Sobre Héroes improbables

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Sobre Héroes improbables

La película Héroes improbables Unlikely Heroes ) habla de siete personas que resistieron de diferentes maneras la barbarie nazi. (Resistencia es una palabra que se usa en la película, después habrá que ver si a eso hay que llamarlo resistencia.) [1]

Unas palabras sobre la introducción de la película. Una voz en off cita la consabida frase “los judíos fueron como carneros al matadero” y dice: “Los que pronuncian esa frase, ¿qué saben del sufrimiento, de la soledad, del debilitamiento al que estaban sometidos? ¿Cómo iban a hacer para resistir? Acá contamos de siete que pudieron resistir”. Esta película muestra que el heroísmo era el punto en que la soledad y la debilidad, la imposibilidad en suma de ser otra cosa que dóciles prisioneros, terminaban. Si bien me parece que está bien no enrostrar a nadie el no haber podido ser héroe, creo que es con aquéllos que sí lo fueron con quienes tenemos que empalmar nuestro pensamiento. Si no empalmamos con ellos, si no pensamos su ética, permaneceremos (como hacen el grueso de los judíos y de los defensores de derechos humanos) en la moral de las víctimas y del sufriente, o fugaremos (como hacen algunos de los más jóvenes referidos en el artículo de Página/12) hacia la estética jewcy [2] Si una ética es un modo de hacerse cargo de algo, de lo que se trata no es de ignorar indolentemente el exterminio nazi ni de repetir solemnemente que existió, sino de hacerse cargo del hecho de que algunos pudieron hacer algo más que sufrir.

El primer caso que cuentan es el de un judío húngaro. Es un abogado que ya antes de la anexión de Austria por Alemania se la veía venir fea para los judíos, y propone llevar judíos a Palestina. Para la comunidad judía de Austria eso era una locura. Ir a Palestina no era fácil, porque el protectorado británico no lo permitía, y en Austria se estaba bien todavía (y la comunidad judía sólo sabía que se estaba bien, no lo de “todavía”) . Cuando finalmente los alemanes se anexan Austria y empiezan a funcionar las leyes discriminatorias, los distintivos para los judíos y todo eso, el plan de este tipo empieza a ser apoyado por los judíos y empiezan a mandar contingentes de judíos. Hace tratos con contrabandistas griegos que contrabandeaban por el Mediterráneo, para que empezaran a “contrabandear” judíos hacia Palestina. El abogado logró irse a Palestina en uno de esos contingentes que organizó, y después vivió en Israel.

Otro caso es el de Reja. El título de este capítulo es “La hija del rabino”. Reja vivía en Suiza; su padre rabino se había mudado ahí bastante antes de la Guerra; ella había nacido en Suiza. Y como Suiza era un país neutral en la Segunda Guerra Mundial, muchos judíos intentaron entrar en Suiza, cosa que Suiza intentaba evitar en nombre de su neutralidad. Esta mujer, una judía ortodoxa que vivía con un pañuelo en la cabeza y observando todas las normas de la ortodoxia judía, teniendo muchos hijos, etc., empezó a moverse para lograr meter judíos en Suiza y refugiarlos. Reja arregla por ejemplo con el jefe de policía de su pueblo para que ponga autorizaciones falsas en los pasaportes, o dé pasaportes suizos a los judíos que entraban. También habla con los embajadores del Vaticano que hay en Suiza. El papa en la Segunda Guerra favoreció a nazis y fachos. Sin embargo, parece que los funcionarios del Vaticano en Suiza tuvieron oídos para escuchar a Reja y le facilitaron las cosas. Reja también viajó sola en tren a Berlín a proponerle a Himmler que fuera soltando judíos para dejarlos entrar en Suiza. Debió dejar de observar muchas normas de la ortodoxia; un sábado se enteró de que había unos judíos en la frontera tratando de entrar en Suiza, y que no los dejaban. Ella decidió que debía violar las normas del sábado: dejar de ir al templo y subirse a un auto. Cruzó la frontera, habló con el oficial alemán y consiguió que unas decenas de judíos que estaban detenidos por ese oficial entraran en Suiza. Esta Reja era de esas minas que te ponen la piel de gallina (“me han estremecido mujeres”, dice Silvio Rodríguez). Sus actividades le significaron peleas con su marido. Cuando la guerra terminó, volvió a observar las normas de la ortodoxia.

El capítulo siguiente es el de una pintora yugoslava de la corriente Bauhaus llamada Friedl. En Yugoslavia, no me acuerdo cerca de qué ciudad, armaron el campo de concentración llamado Terezin. Este lugar era un antiguo fuerte, y lo tomaron los nazis como para mostrar un campo modelo: los nazis filmaban películas de lo bien que se estaba ahí, el campito, el solcito, el pastito, la linda arquitectura de los pabellones, y lo mostraban al mundo para decir cuán humanamente trataban a los concentrados. Esta pintora, cuyo nombre no recuerdo, de cuarenta y pico de años, que no había podido tener hijos y usaba el pelo corto –es decir, una mujer bastante liberada para la época– organizó una escuelita de pintura clandestina en este lugar. Dos sobrevivientes que fueron alumnas suyas dan el testimonio, y dicen que no saben cómo hacía esta mujer para conseguir las pinturas (sacaban los papeles de la basura, papeles de envolver paquetes). Quedaron cuadros de vívidos colores, de ella y de los niños, cuadros que muestran vitalidad. A los veintipico de nenes que tomaban sus clases, cuentan estas sobrevivientes, les encantaba tomarlas. Y estando en un campo de concentración, por ejemplo, pintaban una flor; estando en un campo de concentración, pintaban un modelo, algún objeto que ella ponía en el centro; otras veces la consigna era “Imaginen un bosque”, o “Imaginen equis cosa”. A Friedl y a la mayoría de los chicos finalmente los llevan a Auschwitz, donde mueren.

Otro capitulito es el del cantante que tenía por nombre artístico Clary, un francés. Este tipo sobrevivió, parece, cantándoles canciones medio jazzeadas a los nazis (incluso a veces canciones en ídish). En el campo de concentración donde él estaba había violinistas entre los prisioneros, pianistas, etc., y los nazis los juntaban los sábados para tener un showcito , un entretenimiento. Él era muy chico, no recuerdo si tenía catorce o dieciséis, cuando lo llevaron en tren al campo de concentración. Cuenta que cuando se baja del vagón la madre le dice: “Ahora no estamos ni mamá ni papá [él era el menor de ocho hermanos, y los padres eran muy grandes]. Ahora sos un hombre”. Y agrega inmediatamente: “Y de un momento a otro me convertí en un hombre”. Hay que notar cómo el campo de concentración, máquina de muerte y de desubjetivación, pudo ser para este tipo un lugar de subjetivación, un lugar donde pasar de niño a adulto e, incluso, podríamos decir, convertirse en artista. Otro que estuvo en su campo de concentración cuenta que Clary a la noche iba por las barracas cantándoles a los prisioneros. Era un pibito joven que bailaba y cantaba. Dice el sobreviviente que cuenta esto que todos esperaban ese momento todas las noches, porque era un rato, una hora más o menos, en que estaban afuera del campo de concentración. Clary después siguió cantando, formó una familia muy grande, ahora está vivo y es bisabuelo.

Otro capítulo se llama “El partisano”. Habla de un lituano de familia ortodoxa judía que vivía en un pueblo donde la mitad eran judíos, y de que cuando llegaron los nazis e hicieron uno de esos pogroms que hacían en los shtetlej del Este, quemando, violando y fusilando, los lituanos se sumaron al pogrom. Él logró escapar junto con su hermano y después pudo reunirse con su padre y su hermana en el bosque (unos cien judíos vivieron en el bosque un tiempito, refugiados ahí). Tiempo después, unos lituanos mataron a su padre y a su hermana y a su hermano (la noticia de la muerte de su madre y abuela ya le había llegado). Él había visto las matanzas que hacían los lituanos; hizo uno de los rezos del Día del perdón (a pesar de que no era el Día del perdón), y vio que los rezos no tenían efecto; entonces dejó de creer en Dios. En pocos meses, el tipo, que andaba por los 16, se quedó sin lituanos, sin Dios y sin padres ni hermanos. La nacionalidad, la religión y la familia: todo eso se le cayó al tipo en poco tiempo.

Acá intuimos lo que es una catástrofe. Mudanza súbita, le decía Ignacio Lewkowicz. Es un cambio repentino, abrupto, violento por su velocidad y total [U1] . Lo más tremendamente violento de la velocidad del cambio súbito es que no permite elaborar un duelo. [3] Una catástrofe es eso que hace que casi la totalidad de las viejas prácticas y representaciones impida alojarse en la situación actual. La súbita inutilidad, la abrupta inoperancia de las prácticas de siempre es subjetivamente mortal. El sentido general —ese que organiza la sociedad y el mundo— es lo que se desvanece, y con él el sujeto se descompone. Y por este lado volvemos a constatar que las catástrofes van asociadas a la desubjetivación, y viceversa. Ahí hay tres caminos; Héroes improbables muestra dos y Primo Levy mostró otro.Héroes… muestra que ante la súbita mudanza de las coordenadas de la situación el sujeto puede porfiar en las viejas representaciones, y entonces muere, como el padre de Pinjas [4] , rabino de su comunidad, que no le creía a Pinjas lo que decía que iba a pasar. Se puede también no poder ni porfiar en la vieja subjetividad y quedar desubjetivado, “hundido”, como lo llamaba Primo Levy, (o “musulmán”, como lo llamaban en el campo), pura biología, y morir. O se podían inventar los recursos, siempre con otros, nunca aisladamente, que permitieran que algo hiciera sentido y a la vez seguir viviendo (pues, después de todo, al padre de Pinjas su testarudez le hizo sentido, pero murió).

El hundido puede no morir, puede sobrevivir, y de hecho, Primo Levy sobrevivió. Pero él cuenta que lo que lo hizo vivir fue que quería testimoniar cuando oía a los nazis sobrar a los prisioneros diciéndoles: “Aunque perdamos la guerra, ya hemos triunfado, porque nadie les va a creer lo que pasó acá”. Es decir, Primo Levy sobrevivió habiendo sido hundido, pero no sobrevivió como hundido. Sobrevivió porque encontró un sentido en la catástrofe, una tarea, algo para hacer. [5]

Por su parte, León Kahn se encontró en el bosque con un grupo de partisanos soviéticos comandados por un capitán ruso, y él ingresó. El hombre cuenta cómo al principio eran unos improvisados y luego se fueron organizando, armaron un hospital con médicos judíos, etc. Las principales actividades que realizaban eran más de sabotaje que de enfrentamiento en batallas: ponían bombas en puentes, en vías, en tanques de agua, etc. El tipo ya octogenario cuenta esto, sonríe y dice: “Era maravilloso estar ahí, escuchar y sentir la onda expansiva de las bombas que poníamos y ver esas cosas volar”. El tipo se hizo partisano porque era maravilloso. Al hacerse partisano no renunciaba algo sino que lo ganaba –la pérdida había estado antes. Después de la guerra el partisano dejó de ser partisano, formó una familia, volvió a ser religioso y murió poco después del testimonio, a fines de los noventa.

Otro capítulo es el de una sobreviviente de Auschwitz, Anna Heilman, que junto a otras prisioneras voló el crematorio IV de Auschwitz. A ellas las mandaban a laburar a una fábrica de pólvora cerca del campo de concentración, y se arreglaron con la sondercomand de ellas. Los sondercomands eran judíos que usaban los nazis como capataces, buchones, etc. La sondercomand accedió a encubrir su contrabando de pólvora, que de a poco fueron juntando en su barraca en Auschwitz; después de unos cuantos meses lograron armar algunas bombas y volaron el crematorio IV. Con esto bajaron el ritmo de cremaciones de prisioneros en los últimos meses de la guerra (fue a fines de 1944). La mujer que cuenta esto es la única que sobrevivió del grupo que hizo esto; a las otras tres las ahorcaron, a modo de escarmiento público. A ésta, la sondercomand la metió en la enfermería y así la salvó. Después de la guerra no habló de sus hazañas, hasta escribirlas en un libro varias décadas después.

El séptimo caso es el de Pinjas, un húngaro miembro de una organización sionista religiosa que se llamaba Jatzalá. La película no cuenta mucho qué era lo que hacía esa organización; era una organización armada (no sé bien armada para qué, no se dice que fueran partisanos o guerrilleros de cualquier tipo). Pero sí dice que a Pinjas le encomendaban misiones, y que lo que Pinjas solía hacer era hacerse pasar por un nazi húngaro o por un nazi alemán, y de esa manera salvar judíos y llevarlos a un lugar donde los escondían que llamaban “fábrica de vidrio”. Como había combates en las calles de Budapest, les era más o menos fácil conseguir uniformes y armas de los que caían. A Pinjas se le ocurrió ponerse el disfraz de un oficial SS o ponerse, según las circunstancias, el uniforme de un oficial de la cruz flechada que eran los nazis húngaros.

Pinjas murió en 1981, así que no se tomó testimonio de él para esta película. Lo que cuentan sus compañeros de aquel momento es que a nadie se le hubiera ocurrido vestirse de nazi húngaro o alemán para salvar a otros judíos, que eso era una locura de Pinjas. De esa manera, llegó a entrar al mismo cuartel central de los nazis húngaros para salvar judíos. Él sabía imitar los acentos alemanes y húngaros, que los judíos, parece, no tenían tan marcados. Esto lo hacía siendo judío y siendo además un pibe de unos veintiún años. Los compañeros le empezaron a decir que dejara de hacerlo, porque la cosa se estaba poniendo cada vez más dura en Hungría; también los jefes de la organización le decían que parara, pero él no paraba. Incluso en un momento parecía que los nazis iban a llevar prisioneras a unas monjas que estaban escondiendo judíos, y él fue también a salvar a esas monjas. Sus compañeros cuentan una frase que él decía: “Para ser valiente, hace falta un poco de irresponsabilidad”.

En general, estos siete sobrevivientes de los que habla la película contaron entre poco y nada de lo que hicieron durante la guerra. Parece que la vuelta a la vida normal es la vuelta al probable no héroe, y la guerra era el estar en el improbable heroísmo. Parece como si, vueltos a la normalidad, estos sobrevivientes no hubieran podido hablar de la anormalidad que habían sufrido y ejercido activamente durante la Guerra. Parece que heroísmo y normalidad no compartieron un suelo donde comunicarse mutuamente.

En por lo menos tres de los relatos de la película, la separación de la madre, o la muerte de la madre, o de la madre y el padre, son piedra de toque para la historia o para el heroísmo. Clary se hizo hombre, dice él, cuando la madre le dijo “ahora sos un hombre” y efectivamente ya no tuvo su mamá cerca. El partisano dice que se fue cuando la madre le dijo: “Andá, dejanos”. Ahí no la volvió a ver y enseguida la madre murió a manos de los nazis (o los lituanos, no recuerdo). Y él cuenta esto a los ochenta y pico de años y todavía siente culpa por eso, él siente que abandonó a su madre.

Por su parte, Pinjas fue a pasar un Péisaj, el de 1943 ó 44, a su pueblo natal, donde todavía vivían sus padres; lo pasó con ellos y trató de convencerlos de que se fueran de ahí, porque se venían los nazis e iban a morir. El padre dijo que no podía ser tan terrible y no aceptó irse. Terminado Péisaj, Pinjas debió irse solo; los padres se quedaron y un par de días después murieron. Cuentan que Pinjas nunca se sobrepuso al hecho de no haber convencido a sus padres, al hecho de no haber podido salvarlos. No hay que descartar que la irresponsable valentía de Pinjas estuviera ligada a una desobediencia a ese adocenamiento satisfecho y conservador del padre (el rabino de su aldea). La película parece enseñar: no hay heroísmo sin ruptura con los ancestros.

En cuanto al abogado, no se habla de su madre. Sí se cuenta que se había casado con una mujer no judía y había tenido que ocultar su pareja y su matrimonio con ella durante años, y también, obviamente, durante la guerra. La viuda del abogado cuenta una anécdota muy linda de cuando se conocieron. Él avanzó sobre ella en un parque. No recuerdo por qué motivo, ella estaba llorando en el banco de un parque de Viena. En ese lugar había como un semicírculo de bancos, unos quince, uno al lado del otro, que en ese momento estaban vacíos. Ella estaba llorando y éste se le acercó preguntándole si había un lugar para él. Ella, enojada, le dijo: “¿No ves que hay un montón de lugares?”, casi diciendo “Idiota”. Él, de todos modos, se sentó al lado de ella, aunque todos los demás bancos estuvieran vacíos, y así comenzaron su relación.

De modo general, podríamos decir que hay en todos estos héroes una incorporación subjetiva de las condiciones de anormalidad que impuso la Segunda Guerra. Todos en algún punto ignoraron las normas o se apropiaron activamente del hecho de que las circunstancias impedían observarlas. La anormalización incorporada subjetivamente se practica en el fuera de casa que supone la muerte de las madres, el traslado, el desarraigo, el matrimonio mixto, etc.

Se puede definir el nazismo como una política orientada a hacer dejar de existir, física y subjetivamente. Entonces, las estrategias del heroísmo se pueden ver como estrategias de existencia. Pintar, volar puentes, cantar, llevar contingentes a Palestina, salvar judíos, son formas de existir, de tener una potencia, que era justamente lo que los nazis trataban de anular.

Lo improbable de estos héroes viene por el lado de lo anormal o poco normal. Un judío normal no tenía una actitud heroica, como probablemente ningún humano normal la tenía. Es decir, lo normal, que es más que probable, no es heroico, y por eso lo heroico es improbable. Y seguramente en una situación tan nueva en que lo que ocurre es irrepresentable, imprevisible en la situación previa y acostumbrada, los recursos necesarios para subjetivarse son sin duda anormales, improbables, imprevisibles, nuevos.

El heroísmo durante la Guerra muestra que lo más activo de lo judío está en una subjetivación más que en una continuidad; en una subjetivación efímera que inventa algo que va más allá de lo previsible, más que en una sujeción continua a las normas de antaño, en algo que introduce un corte más que en algo que pretende una continuidad. Lo judío de estos improbables héroes es lo no judío de estos improbables héroes.

¿Qué aprendemos de lo judío activo con este relato? Lo judío activo se dibuja como una posición intermitente y no permanente que interviene y produce efectos y en sus efectos desaparece. Se trata de una judeidad que desaparece en sus efectos y no que perdura tras sus causas. O, para decirlo más pomposamente, que desaparece en sus efectuaciones y no perdura por sus causaciones.

Ahora bien; si lo judío activo no es continuación de lo judío, ¿por qué llamarlo judío y no simplemente lo activo ? No lo sé. Tal vez: por los lazos que tiende con otros judíos y con lo judío previo (tender lazo con lo judío previo no es necesariamente continuarlo sino que puede ser romper con eso –y no con otra cosa–).

[1] La promoción del Centro Wiesenthal los describía como sigue.

Willy Perl: un abogado austríaco que en 1938, desafió al entonces teniente Adolf Eichmann y estableció una red a través de la cual unos 40.000 emigraron hacia Palestina.

Robert Clary: un cantor nacido en Francia, deportado a campos de concentración nazis, que con sus canciones brindaba un momento de alivio a los prisioneros.

Friedl Dicker Brandeis: una artista plástica nacida en Viena y formada en Bauhaus que organizó una escuela de pintura en el campo de concentración Theresienstadt o Terezin.

Leon Kahn: un partisano nacido en Lituania, testigo del exterminio de los habitantes de su aldea a manos de colaboracionistas lituanos, que se unió a la resistencia para combatir a los nazis y a sus colaboradores.

Reja Sternbuch: una mujer judía ortodoxa, residente en St. Gallen, Suiza, que ayudó a cientos de refugiados a ingresar desde la Francia de Vichy y Alemania hacia Suiza.

Anna Heilman: nacida en Varsovia y deportada a Auschwitz luego de sofocado el levantamiento del ghetto, Anna planificó y llevó adelante la destrucción del crematorio nº 4 de Birkenau, en octubre de 1944.

Pinchas Rosenbaum: un joven que se hizo pasar por oficial en la Cruz de la Flecha húngara (nazis húngaros), y salvó la vida de más de 1.000 personas.

[2] J. Gorodischer, “ Hey Jude! ”, en el suplemento Radar de Página/12 del 12 de junio de 2005.

[3] Leon Kahn tuvo la posibilidad, por lo menos, de enterrar a su padre, su hermana y su hermano en el bosque. Un procedimiento material que sin duda favorece la elaboración simbólica de la pérdida. De todos modos, el nazismo sigue siendo catastrófico para Leon Kahn, y es adecuado decir lo que sigue.

[4] Ver el séptimo relato de la película.

[5] Tal vez sea bueno subrayar que no le encontró un sentido a la catástrofe, sino que encontró un sentido en la catástrofe. En algún momento veremos qué nos depara esta diferencia. Por lo pronto, digamos que dar un sentido a algo es una actividad exterior, mientras que encontrar un sentido en una situación es una actividad inmanente a la catástrofe. Dar-sentido-a es lo que se hace después; dar-sentido-en es una operación de héroe improbable, una subjetivación.

[U1] Habría que ver si la revolución total no hubiera sido una cosa catastrófica. Habría que ver si no fue por fortuna que era imposible.

pablohupert@yahoo.com.ar

www.pablohupert.com.ar

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