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Hoy abundan los dispositivos grupales pero escasean los grupos, escribió Elena Rozas hace cerca de quince años. Ella -con “dispositivos grupales”- se refería en ese momento a dinámicas de trabajo en empresas e instituciones que recurrían, en alguna jornada especial, al “divídanse en grupos” y a darles a los conjuntos resultantes una consigna de juego o de reflexión o de tarea, pero también se refería a les estudiantes que tenía enfrente en sus aulas y que, a pesar de cursar juntes y compartir un espacio-tiempo con frecuencia semanal o aun mayor, no llegaban a hacer grupo. Es decir, eran conjuntos de personas en presencia que no llegaban a adquirir las características de un grupo: el que comparte la representación de ser, precisamente, un grupo. Hoy, con los grupos “a distancia” (grupos de Whatsapp, de Facebook, del trabajo, de la asamblea del barrio, cursadas y asistentes a conferencias vía Zoom) la rarificación de esa consecuencia (el hacer grupo) aumenta exponencialmente.
En la década de 1980, Ana María Fernández refería que
en toda situación de grupo (grande, pequeño, de trabajo, de diversión, cultural o económico) hay una representación imaginaria subyacente, común a la mayoría de los miembros del grupo, o mejor dicho es en la medida en que existe esta representación imaginaria en la que hay unidad… No hay grupo sin lo imaginario.[2]
En un contacto no hay unidad en una representación imaginaria (a lo sumo, hay una dispersión de fotos grupales dispersadas en las redes sociales, pero no un imaginario unitario en la psique de les contactos). Las fotos grupales se multiplican como imágenes imaginales, no como imágenes representacionales.[3] Aquellas conectan o contactan, formando un grupo fluido; estas ligaban, formando un grupo sólido. El grupo fluido tiene tantas chances de sostenerse como de desaparecer, y también tiene muchas chances de permanecer sin producir efectos alteradores, sin producir consecuencias ni individuales ni grupales. Son incontables los grupos de whatsapp que permanecen abiertos sin que tengan actividad o teniendo una actividad irrelevante (insignificante) para sus miembros. Además, como señala Víctor Pérez Velasco, “se puede entrar con la misma facilidad que se sale”,[4] justamente porque no se producen ligaduras representacionales en sus participantes. Los intercambios allí son fragmentos dispersos, donde no “oye” todo el grupo (ni una porción significativa del mismo) ni los temas son continuados por lxs mismxs que tuvieron a bien comenzarlos o responderlos (en este sentido, cada emisor o emisora es también una dispersión de fragmentos). A esa dispersión dentro de un mismo tema o de un mismo emisor, se suman las interferencias al hilo de la conversación con otro tema. En el grupo de la asamblea de mi barrio, por ejemplo, estábamos hablando del triple lesbicidio de Barracas y de repente apareció una foto de un gatito recién nacido y un “ofrezco en adopción”. A partir de allí, el hilo de la conversación tuvo tramos dedicados al lesbicidio, tramos dedicados a enojarse con quien interfirió, tramos dedicados a decir qué lindo el felino y tramos dedicados a recordar las reglas de participación y moderación acordadas para el grupo de Whatsapp de la asamblea… Los intentos de acotar y dar cohesión a la conversación se sumaban a la dispersión temática. Aun así, las conexiones se producían, pues el gatito encontró adoptante y el lesbicidio encontró quien haga un flyer para postear en el perfil de Instagram de la asamblea, así como también quienes reenviaran el flyer a otros grupos, quizás interfiriendo sus conversaciones. No hay grupo sin lo imaginario, pero tampoco lo hay con lo imaginal (imaginal no es solo la foto del gatito o del grupo en cuestión, sino también los fragmentos verbales de temas intercalados que no llegan a componer una conversación, una cadena de consecuencias producidas a partir de escuchar/leer a les otres). Al mismo tiempo vemos que, si el grupo sólido era un lugar perimetrado de tramitación de las diferencias, el grupo fluido es un espacio difuso donde no se llegan a tramitar las interferencias, generando inconsecuencia.
Agregaba Ana María Fernández: «Si debiera hablarse de un ‘algo común’ que los grupos producen éste son las formaciones grupales: cada grupo configura sus propios diagramas identificatorios, pero también sus mitos, ilusiones y utopías diversos.»[5]
El grupo de tiempos sólidos producía «algo común»; el grupo del contacteo, no. El aislamiento individual no llega a verse afectado por una “formación grupal”. Lo que resulta cómodo de los grupos a distancia es, precisamente, que no requieren a cada quien integrarse a un grupo, es decir, perder un poco la forma individualizada de la vida para entrar en una forma-grupo.[6]
[1] Posdata de PH a https://www.pablohupert.com.ar/index.php/contactos-sin-vinculo-un-bosquejo-de-la-vincularidad-fluida/ para el libro Esto no es un vínculo.
[2] Anzieu, El grupo y el inconsciente, Biblioteca Nueva, Madrid, 1978, citado por AMF en El campo grupal. Notas para una genealogía, Nueva Visión, 2006 [1986], p. 118, negrita mía, cursivas en el original.
[3] Para la diferencia entre lo imaginal (fluido) y lo representacional (sólido), ver Esto no es una representación, cit.
[4] “Aspectos psicológicos de los grupos de WhatsApp”, en www.escudodigital.com, 14/2/24.
[5] El campo grupal…, cit., p. 143.
[6] En “Vínculo, contacto, trama, transindividual y común”, en este volumen, encontramos un camino relacional que va más allá de esta individualización sin detener la singularización y a la vez produce algo común.
