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Un encuentro palestino-israelí. Sobre la película Promesas.

Identidad, Pelis teatro y libros, Problemas

Notas para un diversionismo cultural

[comparto estas notas de 2004 a propósito de la última guerra en Medio Oriente y de la proyección de Promesas en los canales 7 y Encuentro de Argentina]

La peli no es solo un informe sino toda una intervención en sí misma (y en este sentido es similar, como dice Alicia Jait, a la Orquesta palestino-israelí de Baremboim y Said).
En “Sociología de los procesos de segregación y exclusión”, seminario de la Maestría en Diversidad Cultural de la UnTreF, vimos la película Promesas.[1] La película filma entrevistas con chicos palestinos y con chicos israelíes (cuatro o cinco de cada lado) y luego de varias entrevistas propone a estos chicos conocer a niños del otro lado -a los nenes palestinos les propone conocer chicos israelíes y a los israelíes les propone conocer chicos palestinos.

A lo largo de las entrevistas y de ese encuentro se van viendo cosas como el corpus de arquetipos que los chicos tienen , o cómo a través de las bocas de los chicos hablan las voces de los adultos o (mejor dicho) los discursos establecidos sobre el otro en esas tierras, y cómo, al encontrarse los chicos, esos estereotipos caen, y cómo hay silencio, y cómo hay angustia en ese encuentro, cómo ocurren cosas que eran inimaginables antes del encuentro.

En el seminario se hablaba de la película como de un encuentro a lo Emmanuel Levinas, un encuentro en el que lo infinito rompe unas totalidades y las abre; un encuentro, en términos de Levinas, cara a cara.

Ahora bien: si estamos haciendo una maestría en diversidad cultural, la pregunta es: ¿qué es ser magíster en Diversidad Cultural? ¿Cuál es la función de un maestro en diversidad cultural? ¿Para qué se lo forma y qué tareas está convocado a desempeñar? Aquí es donde esta película se vuelve tan relevante. Porque en un primer momento la pregunta parece muy fácilmente respondible, tenemos todos los tópicos progres políticamente correctos para responder: hacer que caigan los prejuicios, luchar contra la discriminación, hacer que todos entendamos que tooodos somos iguales y distintos a la vez, etcétera, etcétera. El tópico progre en la situación que muestra la película (el conflicto en Medio Oriente) es: hay dos pueblos aquí y por lo tanto la consigna a levantar es dos estados para dos pueblos. Sin embargo, Totalidad e infinito y Promesas nos hacen ver que esa consigna cumple todos los requisitos del respeto mutuo moderno pero ninguno de los del encuentro cara a cara. Esa consigna no ve ninguno de los dos otros: ve dos pueblos nacionales.

Según pude entender Totalidad e infinito y Promesas, los requisitos del encuentro cara a cara son los de cuestionar todo cierre de una identidad sobre sí misma, cuestionar toda construcción de una identidad a partir de la negativización de un otro. Y aquí es donde la cosa se pone delicada y acuciante: ¿es posible que haya identidades no construidas a partir de la negativización de otro? Para el políticamente correcto, las cuestiones de grado serán importantes y dirá: “puedo construir una identidad diferenciándome de otro sin negativizarlo ni estigmatizarlo”. Para el posgraduado en Diversidad Cultural, entiendo, esta cuestión de grado es irrelevante, pues lo cualitativo es que una identidad -sea diferenciándose de, sea estigmatizando a, otro- produce siempre un cierre sobre sí misma. Esa es, además, la etimología de identidad: como sabemos desde Aristóteles, no hay identidad sin negación, no hay identidad sin cierre sobre de lo identificado sí mismo, pues alfa sólo es alfa a condición de no ser no-alfa. Así, la tarea del posgraduado en diversidad cultural, si seguimos a Levinas, es instalar el infinito donde aparece una totalidad, instalar el infinito donde aparece una identidad. Estas ideas, que primero sonaban demasiado filosóficas, las hace carne Promesas, mostrándonos que el infinito no es solamente Dios sino aquello que para una identidad es supernumerario[2]. La totalidad identitaria judeo-israelí cuenta entre sus rasgos la presuposición de que estar al lado de un palestino es peligroso o de que es estar frente a un enemigo o de que un palestino es menos gente -en cualquier caso, de que no se juega con un palestino. Si esta identidad judeo-israelí se encuentra con un palestino jugando a la pelota, jugando al juego de la oca, o conversando amistosamente, bueno: un elemento supernumerario, un elemento no albergable por la identidad judeo-israelí ha irrumpido y su totalidad se descalabra. Las representaciones del otro por el sí mismo caen a uno y otro lado; es el momento del encuentro cara a cara, es el momento del encuentro.[3]

Volvamos a nuestra pregunta. ¿Cuál es la tarea que el posgraduado en Diversidad Cultural está convocado a realizar (o por lo menos a afrontar)?  Totalidad e infinito y Promesas me han convocado para una tarea. La tarea es estar en situaciones donde causas inmanejables para el graduado en diversidad cultural tienen efectos de cerrazón identitaria. El posgraduado en diversidad cultural debe trabajar sobre esos efectos, trabajar para abrirlos, para hacer que el cara a cara se produzca. Sin embargo: una vez que el cara a cara se ha producido, ¿qué hacemos?, ¿qué pasa?, ¿cómo sigue la cosa? Hasta aquí llegan Promesas y Totalidad e infinito. Lo más probable (es lo que hemos visto en Promesas y seguramente lo vamos a experimentar en nuestras vidas personales) es que aquello que el encuentro ha abierto rápidamente se vuelve a cerrar: las identidades se repliegan sobre sí mismas, siempre recostadas sobre una diferenciación -más o menos abierta, más o menos sutil, más o menos brutal, más o menos tolerante- respecto del otro. Aquí creo que tenemos algo que entender de los dos grandes dispositivos de intervención inventados en el siglo XX (el psicoanálisis y el marxismo). Esquemáticamente, esos dispositivos trabajaban así: primero, interviniendo (y esperando liberar unos efectos con esa intervención[4]); luego, haciéndose cargo de los efectos liberados, volvían a intervenir sobre ellos para que los efectos no quedaran homogeneizados por la hegemonía cultural.

Entonces, luego de ese encuentro que el diversionista cultural ha logrado producir entre chicos palestinos y chicos israelíes, ¿se retira, si no a su casa, a los lugares donde se pide dos estados para dos pueblos, por ejemplo, o a cualquier lugar a pregonar cualquier otra consigna políticamente correcta? Las consignas políticamente correctas, aún realizadas, son consignas que propugnan una buena representación. Así, “dos estados para dos pueblos” propugna un sistema de representación modernamente correcto (“para el bien de todos”). Ahí intuimos el bien de las identidades: dos estados para dos pueblos asegurarán dos sistemas de representación para dos identidades (religiosas, nacionales, culturales, étnicas, las que fueren), y nuevamente el círculo identitario se habrá cerrado, las identidades habrán quedado instituidas y sus vidas, institucionalizadas. Así, si el diversionista cultural se retira a levantar las banderas de lo políticamente correcto no va a haber producido un encuentro, ni se va a haber hecho cargo de los efectos liberados por su intervención. La convocatoria de Totalidad e infinito, de Promesas y de los procedimientos de subjetivación del siglo XX es volver a intervenir. Con toda la precariedad de lo que no puede jamás institucionalizarse sino a riesgo de borrarlo, convocan a volver a intervenir. Con toda la volatilidad de lo no-instituible, con toda la evanescencia de la apertura, volver a intervenir. Así, el magíster en Diversidad Cultural debe ser llamado diversionista porque no pone en relación identidades sino que pone en relación otredades, pone en relación lo diverso para variarlo,[5] para abrirlo a lo otro, para abrirlo al cara a cara.

Promesas termina mostrando bebés palestinos y bebés israelíes en sus respectivas nurseries. Promesas termina retirándose hacia un lugar común de la moral esperanzada. Promesas termina desertando de su propia intervención y pretende saber qué recursos montar yendo al lugar común de la esperanza en los bebés, adultos del futuro. Termina mostrando promesas. Muy en otra línea, me da la impresión de que el diversionista cultural no debe esperar el futuro sino que debe montar los recursos para intervenir allí donde las identidades se cierran y también allí donde, después de haberse abierto por una intervención, esas identidades vuelven a cerrarse. El diversionista cultural no puede hacer otra cosa que diversionar; su norte, su meta implícita (siempre hipotética) es la de un mundo sin identidades (así como para el psicoanálisis lacaniano la meta es la eliminación del goce, cosa imposible para el mismo psicoanálisis lacaniano, o así como para el marxismo la meta era una sociedad completamente emancipada). No se trata de ver si estas cosas son realizables sino de que estas cosas orientan la acción presente. No se trata de si son factibles sino de los efectos prácticos que libera guiarse por ellas.[6]

 


[1] Promesas, EUA, 2001, dirigida por Carlos Bolado, B. Z. Goldberg y Justine Shapiro.[2] Para este concepto y sus afines, se puede consultar Badiou, El ser y el acontecimiento. Editorial Manantial, Buenos Aires, 1999.[3] Escribo esto y se me pone la piel de gallina.[4] Intervenir y liberar efectos es lo que Promesas hace al juntar a esos chicos.

[5] En lugar de “variarlo”, había escrito “diversificarlo”, pero diversificar es lo que hace lo políticamente correcto posmoderno, lo políticamente correcto mercantil: es multiplicar las identidades de consumo (Badiou, San Pablo. La fundación del universalismo, Anthropos, Madrid, 1999, cap. 1, “Actualidad de Pablo”).

Se nos plantea aquí, pues, otro problema: diferenciar entre los efectos de la acción del mercado (la “multiculturalización”)  y los de la intervención del diversionista cultural.

[6] En este momento, si bien las conocía, aun no había incorporado las nociones de constitución subjetiva y experiencia. Aparecerán un mes después en notas como “Estudiar o experienciar lo judío” y un año después en “Judíos sueltos: de la vivencia personal a la experiencia generacional”. Hoy diría que “los efectos prácticos que libera guiarse por ellas” son una experiencia del mundo y el otro que constituyen subjetividad activa, o algo así (habría que verlo en cada caso).

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