Un común-consorcio nada común

Otro más-allá de la astitución

En nuestra investigación sobre las instituciones fluidas (las «astituciones») habíamos encontrado varias experiencias que iban más allá de la dinámica asistencial o mercantil y desplegaban potencias insospechadas. Ahora hemos encontrado otra de esas experiencias.

  1. Habitar puede ser el verbo de una subjetivación o el de una sujeción. Si es el de una sujeción es un mero estar o transitar un lugar previamente construido. Pero si es el verbo de una subjetivación, habitar convierte un mero espacio en un lugar, pues lo construye como tal.
    1. En otras palabras, habitar como subjetivación no se relaciona con un lugar previamente determinado sino con un espacio indeterminado. No es mera mediación entre nosotrxs y un mundo dado y exterior, sino actividad constructiva del mundo en que nos afirmamos y nos desplegamos.
    2. Habitar objetivamente es lo que explica Ángela Giglia en estas líneas:

«Los lugares en los cuales nos movemos suelen estar regidos por ciertas reglas ­–en el doble sentido de normas de uso y de regularidades, es decir, de modalidades recurrentes de uso– y estas reglas conforman un orden espacial. Los espacios no están ordenados de la misma manera y el habitar consiste también en entender o reconocer el orden de cierto espacio y en actuar de manera coherente con este orden. Si no lo hacemos, nos sentimos fuera de lugar… Nos sentimos desubicados. Un resultado del habitar es sentirnos ubicados. Habitamos cuando hemos reconocido el orden propio del entorno en el que estamos situados y cuando sabemos qué hacer con dicho orden.»[1]

Así definido, habitar es acomodarse o ajustarse a un orden dado. Es un mero estar en los espacios o transitarlos, sin construir nada en ellos, salvo la propia subjetividad ajustada a lo ya dado. Es sujeción.

  1. ¿Cómo será, en concreto, un habitar que sea subjetivación? No lo sabemos, pero hemos dado con un más-allá de la astitución que se aboca a investigarlo.

Relatemos esa singularidad.

  1. Cuando vivís en propiedad horizontal estás obligado a formar un consorcio con tus vecines. “¡Qué plomazo!” Sí, totalmente, pero hay una ONG llamada Insitu que hace del proceso de organización de un consorcio la piedra de toque a) para la fundación de un común, b) para habitar el espacio de trabajo de les profesionales que trabajan para el Estado, y c) para habitar los espacios comunes de los vecinos que deben formar un consorcio.
  2. Estos vecinos vivían previamente en villas y recibieron complejos de vivienda social del municipio de Vicente López. Pasan de vivir en casitas o casillas a vivir en propiedad horizontal, en departamentos. Es otro tipo de espacio. ¿Cómo habitar ese espacio?
  3. Cada familia habitará su departamento como mejor le salga. Pero, ¿quién habitará los espacios comunes? Un común que antes de la intervención de Insitu no existe y que se formará durante el proceso de encuentro y acompañamiento entre la ong y les vecines recién estrenades.
  4. El Estado municipal contrata a Insitu para que asista a los vecinos en su organización consorcial: aprender la normativa, llevar actas, recaudar y administrar dineros (no exactamente para que generen comunes en los diversos complejos).
  5. De modo que, si nos distraemos, si dejamos que la velocidad contemporánea genere la respuesta, si nos llevan los automatismos subjetivos, lo que tendremos será un Estado que proactivamente enseña a los vecinos recién estrenados a habitar un edificio de departamentos. Aquí estaría la línea astitucional de la organización consorcial: que todo aquel que ha recibido vivienda social acceda a la forma corriente de habitar un edificio de departamentos. A través de la asistencia legal, técnica y quizás también material del Estado y les profesionales por él contratades, los ex villeros aprenderán la forma de vida de la clase media. Así, reconocerán un orden espacial y lo habitarán y, como decía Giglia, se sentirán ubicados. Serán así incluidos en la forma normal de habitar. Tienen derecho a eso.
  6. Insitu no niega ese derecho, pero su Norte no es enseñar un modo de habitar dado sino inventar modos de habitar heterogéneos con lo corriente. No se orienta a que predomine el habitar objetivo sino a que se ensaye un habitar subjetivo. Y así es que dicen:

“Mientras que por lo general prevalece una mirada asistencialista y/o legalista del consorcio, desde INSITU intentamos sostener un abordaje democrático. Este abordaje considera que el consorcio se puede constituir como una excusa para la organización colectiva que permita nuevas articulaciones entre los vecinos y entre ellos y el lugar que habitan. El abordaje democrático implica dilatar lo meramente operativo para dar lugar a la construcción colectiva de lo común.”[2]

Dilatan lo meramente operativo, ni lo desechan ni se limitan a ello. Se montan sobre lo operativo como sobre una plataforma que permite unas subjetivaciones.

  1. Así se forma un eje vertical, astitucional, y un eje horizontal, más allá de la astitución.

El eje vertical es el eje de la astitución. El Estado y sus profesionales incluyen, si todo va bien (y nunca va todo bien), a los recién llegados en la forma dominante de estar en un edificio de departamentos y transitar por él. Les vecines recién estrenades, si todo va bien, aprenderán el habitar de la “ciudad blanca”. Desde ese eje vertical, donde se habita objetivamente, se abre un eje horizontal que podría no estar y que está por arte de politización; en este eje se investiga colectivamente cómo será, en concreto, un habitar que sea subjetivación. Por ejemplo, la normativa consorcial, que les profesionales del Estado deben enseñar a los nuevos vecinos, puede convertirse en plataforma de un proceso colectivo. Así, por ejemplo, Insitu solo convoca a asambleas consorciales en “primera convocatoria” y no en “segunda convocatoria”, pues la primera requiere quórum y la segunda no. Puede cumplirse la normativa sin casi participación, pero no se forma común sin ella. “La práctica consorcial puede facilitar el habitar colectivo.”[3]

  1. En el eje horizontal se investigan dos cosas mezcladamente. Por un lado, cómo habitar la “trinchera”. Por otro, cómo habitar los espacios comunes del complejo habitacional (esos espacios comunes pueden ser físicos pero también pueden ser sociales).
  2. Comencemos por la segunda cuestión, cómo habitar los espacios comunes del complejo habitacional. Aquí “se pondera el espacio social por sobre el espacio físico.”[4] Éste es el gran orientador estratégico de los encuentros entre Insitu y los vecinos: hacer del espacio físico un espacio social, construir territorio, ponerle un plus. Lo común pone ese plus, pues convierte una mera extensión espacial en un lugar, convierte “el páramo desértico al que aludían los espacios comunes en un lugar capaz de cobijar prácticas, usos y especies diversas.”[5] Así se despliega un habitar que es una subjetivación.
  3. Ignacio Lewkowicz decía que una subjetividad era un conjunto de operaciones. Veamos un par de operaciones en las que los consorcios se subjetivan habitando.
    1. La asamblea consorcial, órgano máximo de todo consorcio, es la primera de esas operaciones. Primero, porque, donde regularmente hay repliegue al departamento, pone a les vecines cara a cara. Segundo, porque se hace en espacios comunes que, a diferencia de los departamentos, no fueron diseñados para ser habitados, y permite así comenzar el proceso de hacer un lugar del mero espacio. Tercero, porque hace que lo múltiple de la vecindad se tope con su conflictividad inherente y trabaje esos conflictos, produciendo común.[6] Cuarto, porque, como dijo una administradora, permite que cada quien se exprese y no tener que suponerlo.[7] (Deleuze le dice a Foucault: “usted ha sido el primero en enseñarnos algo fundamental: la indignidad de hablar por los otros”[8]). Quinto, porque así aparece la voz de quienes el Estado solamente espera una mansa gratitud y de quienes sus vecines solamente esperaban “que no me jodan”. Este último motivo es para Insitu quizás el más importante, pues ejerce un “abordaje democrático”,[9] y no meramente administrativo, de lo consorcial. Por otra parte, una foto muestra que la asamblea se puede realizar compartiendo algo de comer y tomar,[10] y sabemos que la comida y la bebida arman lazo.
    2. Otra operación. En el complejo habitacional Ramón Castro, les vecines decidieron que lo común no podía limitarse a lo administrativo y, en paralelo a la asamblea consorcial, crearon una comisión de paisaje. A priori, se considera que la vivienda social no requiere de un cuidado de su paisaje. En los hechos, estos vecinos decidieron que sí, y emprendieron con Insitu y una cátedra de paisajismo de la UBA su Proyecto de Paisaje Popular. Pintaron murales, pusieron plantas, armaron una huerta (y los trabajos están en curso). Los espacios comunes suelen ser, para un consorcio medio, meros lugares de tránsito. Pero en Ramón Castro, en esos trabajos, y en el trabajo cotidiano de mantener “lindos”[11] los espacios comunes, éstos devienen espacios sociales habitados por el común, o el nosotrxs, que habita ese complejo.
    3. Cabe señalar que allí se inventó a la vez la operación de crear una instancia colectiva paralela a la asamblea –que en este caso fue la comisión de paisaje y en otros casos puede ser otra– para propiciar la participación de quienes no toleraban las rencillas de la asamblea consorcial.
    4. Otra operación, o conjunto de operaciones, es la construcción de confianza. Esa construcción se da a lo largo del tiempo, y comienza por un recelo inicial de les vecines ante la llegada de la ong.[12] Pero me detendré en una operación en especial, en el barrio San Francisco de Villa Soldati, que fue la formación de una comisión administradora de cuatro mujeres que por distintos motivos no se lanzaban a postularse por separado: por un lado, sus maridos no querían, y por otro, no se sentían con fuerza para que recayeran tantas responsabilidades sobre cada una de ellas.[13] “Entonces, haciendo de esta forma, no caía toda la responsabilidad del mundo en una misma persona, sino que éramos cuatro”, explicaba una de ellas.[14] “La puesta en común de la situación personal de cada una alteró las condiciones subjetivas de existencia. A partir de aquel momento, las limitaciones que se daban puertas adentro de sus hogares transgredían esas fronteras para componer un problema de todas.”[15] La postulación a elecciones de ese cuerpo colegiado creó un común entre ellas y las profesionales de Insitu, sostenido en la mutua confianza, incluida la “complicidad”.[16] Así, cuando se presentó un conflicto entre la administración saliente y esta nueva administración colegiada, a diferencia de lo que habría hecho el agente estatal típico, mediar entre las partes, Insitu respaldó a la comisión administradora sin ambages (incluso se reunieron con ellas antes de la asamblea en que presentarían su plan de acción y desmentirían las acusaciones de la administración saliente).
  4. Sigamos por la primera cuestión que, mezclada con la segunda, se investiga cuando el eje horizontal se despliega: cómo habitar, les profesionales, el espacio intermedio entre el Estado que les contrata y los destinatarios de la vivienda social.
    1. Ese espacio intermedio es leído por Bourdieu como sometido a relaciones de fuerzas objetivas (entre la política pública definida desde arriba y las demandas de los sectores destinatarios). Lipsky le da cierto margen de maniobra para terminar de definir el rostro concreto de la política pública. Aquél llama a ese espacio “saber experto” y éste lo llama “burocracia de base”.[17]
    2. Insitu propone llamar a ese espacio de otra manera: la trinchera. Pero no es un mero cambio de mote para que nada cambie, pues ese mero espacio deviene semejante lugar (¡una trinchera!) si se lo habita políticamente. Tenemos aquí otro habitar como subjetivación.
    3. Los destinatarios de la política pública dejan de ser “esos otros” para formar parte del nosotrxs que investiga cómo habitar subjetivamente los espacios en que andamos. Se arma un común entre les profesionales y les destinataries que comparte un problema común: habitar subjetivamente los espacios.
    4. Ese habitar investiga cómo es la democracia entendida a lo Rancière (redistribución de las partes que tienen parte). Así, por ejemplo, descubren que un proyecto de paisaje popular “se constituye en un doble gesto del tener parte: por un lado, tener parte en la disputa por el sentido del paisaje y por el otro, tener parte en el diseño de los espacios comunes.”[18] O, por ejemplo, descubren que una asamblea de villeros que van a recibir vivienda social puede proponer un criterio nuevo para la asignación de esa vivienda.[19]
    5. Ese habitar investiga a la vez cómo es la subjetivación entendida a lo Guattari (singularización respecto de la subjetividad dada). Así, el proceso de las mujeres del barrio San Francisco se convierte en una singularización de la mujer dada (esa que no interviene en el espacio público y es obediente a su marido).[20]
    6. Pero ese habitar que subjetiva al profesional que trabaja para el Estado, si hace esas investigaciones, es porque parte de la premisa “no sabemos” y porque busca “sortear las expectativas de lo que el consorcio debería ser y hacer.”[21] Así, tienen un problema común con les consorcistas: tienen expectativas abstractas sobre el consorcio. El trabajo es «particularizarlas», esto es, descubrir lo que este consorcio singular puede hacer. En este particularizar las expectativas, no aportan trabajos iguales. Las profesionales aportan la experiencia de organización de otros consorcios (siempre insuficiente para el consorcio presente, siempre investigación-en-progreso); les vecines aportan su complejo habitacional y su potencia y su deseo de habitarlo.
    7. Hay aun otra premisa para ese habitar: “es que intervenir es ser intervenidas”.[22] Así, “esos otros, los vecinos” las afectan y les muestran caminos insospechados para hacer común y ejercer la democracia.
    8. Para habitar el espacio intermedio como trinchera, debieron conformar la ong (otro conjunto de operaciones), para tener más autonomía de les funcionaries estatales.[23]
  5. Una conclusión es que, en los diferentes consorcios, la parte que pasa de no tener parte a tenerla es lo común, el nosotrxs. Los espacios comunes (que, si son habitados, son “espacios sociales” y no simplemente “físicos”[24]) son habitados por ese sujeto a estrenar.
  6. Así, de todas estas maneras y de otras que aun no han sido relatadas ni experimentadas, el encuentro entre Insitu y cada consorcio nos muestra qué puede ser un habitar que sea subjetivación.
  7. Habitar puede ser el verbo de una subjetivación o el de una sujeción. Si no investigamos en una trinchera con otros, practicaremos o socializaremos un habitar que es sujeción.

[1] El habitar y la cultura, Barcelona, Anthropos, 2012, p. 15; subrayados en el original.

[2] Brutto, Demoy y Jorge, “Variaciones sobre el afecto. Afectos y emociones en el proceso de organización consorcial en conjuntos habitacionales,” en Revista Territorios n° 6. Las tres autoras forman parte de Insitu.

[3] Guerrero, Irala, Ojeda, Sosa, González Ugarte y Jorge, “Paisaje popular en la vivienda social: la experiencia del conjunto habitacional Ramón Castro,” en las III Jornadas “Democracia y desigualdades”, septiembre de 2022. Los últimos dos autores son miembros de Insitu y el resto son vecinas de Ramón Castro.

[4] Íd.

[5] Íd.

[6] Íd.

[7] Citada en Brutto et al.

[8] Foucault, Microfísica del poder, Madrid, La piqueta, p. 80.

[9] Brutto et al., Guerrero et al.

[10] Brutto et al.

[11] Palabra empleada por una vecina, citada en Guerrero et al.

[12] Brutto et al.

[13] Demoy y Olejarczyk, “Habitar la trinchera: potencia y política en el Trabajo Social”, en Revista Territorios n° 1, 2017.

[14] Íd.

[15] Íd.

[16] Brutto et al.

[17] Esto es una esquematización bestial de la reseña que hacen de estos autores Demoy y Olejarczyk.

[18] Guerrero et al.

[19] Demoy y Olejarczyk.

[20] Íd.

[21] Brutto et al.

[22] Íd.

[23] Íd.

[24] Guerrero et al.

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