejante tarea de pensamiento. En primer lugar, distinguió entre universidad pública y universidad estatal y calificó de estatal a la pre­sente y postuló que de ésta no había nada que defender. En segundo lugar, propuso reemplazar el cogobierno de la universidad heredada por un autogobierno docente-estudiantil-no-docente que decidiera los criterios mismos de asignación del presupuesto eventualmente aumentado, mientras los actores políticos de la institución, la militancia setentista, no pasaban de pedir aumento. En tercer lugar, pero primero en importancia, pensó la implementación de mecanismos que permitieran el abordaje de las tareas de pensamiento que proponía al sujeto de Mayo que compo­nía (la mencionada elección por la asamblea de sus coordi­nadores, el anotar visiblemente en el pizarrón la lista de oradores de la asamblea, la distribución en círculo de los presentes en la Comisión, la redacción y distribución de volantes relatando lo discutido, la erección de barricadas para impedir el dictado de clases o incluso para impedir que el Consejo Directivo sesionara a puertas cerradas).El bloqueo de la Sala de Consejo para impedir su sesión de emergencia del martes 11 es bastante recordado; sin em­bargo, su significado no ha sido pensado, lo que contribuye a agravar el impasse del proceso subjetivo de fidelidad. Para la Comisión de Toma, evitar que funcionaran las ins­tancias de gobierno de la Facultad significaba hacer real la toma. Luego de la sesión de la Asamblea del lunes 10, que votó la continuación de la toma real hasta una nueva sesión el miércoles 12, la Comisión de Toma, enterada de la reu­nión de Consejo del día siguiente, pensaba cómo continuar evitando el funcionamiento gubernativo. “sí relata esta discusión un integrante de la Comisión:”En realidad, la medida [ir a la reunión del Consejo Directivo] que to­mamos fue una combinación de varias cosas que habíamos votado en esa asamblea [del lunes 10] y en la del miércoles anterior. En la del miércoles, se había propuesto tirarle la basura al Consejo Directivo pa­ra que sufrieran ellos también las consecuencias del paro no-docente. También se había votado socializar los sillones del Consejo Directivo, una serie de pavadas así que todos habíamos votado a favor con entu­siasmo, pero que nadie hizo. El lunes [en la asamblea] votamos instru­mentar las medidas para que no hubiera clases efectivamente. Des­pués, en la Comisión, se discutió cómo hacer para impedir realmente que hubiera clases. Ahí uno se acordó de lo que habíamos votado en la asamblea anterior, y salió esto de hacer las barricadas.”[2]Se ve de paso aquí cómo la Comisión interpretaba, y no obedecía, los mandatos de la Asamblea. “l principio de la tarde del martes, se daba la reunión de emergencia del Consejo “que tomamos por asalto y nos metimos”. Los in­trusos cambiaron el orden del día, hablaron y obligaron a los Consejeros a hablarles. El bloqueo con barricadas de las salas de representación dio resultado: los representados se presentaron, con lo que los representantes dejaron de serlo. (Cuando a una reunión normal del Consejo asisten los re­presentados como oyentes, ni los representados ni los re­presentantes dejan de serlos: por un lado, el que asiste sin voz ni voto no se presenta porque es una figura instituida del representado; por otro lado, el que asiste sin voz ni voto no se presenta porque “estar de cuerpo presente” no es pre­sentarse si el cuerpo no es soporte de una voz irrepresenta­ble, como lo fue en este incidente, la del sujeto de Mayo). Los representados (sin voz ni voto) dejaron de serlo porque crearon las condiciones para tener voz y tuvieron voz (ojo: la voz que tuvieron no fue la “voz” que se le otorga por ejemplo al representante no-docente en el Consejo -esta “voz” del representante no-docente es derecho a opinar y, más importante, es un derecho otorgado por el dispositi­vo). No tuvieron, los hasta entonces representados, voto, es cierto, pero aquí el no haber tenido voto no obstó para que dejara de ser representante el representante y representado el representado, pues lo que estaba en juego no era quién debía representar (votar) y quién no sino que estaba en jue­go la misma relación de representación. En breve, allí, a) no votar (ni el representado ni el representante) era neutralizar la operación de representación y b) hablar el hasta entonces representado era presentar (presentar una cualidad nueva). En esto consistía hacer real la toma.Por otra parte, de modo general, en Mayo “no se toma­ban decisiones; se abrían acciones y se empezaban a ejecu­tar”.”El Boletín es un ejemplo. Podíamos hacer un boletín y podíamos jun­tarnos y después no todo el mundo que estaba en el Colectivo partici­pó en el boletín; el Boletín no tenía una posición única. Y se usó mucho la herramienta de, no el consenso, sino la capacidad de acción, eso de sostener con la acción lo que uno dice. Entonces, si a vos te parecía bien que uno podía sacar el Boletín sin editorial, podíamos hacer el intento, en tanto te pudieras comprometer a garantizar un Boletín sin editorial. Esa es una cosa muy interesante y que hace desafiante la par­ticipación.” [3]No cabía en Mayo eso de que la política no es política si no dispone de un programa y una organización. Las “accio­nes” fueron el modo concreto de habitación de la Facultad en esos días. Se trataba de poner condiciones para destituir un modo de ocupación (el estatal) e instituir otro (el públi­co o colectivo).Se trataba de “empezar a resignificar eso por donde uno pasa de largo. Las paredes están para dividir las aulas, y de repente uno las puede pintar. Usar el patio para hacer un festival. De hecho, estamos condi­cionados por el espacio todo el tiempo. Porque ¿cuál es la huella que dejamos en la facultad?”[4]Se trataba de capturar una materialidad habitacional y habitarla de un modo nuevo que inventara allí otro espacio. Se trataba de capturar una materialidad de enunciación para inventar otra pauta de funcionamiento. Se hicieron murales y se pintaron graffitis, y así las paredes fueron re­funcionalizadas. Se hizo un recital y se hizo un picadito, y así el patio fue refuncionalizado. Se hicieron esculturas con basura, y así
la basura fue refuncionalizada. Se daban dis­cusiones ocasionales en uno y otro lugar de la Facultad; antes de las asambleas, sobre todo, la gente se cruzaba y, aun sin conocerse previamente, se ponía a intercambiar ideas sobre la cuestión del momento. “Eso es algo que dis­fruté mucho”.[5] Había que dejar nuestra huella en la facul­tad para que el espacio nos condicionara de otro modo. Y eso hicieron las acciones. Ninguna de estas acciones exigió votaciones ni ninguna instancia central de decisión previa para ser hecha; su único requisito era que las acciones se sostuvieran a sí mismas. El sujeto de Mayo no era un blo­que ni un grupo sino una dispersión de prácticas enreda­das cuya clave consistía en habitar el espacio de modo tal que deviniera cualitativamente otro. Esta habitación altera­dora debió forzosamente no sólo alterar el hábitat sino al habitante: el hecho mismo de unos estudiantes que mantie­nen abierta y activa una Facultad y la organizan, que no se dejan gobernar y que preguntan preguntas que ningún pro­fesor puede responder hace que estudiantes y profesores dejen de ser tales -ahora son indiscriminadamente univer­sitarios. La Toma alteró la institución Facultad, pero eso no podía ocurrir sin alterar también sus instituciones: mani­fiestamente, la del estudiante y la del profesor. Dejar huella exigió cambiar la pisada. El sujeto, Mayo, condicionó el hábitat tanto como condicionó a sus habitantes.En cuanto al método historiador que produjo este relato, ya se ha insinuado el recurso de las entrevistas. También hay fotos, documentos escritos. Sin embargo, la lectura de Mayo no consiste en establecer la sustancia o estructura de un objeto por medio de la crítica documental heredada, contrastando y corroborando unos documentos con otros para establecer su grado de confiabilidad para la recons­trucción de ese objeto. En primer lugar, el sujeto que lee Mayo no es un investigador sino Mayo mismo. En segundo lugar, no se trata de reconstruir un objeto para expandir el conocimiento o nuestra memoria sino de que un sujeto ga­ne consistencia, y una consistencia no representable por ningún saber, para que propague sus efectos en la situación en la que emerge. La lectura que Mayo hace de Mayo con­siste en discriminar, entremezclado en un montón de pala­bras, la voz de Mayo. Esta discriminación es una identifi­cación de los mojones de emergencia subjetiva maya que permite dar espesor al sujeto, extraer su cualidad y explotar su potencia alteradora. Es una historización militante o una militancia historizante y no una relación (antagónica o ar­moniosa, da lo mismo) entre los preexistentes ente militan­cia y ente historia.

La militancia, la historia y el Estado-nación

Cuando se trata de una relación entre dos términos, ésta puede regirse de tres modos. Primero, uno de los términos domina al otro; segundo, el otro de los términos domina al primero; tercero, un tercero domina a ambos y la relación misma. Éste es el caso en la relación entre historia y mili­tancia: el Estado-nación había constituido la condición ab­soluta de posibilidad de ambas tal como las conocimos, simplemente porque fue el garante de la existencia del ob­jeto de ambas. El Estado-nación ha delimitado espacios y culturas nacionales, pero también clases y conflictos y tam­bién pasados nacionales. El Estado nacional ha organizado los archivos que han sido la condición de las prácticas his­toriadoras, de las oficiales tanto como de las alternativas, así como ha organizado la arena de la lucha política en la que batallaron los militantes, nacionalistas tanto como in­ternacionalistas.Hoy, el término organizador ha caído; el Estado técnico-administrativo ha desplazado al Estado-nación; historia y militancia se encuentran huérfanas y añoran los dorados tiempos en que su consistencia era garantizada por la Na­ción. Hoy, pues, se presentan como caminos probables las dos primeras posibilidades. En una, la militancia domina a la historia. El modelo de compromiso militante como com­promiso con un conjunto social sustancial se reproduce y pide a la historia que le proporcione nuevas sustancias con las que comprometerse. Nacionalismo, obrerismo, indige­nismo, feminismo, etc. constituyen las diversas vías de reci­claje del modelo. En la otra posibilidad, en cambio, la histo­ria es soberana sobre la militancia. El modelo de compro­miso militante es producido por el acontecimiento mismo. Cada acontecimiento plantea sus propias exigencias.

Mayo historiador

Mayo, el acto, historiza los parámetros de nuestra situa­ción, la situación de la cual es acto o acontecimiento. “sí es como Mayo plantea sus propias exigencias.Por un lado, Mayo historiza la militancia universitaria. La forma setentista de esta militancia, aun sobreviviente, se consideraba militando en una parte del país. La forma con­temporánea, que se configura en fidelidad a Mayo, forja una situación que no es parte de otra y que tiene el alcance de sus efectos -hasta el momento, la Facultad de Filosofía y Letras. El acto que produce el pasaje de una forma a otra es una toma que no defiende la universidad ni pide más pre­supuesto para ella sino una que, de hecho, hace de la Facul­tad otra cosa. Ya no se trata de “defender la universidad” desde afuera (desde las calles o las plazas) sino de fundarla desde dentro (las aulas, el patio, la asamblea, la sala de con­sejo, el pasillo). La pregunta “¿qué universidad queremos?” sólo puede ser respondida por quien, en primera persona del plural y en la Facultad, la hace; no da lugar a su repre­sentación (no admite esos enunciados del tipo “lo que esos quieren es x” al modo de “los intereses de la clase obrera son x”). La pregunta es indelegable. Además, la pregunta “¿qué universidad queremos?” postula una política univer­sitaria que no pretende representar intereses de grupos y, en cambio, afirma una voluntad de poder, realiza en accio­nes una potencia subjetiva. Mayo no se movió en torno a la difundida consigna “no al recorte”. Ya no se trata de reac­cionar ante las embestidas de un enemigo sino de afirmar el propio querer. La Asamblea, la Comisión de Toma, el bloqueo del Consejo proponen una línea que no es la del aplicar una teoría o bajar una línea (que también es un sa­ber), ni la de la reacción, ni la de exigir cosas al estado u ocuparlo, ni la de legitimar la línea con los que depositaron su voto y se fueron; la línea que proponen es la línea del pensamiento, de la autoafirmación y de la autolegitimación inmanente (lo que hacemos legitima lo que hacemos).Por otro lado, Mayo historiza el régimen universitario, historiza la Reforma Universitaria tal como fue instituida, historiza la universidad reformista. La pregunta “¿qué uni­versidad queremos?” es aquí bien singular, bien disruptiva. No admite, esto ya lo subrayamos, ser respondida con el saber sobre la universidad porque de éste sólo pueden es­perarse enunciados representadores. Pero tampoco admite que se la responda con el saber de la universidad, pues este saber es el de la universidad tal como es, o sea, el de la uni­versidad en su agotamiento, o sea, el saber de la universi­dad en la que no sabemos qué universidad queremos. Por lo tanto, “¿qué universidad queremos?” sólo puede ser res­pondida -esto enseña Mayo- alterando la universidad mis­ma. Es lo que ocurrió en Mayo: para que “¿qué universidad queremos?” fuera un enunciado admisible, hubo que alte­rar la situación de enunciación. Y esto fue la Toma -algo que ninguna toma precedente había sido. Cuando la Comi­sión de Toma o la Asamblea se preguntaban “¿qué univer­sidad queremos?” y sentaban las condiciones para respon­dérselo y no llegaban a respondérselo enunciativamente, sin embargo se lo respondían, sin saberlo. La universidad que Mayo quiso es la Toma que Mayo hizo. Y hoy, como no sabemos qué universidad queremos, tenemos que leer lo que
hicimos cuando la quisimos.La Toma fundó una universidad del pensamiento y, al mismo tiempo, demostró la incompatibilidad de ésta con la universidad del saber. La Facultad de Filosofía y Letras del saber es la que acumula enunciados; la del pensamiento, la que altera la situación de enunciación de sus enunciados cada vez que un enunciado nuevo adviene. Fue así que Ma­yo historizó el régimen universitario. Todas esas osificacio­nes de la Reforma del =18, los claustros, cátedras, centros de estudiantes, cogobiernos, consejos directivos, estudiantes y demás instancias de custodia del saber han sido cuestiona­dos implícita e incluso explícitamente por Mayo. La Toma, que creó en acto un nuevo régimen universitario, por fuer­za debía crear un nuevo espacio y un nuevo habitante para ese espacio. “sí como las paredes ya no estuvieron para dividir aulas ni el patio estuvo para el recreo, así tampoco el estudiante “de libro y apunte” que se limita a levantar la mano en las asambleas[6] ni el profesor de libro y lección que se limita a calificar en los cursos tuvieron lugar en ese lu­gar.Ya -es decir, desde Mayo- no se trata organizar un dis­positivo de reproducción (simple o ampliada, da lo mismo) del saber sino de organizar un dispositivo de pensamiento de lo que no se sabe, y esto Mayo lo hizo con su Asamblea, su Comisión y sus acciones. El régimen de la universidad del pensamiento será el de las acciones que tienen como único criterio de validez el de sostenerse a sí mismas; no alcanzará con dejar la hojita firmada para dar el presente o escuchar una grabación de la clase o transmitir disposicio­nes a través de auxiliares de cátedra: el pensamiento no se deja representar y exige poner el cuerpo. Este régimen de pensamiento tiene, entre los problemas que piensa, el pro­blema de pensarse a sí mismo -allí están la Comisión pen­sando cómo garantizarse una “discusión real” y la Asam­blea dándose reglas de “funcionamiento asambleístico” [7]. En esto -lo colectivo pensando lo colectivo[8]– consiste lo público de la universidad pública y será este régimen, y no su propietario, lo que califique de pública a la universidad. “Defendemos lo público como construcción de nosotros-como-lo-público, como algo que se está instituyendo y no que está instituido.”[9] Se ve: Lo público no es el resultado de un proceso colectivo sino el proceso mismo. Pero además lo público no es una categoría teórica aplicable a una realidad; lo público se dice en primera persona del plural o no se dice (o se está diciendo otra cosa); lo público es lo colectivo. No hay una institución que defender sino una por instituir.Por último, Mayo historiza los modos de historizar. Des­pués de Mayo, de Mayo sólo ha habido memoria pura, y su compañero, olvido. Esta memoria y este olvido son el im­passe de un proceso subjetivo. La contradicción memo­ria/olvido, la lucha misma entre sus polos, excluye un ter­cero, la activación de lo actual. La operación de historiza­ción militante en la inmanencia del impasse (es decir, fiel) consiste en pensar aquello que Mayo ha historizado del modo que Mayo enseña a historizarlo. ¿Cuál es este modo? Llegamos aquí al punto crucial del nuevo compromiso mi­litante: éste comienza con la fidelidad a un acontecimiento, pero, al mismo tiempo, no existe a priori ningún método de traducción del acontecimiento en militancia fiel. Es un pro­blema con el que el compromiso setentista no se topa: éste dispone de una matriz de militancia que del devenir espera únicamente que le llene los lugares; el lugar del oprimido puede ser ocupado por obreros, indígenas, naciones, muje­res o estudiantes y el del opresor, por patrones, latifundis­tas, imperialistas, machos o rectores sin que estos cambios traigan cambios en las relaciones entre los lugares de la matriz, es decir, sin que cambie nunca la matriz misma. En efecto, el compromiso setentista dispone de una matriz a priori de traducción de “la realidad” en “compromiso so­cial”. En el modelo setentista de militancia, el modelo se impone sobre la historia. La matriz es soberana.Pero cuando se ha aprendido que “la realidad social” no propone sino reproducción de lo mismo y sólo el aconteci­miento postula principios de alteración, lo que la militancia debe traducir es el acontecimiento que la funda que, por su misma esencia, es siempre distinto; por su misma esencia -irrupción de lo radicalmente otro de lo existente-, cada acontecimiento requiere de un método propio de interpre­tación que permita operar en el proceso subjetivo que fun­da. Ese método es el que el acontecimiento prescribe; pero el acontecimiento prescribe su método de modo opaco y obliga al militante a pensarlo y a pensar su línea de fideli­dad. En la configuración contemporánea del compromiso, el acontecimiento es soberano.Podemos historiar el modo en que Mayo ha ejercido su soberanía sobre sus militantes. Primero, existió Mayo; des­pués, existieron algunos que fueron tomados por Mayo. Pero la toma ya había pasado y había que ser fiel a Mayo sin toma: impasse. Este impasse requería interpretar el con­cepto de Mayo para prescribir la continuidad de su sujeto. Los militantes no tenían método a priori para semejante tarea; Mayo lo prescribía, pero opacamente. Entonces, Ma­yo y los militantes constituyen la interpretación y los mo­dos de interpretación de Mayo. Esta interpretación es ahora un nuevo sujeto de Mayo, capaz de interpretar Mayo y su militancia como principio de una fidelidad. Este nuevo su­jeto también encontrará su impasse y también será suple­mentado por un sujeto ulterior, pero nunca último.Tal es la historia de una historización. Tal es la historia de un proceso subjetivo en que el acto es soberano. Entre éste y su sujeto, hay relaciones mutuas de constitución. No hay fronteras claras entre el acontecimiento y su sujeto, así como tampoco hay trascendencia de ninguno respecto del otro, como sí había entre sujeto y objeto. El acontecimiento historiza al sujeto y el sujeto historiza el acontecimiento. Emergen con claridad las diferencias entre la forma actual del compromiso y su forma previa. En ésta, el sujeto histo­riador se distingue claramente de su objeto (de estudio o de militancia, da lo mismo) y está en trascendencia respecto de éste, gracias a su mayor grado de conciencia. En la forma contemporánea, en cambio, la historia es un recurso interno del sujeto o del acontecimiento (ya no es posible distinguir­los) y el objeto se ha esfumado; la historia es una operación subjetiva en la inmanencia de una emergencia subjetiva. En la forma previa del compromiso, la matriz historiadora de­tenta a priori el sentido de la realidad, a la que se lo otorga­rá: el historiador (o el militante) porta lo real en su concien­cia. En la forma contemporánea, la historización activa el sentido que el acontecimiento propone en acto.En suma, la relación entre historia y militancia sólo es pensable bajo alguna configuración subjetiva del compro­miso. En la configuración heredada, hay un tercer término, el Estado, que organiza la relación, hay representación de intereses, hay conciencia de una tradición (hay memoria), hay una comprensión de la esencia del movimiento, hay construcción progresiva de un buen futuro que es nuestro fin último y el presente se dibuja como un momento más (de flujo, de reflujo, de resistencia, de avance, de retroceso, de cambio del “sector social más dinámico”
) de una lucha constructiva secular en la que la historicidad no es de las formas del compromiso sino sólo de sus contenidos. En la configuración contemporánea, que historiza la anterior, no hay tercer elemento trascendente regulador sino afirmación inmanente de lo radicalmente nuevo que prescribe la forma de la relación; no hay conciencia a priori de lo que se hace sino explicitación a posteriori de lo hecho; no hay intereses a representar sino potencias que afirmar; no hay fin último para la militancia sino permanentes nuevos agotamientos e impasses, los que siempre otra vez hay que historizar; no hay lucha secular en la que participar sino fundación de principios de fidelidad. La forma contemporánea del com­promiso propone una implicación subjetiva al tiempo que revela que, en su agotamiento, la forma heredada exige una implicación objetiva.¿En qué condiciones hacer historia es militante? Cuando es historización, y lo es cuando opera en el impasse de un proceso subjetivo. No hay, como sugieren el título de las jornadas y toda la concepción setentista del compromiso, dos entidades preexistentes que deban entrar en relación. Pues no hay militancia sin historización ni tampoco lo in­verso. La militancia no es tal si no es fiel a una ruptura temporal (a un acto) y la historización es ese pensamiento que activa, en el presente, lo actual del acto.XI. Los militantes han interpretado la universidad de diversas maneras; de lo que se trata es de historizarla.

UM99

Ignacio Lewkowicz y Pablo Hupert

 


[1] Nomos es el griego para “ley”. Aquí, pues, “autonomía” significa “autolegislación”, darse el sujeto su propia ley.[2] Entrevista con Mario de Filosofía. Las entrevistas serán publicadas en la Web.[3] Entrevista con Leonor de Antropología. Se refiere al Boletín que sacó la Comisión de Toma, ya con el nombre de Colectivo de Acción y Discusión, una vez terminada la toma, intentando hacer balance de la experiencia, a principios de junio. [4] Entrevista con Fabio de Filosofía.[5] Entrevista con Marcelo de Antropología.[6] Entrevista con Pablo de Artes.[7] Entrevista con Pablo de Artes.[8] Entrevista con Marcelo de Antropología: En Mayo, “se llegaron a concretizar, por momentos, formas de organización bastante poco comunes a nivel universitario. En la forma de organización incluyo tomas de decisión prácticas pero al mismo tiempo ese cuestionamiento permanente sobre las formas de organización.” Mayo no disociaba los enunciados y las prácticas de enunciación.[9] Entrevista con Mario de Filosofía.

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