Solo las imágenes. ¿Y las cosas?

[Comentarios al libro Solo las cosas, de Agustín Valle]Hay cosas, pero llegamos a ellas si advertimos que hay otras cosas, unas prácticas llamadas imágenes, que se hacen pasar por las cosas sin que lo adviertan ni las mismas cosas, afanosas como están de anularse como tales y existir como imágenes.En breve, Sólo las cosas nos enseña que solo hay imágenes y que puede haber solo cosas si detectamos prácticas-sostén del pensamiento y los vínculos y la dicha que echan a rodar.

I. Solo las imágenes

«`Cada asesinato debe tener algo único´: con tal premisa contó Francis Ford Coppola que hizo El Padrino. Tenía claro, como estos verdugos televisivos, que el asesinato es una vía de comunicación. ¿Pero quién está en condiciones de ser interlocutor de una comunicación como esta? Acaso sea imposible. Los secuestrados se pueden ver, las familias desesperadas también, pero una decapitación es algo que no se puede mirar, no se puede escuchar. Acaso ese sea el móvil de las decapitaciones televisadas: instaurar una comunicación, hacerle ver al interlocutor lo imposible de su imaginario, y así darle muerte, al menos, como interlocutor» (en «Decapitaciones, demasiado sentido»).Luego de esas televisaciones, hemos visto muchas otras muertes en pantalla como por ejemplo un par de eutanasias europeas, o la muerte del guía en el Aconcagua -y sin duda debe haber muchas más. Debemos preguntarnos, no tanto por el móvil de los terroristas, sino por el hecho de que la muerte sea circulable, por el hecho de que circule algo que mata al interlocutor en tanto interlocutor.Creo que circula entre los interlocutores porque los hace nacer como espectadores de lo asignificante: subraya Agustín que, como enseña Escohotado, «sólo la cantidad distingue remedio de veneno». El «demasiado sentido» que aparece en las decapitaciones de estos terroristas es el sinsentido que cunde en las pantallas, ese veneno que nos mata como lectores de significados y nos coloca como espectadores de lo asignificante.En general, dentro del libro nos encontramos con que tenemos demasiada imagen y demasiada poca cosa. Vienen, por supuesto, los ilustrados del giro lingüístico a preguntar soberbiamente cómo vas a hacer para tener la cosa sin imagen. No, no es esa nuestra pretensión, responderíamos luego de leer Sólo las cosas . Queremos leer las imágenes específicas de las cosas contemporáneas. Queremos pensar el veneno que nos mata como lectores.Dicho de otro modo, no hay cosa si no tenemos una imagen para ella, pero tampoco hay cosa si tenemos demasiada imagen para ella. La apuesta de Sólo las cosas es pensar esa cosa llamada imagen, para intentar lograr despejar la visual, y, como se decía en una entrevista de Agustín, tener nuevamente un papel en blanco, hoy, cuando el papel en blanco en que nos ponemos a escribir es una pantalla, o sea, la misma superficie donde se nos atiborra de imágenes.»En las computadoras, bandera de la fascinación tecnológica, los monitores cada vez tienen mejor definición. La ostentan cuando dejamos la pantalla quieta equis minutos, con imágenes móviles que se activan automáticamente. Son secuencias que vienen pregrabadas y generalmente consisten en reproducciones de flores, cascadas, océanos, animales exóticos, y cada vez más dan la sensación de superar sus modelos. Después incluso el bicho real resulta imperfecto. El valor intrínseco de la tecnología (concluyendo desde esta premisa única) se prueba en su capacidad de emular la naturaleza». («En la maceta está todo», subrayado mío)Aquí vemos el procedimiento imaginal que Agustín describe. Primer paso: lo real es un modelo de la imagen. Segundo paso: la imagen es perfeccionada, photoshopeada. Tercer paso: lo real resulta imperfecto. Es decir, lo real queda sometido a su imagen. La fluidez somete dando a cada cosa su imagen, singular, a diferencia de la solidez, que sometía imponiendo cierto sistema de representaciones, que era general y no singular.»El cuerpo es soporte del artificio», y no cuerpo. La pregunta por la cosa, que viene desde los orígenes de la filosofía, pero que se hace bien patente con Kant, se topa con un obstáculo específico de nuestra época: la imagen, obstáculo del artificio realista, que desrealiza al cuerpo, al bicho real, a la cosa. Agustín muestra que Rial se anula en la imagen, se inmola en su propia imagen («Rial dice Rial. El yo televisivo.»).»La información de la imagen prepondera sobre la del presente orgánico…es corte suprema ontológica…confirmadora existencial». Es gran mérito de Agustín detectar que es la misma cosa la que pide la imagen que viene a anular su existencia, es el mismo humano quien decide inmolarse en la imagen.»Esta entronización de la tele como confirmadora existencial ha cundido hasta en el propio campo de juego, cuando los jugadores, al terminar el partido, contestan a los periodistas que para hablar sobre las jugadas ‘hay que esperar a verlo por tele’. El fútbol verificándose a sí mismo por tevé» («Krupoviesa no lo tocó. Verificación mediática.»).A tal punto la cosa busca su verificación en la imagen, a tal punto la cosa existe en y por la imagen que la imagen es (o deviene) la cosa.»Rial dice: Gran Hermano, voy a entrar a la casa… Pero a diferencia de lo que el televidente de a pie pensaría inevitablemente, Rial no entra a la casa por una puerta, no: entra a través de un televisor. Los ‘chicos’, los recluidos de exposición total, se disponen alrededor del aparato, donde aparece la imagen de Rial con sonido y todo. También él existe en tanto está en la pantalla.Esa irrupción de Rial, o mejor, ese modo de la presencia, iguala a los encerrados en la casa con nosotros, la gente: ambos somos visitados televisivamente. En ese sentido cuando dice ‘voy a entrar’ no pifia, porque ese es su modo de ser, el televisivo. No es que va a entrar una imagen de él, porque eso es él; la distinción supondría un refugio subjetivo genuino encarnado en el cuerpo. Pero Rial ha fabricado a Rial.Rial incluso ve ese desdoble: cuando habla con ‘los chicos’ puede ver el televisor que ellos ven donde está su imagen, Rial. En toda la escena, la palabra ‘Rial’ designa a eso: la imagen de Rial. ¿Por qué no otorgarle su legítima propiedad de la primera persona? Lo que tiene poder verbal de ‘yo’ de Rial es eso que entra a ‘la’ casa y a las casas en un televisor. Inmolándose en su imagen, Jorge Rial cumple con los requisitos del lugar que ocupa».La imagen no representa lo presentado; lo anula. A eso que la imagen anuló, lo reorganiza, lo redetermina según sus requisitos, pues así como lo anulado cumple con «la tarea de ser alguien» (p. 16) y «descansa» en su imagen (p. 20).»‘Los chicos’ del programa protagonizan un interesante proceso de reconstitución subjetiva. Todo lo que de ellos se había constituido en relaciones interpersonales (sus historias amorosas, laborales, barriales, etcétera), sirve ahora para participar del régimen de la imagen. Sus biografías enteras, su sensibilidad, sus miedos y recuerdos, sus amores, ahora son usados como relatos de sí mismos para acceder a la fama. El material de procedencia vincular se refuncionaliza como imagen, es decir que el material subjetivo tramado vincularmente se subordina al régimen que los hará existir en una relación de mismidad, de elemento inerte dispuesto a la mirada, o sea de existencia en desrelación. Esos bombones que creen que arman un gran cacao han ganado reputación pero son muñecos vudú de esta sociedad-espectáculo, anhelan el momento de adhesión (literalmente adhesión: pasan a la bidimensionalidad) a esa faz de ellos que logre circular como imagen, sostenida en las miradas que congrega.»Lo mismo le pasa a Maradona:»La Noche del Diez consiste en la exposición total de un sujeto; o mejor dicho en la consagración de un sujeto tramado exhaustivamente desde la exposición; consiste en la construcción mediática de un individuo transparente, sin intimidad, todo él coincidente con su imagen pública.»Con sus crónicas de las imágenes de las cosas, Agustín está intentando dar cuenta de una mutación sideral de la cosa-imagen y de la cosa en sí, una mutación cultural y epistemológica que cambia el ser mismo de la imagen y de la cosa. La imagen que vemos en la pantalla de la tele, de las computadoras, de los afiches y celulares, nos es ya lo que refleja con mayor o menos grado de veridicidad a la cosa, sino la cosa misma. Porque la cosa es algo muy difícil que intenta pensar Agustín al describirlo, que intenta describir Agustín al pensarlo. Y no es fá
cil que podamos leerlo.Partamos del esquema ocular básico de nuestra epistemología intuitiva moderna. Tenemos: de un lado, el objeto; del otro, el sujeto; en el medio, el reflejo, la imagen de la cosa que llega al ojo. Es indistinto que el aparato de refracción sea un televisor, una cámara de fotos, un cristal, la retina u otra cosa. ¿Pero es indistinto? Es indistinto para un moderno, diría Valle, pero si el aparato de refracción es tan omnipresente como las imágenes en nuestro tiempo. Al decir hoy «imágenes», reunimos toda esa fluyente y recombinante dispersión de artefactos que sería imposible de enumerar: los televisores, monitores, celulares, fotografías, afiches, la vestimenta, el maquillaje, blogs, flogs, avatares, CV’s. Cuando el aparato de refracción es virtualmente omnipresente, cuando está globalmente conectado y hace circular fluidamente sus imágenes, las cosas ya no existen si no están refractadas.Tal vez un Heidegger postule el-ser-en-tanto-que-ser de las cosas, pero nuestra sociedad postula que el ser de las cosas está en las imágenes y no en las cosas. Así es como la pobre humanidad de cada uno de nosotros constata que, si no te exhibís, no existís.»Sólo un resabio moderno (sabido es que moderno quiere decir antiguo) puede detectar aquí obscenidad. La sociedad del espectáculo no está inmiscuyéndose, sino produciendo, valorizando y dando uso a toda la existencia de un tipo, sin trastienda porque la trastienda también es espectáculo. La vida íntima del Diego no es íntima, su personaje no es un doble actuado, él devino en su personaje; no hay expropiación mediática de un sector íntimo de la vida, no es una exposición desubicada del terreno personal, porque eso supondría un material subjetivo ya conformado que recibe las sopapas mediáticas, cuando los medios instituyen su naturaleza estelar» (subrayado mío).Uno se pregunta al respecto: ¿quién corno soy? Más desoladamente, incluso: ¿qué corno soy?:»No sabemos de qué estamos participando. Somos la carne de mutaciones que, al galope de las tecnologías de supresión del tiempo entre los espacios, renuevan los modos de ser humanos a veces más rápido que la capacidad que hay de interpretarlas e incluso registrarlas» («Sos un yow»).Agustín continúa intentando pensar cómo corno alguien puede ser alguien sin ser alguien ya antes de estar exhibido; cómo puede ser que, como ocurre con el Diez, no haya «material subjetivo ya conformado antes de recibir las sopapas mediáticas»; cómo es que el cuerpo de alguien, por ejemplo Rial, no encarna un «refugio subjetivo genuino». Agustín detecta un procedimiento, tal vez el procedimiento maestro, que logra que así sea: «la exposición instantánea», «el uso que los masifica sin cesar», incluso diría yo, la masa que los usa sin cesura.El blog o el flog dejan de ser diario íntimo, el lugar donde se produce una intimidad distinta del mundo, y pasan a ser la pantalla misma «en la que se extingue el sentido del relato de sí para sí» (p. 16) y nace, se produce, circula, se constata la imagen de sí para el mundo. Del diario personal pasamos a la personalidad diaria. No es ‘construyo mi intimidad, luego existo’, sino ‘publico mi intimidad y por hoy existo’; «porque la tarea de ser alguien pasa por exponerse» (p. 16) sin cesar.Esta lectura y constatación a la que Agustín nos invita puede seguramente abrir paso a una cantidad de problemas de tipo educativo, teórico, antropológico, etc. Aquí nos interesa leer, en estas crónicas, en este valle de imágenes en el que vivimos, esa práctica social tout court, esa práctica social omnímoda que llamamos imagen, esa operación históricamente singular, que lleva sin embargo el nombre históricamente nada original de imagen.Aparece así una exclusión social que «no es sólo económica sino también del mundo de la imagen»: la condena de no tener imagen. El yo llega a alguien si da su show, y cuando lo da. Tiempo después, en el marco del taller que coordino con Agustín, fuimos viendo que es prácticamente imposible que ese procedimiento que es la imagen no alcance a todos. Puede ser que el consumo dependa de estratificaciones económicas. La imagen, en cambio, es una concesión graciosa del capital, es lo único del mundo contemporáneo de lo cual hay para todos. La imagen, además de «corte suprema ontológica», es lo que otorga universalmente el ser.Sin embargo, tal vez un estudio posliminar debe atenerse a lo que está dicho. Y lo que está dicho en Sólo las cosas es una pregunta: ¿Cuál es la diferencia de existencia de alguien que puede aparecer tanto en la pantalla como el Diego, y de alguien que puede aparecer en la pantalla tanto como una vez en la vida, dos, o ninguna? ¿Es posible que haya alguien hoy que no se luzca en ninguna imagen? ¿Es posible que ese que no aparece nunca en la tele, y ni siquiera en la pantalla de un celular, no luzca como imagen a través de su vestimenta, por ejemplo, y que no exista tal como luce, que no exista sino en ese lucimiento? Mientras seguimos indagando, Agustín adelanta: «el espesor de la existencia se mide en cantidad de visitas diarias» (p. 16). Y como acabamos de leer, también la duración de la existencia.Nota intercurrente El mérito de Agustín es describir de modo tal de poder ver las prácticas ‘imaginadoras’, de manera tal de poder ver cómo funciona la práctica que llamamos imagen, de modo tal de poder ver la imagen practicando su égida sobre lo real.Un lector de Sólo las cosas me dijo que Agustín fuerza las descripciones para que lo conduzcan a sus conclusiones. Debemos concederle que las descripciones de Agustín no son constatables intuitivamente y que, si bien son descripciones que no inventan fenómenos, son descripciones sesgadas. Ahora bien, para llegar a ver solo la cosa que llamamos práctica imaginal, para poder ver solo el costado práctico de la imagen, nos vemos obligados a forzar un poquito nuestro leer. Digo: Agustín debía necesariamente forzar un poco la descripción; forzar no quiere decir tergiversar, sino describir solamente el funcionamiento puramente ‘imaginal’ de la imagen. Describirlo, incluso, contra lo que nuestra intuición nos haría ver sin tergiversar nada. Por ejemplo, nuestra intuición nos mostraría que Rial no entra a la casa de Gran Hermano realmente cuando dice «voy a entrar a la casa», y sin embargo la crónica de Agustín afirma que es Rial el que entra a la casa porque Rial solamente es su imagen y la imagen de Rial sí entra a la casa: entra, diríamos, rialmente.Este es el forzamiento que hace Sólo las cosas: describir el mundo de las imágenes y no el mundo. Más que un forzamiento es un esfuerzo, un esfuerzo para ver lo que la imagen no deja ver de sí misma al exhibir sus contenidos. Como la imagen muestra tan realistamente el mundo que construye, pareciera que efectivamente podemos hablar de un mundo fuera de la imagen, pero la prevención que debemos atesorar luego de Sólo las cosas es que la imagen ha logrado anular el mundo que realistamente exhibe. Forzando un poco el castellano podríamos decir que la imagen toma lo real, para rializarse en él. Ciertamente este es un uso forzado de los verbos. El pequeño desplazamiento de lo real a lo rial es un forzamiento pero no una tergiversación, sino el esfuerzo que toda lectura atenta demanda, o al menos el que exige leer cómo demasiada imagen impide leer.Es como si, en lugar de ver la fotografía que muestra un afiche, Agustín se acercara y observara la porosidad del papel, la cola con que esta fijado y cosas por el estilo; o como si, en vez de mirar la imagen que muestra una pantalla, se hubiera puesto a ver la trama de las celdas, el tipo de vidrio que la recubre, la frecuencia de actualización y así. Mirar estas características físicas de una imagen, sin dudas es sesgar la mirada, y sin duda también requiere «forzar la vista». Hablar de aspectos normalmente irrelevantes de la imagen, y no hablar de otros aspectos más deslumbrantes. Ver la imagen como práctica, ver solo la cosa i
magen, es arduo, y este es el mérito del libro.»Serios ajedrecistas, pornografílicos compulsivos, trabajadores celularizados, son ejemplos de la heterogeneidad de escenas que se realizan con misma organización material» (p. 17). La imagen puede mostrar cualquier cosa, infinidad de cosas, pero la cosa imagen, la práctica imagen, se realiza con igual organización práctica.Fin de la nota intercurrenteHay más. Para existir, la cosa no solo se anula en la imagen, no solo se inmola en la imagen sino que también descansa en ella.»La fluidez no toma alguna consistencia que corra al acto grupal del confortable descanso en su imagen-festival previa, prefabricada, que sale, así, intacta de la situación» («Festivales, imagen y política»).En esta era en que vivimos, llamada era de la información en un tiempo en que la información es parte del rubro del entretenimiento, encuentra Agustín, descansar sobre la imagen tiene como sinónimo entretenerse, estar tenido entre las cosas (p. 21). Aunque la palabra no aparece en Sólo las cosas, ya podemos decirlo: parece que la imagen domina a las cosas. Pero es una dominación que no se impone, que no fija ni engaña, que no oprime ni funciona a partir de ninguna de las operaciones de poder que habíamos estados acostumbrados a denunciar como propias de la dominación. La imagen es tan realista que pasa por la cosa misma. Y aún las veces en que queda claro que no se trata de una cosa sino de su imagen, la cosa acepta de forma inmediata que esa imagen es su modelo, su guía y su aspiración. «La imagen se convierte en modelo de la cosa sólo para decir de la cosa cuánto le falta para ser como el modelo.» Entre las cosas que la imagen orienta y guía, entre las prácticas que las imágenes transforman, están nuestros vínculos y nuestras prácticas. Sólo las cosas lanza una consiga: «Si queremos guardar en el rock un nicho de vitalidad potenciadora, cuidémonos, nosotros, de su cooptación mercantil, y no seamos nosotros mismos: imitémonos enquilombadamente para trascendernos» (p. 22, subrayado mío).Las imágenes contemporáneas no son como la imagen de la madre para el bebé según el psicoanálisis (imágenes productoras de sujeto, imágenes de prácticas de amor); estas imágenes no son imágenes de prácticas sino imágenes, a secas. En la imaginería contemporánea, la imagen no es imagen de una experiencia que ocurre fuera de ella; hoy, la experiencia ocurre en la imagen. La imagen es lo que se experimenta -y no resemblanza de lo que se experimentó.El librito nos ha mostrado que esta dominación de la imagen no se logra por alienación, ni por opresión de lo que uno mismo es sino por el contrario, por concedernos y dejarnos ser nosotros mismos, es decir como nuestras imágenes. Hace mucho que se repite como crítica moral que en el capitalismo el ser se reduce al tener. Sólo las cosas, al indagar en las prácticas imaginales, detecta que en nuestro capitalismo «tener es tener imagen» («¡Rock a la cucha!»).Y, teniendo en cuenta que la liberación se vive como eternidad, en «Mata moscas y mosquitos» señala que «el gran Conde demostró que la vida eterna sólo es posible si uno está eximido de reflejarse en los espejos».

II. ¿Y las cosas?

«Solo las cosas podrán salvarnos», dice Agustín que dice Unamuno.Hemos aprendido que las cosas se inmolan en su imagen. También, que la imagen puede anularle a las cosas su ser, afanándose por existir en ella, y que puede, incluso, suspenderles su actividad. Constatamos que las cosas no detentan la dignidad ni la valía ni la diversión que las imágenes ostentan. Ahora bien, ¿la égida de la imagen es absoluta? ¿no deja resto? Es una pregunta que nos va ganando a medida que avanzamos en el libro.¿Qué pasa con los vínculos que tejieron los chicos de la casa de Gran hermano? ¿Xuxa será realmente soltera? Y la intimidad del diario que los blogs y los flogs ya no custodian, ¿no queda en algún otro lado? Y si es así, ¿qué se puede hacer con ese resto de intimidad, con ese resto de vincularidad subjetiva, o con esa vitalidad potenciadora que virtualmente tiene el rock?Estamos tenidos entre imágenes. ¿No podemos encontrar apoyo en algo que no sea la imagen? ¿Es que no podemos hacer más que entre-tenernos? ¿Podemos, tal vez, por decir algo, sostenernos?Tal vez esto sea posible vía vínculos, deja pensar Valle, cuando escribe «imitémonos enquilombadamente» o cuando habla de la vincularidad construida por los chicos en la casa de Gran Hermano; tal vez sea posible vía rodar Buenos Aires, cuando habla del ciclismo como pensamiento urbano. En este ensayo, rodar deja de ser un mero entretenimiento para ser una dicha. Bicicletear ya no es una actividad del capital financiero sino una práctica dichosa acompañada de cierta cara de orto, justamente porque requiere un esfuerzo, porque requiere cuidados en una atmósfera que no te cuida, porque -aunque circula como imagen de salud- describirla permite verla no inmolada por su imagen, un rodar que no da el sentido-sentir que la publicidad de la salud proporciona, sino la existencia real que la imagen que nos entretiene nos niega, la dicha que la imagen entre-tenedora nos niega al hacernos gozar.Hay cosas, pero llegamos a ellas si advertimos que hay otras cosas, unas prácticas llamadas imágenes, que se hacen pasar por las cosas sin que lo adviertan ni las mismas cosas, afanosas como están de anularse como tales y existir como imágenes.En breve, Sólo las cosas nos enseña que solo hay imágenes y que puede haber solo cosas si detectamos prácticas-sostén del pensamiento y los vínculos y la dicha que echan a rodar.

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