No hay dos sin tres. El Estado en la fluidez.
Charla en el Instituto Superior de Psicología Social Bahía Blanca, 27/10/11
Juan E. Díaz (director del Instituto): Pablo es, y creo que esto que voy a decir tiene mucho que ver con el gusto que me da que esté acá, un historiador del presente, diría, y a mí eso me parece muy interesante, porque me parece que en las ciencias sociales una cosa que abunda (y de la que hay demasiado) son cientistas sociales del pasado
Astituciones. El tiempo, el sujeto y la cultura en la fluidez posneoliberal: ni instituidos ni destituidos.
Tesis: vivimos una segunda fluidez. Se dice –desde fines de los ‘90– que la subjetividad ya no es lo que era. De una sociedad instituida por el Estado habíamos pasado a una arrasada por el mercado. Entonces entrábamos, según Lewkowicz, en la era de la fluidez y, según Bauman, en la modernidad líquida. Bien, pero el mercado ya tampoco es lo que era. A principios de los ’10 asistimos a una fluidez recompuesta, que
Abstract de Astituciones. El tiempo, el sujeto y la cultura en la fluidez posneoliberal: ni instituidos ni destituidos.
[abstract de la exposición en el Congreso latinoamericano de la FLAPAG que se hizo hace un par de semanas en la Fac. de Derecho]
Se dice –desde fines de los ‘90– que la subjetividad ya no es lo que era. De una sociedad instituida por el Estado habíamos pasado a una arrasada por el mercado. Entonces entrábamos, según Lewkowicz, en la era de la fluidez y, según Bauman, en la modernidad líquida. Bien, pero el mercado ya tampoco es lo que era. A principios de los ’10 asistimos a una fluidez recompuesta.
Este trabajo intenta correlacionar las grandes mutaciones económico-políticas llamadas corrientemente globalización y las mutaciones cultural-subjetivas que no tienen nombres corrientes. Pensaremos las prácticas contemporáneas con algunas nociones clásicamente centrales: el tiempo, la subjetividad, la cultura. Buscaremos luego describir conceptualmente sus configuraciones actuales: temporalidad fluida, subjetividad egoica, cultura imaginal o de bienestar. Finalmente propondremos que sus modos de configuración son isomórficos. Llamaremos a este modo de configuración, a falta de mejor mote, ‘actividad figurante del capital’ o ‘astitución’.
Plantearemos también la pregunta por los modos de subjetivar la astitución, apenas señalando prácticas subjetivadoras para iniciar una exploración que el diálogo permitirá continuar.
ver ponencia ampliada
La segunda fluidez. Pensarla con Estado.
Tesis: vivimos una segunda fluidez. Se dice –desde fines de los ‘90– que la subjetividad ya no es lo que era. De una sociedad instituida por el Estado habíamos pasado a una arrasada por el mercado. De la égida del Estado a la del mercado. Entonces entrábamos, según Lewkowicz, en la era de la fluidez y, según Bauman, en la modernidad líquida. Según Bauman, quedábamos hiperindividualizados. Según Nacho, el mercado radicalizado nos dejaba en la humanidad superflua. Bien, pero el mercado ya tampoco es lo que era. A principios de los ’10
Presente absoluto o fluido y presente puro o cohesivo
El presente absoluto del tiempo fluido y el presente puro del tiempo teatral
El presente absoluto es consustancial con lo efímero. El presente puro, el del arte y el encuentro, el de lo común es eterno porque, en su actuar, eclipsa lo pasajero de lo humano y se alza con su sublimidad.
Una curiosidad
Hay una cosa muy llamativa y digo que ahora pude entenderla. Y si no la entendí, la pensé. Dígalo el lector.
Es una característica asombrosa -una subjetivación contemporánea- de la Ciudad de Buenos Aires, y también de otras ciudades argentinas, de los últimos años, incluso lustros, que es la expansión de la actividad teatral en general, pero especialmente de los llamados “circuitos off”, que no son necesariamente underground, pero que tampoco mainstream: los circuitos de teatro independiente, alternativo, incluso los circuitos de teatro comunitarios (desde centros culturales barriales y otros por el estilo); como así también la expansión de los cursos y escuelas de teatro, de la cantidad de actores, de gente dedicada a hacer teatro. No solo crece la cantidad de espectadores, de entradas vendidas, también crece la cantidad de salas, de directores, dramaturgos, actores, cursos, escuelas y estudiantes de teatro. También crece una actividad, digámosle así, ‘parateatral’, de “performances” presenciales (teatro espontáneo, matches de improvisación, encuentros de narración oral, etc., etc.). Descontando, por supuesto, el crecimiento de publicaciones y sitios web relativos al teatro, con sus cronistas, críticos, prenseros y demás.
Se trata de una excentricidad que me viene intrigando hace tiempo y que ahora, al escuchar una entrevista al actor y director Daniel Fanego,[1] pude caracterizar. Fanego dijo que el teatro es presente puro. Da la sensación de que no miente, ¿no? Ahora bien, ¿son lo mismo eso que han llamado “presente absoluto”[2] y lo que un actor teatral ha llamado “presente puro”? Digo que no.
Presente absoluto y presente puro o teatral
Llamaré “presente absoluto” o, directamente, “instante”, al presente instantáneo propio de la temporalidad fluida,[3] al presente fluido, al automático, mientras que llamaré ‘presente puro’ al presente subjetivamente construido, al colectivamente compuesto.
Tanto el presente absoluto como el puro o teatral son ficticios. Sin embargo, el absoluto es imaginal,[4] mientras que el teatral es real. Ni el absoluto ni el teatral se repiten, pero mientras, que el absoluto es siempre defectuoso, siempre insatisfactorio, siempre prontamente obsoleto, el teatral es siempre satisfactorio, siempre sublime, siempre eterno. Ambos presentes son también sociales, pero mientras el absoluto prescinde de los colectivos, el teatral los tiene como condición absoluta. Por supuesto, hay presente absoluto en las redes virtuales, ya las de internet, ya las mediáticas, en las que ciertamente los otros están presentes. Sin embargo, vienen, en el caso mediático sobre todo, como añadidos in-esenciales a la red en cuestión, como accesorios, a menos que se trate de estrellas, conductores carismáticos o algo por el estilo. En estos casos, los otros no están presentes como órganos de una cooperación sino como modelos imaginarios, modelos a los que aspirar, según los cuales photoshopearse y no con los cuales cooperar; modelos que a la vez son fugaces, que dictaminan el rating o la duración de la atención mediática. Si se trata, en cambio, de los otros presentes en las redes internéticas, puede ocurrir tanto que el otro esté presente como cooperador o que el otro esté presente como clon egoico,[5] como compañero de consumo con el cual competir o con el cual medirse, ante el cual exhibirse o como pantallazo pasajero, tan pasajero como cualquier flash informativo. En el presente absoluto a lo más que podemos aspirar es a ser un flash o ser, como lo llamó A. Valle, un yow (serlo es el mejor de los casos y también el peor, y si no el peor, el más escurridizo de los seres).
Por supuesto, puede haber presente absoluto o instantáneo en una sala de teatro y puede haber presente puro o compuesto en una sala de chat, y los hay, y estos casos en que se da el presente puro en redes virtuales son de lo más interesante y lo más contemporáneo. Quedará pendiente desarrollar el carácter cualitativo de este presente puro que no requiere que haya teatro para ocurrir. Toda pista para pensar esta cuestión será bienvenida.
Dinámicas de los tiempos
Distingámoslos como modo de contribuir a la caracterización de la temporalidad fluida y de las subjetividades que producen. Como ya se adivina, hay una correspondencia entre el par “presente absoluto o instantáneo - presente puro o teatral” y el par “tiempo disperso o fluido - tiempo conexo o compuesto” de otros artículos. El tiempo disperso era el automático y ‘desencadenado’, sucesión innecesaria de presentes absolutos (por lo que ‘sucesión’ es un atavismo del lenguaje), y el tiempo conexo o compuesto era el tiempo subjetivo, el colectivamente producido, que aparea bien con lo que acá llamamos presente puro o teatral.
Cada temporalidad tiene su principio de movimiento. Entendámonos: en su dimensión real, eso que llamaríamos “tiempo” no necesita ningún principio de movimiento. El tiempo no existe ni consiste, sino que simplemente pasa, insiste, e insiste porque morimos y también porque media una demora inevitablemente entre una necesidad, un deseo y la satisfacción de ellos –demora inexorable entre el hambre y la saciedad.
Si bien la muerte y el hambre son suficientemente independientes de toda cultura, de toda cosmovisión, de toda época; si bien, también, el hambre y la muerte son suficientemente insistentes en todas las culturas, cosmovisiones o épocas, y encuentran siempre la manera de hacerse sentir, no todas las culturas, cosmovisiones o épocas, sin embargo, conciben del mismo modo el paso del tiempo, (lo cual es una redundancia, ciertamente, de modo que mejor digamos que no todas conciben del mismo modo el tiempo). Así por ejemplo hemos sabido de sociedades llamadas primitivas que vivían en tiempos cíclicos gracias a su concepción mítica, y también del Egipto Antiguo viviendo en la eternidad. Del cristiano medieval dicen que era un homo viator, un viajero entre el primer y el segundo advenimiento de Cristo, o entre su propio nacimiento y el cielo. Y hemos sabido, incluso, del tiempo occidental secularizado, que es un tiempo siempre lanzado hacia adelante. Este tiempo occidental, siempre urgido a moverse más rápido de lo que se muere, no se ha concebido y funcionado de la misma manera en las condiciones sólidas modernas (épocas nacionales e industriales) que en las fluidas condiciones contemporáneas (épocas posnacionales y posindustriales).
En tiempos nacionales era el afán de progreso lo que movía al sujeto hacia adelante, que es donde decían que quedaba el progreso. Ese sujeto debía progresar antes de morir; o sea, debía conquistar porciones de progreso antes de su muerte, de modo tal de llegar a ser alguien mientras pudiera serlo. La acumulación –de capital, prestigio o conocimiento– era el motor que, como traducción práctica de aquel afán, movía ese tiempo. En el tiempo post-nacional, en cambio, lo que urge al sujeto hacia adelante, lo que conmina al sujeto a moverse, lo que lo arroja, no es tanto el afán de progreso sino el ansia de satisfacción. Este sujeto no busca una conquista duradera y lejana como el progreso sino una satisfacción instantánea e inmediata como el goce. El consumo –de mercancías[6]– es el fuego que, como dinámica práctica de esas ansias, esfuma nuestro tiempo.
En la temporalidad de ahora, no se trata de llegar a la satisfacción antes de morir sino antes de que se escape la oportunidad, el instante: Nos apremia alcanzar eso que anhelamos ya no antes de morir sino antes de obsolescer, que se imagina muy parecido a una muerte en vida. El hermano gemelo de esta ansiedad, de esta urgencia de goce, no es ya la acumulación sino la maximización. No vivimos ya el tiempo progresivo de la producción sino el tiempo escurridizo del consumo.
Pasémoslo en limpio. Dinámica destilada del progreso y la acumulación: el tiempo sólido avanzaba momento tras momento, cual escalón tras escalón, es decir, siendo cada avance condición del siguiente, y teniendo cada momento como condición su precedente. Dinámica destilada del consumo y la maximización: en el tiempo fluido cada instante no tiene más condición que el máximo aprovechamiento de la oportunidad (de trabajo, dinero, felicidad… goce, en definitiva) que la cultura contemporánea hace imaginar que ese instante ofrece. Este instante fluido es presente absoluto porque cada instante es autocontenido. El instante no se va porque venga el siguiente, no pasa porque haya habido uno antes, sino que pasa porque se extingue, se consume. El momento del tiempo sólido conducía al siguiente; el instante del tiempo fluido, sencillamente, muere. Un poeta sólido decía que moríamos un poquito cada día; un poeta fluido deberá decir que morimos del todo a cada instante.
Así las cosas, el presente absoluto, el instante, cobra movimiento por la insatisfacción –la debida a la imposibilidad diría termodinámica del aprovechamiento completo de nada, y la debida a la ya señalada por tantos críticos del consumo[7] necesaria defraudación de todas las promesas con que las campañas publicitarias inducen al consumidor a comprar.
Aquí, sin embargo, no queremos plegarnos a la sospecha de que la insatisfacción se debe al engaño de los publicistas, esos maléficos fabuladores, sino mostrar el carácter, intrínseco a la temporalidad fluida, de un presente que insatisface al sujeto al mismo tiempo que lo llena de anhelo y ansias de satisfacción. En otras palabras, tanto la ilusión de aprovechamiento pleno como la constatación de insatisfacción, tanto la satisfacción como la desazón son necesarias en tiempos fluidos.
Lo sublime de la arte-culación
Es de esta manera como la cultura contemporánea procesa el hecho absolutamente real e imbatible de la muerte y el hambre y la demora. Si, en la temporalidad sólida, el paso del tiempo se advertía en lo que faltaba para llegar a lo que se ansiaba (el progreso), en cambio, en la fluida, el paso del tiempo lo sufrimos anoticiándonos de las oportunidades perdidas para llegar a lo que se imagina que deseamos (el goce pleno, el aprovechamiento máximo, el beneficio infinito). Así, presentándole al sujeto oportunidades instantáneas que se le escapan como trenes que perdió, no dándole pues más tiempo que el apenas suficiente para un contacto aproblemático y clonador con los demás, el presente absoluto vacía al sujeto, lo ‘insatisface’, lo ‘egoíza’, lo desola –lo des-espera. En cambio, el presente puro del teatro lo colma con su sublimidad, lo satisface, lo encuentra con otros –y no lo encuentra en la imagen sino en la cooperación. No lo satisface haciéndolo encontrar con el goce inmediato y replicante del consumo o de la frágil identificación imaginal, sino con ese presente que deja huella porque se dispara a la eternidad de lo sublime del arte y del encuentro con otros.
Por esto, el acontecimiento teatro. Porque no estamos condenados a vivir así, sufriendo cada día, muriendo a cada instante; también tenemos el presente puro. “Porque el punto de partida del teatro es el encuentro de presencias, el convivio o reunión social… No se va al teatro para estar solo: el convivio es una práctica de socialización de cuerpos presentes, de afectación comunitaria, y significa una actitud negativa [aunque yo diría positiva] ante la desterritorialización sociocomunicacional propiciada por las intermediaciones técnicas. En tanto convivio, el teatro no acepta ser televisado ni transmitido por satélite o redes ópticas ni incluido en internet o chateado. Exige la proximidad del encuentro de los cuerpos en una encrucijada geográfico-temporal.”[8]
Se comprende ahora la llamativa Buenos Aires –pero también Rosario y otras. Ante el escurrirse del instante, ante la desolación de un tiempo que muere todo el tiempo, ante el aislamiento aparejado por unos otros que me replican o nada, parece hallar otros caminos y hacerse otros tiempos en un arte que produce encuentro y un encuentro que produce arte. Si el presente absoluto descalabra al sujeto, el presente teatral lo compone y articula (si me permite el lector, lo ‘artecula’). La operación de la temporalidad fluida es la extinción, la obsolescencia. La del tiempo conexo es la arte-culación, la cooperación, la co-presencia, que trasciende la inmanencia absoluta de los tiempos contemporáneos por vías inmanentes y sublimes.[9]
¿Y el pasado y el futuro? Presente puro
Queda pendiente la cuestión de cómo el presente puro se liga con el pasado y el futuro. Ya sabíamos que en la temporalidad sólida cada momento se ligaba sólidamente con el antecedente y el siguiente, que eran respectivamente su causa y su consecuencia. También, que en la temporalidad fluida la conexión entre los instantes es innecesaria, aleatoria, se da cuando se da. En otros términos, en la temporalidad sólida la continuidad entre momentos, la continuidad del tiempo, era un supuesto, mientras que en la fluida, la continuidad no es permanente. Y, cuando se da, se da o bien a fuerza de machaque y automatismo, o bien como producción subjetiva: el tiempo compuesto.
Esta producción comienza en un presente puro. En el presente puro tampoco está dicho cómo se enlazan los diferentes presentes. No se ligan a través de la continuidad constructiva pero tampoco se desligan a través de la aleatoriedad conectiva y recombinante. Se ligan a través del mismo movimiento subjetivo que produce ese presente, ese encuentro, esa sublimidad, esa eternidad que, en cada teatro, en cada movimiento social, encuentra su singular actualización y su singular curso y, por lo tanto, su singular forma de enlace temporal. Escribe el dramaturgo Alain Badiou acerca de los levantamientos populares árabes de enero y febrero de 2011 que la gran “lección de este majestuoso episodio” es que “los pueblos de Túnez y Egipto nos están diciendo: Levántense, construyan un espacio público para el comunismo del movimiento, protéjanlo por todos los medios mientras inventan el curso secuencial de acción”.[10]
En otras palabras, la cuestión de la ligazón entre presentes puros no se puede resolver conceptualmente o, mejor dicho, conceptualmente hablando debe necesariamente quedar pendiente, puesto que lo único que le interesa es el comunismo de su movimiento o el espacio común para su movimiento público (la comunidad de convivencia de Dubatti). El curso de los presentes, la secuencia que dibujen, los agenciamientos los inventan cada vez.
El único lugar donde hay eternidad es en el presente. Eternidad es lo que no es pasajero; por esto, eternidad es consustancial con un presente puro y no puede compatibilizarse con un pasado y un futuro. No puede compatibilizarse orgánicamente y quedar instituido; solo puede conectarse o encadenarse subjetivamente ad hoc, puramente, artísticamente, inventivamente. El presente absoluto sí es consustancial con lo efímero. Es absoluto porque no se liga con el pasado y el futuro; no es absoluto porque sea eterno. El presente del arte y el encuentro, el presente del espacio común, el presente de lo público, es eterno porque, en su actuar, eclipsa lo pasajero de lo humano y se alza con su sublimidad.
[1] El 23 ó 24 de febrero pasado en el matutino de Eduardo Anguita en Radio Nacional.
[2] Abraham, Tomás, El presente absoluto. Periodismo, política y filosofía en la Argentina del tercer milenio, Buenos Aires, Sudamericana, 2007.
[3] Estamos pensando desde otra experiencia, la teatral, la temporalidad fluida que habíamos caracterizado en diversos artículos previos de Campo Grupal (por ej., “Tiempo disperso y tiempo compuesto” de diciembre 2007 o “Tiempo sólido, tiempo fluido, tiempo conexo” de marzo 2008, disponibles en www.pablohupert.com.ar o www.calameo.com).
[4] “Imaginal” es una noción en construcción (ver por ejemplo, “Entre institución y destitución: la astitución”, ponencia presentada a la XXVI Jornada de la AAPPG y publicada en revista digital El psicoanalítico, enero 2011) que busca pensar la fluidez contemporánea, bastante diferente a la que pensó Ignacio Lewkowicz a fines de los ’90 y que por eso llamo “segunda fluidez”. Como sea, “imaginal” refiere a un funcionamiento de la dimensión ‘superestructural’ o ‘ideal’ de lo social en tiempos en que las imágenes proliferan y prenden sin orden ni concierto (sin orden simbólico, o con uno muy débil). Se me tolerará, pues, que diga “imaginal” para no significar “imaginario”, que es inseparable de “simbólico”.
[5] Ver “Adrenalina en la cultura”, CG de setiembre 2009, nota 7: “El bienestar en la cultura ofrece bienestar egoico para los socialmente desolados, pero también propone un ideal de bienestar ‘colectivo': disfruto con otros si disfrutan lo mismo que yo igual que yo; es decir, si los otros no son otros” (disponible en mi blog). Por supuesto, muchas veces la redes virtuales funcionan como ámbitos de encuentro y cooperación, como siempre señala Román Mazzilli (por ej., “Internet y la subjetividad tribal”, en www.pablohupert.com.ar), y no necesariamente como nebulosas de clonación.
[6] Iba a decir también “o de naturaleza, de dinero, fama, cuerpo, información, trabajo, placeres, etc.”, pero recordé que hoy esas cosas, incluida el agua, también son mercancías.
[7] Solo dos referencias (pero hay miles): Z. Bauman, Vida líquida, Paidós, 2006. I. Lewkowicz, “Subjetividad adictiva: un tipo psicosocial instituido”, en Las drogas en el siglo... ¿qué viene? Dobon y Hurtado (comp.), Buenos Aires, 1999.
[8] J. Dubatti, “Cultura teatral y convivio”, Revista Conjunto 136, Casa de las Américas, La Habana, s.f.
[9] “El sentimiento de lo sublime brota, según Kant [en Crítica del juicio], de la inclinación a aprehender en fenómenos naturales singulares una imagen de lo que está por fuera de la naturaleza. Mana del intento de obtener de este o aquel hecho intramundando una prefiguración del mundo como ‘totalidad completa’… La insuficiencia de cualquier imagen constituye la única ‘imagen’ posible de los suprasensible” (P. Virno, Cuando el verbo se hace carne, Cactus-Tinta Limón, Buenos Aires, 2004, p. 207). Lo importante de esta idea de Virno es que la trascendencia no es efecto de lo sobrenatural sino de lo humano.
[10] A. Badiou, “El alcance universal de los levantamientos populares”, en francés en Le Monde Diplomatique, París, 18/02/11, disponible en castellano en http://lahipotesiscomunista.blogspot.com.
[publicado en Campo Grupal 133, mayo de 2011]
La paradoja del aula
Hay en las aulas universitarias algo que baña todo como un éter general que asigna su rango y su forma a todo lo demás. Es la reproducción, con su nombre propio universitario, el Saber. La reproducción universitaria es reproducción del saber (que el saber "aumente" indica que su reproducción es ampliada y no que sea creador)y su economía (repro ampliada + valor de cambio). En el aula universitaria hay todo un dispositivo que asegura eso y que asigna su función a cada una de las prácticas que se dan dentro del aula, y lo hace de modo tal que sólo están incluidas en el aula las prácticas cuya función es reproductiva.
Sin embargo, ese aparato, al funcionar, produce un residuo no semantizado: en medio de tanta reproducción, algunas producciones se insinúan. Es lo que un compañero, Andrés, llama "la paradoja del aula". Cuando, por ejemplo, al alumno le encargan que estudie un apunte para aclarar un punto del programa del curso y el lector por encargo encuentra en el texto puntos a problematizar no programados y se convierte en lector por motu proprio; cuando un profesor orienta a su curso a leer el texto del día de modo que interroga a su curso por lo que éste había dado por sobreentendido; cuando un examen formula una pregunta que sabe qué respuesta la responde y el examinado contesta examinando una veta problemática inexplorada y hace que la respuesta no acople término a término con la pregunta; cuando, con vistas a un examen, un alumno estudia, en tiempo y forma, en función del aprobaje y se encuentra con un examen cuyas preguntas no requieren el tipo de respuestas que su estudio había previsto; cuando a un profesor le preguntan algo que no sabe y devuelve la pregunta al curso y éste y aquél trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando un estudiante pregunta algo que el profesor no sabe y sus compañeros, con o sin el profesor, trabajan una posible respuesta y al producirla producen también nuevas preguntas; cuando algo de esto ocurre, decimos, lo que ocurre es la paradoja del aula: una práctica orientada a saber (una lectura, un examen, una pregunta) produjo un resto orientado a pensar o, mejor dicho, un resto que es él mismo pensamiento. Cuando algo de esto ocurre, si es que ocurre, el Saber cede el paso al pensamiento, la reproducción a la producción.
Que algo así, a veces, raramente, fugazmente, suceda, no significa que su ocurrencia sea normal ni que tuerza el curso de lo que pasa en el aula (aquí hay que recordar que ese curso ya ha sido recorrido y que es por esto que ese curso se dice con un participio pasado y un artículo definido, "la cursada"). Es que el dispositivo áulico tiene sus mecanismos de hegemonía. Puede que, a veces, el saber ceda el paso al pensamiento, pero es sólo para luego pisotearlo. Si algo no estructurado emerge, la reestructuración de ese algo no se hará esperar.
Así, las calificaciones aseguran retroactivamente una divisoria clara entre lo que es una respuesta que responde a lo preguntado y lo que no lo es o lo que es una pregunta válida para lo que se estudió y la que no; además, están los comentarios del profesor: así, si el examinado examinó una veta inexplorada, "no está mal, pero no es lo que se pedía"; además, están las quejas del estudiante: así, si el profesor diseña preguntas que no requieren el tipo de respuestas previstas en el "tragado" que el estudiante hizo con vistas al examen, "esta pregunta no era clara" o "a mí me dijeron que en el final no preguntan esto". Calificaciones, comentarios, quejas aseguran la sujeción de la respuesta por la pregunta y de una y otra por el aprobaje o –para escenificarlo con personajes– la sujeción del evaluador y el evaluado por el examen; hacen, en fin, del examen una instancia de medición de la erudición, es decir –ya que el pensamiento es no es mensurable–, una instancia del Saber.
Así también, el cronograma de lectura impide que discutamos la cuestión que el accidental lector activo plantea, "tan interesante pero que llevaría tanto tiempo… después no vamos a llegar"; y, si a pesar de esta pragmática consideración, la cuestión encuentra un grupo y un profesor dispuestos a trabajarla, se impone el recuerdo de que después de la cursada hay otro examen, cuya dificultad aumenta cuando disminuye "lo visto" en clase. O, si el profesor toma o propone la interesante cuestión para hacer que el grupo piense, raramente faltará el alumno que inquiera: "¿esto entra para el parcial?". Y, por si estos mecanismos no alcanzaran, viene otro a reforzarlos y constituirse en su reaseguro: el programa. Tampoco es casual este nombre: si una materia es un recorrido ya cursado, lo es a condición de que sus escalas y su destino estén programados. La cursada tiene meta y la meta asegura el desprecio de lo que surge en el camino. (Que la mayoría de las veces al programa "no lleguemos" no disminuye su eficacia sino que la aumenta). El programa tiene su complemento y vía de realización en la bibliografía: no se trata de libros, sino de bibliografía; tal vez los libros se lean, pero la bibliografía se estudia; tal vez los libros conduzcan a cuestiones inesperadas, pero la bibliografía proporciona respuesta a las cuestiones programadas. Y, en el aula, sólo existe la bibliografía. Cronograma, examen, programa, bibliografía hacen de la lectura un camino cuyo curso es conocido, tranquilizador, y cuyo resultado es saber.
También, el programa asegura la reinscripción de toda intervención en el curso por él planeado. Si una pregunta, una observación o una intervención del tipo que sea se sale de curso, el programa se hace actual en el aula por medio de ciertas indicaciones que, dichas por un alumno o un profesor –lo mismo da–, restringen la posibilidad de pensar, tales como "eso lo vemos dentro de dos o tres clases" o "sigamos que quiero ver Holloway antes del parcial" o "eso se ve en [tal otra] materia" o "para hablar de eso antes hay que leer a tal, a tal, a tal y a tal" o "eso solo es tema para un seminario y no lo podemos ver acá", etc., etc., etc. La enumeración puede centuplicarse, pero la proliferación de las frases contemplará siempre esta propiedad: desechar como desvío lo que emerge en la situación; o esta otra, más abarcativa: remitir una cuestión que exige pensar en la inmanencia de la situación a la totalidad del saber, desconocida por los presentes pero presuntamente existente en algún lugar externo. La representación de la totalidad del saber y la del plan del saber practicadas en las situaciones académicas imposibilitan la presentación de la singularidad del pensar.
Así también, la impresión que cada actor del aula debe dejar restringe la posibilidad de pensar. Si al profesor le preguntan algo que no sabe, puede éste decir "no sé" y devolver la pregunta, pero corre el riesgo de que los alumnos lo tilden de ignorante que quiere disimular, por lo que será mejor que dibuje algún firulete o que diga "te lo averiguo para la próxima". Puede ocurrir también que un compañero del preguntón conozca la respuesta o tenga algún indicio, y puede ponerlo a disposición del curso o puede reservárselo para no dejar "mal parado" al profesor o para jugar esa carta en el examen y deslumbrar. La imagen, la representación de sí, el brillo que un saber da o quita, orientan el trabajo en el aula en función de saber. Como se ve, la sujeción del pensamiento por el saber no necesita de medios demasiado violentos.
Ni el examinado ni el examinador examinan el examen; el lector no escribe; el que interroga no responde y el que responde no pregunta; el que enseña no aprende de sus aprendices. Fijaciones semejantes son las que asegura el dispositivo llamado aula. Así es como ninguna de las subjetividades instituidas por la Universidad heredada piensa.
Y está también la cátedra, otra destacada institución del dispositivo. La cátedra dice que el docente al frente de un práctico o de un teórico-práctico sabe menos que el que está al frente de un teórico. Es una cristalización de una jerarquía de saberes que hace que el docente sea responsable de lo que hace, no ante el curso en el que hace lo que hace, sino ante una jerarquía. (Entiéndase "responsable": el que responde por algo ante alguien; pues bien, el alguien es la cátedra, que no está frente al docente sino en su cabeza). La cátedra, entonces, es una entidad supra-aula con capacidad de interpelación intra-aula y, por eso mismo, desactiva lo que ocurre en el aula. La pregunta clave sería: lo que ocurre en el aula, ¿ocurre en un aula o en una cátedra? El dispositivo está montado de tal manera que hay que responder lo segundo. Así, por ejemplo, puede ocurrir que una pregunta que "desvía" encuentre entusiastas laboradores tanto en el profesor como en los alumnos de un aula, pero, tarde o temprano, por medio de alguna interpelación como "el titular no dijo nada de esto en el teórico" o "si sigo con esto, van a dar mal el final", la entidad sobrestante restaurará su programa.
No. El dispositivo reproductor no fracasa: dispone de mecanismos para reinscribir en la armonía áulica los residuos que produce, mecanismos para hacer de toda práctica que se dé en su seno una práctica cuyo sentido no está por verse sino ya cursado. Y si hay un residuo no reciclable, siempre habrá modos de desecharlo, de entre los cuales es el principal el que estos restos productivos son invisibles dentro del dispositivo y para la subjetividad que él instituye. En la paradoja del aula, la reproducción se impone siempre sobre la producción. Y la causa principal de esta eficacia es sencilla, pero muy sutil, que saber y pensamiento no son los polos opuestos de una unidad dialéctica de contrarios que se llamaría aula. Pues el dispositivo es determinado, mientras que sus restos son indeterminados.
Resérvense los moralistas sus sermones; las cosas no suceden de esta manera porque tal o cual docente sea malo o porque aquellos alumnos sean unos "olfas" ni dejan de ocurrir porque este profe sea "piola" o porque en ese grupito sean pibes re-inteligentes. Esto ocurre así porque el dispositivo llamado universidad está constituido alrededor de un objetivo llamado Saber. Es la investidura del saber como fin de toda la institución universitaria el éter general que asigna a toda práctica áulica el rango y la forma de medio (la lectura es estudio, el libro es bibliografía, el examen es medición, la pregunta sabe lo que pide, la clase está para dar o recibir saber, el curso es cursada, etc.).
Ahora bien; ¿hay en la universidad alguna otra instancia que no deseche las producciones residuales ocurridas en el aula sino que las capture y las ponga a producir?, o, lo que es lo mismo, ¿hay alguna instancia universitaria que se haga fuerte en el pensar y no en el saber? No. Ni los Centros de estudiantes, ni los seminarios, ni los congresos, ni los seminarios internos de cátedra. Tampoco los pasillos, supuestos lugar de lo no-instituido, que son en realidad el ámbito de los chismes, de la charla informal, de la seducción, de los insultos, de las catarsis y de todo lo que la clase magistral proscribe, la válvula de escape, en suma, instituida por la institución, su inocua inversión carnavalesca. No hay en la universidad normal dispositivo alguno que capture ese mosto de pensamiento que el saber produce sin proponérselo.
Una ocasión hubo, es cierto, en que el pensamiento era la fuerza de lo que allí se instituía, pero no fue compatible con lo instituido y requirió de su suspensión. En esa ocasión, la normalidad universitaria se vio interrumpida y el pensamiento fue sinónimo de a-normalización. Fue en mayo de 1999. UM99 y su libro apuestan a capturar ese pensamiento y ponerlo en producción.
PH y UM99 (junio de 2000)
