Juego adrenalínico y trabajo precario

Fluidez

Esta es una posdata al artículo “Adrenalina en la cultura” (Campo Grupal de setiembre pasado). Ya publicado, me avivaba de lo siguiente: hay un funcionamiento análogo entre la forma contemporánea del trabajo y la del juego vertiginoso. Me explayo.

La secuencia formal del juego vertiginoso, decíamos allí, es realidad > salto al vacío > realidad. Expresado subjetivamente: seguridad > vértigo > reaseguro. Dicho con un ejemplo: estoy en un puente, salto cayendo en caída libre hasta que un soga elastizada me frena sólo a metros del piso, me hace subir unos metros una que otra vez más, y me deja posarme tranquilamente, ya a salvo de golpes, en el suelo. Aquí aparece un cuarto momento, que debo tanto al vértigo como al reaseguro posterior, que es la excitación o, más precisamente, el conjunto de efectos liberados por la producción de adrenalina que el miedo y el vértigo me han producido (aceleración de las frecuencias cardiaca y respiratoria, sensaciones de bienestar y omnipotencia, etc.)

xgames

La secuencia del trabajo contemporáneo es empleo > desempleo > empleo. O también, seguridad laboral provisoria > incertidumbre laboral > reaseguro laboral provisorio. Dada la extensión del trabajo por objetivos o a destajo, del trabajo autónomo, del trabajo precario, las jornadas “hasta terminar”, etc., las formas adrenalínicas del trabajo están por doquier, incluso cuando no falta trabajo: una joven programadora testimoniaba “Trabajo… no me va a faltar… Para eso tengo que capacitarme siempre, actualizarme siempre… Pero cada vez que tengo que competir por una tarea, quedo de cama… agotada”. Aquí la forma es empleo a > competencia > empleo b. Postulo: en todos los casos, lúdicos o laborales, la secuencia es puntal a > abismo > puntal b. El juego y el helado adrenalínicos, que tienen igual secuencia, ofrecen “variables controladas” (como las de un laboratorio) para que la subjetividad se entrene para, y tolere, el abismo generalizado que encontramos “a cielo abierto” (fuera del laboratorio).

Probemos con otro ejemplo. Un diseñador gráfico no tiene un horario de trabajo, sino una serie de objetivos: cumplir con el encargo de la tapa de tal revista, con el encargo del logo de aquella otra empresa, y otros así. Mientras tenga clientes encargándole esas cosas puede estar tranquilo de que algo va a ingresar a su bolsillo; cuando esos trabajos se terminen, mejor que haya armado una buena cartera de clientes, o que salga a buscar más, o que rece para que caigan nuevos. En todo caso, la continuidad laboral no está asegurada para el trabajador autónomo. Así que el trabajo precario genera y requiere adrenalina no sólo para cumplir los plazos exigidos, sino también para encontrar que nos vuelvan exigir cumplirlos.

Sea en el juego extremo, sea en el trabajo, encontramos el thrilling, el ‘espeluznamiento’, que tiene la siguiente forma: un primer momento de apoyo al borde del vacío, un segundo momento de vacío, un tercer momento de reaseguro -en el que se dan la liberación de adrenalina, excitación, sensaciones de bienestar tanto orgánicas como psicológicas. Todavía más formalmente: realidad soluble en el primer momento, realidad disuelta en el segundo momento, realidad reconstituida en el tercero (este tercer momento también podríamos considerarlo imagen de realidad domesticada, o también realidad domesticada lúdicamente, un momento que contiene goce excitado que aquí considero efecto de la adrenalina).

En el mundo contemporáneo vivimos como esa chica de cierto clásico del cine mudo: saltando entre bloques de hielo que corren sobre un río correntoso. Allí se ve claramente qué se hace cuando un bloque de hielo se derrite o se parte o se bambolea demasiado: se salta. La pregunta es qué ocurre con el sujeto que salta. Qué le ocurre a la subjetividad mientras está en el aire, ni en un punto de apoyo ni en otro. La vida contemporánea es esa que transcurre a los saltos entre puntos de apoyo erráticos y gelatinosos como un flan. Eso está claro; lo que no vemos tan claramente es cuál es la subjetividad que atraviesa esos vacíos entre flan y flan. Si, como decía Ignacio Lewkowicz, una subjetividad es el conjunto de operaciones necesarias para tolerar una situación, ¿qué subjetividad se configura en la operación del salto entre flanes que funcionan como puntos de apoyo?

Sabemos que los flanes son friables, solubles, blandos, que cuando se disuelve uno hay que saltar a otro. Ahora bien, disuelto un flan ¿se desvanece la subjetividad que había apoyado sobre él? Lo que parece claro es que, disuelto un flan, viene el vértigo, el miedo, la incertidumbre y que los juegos vertiginosos o adrenalínicos, el thrilling, nos ayudan y entrenan en el goce de esos momentos.

El salto entre distintos puntos de apoyos frágiles no se da sólo diacrónicamente, sino también sincrónicamente en el multitasking; el trabajo no sólo adopta la forma de la incertidumbre en su duración, sino también en su multiplicación y sobrecarga. Ya Taylor había visto que pasar de una tarea a otra llevaba mucho más tiempo y energía que mantener una rutina. Pero hoy, “la vida no es medida por el número de respiraciones que tomamos sino por los momentos que nos hacen contener la respiración”. El capital recombinante, vía digitalización y celularización de las tareas, ha logrado que el pasaje de una tarea a otra requiera estrés al trabajador pero no le insuma tanto tiempo. ¿Quién no ha atendido el teléfono en mitad del trabajo aceleradísimo hablando a los tacos o no se ha comido unas cuantas letras al tipiar un mail o al responder a un chateo intercurrente? Este acelere es otro nombre de la vida adrenalínica. Este acelere es una de esas cosas que nos hacen contener la respiración y sentirnos vivos.

Todas estas notas surgieron ante la pregunta por el tipo de sujeto que la sociedad capitalista posindustrial necesita. Luego de estos bosquejos deberíamos decir que el principio de constancia freudiano no corre para la subjetividad contemporánea. Según Laplanche y Pontalis, el principio de constancia es el que hace que el aparato psíquico tienda a “mantener la cantidad de excitación en él contenida a un nivel tan bajo o por lo menos tan constante como sea posible”. La pasión adrenalínica también contradiría “la tendencia del aparato psíquico a reducir a cero, o lo más posible, toda excitación de origen externo o interno”. ¿Habrá que postular, para la subjetividad actual, un principio de inconstancia o, positivamente dicho, un ‘principio de síncopa’?

¿Se perfila una subjetividad teletransportable? Esto es, un sujeto que se desintegra y vuelve a integrarse al llegar a destino. (Destino es, por supuesto, sólo una forma de decir porque el destino de cada viaje no será más que una simple parada).

La descomposición en partículas que se recomponen al llegar a destino es perfectamente posible y practicable cuando estamos hablando de información como la que viaja por Internet. Cuando el que tiene que licuarse, saltar o teletransportarse es un ser humano, su constitución biológica y psicológica piden algún condimento, y esto es la adrenalina. La adrenalina es algo así como el solvente que disuelve al sujeto, que lo licua cuando debe teletransportarse o saltar y también el reconstituyente que le da un reaseguro para hacer pie en la nueva escala. Es el complemento del “lastre cero”.

Lastre cero es un sinónimo de “sin compromisos u obligaciones”, expresión intensamente elogiada dentro del ámbito de las tecnologías de la informática pues ser un trabajador que tiene “cero lastre” es estar disponible para aceptar tareas extras, responder a situaciones de emergencia o ser reasignado y reubicado en cualquier momento. Según un experto, en algunas entrevistas laborales se les pregunta a los candidatos por el “coeficiente de lastre”.

Como sea, este sujeto que requiere adrenalina está configurado por una ética del juego más que por la tradicional ética del trabajo -así como a la vez la va configurando prácticamente. Como dice Rifkin:

“El pasaje del capitalismo industrial al capitalismo cultural viene acompañado de un cambio igualmente significativo que va de la ética del trabajo a la ética del juego. Mientras que la era industrial se caracterizaba por la mercantilización del trabajo, la era del acceso se destaca sobre todo por la mercantilización de los recursos culturales. Los ritos, el arte, los festivales, los movimientos sociales, la actividad espiritual y de solidaridad y el compromiso cívico, todo adopta la forma de pago por el entretenimiento y la diversión personal.”

Juego y trabajo se confunden en el capitalismo actual, pero no solo por la mercantilización del juego sino también porque el juego entrena la subjetividad en las operaciones necesarias para tolerarlo.


Entrevista realizada por A. Zanotto, en «La generación “Ti” y la apología del “lastre cero”», trabajo presentado en XI Congreso Metropolitano de Psicología, CABA, julio de 2008. Incluso en un helado de palito recién lanzado al mercado: Montaña Rusa, “el único con tres sensaciones en un solo helado: manzana con sensación gélida, naranja ácida y frutilla ardiente”.

No recuerdo cómo se llama este corto. Agradeceré enormemente a quien pueda recordármerlo.

Leído en uno de esos adjuntos que llegan en mails innumerables veces reenviados (recaló en mi casilla a fines de 2007).

“Principio de Nirvana”, op. cit.

Que estaba insinuado de algún modo en Freud: “Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que solo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha” (El malestar en la cultura, Amorrortu, 1998, p. 76, subrayado mío).

Tal vez luego una lectura de la psicología contemporánea nos diga que esa inconstancia es compensada con otras inconstancias que finalmente resultan en una constancia en el organismo psíquico. Dejemos esa tarea a la clínica y concentrémonos en la lectura de las prácticas contemporáneas, la búsqueda de bienestar por contraste, la evidente intermitencia de los estímulos, los evidentes subibajas de la intensidad, los discontinuos golpes de estímulo que la subjetividad contemporánea recibe y busca. Aquí la estrategia no es perfeccionar la clínica, no es ajustar la caracterización psicoanalítica del aparato psíquico, sino entender la subjetividad de nuestra época. Para Ignacio Lewkowicz, “una subjetividad es el conjunto de prácticas necesarias para tolerar una situación”: El bienestar en la cultura es una forma de tolerar las precarias relaciones sociales actuales. (Otra estrategia paralela acompaña silenciosamente a la mencionada es la de entender cómo esas prácticas necesarias para tolerar nuestra época facilitan o dificultan las relaciones sociales, lo colectivo y la política.)

Esto es un derivado de Bienestar en la cultura

A. Zanotto, ob. cit.

La era del acceso. La revolución de la nueva economía, Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 17, subrayado mío.

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