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Que se vayan todos significaba que se vaya el todo

Adelantos del libro El Estado posnacional, Argentina
[adelanto de mi libro de historia argentina]

¿Y si que se vayan todos quería decir también que se vaya el todo?

Que se vaya el todo es que se vaya el Estado. En este sentido, Ignacio Lewcowicz el 24 de diciembre escribía que, así como en la historia de las revoluciones burguesas se ha distinguido entre revolución desde arriba y revolución desde abajo, el pasaje del Estado-Nación al Estado técnico-administrativo propio de los tiempos mercantiles fue “desde abajo” (primer capítulo de Sucesos Argentinos, publicado en julio de 2002). Sin embargo, no hay que entender que la gente estuviera pidiendo un Estado técnico-administrativo. El pedido no estaba claro; la propuesta positiva no se había desarrollado aún con los cacerolazos del 19 y 20 de diciembre. Eso lo tomará luego la asamblea barrial que practicará una consigna no formulada, que podríamos formular como ‘que se vaya el todo, que venga nosotros’. Mientras tanto, en los cacerolazos del 19 y 20 y aledaños, lo que se podía leer positivamente -en el mail de Mariana Cantarelli y en ese escrito de Lewcowicz- era que se trataba de habitar sin el todo. Había estado de sitio, pero se vivía la calle como si no lo hubiera habido. Los que estaban ahí cuentan que la calle era una fiesta. Andrés Pezzola decía que sentía que esa noche era la noche.

En este sentido, la subjetivación del 19 y 20 no fue una subjetivación ‘acontecimental’, disruptiva, en el sentido de un advenir que irrumpiera en el devenir estructural; no fue una subjetivación revolucionaria. Más bien fue un contingir[1] que configuró algo de algo en dispersión. Que se vayan todos incluía, sin duda, que se fuera el estado de sitio. Esos eran momentos de quiebre del vínculo social, de estallido y fragmentación por doquier. Corralito por un lado, estado de sitio por otro, pretendían realizar la operación que define a cualquier Estado nacional: el emplazamiento. Fuera acorralando los sitios o los fluidos financieros, pretendían ‘poner las cosas en su lugar’. Eso que alguna vez había sido el todo buscaba restaurar la conexión entre las partes, como si otra hubiese sido la época y otras hubiesen sido las condiciones; como si en los 25 años anteriores no hubiera pasado el neoliberalismo.

En este sentido (que se vaya el todo) los cacerolazos del 19 y 20 no son mera inversión, no son mera rebelión (que era lo que entendí yo en algún momento; de hecho los periodistas y también los políticos y hasta los progresistas objetaban al movimiento cacerolero y asambleario que la consigna ‘que se vayan todos’ era sólo negativa, y le faltaba un costado de propuesta, un costado positivo), como si quedara para las asambleas el momento afirmativo del movimiento cacerolero. En la noche del 19 al 20, en la fiesta callejera, hubo afirmación. Que se vayan todos es, entonces, una consigna de autonomía; no fue una consigna que fuera al enfrentamiento, como podría haber sido ‘muerte al todo’, ‘renuncia de De La Rúa’, etc. Fue: “el vínculo está en la calle, el vínculo está en la fiesta, el vínculo está en piquete, el vínculo está donde estamos nosotros, y que no venga el Estado a dárselas de gran articulador general”. No se trata de destruir al Estado sino de ignorarlo y, en todo caso, de que no moleste, de que ‘me deje hacer la mía’ (más precisamente: que nos deje hacer la nuestra).

Este lado afirmativo sólo es visible después de haber visto la afirmación asamblearia. No quiere decir que no haya actuado, ya, el 19 y 20. El ‘que se vayan todos’ no es mera inversión, mera rebelión, mera negación: también es afirmación. Lo difícil es caracterizar esta afirmación. Estamos acostumbrados a pensar las afirmaciones revolucionarias o las acontecimentales, incluso las artísticas y las “anarcodeseantes”. Todas estas caen bajo la noción general de subversión de un orden y creación de uno nuevo o, por lo menos, de puesta de un nuevo principio de ordenamiento. El 19 y 20 no puede ser caracterizado así puesto que no era orden la circunstancia donde surgía ni proponer un principio general de ordenamiento era lo que hacía. No fue una mera inversión rebelde, ni una abarcativa subversión revolucionaria; fue, si me permiten el neologismo una transversión.

Que se vayan todos, decía Lewcowicz en Pensar sin Estado, también podía entenderse como “que se vaya uno”. Se trataba (durante el 19 y el 20) de que se fuera el Uno, que no viniera el Estado a poner orden en ese descalabro social. “Que se vayan todos. Que configuremos nosotros”, y cada nosotros configuraría su Uno (más precisamente: su unito, en diminutivo y sobre todo con minúsculas) desde su centro, sin homogeneidad unificante.

“La calle era una fiesta”, cuentan. La calle era el lugar de revinculación: la fiesta es, antropológicamente hablando, un dispositivo elemental de relacionamiento y de creación de vínculos. Gracias a la calle del 19 y 20, a la calle cacerolera de diciembre de 2001, ahora teníamos vecinos. Estábamos vinculándonos nuevamente. El todo era prescindible, incluso era molesto: bien podía dejarse de hinchar las pelotas.

pablohupert@yahoo.com.ar

www.pablohupert.com.ar


[1] En el capítulo “La existencia de nosotros” de Pensar sin estado (Paidós, Buenos Aires, 2004), Ignacio Lewkowicz propone “resucitar arbitrariamente un verbo: [nosotros] no adviene, continge.” Y en nota a pie explica que “en latín, el verbo conjugado contingit equivale a ‘suceder [generalmente algo favorable], tocar en suerte’. Entre nosotros se traduce pintó, pero bien.” (p. 227).

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