[1]
Jaime Barylko escribió que “vínculos, en latín y en la realidad, son cadenas. Pero las cadenas están rotas.”[2] Otro significado latino posible para vincŭlum es atadura. Lo que debemos retener es que hubo un tiempo en que, como cadena o como atadura, esa etimología se constataba, aunque fuera como “ficción activa”.
En las ciencias sociales actuales se suele llamar ficciones a estas grandes entidades discursivas que organizan y dan consistencia al lazo social. Entonces, el medio en que transcurre la experiencia está hecho de ficciones. Pero no todo es lo mismo. Como confundimos profesionalmente lo real con lo simbólico y lo imaginario, preferimos llamar verdaderas en situación a las ficciones activas y ficticias en situación a las ficciones agotadas. Todo se juega en la temporalización interna de estas ficciones -y no en su supuesta adecuación o desacople con una realidad verdadera y considerada en sí-. […] No son ni verdaderas ni falsas, sino que funcionan como verdaderas o falsas.[3]
Hoy la palabra vínculo sigue usándose, pero la subjetividad no la asume, ni en sus representaciones ni en sus prácticas, como atadura. En situación, es una ficción agotada, o ficticia. Es que la práctica del contacteo tiene efectos fluidificadores del significado de “vínculo”. De modo que necesitamos historizar la palabrita, ver qué relacionamiento configuraba en solidez para ver que en la segunda fluidez no lo hace.
Tomaremos, para ayudarnos en esa historización, el concepto de vínculo de Enrique Pichon-Rivière tal como es explicado por Gladys Adamson. Comienzo con un párrafo difícil que luego se aclarará:
Para Pichon Rivière los vínculos son estructuras simbólicas externas, pero también son estructuras internas. Frente a los integrantes del grupo, el sujeto del vínculo va a iniciar un proceso de subjetivación dialéctica de esa estructura simbólica vincular que finalmente va a constituir lo que Pichon Rivière denomina un grupo interno.[4]
En Pichon-Rivière, el énfasis -al pensar el vínculo- está puesto en interrelacionar estructura externa y estructura interna. Nosotros queremos poner el énfasis -al pensar el vínculo- en que el vínculo interrelacionaba estructuras y no redes, mientras que el contacto interrelaciona nodos de redes y no estructuras. Así, al pensar el vínculo, Pichon-Rivière caracteriza que «cada uno de nosotros tiene un mundo interno poblado de representaciones de objetos [es decir, de otros sujetos] en el que cada uno está cumpliendo un rol, una función determinada, y esto es precisamente lo que hace posible la predicción de la conducta de los demás.»[5] La estructura interna era la distribución de los roles de las personas con las que el sujeto interactuaba, que tenían una conducta predecible (predecibilidad que interrelacionaba estructura externa y estructura interna). Es decir que la estructura interna del vínculo era esa distribución de roles. Por supuesto, Pichon-Rivière indicaba que éste o aquél podían no comportarse de la manera esperada y que esto requería un «aprendizaje» (una resignificación del vínculo), pero este aprendizaje daba lugar a una nueva estructura interna del vínculo, correlacionada a las nuevas conductas. Es decir que el vínculo siempre tenía que ver con estructuras, era un relacionamiento estructurado. El contacto, en cambio, no muestra esa estabilidad ni esa sistematización de las conductas de les demás, pues es fluido: no se sabe qué nodo se conectará con qué nodo, qué hará durante la conexión, cuánto durará ni si se repetirá, entre otras incertidumbres (de las cuales la más importante es que, aun si el mismo nodo vuelve a conectarse, lo más probable es que no haga lo mismo que hizo en la conexión anterior), lo que le impide al sujeto internalizar ese anudamiento de cada une con una «función determinada» del que habla Pichon-Rivière. Esta inestabilidad no permite estructurar, ni interna ni externamente, una distribución de roles y conductas predecibles.
Hay otro énfasis de Pichon-Rivière -al pensar el vínculo- y es que la estructura del vínculo es abierta, cambia. Es una “estructura estructurándose”, dice Adamson. Aun así, es un proceso de estructuración, y no un proceso de conexión-desconexión-reconexión impredecible para el sujeto. En otras palabras, el vínculo pichoniano incluía fijaciones (que él apostaba a “dialectizar” con la técnica grupal, pero esa dialectización desestructuraba para volver a estructurar, o sea, a fijar); el contacto contemporáneo, en cambio, está hecho de ocasiones.[6]
Adamson dice que en Pichon-Rivière
El esquema referencial como estructura subjetiva está sostenida por vínculos interiorizados. La estructura cognitiva (modos de pensar), la estructura afectiva (modos de sentir) y las estructuras de acción (modos de actuar) han sido conformadas a través de prácticas sociales siempre sostenidas por un vínculo. Toda la socialización se produce a través de su intermediación.
Y esto nos plantea una pregunta: ¿cómo queda afectada la socialización cuando la principal forma de relacionamiento no es el vínculo? Por ejemplo, a veces vemos madres o padres que no llegan a estructurar un vínculo con sus hijes y en cambio tienen contactos con ellxs. Se plantea entonces otra pregunta también. ¿Cómo queda afectada la constitución subjetiva cuando la principal forma de relacionamiento no es el vínculo?
En cualquier caso, el vínculo como sostén de toda la socialización es hoy una ficción agotada, incapaz de estructurarse a sí mismo y al resto de las relaciones.
Dos puntaciones más debemos hacer en esta posdata.
La primera y más importante es que el vínculo como estructura, el vínculo como ficción “encadenante”, el vínculo como estabilidad y estabilización de las funciones y las conductas, en breve, el vínculo como relacionamiento sólido, era posible en tanto no era una relación “desnuda” entre dos, sino siempre mediada por un Tercero. Este Tercero podía tener rostro o no, podía estar personificado (en el padre o en el jefe o en la maestra, etc.) o estar codificado explícita e implícitamente (en contratos, reglamentos o normas y hábitos) o actuar estructuralmente (el modo de producción, o la cultura, o las relaciones sociales o las institucionales, los pactos inconscientes, etc.). Ese Tercero regulaba el relacionamiento y lo estabilizaba como vínculo en el sentido de cadena o, más precisamente, en el sentido de disciplina que indicaba las conductas a seguir a quienes se relacionaban (disciplina que incluía la internalización y predictibilidad que señalaba Pichon-Rivière). Ese Tercero a veces se conceptualizó como Ley (ley simbólica). Ahora bien, ese Tercero tenía un supuesto general que era, como señaló Ignacio Lewkowicz, el Estado-nación.
Finalmente, la ley simbólica se vehiculiza, se inscribe y opera a través del aparataje judicial estatal [nacional]. Las capacidades estatales de sanción y castigo, la inscripción de la estructura formal de la ley simbólica a través de prescripciones concretas, en distintos dispositivos estatales de producción de subjetividad, todo eso proporciona a la ley simbólica una materialidad de enunciación eficaz. Esta normatividad tiene una forma específica: rige para todos, rige a priori, rige en forma de prohibición, castiga la transgresión en prisiones estatales según un código penal público. Quizá por la hegemonía secular del Estado[-nación] hemos asumido que esta forma histórica de la norma era la forma genérica, abstracta, de la ley. Pero esa asimilación entre la formalización de una experiencia concreta y la forma pura de la ley ejecuta un salto lógico que incurre en anacronismo.[7]
Bajo la hegemonía del Estado[-nación], la norma jurídica articula -mediante su forma, su operatoria y su vigilancia- la ley simbólica y la regla social consigo misma.[8]
Hoy, si bien los Estados continúan llamándose a sí mismos “Estado nacional”, no funcionan como totalidades que articulan las diferentes hebras de lo social, no funcionan como “paninstituciones donadoras de sentido”.[9] Más precisamente, no son (como las llamaba el Grupo Doce) metainstitución que asegura el concierto de las instituciones, no son metaestructuras que aseguran el funcionamiento y reproducción de las estructuras sociales.[10] El mercado globalizado y el capitalismo financiero requieren de Estados, pero Estados con otra forma, pues los Estados-nación serían un obstáculo a su funcionamiento.
Esta ausencia estructural de metaestructura se traduce prácticamente en un relacionamiento fluido, en la práctica del contacteo. Cuando nos relacionamos, aunque querramos entrar en un vínculo, entramos en una conexión sin suelo común, sin mundo común.[11] Decimos o proyectamos “vínculo” (¿quién quiere prescindir de esa palabra?) pero un vínculo sólido es hoy impracticable, y por eso practicamos una conexión sin Tercero (con terceridades, pero sin Tercero), un relacionamiento precario. Eso, en el caso del relacionamiento sin pensamiento, el automático, el de las prácticas mainstream, el de menor tensión con la época. Si entramos en una dinámica de desvío del mainstream, si practicamos una tensión con la época, si logramos entrar en una dinámica así y sostenerla, estaremos entrando en una trama consecuente. Estaremos, en este camino, produciendo mundo común, pero no un suelo metaestructural (eso no está a nuestro alcance ni parece posible para nadie en condiciones de capitalismo financiero y corporativo).[12]
Esto último nos permite aclarar una confusión habitual cuando se escucha la idea de la trama consecuente: la práctica de la producción de consecuencias no restablece la solidez vincular. Su efecto no es una restitución de lo perdido sino una subjetivación, un común, que parte de lo que hay, que opera en las condiciones de la segunda fluidez.
La otra puntuación que requiere esta posdata es una distinción entre vínculo como relacionamiento sólido y “vínculo” como se usa en la corriente psicoanalítica que habla de lo vincular más que de vínculo y que lo concibe como relacionamiento acontecimental.
Si el otro es objeto, el otro es mundo interno, representación, y no se puede pensar la relación. Pichon-Rivière, para pensar el vínculo, propuso una doble relación de objeto (si la relación es entre dos, múltiple relación de objeto si es un grupo), en la que a tiene una representación de b y b tiene una representación de a y ambas representaciones coinciden gracias a que, en la socialización (que obedece a una estructura social), se genera una estructura de relación que repite las conductas y las hace predecibles para a y para b (y para c, d, n si es una estructura grupal). Esta predicción es permitida por la relación interiorizada, el “grupo interno”, que a su vez permite, junto con la repetición de las conductas sociales/vinculares, la fijación de los vínculos, que son estructuras vinculares. En otras palabras, Pichon-Rivière caracteriza el vínculo de su momento, el sólido.
Janine Puget, precursora del abordaje de lo vincular, muestra que el vínculo pensado a partir de la representación del yo es pensar dentro de la lógica del Uno, que es la lógica de la mismidad, de la reducción de lo otro a lo mismo, y propone pensar el vínculo en la lógica del Dos.
Hay que concebir la relación del Dos teniendo en cuenta que cada miembro de una relación tiene una condición de alteridad y de ajenidad de la cual depende un estado de tensión creativo. La alteridad se niega a ser reducida por identificación.[13]
Si el otro es objeto, la única forma de explicar una relación es por identificación, es decir, como confirmación del yo por el otro. Así, si el otro es objeto, la teoría psicoanalítica no puede pensar la alteridad de quienes se relacionan, porque queda dentro de la hegemonía del Uno. Pero si el otro es pensado como otro, como ajeno y diferente, el vínculo debe ser pensado como lógica del Dos, que no relaciona dos unos mediados por Uno (el Tercero) sino que abre la relación como espacio de diferencia que crea nuevas diferencias, como tensión y no como acople armónico. “Una relación de pareja no está sostenida solo por la idea de una conjunción armónica.”[14] “[Puget] nos introduce a situar las trampas del narcisismo en las relaciones de pareja y visibilizar sus modelos e ideales, derivados de los ideales de la complementariedad.”[15]
Así, en esta forma de entender el vínculo, hay que hablar de lo vincular más que de vínculo, pues sugiere un entre e indica una relación que se define en la relación (y en la situación, no en la estructura social o vincular previa, subraya Puget con Ignacio Lewkowicz), una relación que es trabajo de la diferencia y no dialéctica de lo Mismo. El trabajo de la diferencia tiene consecuencias impredecibles mientras que la dialéctica de lo Mismo promete una síntesis. En este sentido propongo entender “lo vincular” como actividad incesante de vincular, como verbo y no como sustantivo (“el vínculo”). Incluso, en esta línea, si oímos “el vínculo” tenemos que oír “trabajo de la diferencia”, “actividad de vincular alteridades”.
Pero dejemos esta breve presentación de esta corriente psi y volvamos a lo que nos ocupa en esta posdata, que consiste en situar el contacteo y la trama consecuente respecto de las formas heredadas de pensar “vínculo”. Pichon-Rivière lo piensa con estructura (en el mundo interno, en la relación misma, en la sociedad y en la relación entre esas estructuras), mientras que Puget lo piensa sin estructura (como tensión que no cesa de multiplicar diferencia).
En la lógica del Uno, hay formato. Este formato es una representación compartida así como un conjunto de prácticas instituidas; él unifica y hace uno de los dos y que entre ellos no haya entre, no haya espacio de multiplicación relacional. Aquí, en el formato, lo que hace uno de los dos o muchos del vínculo es la estructura, el Estado-nación, el Tercero. En la lógica del Dos, en cambio, el relacionamiento plantea acontecimiento una y otra vez (porque el otro me presenta algo inesperado una y otra vez, y la relación se multiplica). No hay formato vincular, sino un vincular sin formato; el concepto de vínculo que encontramos en Adamson-Pichon es lógica del Uno y lógica sólida. El concepto de vínculo que encontramos en Puget es lógica del Dos, pero no es lógica fluida, no es contacteo. Puget “piensa junto con Berenstein lo vincular como: ‘Trabajo de estar juntos en la diferencia y lo que se produce en el encuentro’.”[16] En el contacteo no se trabaja lo que se produce en el encuentro. En el relacionamiento que llamamos contacteo hay, si se puede pensar tal cosa, una lógica del Uno fluida, un relacionamiento sin formato al que adaptarse, sin trabajo de estar juntos: la relación que no produce placer o utilidad se descarta como se descartan las mercancías en el consumo. Como decíamos en “¿Contactos sin vínculo?”, el disconfort no se trabaja de manera creativa, con el otrx, colectivamente. El supuesto de estar juntxs (o de buscar estar juntxs) que formulaban Berenstein y Puget no se constata hoy.[17] Hoy estamos en una lógica del uno aislado y autosuficiente (es decir, conectado pero que se siente, se piensa y se practica prescindente de vínculos), y no la del uno adaptado al formato.[18]
La trama consecuente sí es lógica del Dos, pero no disloca la lógica sólida (la del formato vincular) sino que se desvía de la lógica fluida, no disloca la lógica del dos-en-uno (donde lo que hace uno es el Tercero) sino que se desvía de la lógica de dos unos sin Tercero, sin suelo común. Es, como en el pensamiento de lo vincular, «ALTERarse, o sea hacer lugar a lo otro que excede lo propio, lo conocido y dejarme afectar para dislocarme de mi pensamiento… lineal centrado en mí mismo».[19] Pero hay más, pues la trama consecuente no solamente altera a cada unx de lxs que se relacionan sino que también produce un común entre ellxs, un suelo producto y productor de un estar juntxs sin homogeneización, es decir, sin Uno.[20] Solo colectivamente podemos alterarnos y solo alterándonos podemos devenir colectivo.
Resumiendo, en esta posdata quisimos diferenciar el contacto sin vínculo tanto del vínculo estructurado o predecible (conceptualizado por Pichon-Rivière) del vínculo acontecimental o generador de diferencia (conceptualizado por Puget) y señalar que el vínculo estructural supone un suelo común o un Tercero que eran producto del Estado-nación. También quisimos acercar el pensamiento de lo vincular a la noción de trama consecuente, en tanto relacionamiento que no se subordina a la lógica del Uno y que ayuda a pensar cómo relacionarnos en condiciones fluidas yendo más allá del contacteo y sin ilusionarnos con una restitución de la solidez.
[1] Posdata de PH a https://www.pablohupert.com.ar/index.php/contactos-sin-vinculo-un-bosquejo-de-la-vincularidad-fluida/ para el libro Esto no es un vínculo.
[2] Jaime Barylko, El miedo a los hijos, Buenos Aires: Emecé, 1992, p. 47.
[3] Ignacio Lewkowicz, Pensar sin Estado, Paidós, 2004, p. 26, subrayado nuestro; cursivas en el original.
[4] Gladys Adamson, “El concepto de vínculo en la teoría de E. Pichon Rivière”, Escuela de Psicología Social del Sur, Buenos Aires, 2012, p. 4.
[5] EPR, Teoría del Vínculo Buenos Aires. Ediciones Nueva Visión. 2000, p. 114, citado por Adamson, cit. p. 2.
[6] Ver la mención a las ocasionalidades del grupo fluido en “Vínculo, contacto, trama, transindividual y común” en este volumen.
[7] Pensar sin Estado, cit. p. 191-2.
[8] Íd., p. 193.
[9] Ver Grupo Doce, Del fragmento a la situación, edición de autor, Buenos Aires, 2001.
[10] Para ver cómo se puede pensar un Estado que no funciona como un Estado-nación, un Estado fluido, compatible con el mercado globalizado, se puede ver Pablo Hupert, El Estado posnacional, Red Editorial, 2015 (disponible en http://elestadoposnacionallibro.blogspot.com). Para ver cómo se pueden pensar instituciones fluidas, que funcionan y se relacionan sin metainstitución, ver Esto no es una institución, Red Editorial, 2019 (versión digital en https://www.pablohupert.com.ar/index.php/astituciones-y-sus-mas-allas-completo/).
[11] Ver “Ayer un mundo sin Tinder y hoy un Tinder sin mundo”, en este volumen.
[12] Para un intento de pensar un común que no es producido por un Estado-nación, un común que no es una trascendencia como los comunes modernos y sólidos (Humanidad, Historia, Mundo, Patria, Pueblo, Clase, etc.), ver el capítulo “Vínculo, contacto, trama, transindividual y común”.
[13] Puget, “Lo llamado nuevo y sus efectos”, en Jornadas de Reflexión «Las tramas vinculares hoy; su influencia en la construcción de la subjetividad», Universidad Nacional de Córdoba, 9/9/2006.
[14] Puget, “Cada vez nos conocemos menos”, Panel de FEPAL “Perspectivas Psicoanalíticas sobre los vínculos de familia y pareja”, 15/9/2007, Buenos Aires, APdebA.
[15] L. Grandal y M. A. Pezo, “Los vínculos, lo vincular”, en Prácticas indisciplinadas 1, Buenos Aires, 2025.
[16] Grandal y Pezo, cit.
[17] Ver “Ayer un mundo sin Tinder…”.
[18] Decía Hernán Altobelli en una ocasión que hoy hay un “discurso de la autosuficiencia” (“querete a vos mismo”, “sé tu propio jefe”, etc.) y que este discurso conduce a una reactividad odiante ante lo otro, ante lo que altera. Incluso, dijo Altobelli, esta reactividad da un paso más que la de la crueldad, pues en la crueldad el otrx existe. (Intervención en el Club de Conversación del 23/10/25.) A ese discurso de la autosuficiencia podemos agregar el “cásate contigo mismx” de la sologamia (ver “Sin mundo común: La seducción de la soledad y los contactos sin vínculo” en youtube.com; participación de PH en el 6° Encuentro Entre de la Federación de Psicoanálisis de América Latina, el 26/4/25).
Se hace necesaria una digresión. Como sugeríamos en Esto no es una representación (Red Editorial, 2023) los “discursos” de la segunda fluidez son imaginales y no representacionales. Esto significa que son una dispersión de conexiones entre significantes y no un encadenamiento disciplinado o una estructura articulada de significados, lo cual precariza la capacidad del discurso para construir mundo, subjetividad, lazo. Así, diría que ese “discurso de la autosuficiencia” es incapaz de instituir una subjetividad autosuficiente. La produce, pero no la deja instituida, establecida, regularmente reproducida (por ejemplo, se conocen casos de personas que se casaron consigo mismas y a los pocos meses, e incluso días, decideron divorciarse de sí mismas, así como empresarios de sí mismos que ven cambiar una y otra vez las condiciones en que deben realizar algún emprendimiento). En breve, esa dispersión que llamamos “discurso de la autosuficiencia” precariza lo que produce; sus productos son constitutivamente precarios.
[19] Grandal y Pezo, cit.
[20] Ver la parte B, de Esto no es un vínculo, “Lo que hacemos con lo que hay.”
