Libre elección obligada

«En un informe de la OCDE se afirma que estamos avanzando hacia: ‘Una sociedad sin restricciones que tendería a la máxima capacidad de explotar la eficiencia de los mercados y las elecciones individuales». No se podría decir en menos palabras lo que realmente ha sucedido ante nuestros ojos. Este planteamiento reduce la libertad a ser la mera elección entre diversas opciones.» López Petit

Cerrazones a cielo abierto, o el control por formateo

I.

La dominación contemporánea encierra o invisibiliza los posibles, no eliminando, proscribiendo o reprimiendo opciones –aunque eventualmente pueda, cuando puede, recurrir a cualquiera de estos procedimientos– sino haciendo dos cosas a la vez: por un lado, multiplicando las opciones y, por otro, binarizando los criterios que rigen el elegir u optar y compelen a elegir libremente. En otras palabras, creando un medio ambiente que a la vez que, en general, multiplica las opciones, siempre desmultiplica el optar mismo. La cortina del programa 6-7-8 lo dice clarito: multiplicar es la tarea, mientras que el programa mismo lo hace clarito: binarizar es la práctica. Pero también encierran así la publicidad y el mercado en general. Veamos.

Los grandes dispositivos imaginales como los medios, la publicidad, la política contemporánea (posnacional o pospolítca) logran performar el procedimiento de optar de modo tal que quedamos encerrados entre opciones y se nos hace invisible el espacio tercero.

En el libro hablamos del Estado como regulador de aberturas, regulador de posibles, domeñador de acontecimientos. Diferentes Estados cumplen esa función con recursos diferentes. Si el Estado Nacional se articulaba con el relato histórico y las disciplinas para hacerlo, el Estado posnacional comparte la tarea con los medios de comunicación y de información.

Ahora bien, en condiciones fluidas –cuando los dispositivos de encierro y disciplina no desaparecen pero sí pasan a un segundo plano como tecnología de poder y, además, se licúan, perdiendo o viendo alterado su protagonismo en la producción de subjetividad–, ¿cómo es que aún podemos hablar de orden? ¿Cómo es que aún podemos hablar de los ordenamientos sociales como procesos de cierre, o impedimento de realización de posibles abiertos por acontecimientos?

Se dice mucho que la dominación contemporánea es una dominación a cielo abierto; se habla así de dispositivos de seguridad, que según el relato foucaultiano tardío habrían desplazado a los dispositivos disciplinarios, desplazando la tecnología de poder dominante desde el encierro a la creación de ambientes ‘seguros’.

¿Cómo hace el Estado posnacional para cerrar sin encerrar? No es solamente con pulseras con GPS para los presos en libertad condicional. No es solamente asegurándose la trazabilidad de los trabajadores y la localización satelital de sus celulares, pues eso asegura la ubicación física de los cuerpos pero no el automatismo conveniente de las conductas.

Cuando Adrián Gaspari dice “No tengo la opción de elegir libremente; tengo la obligación de elegir libremente”, está diciendo que elegir libremente es una necesidad que se provoca automáticamente y no a punta de pistola. Esto nos acerca más a lo que necesitamos caracterizar: las técnicas y los dispositivos a través de los cuales la subjetividad contemporánea ve cerrado el camino a la autonomía, al pensamiento, a la realización de los posibles acontecimentales, a la imaginación de posibles. Las técnicas y dispositivos que logran la llamada captura del deseo y que también podemos llamar formateo, o performación, o imaginalización.

La imaginalización es a la vez multiplicadora de opciones, gustos y colores y a la vez ‘binarizadora’ de los modos de hacer con ellos. ‘Binarizadora’ del procedimiento mismo de la opción. Optar, o elegir, se hace, según la dinámica imaginal, entre dos opciones que excluyen una tercera. Excluyen el famoso tercero excluido de la lógica aristotélica que sin embargo no es una opción más sino un vacío, una abertura por explorar, por configurar, por determinar. El tercero no es uno sino infinito. Las opciones son probables; el tercero es posible. El procedimiento imaginal –los grandes dispositivos imaginales como los medios, la publicidad, la política contemporánea (posnacional o pospolítca) logran performar el procedimiento de optar de modo tal que quedamos encerrados entre (dos) opciones y se nos hace invisible el espacio tercero–. Esto se puede esquematizar como en el diagrama:

II.

En El ser y el acontecimiento II. Lógica de los mundos, Alain Badiou habla de los puntos de decisión como el momento propiamente político de un proceso subjetivo o como el momento propiamente subjetivo de un proceso político. Así, cuando Espartaco tiene que ver si avanza sobre Roma o no, la infinita multiplicidad de lo real se reduce a un punto en que solo hay dos caminos.

Ahora bien, entre el “punto” de un proceso subjetivo y el optar imaginal (mediático o estatal) hay una diferencia radical. Las opciones mercantiles están performadas, están prefiguradas convenientemente por la publicidad, por el chamuyo mediático o político, por la opinión pública, por la net, etc.: por un fluir automático, en suma. Las opciones imaginales no dependen de ningún proceso subjetivo.

El “punto” de un proceso subjetivo es una encrucijada de caminos cuyos destinos son imprevisibles en la encrucijada política, en la encrucijada subjetiva. La decisión subjetiva no es una elección u opción entre opciones dadas sino una apuesta entre caminos ignotos, inexplorados, indeterminados donde lo que está en juego no es la satisfacción del sujeto mercantil dado sino la constitución misma del sujeto o de lo político que se está inventando.

Podríamos decir que, mientras que el optar mercantil juega dentro de un mundo de binarismos, la encrucijada subjetiva se las ve en el espacio que llamamos tercero excluido. No se las ve con los binarismos que gestionan la multiplicidad sino con las encrucijadas que plantean la posibilidad de la posibilidad. El optar mercantil pone encerronas; la encrucijada subjetiva abre aperturas, las explora, configura, determina.

III.

Sobre lo que quiero llamar la atención en esta nota es que la dominación contemporánea (el mercado, el flujo imaginal o el Estado posnacional) encierran o invisibilizan los posibles, no eliminando, proscribiendo o reprimiendo opciones –aunque eventualmente puedan recurrir a cualquiera de estos procedimientos– sino haciendo dos cosas a la vez: por un lado, multiplicando las opciones y, por otro, binarizando los criterios que rigen el elegir u optar y compelen a elegir libremente.

Vayan algunos ejemplos de binarismos que nos ponen en una encerrona y nos invisibilizan los posibles posibles en la situación y nos impiden su exploración, su determinación y nuestra constitución en este proceso, nuestra constitución a partir de esa exploración y determinación. La primera binariedad, no muy explícitamente planteada pero que anda merodeando siempre y compeliéndonos a la elección es la binariedad entre elegir y no elegir. Tenemos que elegir porque, si no, perdemos el tren. ¿Qué tren? El tren de la felicidad, es decir, el de la imagen de felicidad que pone el gran dispositivo imaginal contemporáneo. En términos generales, es una imagen que introduce otra binariedad: la binariedad de la inclusión o la exclusión. Está incluido el que elige. La promesa de bienestar está en todas las publicidades contemporáneas, muy especialmente en las publicidades bancarias, y la amenaza de exclusión social se ve en programas como Policías en acción y los noticieros que muestran una marginalidad invivible, totalmente ajena a todo sentido, mucho más cercana a la criminalidad y hasta la barbaridad que a la socialidad (donde unos pocos pobres dignos que aún quedan son muertos o abusados por los pobres indignos que proliferan). El extremo de esta disyuntiva y encerrona se da en la película Matrix donde la exclusión es un mundo frío, yermo y tenebroso, el que representa el exterior de la Matriz.

Otra binariedad se da entre seguridad e inseguridad. En ningún vecino se puede confiar, cualquiera es un criminal en potencia, o al menos un agresor en potencia, y en ningún policía se puede confiar. Ni el otro que es un par ni el otro que debe protegerme me dan seguridad.

Yendo al campo de la política estatal y mediática, la binariedad se da entre un presente imperfecto y un pasado calamitoso o entre kirchnerismo y neoliberalismo, entre derechos humanos y tortura o derechos humanos y Dictadura, etc.: disyuntivas siempre entre el mal menor y el mal peor. El especialista en medios Luis Lázzaro, coordinador de la Autoridad Federal de Comunicación Audiovisual y autor de un libro recientemente presentado llamado ‘La batalla de la comunicación’, escribe:

“Esa industria concentrada [la de la comunicación] -a diferencia de las miles de PyMES editoriales y de radiodifusión- informa todos los días que no hay salida. Que es inútil tratar de cambiar la foto del poder establecido.”[1]

Lo que los medios hegemónicos muestran imposible o sin salida, el kirchnerismo lo muestra como dirección posible. Así la salida queda donde dice el kirchnerismo. Allí donde el medio dice ‘no hay salida’ y el gobierno dice ‘la salida es ésta’, allí se trasmite que hay un único camino posible que es dejarse gobernar, y de paso, votar al kirchnerismo. Así se inhiben tanto la invención como la exploración.

Otra binariedad es entre periodismo hegemónico y periodismo oficialista aunque a veces es más sofisticada y se da entre periodismo imparcial y periodismo parcial. El periodismo imparcial resulta ser el de los intereses creados mientras que el parcial es el periodismo “comprometido”, lo que parecería aceptarse aunque no sea comprometido con el modelo K, aunque luego no se acepta porque criticar al kirchnerismo es ‘hacerle juego a la derecha’ lo que reconduce a la binariedad entre neoliberalismo o “el modelo”, esto es, entre catástrofe y “el modelo” y sus demás formulaciones.

A nivel territorial, a nivel micropolítico, para cada movimiento, las encerronas a cielo abierto se dan entre la amenaza o la realidad de aprietes y patoteos acompañados de chicanas y recibir el cargo o el dinero o demás facilidades que se ponen a disposición. A todo nivel, la encerrona se da entre exponerse a la reprobación y las chicanas y ganarse la aprobación y cofradía de los comprometidos.

IV.

De tal manera, con binarismos como los mencionados o con otros (siempre pueden inventarse nuevas imágenes), el Estado posnacional y el formateo imaginal dominan a cielo abierto, esto es, producen un medio ambiente que a la vez que, en general, multiplica las opciones, siempre desmultiplica el optar mismo. Lo desmultiplica excluyendo la posibilidad de la posibilidad, excluyendo el explorar el espacio tercero (léase pensarlo-configurarlo). La binarización del mismo optar excluye esa abertura plural. Lo tercero (lo infinito) queda excluido de las binarismos con imágenes que prometen paraíso y/o con imágenes que amenazan con la exclusión, la catástrofe, la pérdida del tren, la lisa y llana inexistencia. Así, la imaginalización ocluye la imaginación.

Así, automáticamente, la subjetividad promedio, con toda libertad, se conduce de manera conveniente y provechosa para el capital: guiada, al optar libremente, por el procedimiento imaginal, e inhibida, al evaluar sus opciones, de asociarse con otros e imaginar. Opta por imágenes, escoge entre imágenes. No explora lo sin imagen.

Aun cuando sean más de dos, las opciones –ya prefiguradas con imaginería– son probables y, para el individuo suelto y para el masificado, son elegibles, mientras que el tercero resulta, por no tener imagen o por recibir una de pura negatividad (la exclusión, la catástrofe, la nada, la barbarie, etc.), imposible. El tercero solo resulta posible colectivamente, con y en una apuesta que un nosotros sostiene. Yo quiero eso (y no quiero la nada); nosotros exploramos algo.

Este encierro a cielo abierto encierra lo posible bajo la imagen de lo indeseable o la prefiguración de lo inimaginable y por lo tanto imposible. (Estoy tratando de pensar una dominación donde el tercero no está forcluido sino merodeando.) Este encierro a cielo abierto opera también en la esfera política estatal.

«Como para el gobierno «nacional y popular» la política se reduce a los emprendimientos del gobierno (gestión del Estado), encierra a la población en una disyuntiva de hierro que consiste en obligarla a definirse si está de acuerdo o no con tal o cual medida. Si alguien intenta decir que se hubiera podido hacer mejor, nuevamente se lo encierra inquiriéndole qué prefiere: la medida así como está o nada. No habiendo otra cosa que discutir, o uno acepta y acompaña o siente que lo están trampeando por algún lugar y no sabe como salir de la encerrona. En este planteo, aceptamos que las cosas se pueden hacer «mejor» o «peor», pero ese no es el lugar que ocupamos; podrá ser el de Pino Solanas, la izquierda, o intelectuales progresistas a los que desvelan el avasallamiento de las «formas democráticas» y, por supuesto, el de la derecha más consecuente. Tratamos de abrir Otro lugar para pensar-hacer nuevas políticas emancipatorias.»[2]

Así, automáticamente, el consumidor subsidiado se conduce, con toda libertad, de manera conveniente para el gobierno: guiado, al opinar libremente, por el señoreaje,[3] e inhibido de agenciarse con la potencia colectiva y configurar.

En síntesis, la imaginalización o la dominación contemporánea desorienta multiplicando las opciones y binarizando la elección. El acto de elegir está constreñido entre el riesgo y la seguridad y entre la oportunidad y el demasiado tarde o inoportunidad. Al mismo tiempo, los objetos de este acto están desparramados y expandidos como un fluido o un gas. El abanico de opciones confunde por multiplicación, el procedimiento de optar automatiza por binarización apremiante. La libre elección es convenientemente compelida y automatizada prefigurando o performando la elección con una doble disyuntiva de hierro que plantea de un lado una disyuntiva resultadista y de otro una disyuntiva oportunista. La resultadista se resume en “éxito o fracaso” o “existencia o exclusión” o “adelante o atrás”, o “eso o la nada”; la oportunista se resume en “ahora o nunca”. Una y otra compelen a elegir: si no elegiste, alpiste: fuiste.

Pero la cuestión de oportunidad genera en el sujeto precario más ansiedad y más compulsión que la evaluación del logro. Me parece que la disyuntiva oportunista presiona más que la disyuntiva resultadista, induce más al sujeto a elegir libremente porque la velocidad del tiempo social tiene una patencia mucho más angustiante que la binariedad resultadista (los resultados posibles se pueden evaluar con muchos más matices que la lapidaria extinción del instante, que no da tiempo a ser reconsiderada).

Posdata

  • La dominación contemporánea no consiste simplemente en binarizar lo múltiple, pues también puede dominarse la opción reduciendo lo múltiple a múltiples opciones. Lo crucial de la dominación contemporánea no estriba en dualizar sino en performar lo real (que es amorfo e infinito) como dispersión informe de opciones (que tienen forma y son innumerables), en capturar lo múltiple bajo la forma de opciones a elegir y no de posibles a explorar. La transformación de lo múltiple en opciones elegibles, (más propiamente, la ‘elegibilización’ de lo múltiple) es lo que hace libre la opción obligada.
  • Algo es elegible si tiene imagen-promesa. Algo es explorable si tiene imagen colectiva, o si, aun sin imagen, tiene espacio allí donde las imágenes-promesa se evidencian como fraude. Algo con imagen-promesa es calculable, tiene una probabilidad, una oportunidad. Algo sin ella es incalculable y por lo tanto improbable; es, apenas, posible.

[1] L. Lazzaro, “La gestión no será transmitida”, 28.02.09 http://www.elargentino.com/nota-30632-La-gestion-no-sera-transmitida.html

[2] Cerdeiras, “El regreso de la política. ¿Qué política?”, www.lafogata.org, 29/11/10.

[3] El término es de A. Colombo, El futuro actual, Buenos Aires, Prometeo, 2006. Brevemente, refiere a que, mientras la hegemonía de la política nacional introducía un intercambio intertemporal en el que los dominadores convencían a los dominados de aceptar sacrificios presentes a cambio de una prosperidad futura, la política contemporánea no busca tanto la hegemonía como el señoreaje, que en su aspecto temporal consiste en asegurar a los dominados que el pasado no volverá. Si la hegemonía prometía el bien mayor, el señoreaje promete el mal menor; si aquella apoya en la esperanza, este apoya en el miedo. El señoreaje conduce las conductas con el eslogan implícito: “o esto o la última catástrofe”.

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