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La imagen da trascendencia cuantitativa

Fluidez

[Este artículo entró como capítulo en el libro
El bienestar en la cultura 2da edición ampliada, publicada por Pie de los hechos en 2016]

 

Sigo (seguimos) pensando la inclusión cuantitativa propia de la segunda fluidez. La califico de cuantitativa para contrastarla de la sólida, la instituida, a la que considero cualitativa. Por ejemplo: el maestro en solidez quedaba incluido por era maestro (tan instituida quedaba su subjetividad que su rol social coincidía con su identidad); hoy, en cambio, cualquier trabajo se obtiene por haber llegado antes a la entrevista, o haber mostrado más “puntaje” o antecedentes, o exhibido mayor capacitación, por haber cotizado un presupuesto menor, etc.: ya no sos equis oficio sino que quedaste primero en la fila. Este primer puesto, por supuesto, está sujeto a variación… no queda instituido. Ahora bien, si en vez de fijarnos en los trabajos, nos fijamos en los consumos y gustos que nos convierten en, como se dice, “seres únicos e irrepetibles”, la cosa es aun más volátil. Pero también, más sutil: se trata de una inclusión que no queda instituida pero que recurre a imágenes cualitativamente “únicas e irrepetibles” y destinadas a obsolescer rápidamente; es decir, también se trata de una inclusión cuantitativa, fluida. Fluida en tanto no queda instituida sino astituida, en tanto no ubica al sujeto en una posición estructural y lo obliga a una constante reposición imaginal.

En la fluidez contemporánea, la recombinación nos produce como células intercambiables. Esto es, vivimos como en una igualdad estólida. A través del mercado podemos, y  queremos, devenir diferentes. Dicho de otra manera, de la igualdad funcional de las células de tiempo y trabajo, necesitamos –para encontrar una función en lo económico y un rol en lo personal, un sentido aunque sea individual, en lo vital­, un rostro o máscara en lo grupal o social– diferenciarnos.[1] Justamente dada nuestra igualdad funcional en tanto células de tiempo y trabajo, necesitamos diferenciarnos.

Esto lo logramos con imágenes imaginales; con la imagen logramos trascender, pero esta trascendencia ya no es cualitativa como la trascendencia moderna que nos ubicaba en los anales de la patria o de la historia o de la genealogía familiar o en las grandes conquistas de la Humanidad, el Arte, etc., o, incluso, en el Cielo. Lo que logramos con la imagen  es una trascendencia cuantitativa, donde elevarse por encima del promedio no consiste en diferenciarse cualitativamente, o en acoplarse cualitativamente con un sentido social y cultural, universal (sea que este universo se refiera a lo internacional o a lo nacional, a la humanidad o a la patria), sino que consiste en tener el propio cuarto de hora (o, como decía un copete de la revista Viva de mayo de 2011, acerca de una paraguaya que saltó a la fama gracias a alentar a su seleccionado  nacional de fútbol, consiste en tener “su segundo de éxito”). Esta trascendencia imaginal no es cualitativa, en el sentido de lograr investir al yo con el sentido grande de que un gran relato ha investido a la cultura, la Humanidad, la Nación, la Clase, el Pueblo o la Historia… sino en concitar miradas, atención, rating. La importancia del rating en la construcción de la propia imagen la releva la campaña “Arnet Reputación Online” (que también es un software).  Mientras la trascendencia moderna, cualitativa, generaba consecuencias, la trascendencia contemporánea, cuantitativa, cae en lo que Franco Ingrassia llama la inconsecuencia, donde lo que ha ocurrido –se trate de algo repetitivo o de algo singular– es siempre desplazado por nuevos eventos, sean estos repetitivos o singulares.

Retomando. La fluidez contemporánea produce una igualdad funcional y estólida donde, de lo que se trata, es de obtener una diferencia anodina, intensa y trivial. Se altera así el supuesto antropológico más pregonado del multiculturalismo y más lugar común de nuestros tiempos. La diferencia entre los hombres, los grupos, las sociedades no es el punto de partida, sino que lo es la igualdad; no me refiero, por supuesto, a la igualdad humanista, a la igualdad iusnaturalista, sino a la igualdad como indiferenciación mercantil que nos hace a todos superfluos y fungibles.

 


[1] En la película Peter Capusotto 3D, “hay una burla también, de alguna manera, a la cantidad de máscaras que usamos para formarnos una identidad porque probablemente estemos solos, desvalidos, angustiados frente al mundo. Muchas veces la manera de huir es bastante torpe o patética y uno está incluido en eso […], se burla de lo que ha transitado: el rock, la política, manifestaciones muchas veces endebles.” Diego Capussotto, entrevistado por Manuel Cullen en revista, Hecho en Bs As febrero de 2012 (subrayado mío). Capussotto menciona el rock y la política como manifestaciones muchas veces endebles que sirven como máscaras, pero podríamos incluir cualesquiera otras manifestaciones endebles: las fotos de las vacaciones subidas a las redes, el estar suscripto a un foro de interés, el pertenecer a alguna tribu de looks urbanos, el seguir algún tema de la prensa (de corrupción o de chimentos o lo que fuera), etc., etc., etc. Como sea, la diferenciación (o imitación), hecha de endebles manifestaciones, es huidiza.

 

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