- Cuenta Mariana Lewkowicz que la gente que le pregunta por Ignacio no sabe cuál era su oficio. “¿Vos sos pariente del filósofo?”, le preguntan. O también, del pedagogo, del periodista, del psicoanalista, del escritor, del politólogo… De todo, menos historiador. Mariana, en las jornadas-homenaje que hicimos en julio pasado en Puán, nos preguntó a la mesa de la que participé junto a dos colegas historiadores (Fabio Wasserman y Javier Trimboli), una pregunta que quiero recoger aquí: ¿En qué sentido IL era historiador? Esa es la pregunta en esta exposición.
- IL procedía detectando prácticas sin representación, o detectando representaciones sin prácticas. Al hacer eso, historizaba. Quiero aquí mostrar a IL historizando: detectando una diferencia temporal, produciendo un pasado a partir del presente. En general, nos deslumbramos, al leerlo, de su capacidad para detectar y conceptualizar las tendencias más actuales, pero hoy quiero llamar la atención sobre su capacidad para perfilar el pasado contra el cual esas tendencias se mostraban novedosas y decisivas.
- Por un lado, él siempre dibujaba un esquema para ubicar lo que era una práctica sin representación o, mejor dicho, una práctica desacoplada de su representación.
- Por otro lado, en ¿Qué hace el pensamiento? dice que “lo que nos interesa no es el relato del cambio, sino la circunscripción precisa del enunciado obstáculo obsoleto.” Enunciado obstáculo obsoleto puede entenderse como una representación que ya no representa las prácticas. IL no buscaba relatar un devenir o un proceso social sino detectar una alteración de las prácticas. Una alteración tal que convertía en obsoleta a una representación heredada.
- Podríamos decir que cuando él desarrolla el concepto de fluidez, en los ’90, detectó que el enunciado obstáculo obsoleto era el sintagma “Estado-nación”. Circunscribió ese sintagma como uno que no acoplaba con las prácticas estatales que le eran contemporáneas. Las prácticas estatales de los ’90 habían cambiado. El Estado se había convertido en mero “administrador técnico de las nuevas tendencias” (Del fragmento a la situación, p. 33). En Pensar sin Estado lo dice así:
Vemos poderes pero no espacios soberanos. Los Estados ya no se enuncian como capaces -y con voluntad- de determinar el curso del devenir. Esta pérdida de arraigo transforma los Estados soberanos en Estados administrativos. Si algo ha quedado establecido últimamente es que los Estados administran las consecuencias de un proceso que no gobiernan: el proceso de globalización. (p. 72)
Lo vemos en estas líneas detectando prácticas que no teníamos representadas: que, a pesar de que tenían gobiernos, los Estados administraban procesos que no gobernaban, los generados por -como lo llamó- el mercado radicalizado. Entonces propuso otra representación para esos Estados que encontró en estado práctico: el sintagma “Estado técnico-administrativo”. Los sintagmas “mercado radicalizado” y “Estado técnico-administrativo” querían representar -o mejor, pensar- una realidad nueva, unas prácticas sociales nuevas.
- El panorama que pintó IL, escribiendo en grupo o solo, es conocido. La expulsión, la catástrofe, la escuela-galpón, el consumidor, la insignificancia, la crisis como devenir no reglado, la locura enloquecida, la cárcel-depósito, el intelectual sin partido, etc.: todo el paisaje -y hasta la lógica de funcionamiento- de la fluidez. Ese paisaje y esa lógica nos permitieron tener una representación adecuada a las nuevas prácticas sociales, una representación que por lo demás no se limitaba a describir un panorama o a explicarlo suficientemente, sino que nos hacía pensarnos situacionalmente y a veces subjetivarnos.
- Lo que quiero subrayar hoy, sin embargo, no es su pensamiento de la fluidez sino su pensamiento de la solidez. Mi tesis es que, para caracterizar las prácticas del segundo momento del esquema, debió caracterizar las prácticas del primer momento para que pudiera ser el contrapunto del segundo. Su actualidad echaba una mirada retroactiva sobre lo que -a partir de su intervención- se convertía en pasado: el Estado-nación y la solidez en general. Para poder pensar la fluidez necesitó pensar la solidez. Necesitó construir su concepto.
- En otras palabras, el momento 2 tiene un efecto retroactivo sobre el momento 1. En este sentido, el momento 2, el momento presente, es anterior al momento 1, al momento pasado. Según me contó Nacho, Heidegger dice que la causa es efecto del efecto. El momento 1 es efecto del momento 2 (pero, aclaro, no lo postula como causa de éste). El segundo provoca, si no causa, al primero.
- Veamos algunos rastros textuales de esta construcción retroactiva.
Hay crisis y crisis. Las que adquieren la forma de un devenir caótico pertenecen al segundo tipo. Porque al primero pertenecen las crisis cuya entidad se reduce a ser pasaje entre una configuración y otra. La crisis, como impasse en el que transcurre la descomposición de una lógica y la composición de otra, describe un estado de cosas donde hay destitución de una totalidad, pero también hay fundación de otra. Es lo que solemos llamar transición. La crisis como devenir caótico reseña unas condiciones en las que, si bien hay descomposición de una totalidad, nada indica que esa descomposición esté seguida de una recomposición general, diferente en su forma pero idéntica en su función totalizadora. Así pues, la crisis actual posiblemente sea de este segundo tipo. (Del fragmento a la situación, p. 23)
Aquí la crisis como transición es enviada al pasado, a los tiempos en que una totalidad era seguida por otra. La postulación que el texto enfatizaba era, por supuesto, la de la crisis como devenir caótico, pero en esta ocasión quiero señalar que IL, para señalar la novedad presentada, construía el pasado de esa novedad (en este caso, la crisis como transición).
La crisis actual consiste en la destitución del Estado Nación como práctica dominante, como modalidad espontánea de organización de los pueblos, como paninstitución donadora de sentido, como entidad autónoma y soberana con capacidad de organizar una población en un territorio. […] Este agotamiento describe una variación de otra estirpe: la descomposición del Estado para todas y cada una de las situaciones. Mutilado de esa capacidad, el Estado ya no es el que era. Su estatuto es otro.
Ahora bien, sin Estado capaz de articular simbólicamente el conjunto de las situaciones, las fuerzas del mercado también alteran su estatuto, y en esta alteración devienen práctica dominante. (Del fragmento a la situación, p. 24)
En estas líneas está la postulación más fuerte y más distintivamente lewkowicziana sobre la solidez: ese Estado que “ya no es lo que era”, había sido una “paninstitución donadora de sentido”. Nunca antes se había definido al Estado-nación como tal cosa -una “capaz de articular simbólicamente el conjunto de las situaciones”. En qué consiste semejante articulación es expandida unas páginas después. Primero, explicita la necesidad de “precisar la naturaleza” de lo pasado para pensar el presente:
Desvanecido ese suelo, agotado el Estado Nación como metainstitución donadora de sentido, ¿qué son las instituciones? ¿Cuál es su estatuto actual? Para responder estas preguntas, para describir las configuraciones destituidas, empecemos por precisar la naturaleza de las instituciones disciplinarias y el tipo de subjetividad que instituyen en tiempos de Estado Nación. (Del fragmento a la situación, p. 38)
A continuación, desarrollan la idea de que esa naturaleza pasa por la relación transferencial entre instituciones:
Cada sistema social establece sus criterios ontológicos de existencia. En los Estados Nacionales, la existencia es existencia institucional, y el paradigma de funcionamiento son las instituciones disciplinarias. En este sentido, la vida individual y social transcurre en este tipo de organizaciones.
Entre otras: familia, escuela, fábrica, hospital, cuartel, prisión, etc. Ahora bien, estas instituciones apoyan en la metainstitución Estado Nación, y ese apoyo es el que les provee sentido y consistencia integral. Pero la articulación institucional no termina ahí. Los dispositivos disciplinarios no sólo prosperan en territorio nacional, sino que organizan entre ellos un tipo específico de relación. Gilles Deleuze, en Posdata sobre las sociedades de control, la denomina relación analógica. Este funcionamiento analógico, que consiste en el uso de un lenguaje común, es el que habilita la posibilidad de estar en las distintas instituciones de encierro con las mismas operaciones. Esta correspondencia analógica entre las marcas subjetivas producidas por las instituciones es la que asegura la relación transferencial entre ellas. De esta manera, cada una de las instituciones opera sobre las marcas previamente forjadas. La escuela trabaja sobre las marcas familiares, la fábrica sobre las modulaciones escolares, la prisión sobre las molduras hospitalarias, etc. Como resultado de este funcionamiento, se organiza un encadenamiento institucional que asegura y refuerza la eficacia de la operatoria disciplinaria en cada uno de los dispositivos.
Resta decir que el tránsito por las instituciones disciplinarias causa las operaciones necesarias para habitar la metainstitución estatal. De esta manera, el Estado Nación delega en sus dispositivos la producción y la reproducción de su soporte subjetivo, es decir, la subjetividad ciudadana. (Del fragmento a la situación, p. 39)
Con estos párrafos queda mostrado que IL produjo el concepto de Estado-nación de tal manera que se pudiera declarar como agotado y como desplazado por la operatoria mercantil de los ’90. De tal forma que se pudiera afirmar que “la operatoria mercantil no es la articulación simbólica entre los términos institucionales de una metaestructura, sino la conexión aleatoria entre los nodos de esa red llamada mercado.” (Del fragmento a la situación, p. 33; cursivas nuestras). Pero quiero resaltar que hasta el momento un Estado era lo que nos decían en la materia Instrucción cívica en el secundario, la representación institucional de una nación preexistente, y no este “concierto de instituciones” que se encadenaban de modo analógico y transferencial.
En una de las “notas ad hoc” del libro Sucesos Argentinos, con ese pasado estatal ya discernido, ya distinguido y conceptualizado, pregunta qué significa “Argentina” y la pregunta es ocasión para seguir construyendo la noción de Estado-nación. La nota se llama “Argentina sin estado y sin nación” y plantea la pregunta de la siguiente manera: “En vigencia de la lógica estatal, el nombre de un país es, a la vez, y por ello mismo, el del estado nación que lo habita. Pero caído el estado nación: ¿qué sucede con el nombre de un país?” (p. 195) E insiste un poco más abajo:
Los sucesos del 19-20 [de diciembre de 2001] y los siguientes problematizan no sólo la existencia de[l] país sino también la posibilidad de que un nombre antiguo como Argentina quede ligado a otro tipo de sustancia que el estado o la nación. No nos gusta ni nos disgusta que «Argentina» sea un nombre de la subjetivación o no. Sólo señalamos que queda liberado, como un adjetivo sin sustantivo de referencia. (p. 196)
De tal forma, el Estado-nación se convierte en un gran dispositivo que sustancializaba un adjetivo al ligarlo a un sustantivo (la nación, justamente). En 2002, cuando esa nota fue escrita, el presente se recortaba como uno en que el adjetivo “argentino” estaba suelto de ataduras, disponible para ser significado por los movimientos de subjetivación. Y esa disponibilidad resaltaba como actual y activa en el contraste con lo que pasaba con el adjetivo en tiempos estatal-nacionales.
- El pasado que se construye así no es un pasado que claramente ha pasado, pues sus términos están entre nosotrxs: “El agotamiento [de una lógica] no describe la desaparición de los términos de la lógica en cuestión sino el desvanecimiento de su consistencia integral.” (Del fragmento a la situación, p. 36). Los términos de la lógica agotada están entre nosotrxs; por eso es tan importante circunscribir el enunciado obsoleto: para ver cuáles de los términos entre los cuales nos movemos pertenecen al pasado. La idea que quiero transmitir aquí es que, para enviar un elemento presente al arcón de los términos obsoletos y pasados, se hace necesario producir el concepto de pasado que nos va a permitir distinguir qué de lo presente es pasado y qué es presente. “Entre las viejas representaciones y las nuevas prácticas, se inicia la tarea de pensamiento.” (ibíd.)
En el artículo “Escuela y ciudadanía”, sigue construyendo la solidez a partir de una particularidad de los espacios de encierro:
Estos espacios de encierro tienden a hacer coincidir la clasificación lógica con Ia distribución espacial. Nosotros dibujamos un conjunto como un círculo que encierra todos sus elementos, pe ro en realidad no tienen por qué estar juntos. Un conjunto es una colección de términos que verifican una propiedad; pero pertenecer lógicamente a un conjunto y estar topológicamente dentro de un lugar no son sinónimos. Pertenecer y estar dentro sólo son sinónimos en la lógica del encierro: pertenecer al conjunto de los niños es estar encerrado en la escuela; pertenecer al conjunto de los trabajadores es estar encerrado en la fábrica. (Pedagogía del aburrido, p. 23)
Esta particularidad de la solidez es un enunciado (el que dice “pertenecer es lo mismo que estar dentro”) preciso obsoleto. Cada vez que Nacho se acercaba a un nuevo campo problemático (en este caso, la escuela), la solidez encontraba una nueva característica. En otras palabras, IL iba construyendo la solidez, leyendo situación tras situación. Veamos esto ahora en el capítulo de Pensar sin Estado llamado “La locura enloquecida”.
Concentrémonos […] en la necesidad estatal de expulsar la locura. El Estado moderno hace caer el criterio monárquico de soberanía, es decir, se constituye cuando el soberano es el pueblo. La idea de pueblo es una significación básica que la soberanía adopta para sí. Cuando dejan de manar las fuentes divinas, la soberanía empieza a emanar del pueblo. Entonces, lo que aúna a los grupos humanos es esa instancia, la soberanía, que emana del pueblo y se concentra en el Estado. La conciencia es la sustancia necesaria para hacer funcionar la soberanía del pueblo en el Estado, pues la soberanía que emana del pueblo adquiere una forma muy particular de funcionamiento: la representación. El pueblo, que es soberano, no ejerce la soberanía […] Para ser soberano, el pueblo se tiene que hacer representar. Pero no cualquier masa humana puede intuir o aceptar los mecanismos para hacerse representar por otros. Así, el conjunto de la masa humana que constituye esa base de pueblo que se hace representar en el Estado tiene que ser producido de determinada manera. La conciencia es la sustancia de la que emana la capacidad absolutamente imprescindible de hacerse representar. Pues para hacerse representar, un ciudadano tiene que saber de sí, del conjunto, de los representantes […] El sujeto estatal, el ciudadano, tiene conciencia política, conciencia social, conciencia jurídica, conciencia ciudadana. Se es humano sólo en la medida en que se posee conciencia o razón. Es una cuestión de Estado; en ello va el ejercicio mismo de la soberanía.
Por eso para el Estado nacional es fundamental excluir la locura. Para la arquitectura lógica del Estado nacional somos sólo conciencia […] Disponer en el fondo de la soberanía un ser irracional, un ser que no es consciente, un ser que no sabe hacerse representar, equivaldría a desbaratar de antemano toda la alquimia política. Si en la base de la soberanía hay un soberano loco -rey o ciudadano, tanto da-, la constitución jurídica moderna se desmorona. Entonces es imperioso excluir la locura del reservorio de soberanía. Ése es el sentido estatal de una operación tan exorbitante […]
La soberanía no puede estar mezclada con la locura; por eso si el pueblo es soberano, los locos tienen que estar afuera. La locura individual, el inconsciente, tiene que estar reprimido. Allí donde no puede estar reprimido, debe estar encerrado. La locura debe estar encerrada. Es una cuestión de soberanía. Por eso el manicomio es una institución básica del Estado [nacional], más básica que la escuela. (pp. 97-99)
Aquí vemos que, al acercarse al campo de la salud mental, IL construye la lógica por la cual el Estado-nación excluye la locura. No se la encerraba por un prejuicio recalcitrante o por una mera tendencia antropológica a segregar al diferente sino por una necesidad lógica: para que funcionara la alquimia de la representación política.
Pasemos por último a un terreno más árido, el de la conciencia, también abordado en Pensar sin Estado, en el último capítulo, llamado “Desembocadura: el pensamiento sin conciencia”. Comienza el capítulo ubicando el problema de la conciencia fluida, una conciencia sin asideros: «Por ahí anda circulando de todo, como flujo anodino y anónimo. Las cosas pasan sin pena ni gloria. Entre esas cosas también fluye cada uno, del mismo modo superfluo e insensato.» (p. 233)
Y precisa el problema un poco más abajo:
La dinámica del fluido se produce cuando la conciencia se encuentra consigo misma sin la mediación fija de los objetos, o cuando ya no puede experimentar fijeza en los objetos, o cuando el objeto de proyección ya no soporta sus predicados. Entonces la conciencia, en vez de proyectar los predicados que le daban consistencia, se encuentra con su fluir. (pp. 236-7)
En el paso siguiente, lanza su tesis sobre la conciencia como un fenómeno moderno o sólido:
Habitamos la fluidez. Comprendemos nuevamente que estuvimos tomados en una ilusión. Los objetos se nos aparecían como las cosas en su puro ser de cosas. Mas la experiencia de la fluidez nos induce a pensar que lo sólido del objeto no era intrínseco a las cosas; era sólo lo instituido en las cosas. No había cosas sólidas sino institución de solidez en las cosas. La solidez, la objetividad eran el efecto instituido de un modo específico de producción de realidad. El modo estatal de producción de realidad convertía lo que tocaba en instituido. Para la lógica estatal realidad e instituido eran sinónimos. Por ejemplo, nuestro Kant construía el objeto en el sitio vacante de la cosa en sí. Podemos considerar ahora que la construcción de objeto en el vacío de la cosa coincide con la dimensión instituida de objeto en la cosa. (p. 239, cursivas en el original)
De modo que, según Ignacio Lewkowicz, la conciencia como sujeto estable dependía de encontrar objetos estables, y la estabilización de los objetos dependía del modo estatal de producción de realidad. La conciencia -resulta tras la intervención lewkowicziana- era un rasgo propio de la solidez.
- Muy bien. Concluyamos. Vimos en algunos textos a Ignacio Lewkowicz pensando la solidez, esto es, produciendo sus rasgos y sus principios de funcionamiento. En ellos y en otros, Nacho no se limitaba a referir un supuesto consenso previo sobre los tiempos estatal-nacionales sino que producía su concepto. Producir este concepto permitía pensar los novedosos y desconcertantes fenómenos de la fluidez en su contraste con la fluidez.
- Así, por ejemplo, en el caso de la locura, escribe:
Los últimos veinte años han sido los años de la destitución del Estado, los años de la crisis de las instituciones. La locura como institución primordial de la nación también ha entrado en crisis. Esto no significa que haya menos locos, sino que entró en crisis como institución primordial de la nación, es decir, como espacio de determinación de la inclusión y exclusión, como espacio que delimita lo normal y lo patológico, como espacio que habilita o no a entrar en el lazo social. Ha entrado en crisis el aparataje institucional, manicomial, psiquiátrico, social, televisivo, médico, jurídico. Para la soberanía del pueblo representado en el Estado, la conciencia limpia, cuerda, sin influjo de drogas ni emociones violentas, cabal en el reconocimiento de sus actos, era un discriminante fundamental. Para la actual soberanía de los flujos de capital, el hecho de que la gente sea cuerda o loca no es un problema primordial, acaso tampoco de segundo orden: si la soberanía transita por otro lado, la locura será problema de los locos, no cuestión de Estado. (Pensar sin Estado, 105-6)
- En el caso de la conciencia, escribe:
Sin objeto, nada detiene ahora el fluir de la conciencia. Si la conciencia es puro fluir, el pensamiento anterior no se conserva en el siguiente. Así, la conciencia es cada vez otra cosa. Y si es cada vez otra cosa, no es conciencia. En rigor, no es nada. Lo que llamamos objeto encarnaba una necesidad de la conciencia para constituirse. Para la conciencia, las condiciones de posibilidad de la experiencia eran las condiciones de posibilidad del objeto de la experiencia. Sin objeto de experiencia no es posible la experiencia de la conciencia. (Pensar sin Estado, 237)
- Lo que veíamos al comienzo como segundo momento (la fluidez) era así pensado como discriminación de un primer momento (la solidez). Para habitar la que era nuestra circunstancia en los ’90, se hacía necesario discriminarla de una circunstancia que tendíamos a representarnos como todavía vigente. Pensar la fluidez construía, por retroacción, la solidez.
- De esto me di cuenta cuando tuve que decir que la imaginalización no era como la representación, lo cual me obligó a construir la idea de representación que contrastaba con la operatoria de las imágenes imaginales. Por supuesto, no estoy diciendo que nadie habló de representación antes que yo ni mucho menos (las formulaciones de Badiou por ejemplo sobre ella me resultaron cardinales); digo que las prácticas imaginales, las del momento 2, me llevaron a construir las prácticas representacionales, las del momento 1, en contraste con las cuales las actuales cobraban especificidad.
- Así, IL no iba al pasado para explicar las causas que habían llevado a aquel presente, sino para discernir las coordenadas que nos eran contemporáneas, las de la fluidez, y así poder habitarla en cada situación. Pensar la solidez construía, por distinción, la fluidez.
- En suma, estoy diciendo algo que tras este recorrido parece una obviedad, que solidez y fluidez se construyen mutuamente en la obra de Ignacio Lewkowicz. Una se piensa en relación a la otra. Pero consideré necesario señalar que Nacho es un pensador de la solidez tanto como de la fluidez porque, al leerlo, pareciera que ya todes hubieran sabido que el Estado-nación era una «paninstitución donadora de sentido» o que la escuela producía al sujeto de la conciencia o que el manicomio era condición de la representación política o que la conciencia se constituía pensando objetos y que todas esas características, y otras no revisitadas aquí, eran solidarias entre sí. No lo supimos hasta leerlo y escucharlo a él.
- Creo que queda claro en qué sentido Ignacio Lewkowicz era historiador. Producía el pasado de su presente, pero historizaba y no historiaba. No narraba un proceso de cambio, no relataba un pasaje de un momento a otro anotando sus causas, sino que señalaba una ruptura, una diferencia temporal, entre lo actual y lo heredado, ambos mezclados en la situación que queríamos habitar.