Caras teatro

La necesidad tiene cara de imaginación

Argentina, Fluidez, Pensamiento, Política

Sugerencia. El LCD o el celular tal vez no sean tan indispensables para la vida como asumimos cotidianamente, lo cual no significa que debamos tirar nuestros aparatos, quemarlos o apagar para siempre el televisor, sino imaginar (inventar) una vida fuera y más allá de las imágenes obvias de la vida, de la economía, de la política, de la cultura.

Tesis. Hay un procedimiento colectivo (y no es estatal ni privado) que escapa a esta obviedad que satura necesidades y deseos y es la imaginación.

Circunstancia. Recién fui entrevistado por Ellis O’Neill para Free Speech Radio News (Dia del Trabajo – De la Crisis a las Cooperativas: Lecciones de los Cartoneros de Argentina), sobre 2001 y los cartoneros sobre lo que ella ve como indicio para evaluar qué hacer en la crisis griega, dado que muchos economistas y periodistas están recomendando que Grecia entre en default como hizo Argentina en 2002.

Argumento. Yo le contaba de los movimientos sociales, como las empresas recuperadas, el trueque, los piqueteros, los hijos de desaparecidos; movimientos infrapolíticos. Proponía que un problema común que de diferentes maneras trabajan todos estos movimientos, y otros, hacia 2001 era este: Una cierta participación en la economía (que tenía, por supuesto, forma mercantil-capitalista), participación que era una respuesta a la respuesta que el capital había dado a la fuerza que los movimientos obreros y afines habían adquirido hacia 1968 (si tomamos el mayo francés, o 1969, si tomamos el Cordobazo). Desde los ’70, el capital, con la financiarización, había encontrado una manera de escabullirse de la organización y la resistencia popular y estas organizaciones –como el piquete, las cooperativas de cartoneros y otras de fines de los ’90– encontraron maneras de existir económicamente (si se lo quiere decirlo crudamente, de comer, pero no solo de comer): formas de participación económica que habían sido imprevistas para el capital y que, organizándose, constituían una respuesta que sorteaba el modo en el que el capital había sorteado la organización obrera. Solo que esta nueva organización, que en Argentina cobra forma a fines de los ’90 y hace síntesis en 2001, no se daba ya alrededor de los lugares de trabajo estables del capitalismo industrial ni de las instituciones sólidas del Estado-nación, como los partidos o los sindicatos; se trataba más bien de organizaciones infrapolíticas –y que tal vez podríamos llamar, a la vez, infraeconómicas–.

Luego, relacionando esto de alguna manera con un breve comentario respecto de la crisis griega actual, yo citaba a los que, ante las recomendaciones de que Grecia entre en default, recuerdan que Grecia no tiene los recursos primarios para exportar con los que sí cuenta la Argentina y que, devaluación mediante, la ayudaron a salir de la recesión ’98-2002 y que Grecia importa más de lo que exporta. Yo sugería que tal en vez de preocuparnos por las recomendaciones macroeconómicas de economistas y gobiernos, debíamos estar atentos a qué pueden hacer los pueblos, los movimientos; no para sufrir lo que deciden los capitales y los gobiernos, sino para organizarse en las circunstancias que les tocan y que, en este sentido, es bueno tal vez tener en cuenta que los griegos pueden vivir sin importar tanto, que parte de la importación es un consumo que no es necesario para la vida, sino solo necesario desde el punto de vista cultural en que estamos inmersos. Debemos recordar que el LCD o el celular tal vez no sean tan indispensables para la vida como asumimos cotidianamente, lo cual no significa que debamos tirar nuestros aparatos, quemarlos o apagar para siempre el televisor, sino imaginar una vida fuera y más allá de las imágenes obvias de la vida, de la economía, de la política, de la cultura.

Tal como está armado el mundo hoy, es obvio que no se puede vivir si no hay capital, es obvio que no se puede vivir si no hay celular, si no hay Estado. Pero esta obviedad es una construcción cultural más allá de la cual –y fuera de la cual– debemos explorar e intentar vivir. Imaginar ese más allá, pensar ese más allá, explorar ese más allá es lo que hicieron los movimientos sociales dosmiluneros, por ejemplo, con el club del trueque, creando intercambio sin moneda; con la empresa recuperada por sus trabajadores, creando la unidad productiva sin patrón (e, incluso diría, el barrio sin intendente); los bachilleratos populares, creando una educación sin ministerio; el piquete, una organización de lucha sin sindicato; la asamblea barrial, un parlamento sin ley ni Estado; el Contrafestejo paranense, por ejemplo, una cultura sin entretenimiento o espectáculo (no porque no fuera entretenida, sino porque  es una construcción comunitaria donde la diversión no es un medio para un lucro ni el espectáculo es condición del disfrute y la reunión).

Ahora bien, gran parte de estos emprendimientos populares –y falta mencionar muchos, como las cooperativas de cartoneros que comenzaron poco antes de 2001 o la Cooperativa de Producción y Aprendizaje en una escuela de oficios del barrio de Flores, que comenzó ese mismo año– han tenido su origen en la necesidad: el trueque, en la ausencia de moneda; la empresa recuperada, en la ausencia de patrón (que quebró y se rajó); el piquete, en la ausencia de trabajo y contención institucional, etc.

Si un dicho resuena aquí que es: la necesidad tiene cara de hereje. Propongo probar variar la palabra final de la expresión –hereje– para llegar, por otro camino, a la cuestión estratégica de imaginar una vida fuera de las imágenes obvias de la vida, esto es, fuera de las imágenes mercantil-capitalistas de la vida. Primero tomemos la expresión en el sentido más coloquial que se le da que es: cuando estás en necesidad, robás. Los movimientos dosmiluneros –que también se vienen dando después de 2001, como el caso de los bachilleratos populares o el Contrafestejo, por decir pocos– permiten modificar la expresión y decir que la necesidad tiene cara de imaginación. Cuando, por ejemplo, una escuela en Flores se encuentra desgajada de su barrio porque ha estallado el articulador general que era el Estado nacional, inventa una milonga para articularse con su barrio; o si es una escuela de oficios que se ha desgajado del mundo del trabajo porque se ha agotado el capitalismo industrial, inventa una cooperativa de producción y aprendizaje. Si en una ciudad escasea el dinero, un nodo inventa un espacio de trueque para hacer intercambios sin moneda; si una empresa recuperada no tiene un estatuto legal reconocido jurídicamente, hace lugar a un bachillerato popular para hacer comunidad con el barrio en donde está; si unos caceroleros han dicho que se vayan todos, y todos no termina de irse, forman asamblea para custodiar la consigna y la impugnación a todos.

Esta imaginación nos recuerda, una vez más, que la política no es la adecuada representación jurídica y/o gestionaria de una necesidad, que no es un conjunto de medidas tomadas para reflejar adecuadamente las carencias de una población, sino que es un proceso subjetivo, un proceso de invención que, de esta manera, zafa también del otro supuesto automático de que el crimen es una respuesta refleja a la necesidad insatisfecha. De tal manera, los movimientos sociales, al hacer cosas fuera del mercado, fuera de las imágenes obvias de la vida, la economía, la política, la cultura, han transformado la máxima la necesidad tiene cara de hereje en la necesidad tiene cara de imaginación, de invención, de pensamiento, de nuevo presente.

Como sabemos, en Argentina hubo en los últimos años una recomposición del Estado y una recomposición del capitalismo que, por supuesto, han marchado de la mano. Propongo decir que esta recomposición del capital y del poder, luego de 2001 y desde 2002 —no desde 2003—, ha declinado la máxima de otra manera, transformándolo en: la necesidad tiene cara de imagen. Así, la vida ha tenido cara de consumo; la economía, cara de trabajo precario (y también de crimen); la política ha tenido cara de voto y opinión; la cultura ha tenido cara de espectáculo, de visión y exhibición.

Todas estas imágenes de las distintas dimensiones de la vida social se aparecen como obvias. No son ideologemas que representan lo que es una sociedad humana, sino que performan lo que es una sociedad humana dando la impresión de que la reflejan cristalinamente. Con las imágenes ocurre lo que dice Manuel Rivas de las palabras: “no reflejan, sino que anticipan”,  es decir, performan, conforman, formatean lo posible, lo deseable, lo vivible. Capital y poder han, juntos, reducido, por la vía imaginal, la economía al consumo y, la política, al voto y al gobierno. (Era obvio.)

Conceptualización. Por supuesto, se presenta aquí una pregunta que es: ¿Qué quiere decir que la necesidad asume cara de (lo que sea)? Creo que con tener cara de estamos tratando de penar qué sentido, qué construcción se adosa a la necesidad “objetiva”.  Pero no sólo qué sentido se adosa a la necesidad objetiva, sino quién lo hace o, incluso, qué procedimiento asegura ese adosamiento.

Cuando pregunto quién lo hace pregunto qué actor lo hace. Si es un movimiento social, si es el sentido común o si es el Estado. A la vez, también pregunto no solamente ¿qué actor?, sino ¿qué subjetividad? (es decir, ¿qué tipo subjetivo?, o, usando una distinción de Cristina Corea, qué voz, y no, qué opinión). Aquí de nuevo la pregunta es si se trata de una subjetividad imaginativa o imaginal, configuradora o figuradora (en actores, el movimiento social sería la subjetividad imaginativa y configurante, mientras el Estado, el periodismo, el capital constituirían subjetividad imaginal).

Y si preguntamos qué procedimiento es el que adosa un sentido a una necesidad, es para distinguir entre reacción, imaginación e imaginalización. Reacción es lo que, imaginalmente, suponemos ocurre cuando alguien que tiene hambre: roba o saquea. Por supuesto, sabemos que a veces ese hambre no es un hambre biológico, sino un hambre de consumo y la misma cultura de bienestar en que vivimos promueve que lo que satisface un deseo sea obtenido a cualquier precio (y en este sentido, el crimen es una actividad económica performada por nuestra cultura, por la copertenencia capital-poder de nuestros tiempos). Esto nos lleva a la imaginalización como procedimiento. Este procedimiento adosa un sentido a una necesidad saturándolo de imágenes que hacen suponer que la política consiste en responder a necesidades, satisfaciéndolas, que la economía también es satisfacción y que la cultura es entretenimiento. En todo caso, se trate de reacción o imaginalización, el procedimiento es más o menos automático, más o menos gestionado, pero siempre dentro del flujo de obviedad, esto es, siempre dentro de lo ya imaginado por las imágenes que fluyen en este mundo, performando lo que es mundo, lo que es yo, lo que es necesidad, lo que es sentido, lo que es sociedad, lo que es economía, lo que es política, cultura, etc. La imaginalización es un fluir veloz y múltiple de imágenes siempre renovadas pero siempre dentro del campo de lo ya imaginado –lo obvio. La imaginalización de la vida ocluye la imaginación de las situaciones.

Pero hay un procedimiento, que es colectivo y es del común (y no es estatal ni privado) que escapa a esta obviedad que satura de sentido (o de simulación de sentido, o de sentido precario, mejor dicho) las necesidades y los deseos y es la imaginación. Una imaginación que no es un fantaseo anodino y alucinado, sino una alucinante actividad de exploración, de pensamiento, de invención.

PS: Franco Ingrassia propone aquí “dos modos de vínculo entre estética, política y autoorganización”, el modo prefigurativo y el configurativo. Ignoro si lo que aquí llamo imaginación entra en alguno de esos modos. Intuyo que en la imaginación colectiva, que es actividad práctica, movimiento social, hay siempre “estesia” vital o sensibilidad, pero no necesariamente estética (lo cual no quita que la producción estética se convierta en algún punto del proceso en una necesidad del movimiento). Para seguir pensándolo…

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