IL en su estudio, 22/10/2003

Ignacio Lewkowicz: estrategia de pensamiento, estrategia vital

Irnos de la representación de lo que hay para llegar a lo que hay. Como dice Pancho Ferrara, no se trata de irnos de acá, sino de irnos acá. Si a algún viaje nos invitaba Nacho, era al viaje a la situación: vamos hacia acá. Vivamos acá, y no en la representación de acá. Para esta operación, Nacho tenía un verbo claro y oscuro: la llamaba pensar.

¿Cómo aprehender eso no representado que se presenta? Pensándolo, claro. Laburo cuando menos doble: una percepción atenta a lo no-representado, por un lado. Lo buscaba con maestría, Nacho: en una desatención[5] o en una incoherencia[6] en el nivel de la representación; o en el nivel de la presentación en una mutación inadvertida[7] o en un acontecimiento[8] o en un exceso[9], o incluso en una falta.[10] Esta enumeración no agota los caminos que podíamos tomar para alcanzar la presentación, pero ilustra la disponibilidad, la apertura, la atención que Ignacio empeñaba en ese viaje a que nos invitaba, ese viaje que necesitaba hacer para habitar la situación, para ir acá. Y por otro lado, aunque en un mismo movimiento (e incluso antes), el laburo de pensar eso que se presenta y que las representaciones obstaculizan percibir y aprehender.

Share

Tres conjugaciones de lo social

La dominación sólida se dice en tercera persona del plural (ellos deben).
La dominación fluida se dice en primera persona del singular (yo quiero ). El gobierno posnacional dice ellos necesitan.
La subjetivación se dice en primera persona del plural (nosotros, que es sujeto y verbo a la vez).

Share

El ensayista

El ensayo no es una pedagogía. No instruye ni pretende completar tiernas almas infantiles. Por el contrario, su cometido parece consistir en reinventar una niñez. En algún punto, el ensayista es como un niño, puesto que algo desconoce, pero ello no lo define ni mucho menos lo invalida, mientras que su potencia no la da su saber efectivo, sino en el modo de habitar su no saber. Más allá del ensayo político o de recursos eruditos o disciplinarios, nunca un ensayo se parece a la transmisión de conocimiento, ni a la imposición ideológica. Por el contrario, el ensayo es el esfuerzo por medirse con el propio costado ciego, sólo dialoga con sus espaldas. La antipedagogía del ensayista es un llamado al deseo del otro, un reproche socarrón a la pereza confortable. La única pedagogía del ensayista se parece al cometido del anfitrión: despertar el apetito.

Share