Una trama con consecuencias. La amistad.

Creemos que sabemos qué es un amigo. ¿Cómo pensar la amistad en la segunda fluidez?

Comencemos por lo básico. La amistad es una práctica relacional. En tanto práctica, puede practicarse sin tensión con la época, siguiendo sus automatismos, o desviándose de la misma, como pensamiento, como trama consecuente.

Ariel Pennisi ha escrito y hablado sobre la amistad con un abordaje filosófico-antropológico complejo, rico, y hasta poético. Como Ariel es un amigo de quien esto escribe, y como la amistad es diálogo entre alteridades, sus palabras sobre la amistad entran en diálogo con mis palabras sobre la segunda fluidez. Estas notas quieren escribir ese diálogo para pensar la vincularidad contemporánea, sus automatismos y sus más-allás.

La amistad según Ariel Pennisi[1]

Pennisi comienza preguntando por las condiciones antropológicas de la amistad. La constitución humana, dice siguiendo a Virno, es héteros-autos, que significa “otro sí mismo” u “otro de sí mismo”. Al mismo tiempo, siguiendo a Aristóteles, dice que el ser humano no existe sin más, sino que, a veces, siente que existe (“cuando caminamos sentimos que caminamos, cuando sentimos o pensamos sentimos que sentimos o pensamos; de la misma manera, cuando existimos, sentimos que existimos”). Así, la amistad aparece como la experiencia de otra existencia en nuestra existencia. Así, no alcanza una “unidad psicofísica”, una persona, para sentir existencia. La corroboración de existencia pasa por otrx y es, entonces, desplazada permanentemente. La interioridad de la persona es insuficiente para corroborar existencia y se convierte entonces en un pliegue en un haz de relaciones y procesos de subjetivación transversales a las personas.

Siguiendo a Simondon, dice Ariel que los procesos de individuación son colectivos. Siguiendo a Virno, explica que los procesos de individuación son siempre incompletos, en tanto somos menos que nosotrxs mismxs, pues somos un “no llegar a ser aún”, a la vez que somos más que nosotrxs mismxs, en la medida en que hay, en cada quién, una dimensión común de la especie (la capacidad de lenguaje, el general intellect). Entre lo preindividual y lo suprapersonal, se juega, para Virno, dice Ariel, la posibilidad de pensar la amistad (en tanto proceso, entiendo, de búsqueda de sentimiento de existencia a través de la experiencia de otra existencia, la del amigx, en unx). Esa distancia entre yo y yo (que es también distancia entre yo y otrxs) es el tema, o el problema o la especificidad o la materia a trabajar, de la amistad. Esa distancia entre yo y yo y esa experiencia de la propia existencia a través de otra existencia abren, dice e invita Ariel, la posibilidad de una intimidad. También dice: “Cuando nos encontramos con nuestras amistades -y esto quizás es experiencia singular pero que comparto- lo que experimentamos es esa especie de detención, de demora en la inadecuación respecto de nosotros mismos y respecto del mundo, pero también respecto de los otros y de un régimen social.” O sea que la materia de trabajo de la amistad es la inadecuación de cada quién (entre yo y yo, entre yo y otrxs, entre yo y el régimen social, entre yo y el mundo[2]). En la amistad pueden estar presentes cuestiones que están presentes en otros vínculos como la duración, la distancia justa, el proyecto, pero “el centro”, dice Ariel, de la amistad es “el asombro de existir.”

Luego Ariel describe rápidamente algunas de sus amistades:

Una lentitud que tiene la fuerza de volver más lento todo a su alrededor, un estrabismo que vuelve diagonal toda mirada, una ingenuidad casi deliberada capaz de perforar toda evidencia, una ligereza que hace bailar cualquier estado de ánimo, una explosividad que impide tomarse a la ligera lo importante, un desparpajo que invita a apropiarse de la extrañeza que nos recorre, un humorismo que nos hace cargo de la gracia y el desastre de existir [y otras]

Y redondea: “todas estas caracterizaciones redundan en […] personajes excedentarios; en todas mis amistades encuentro ese desborde y esa capacidad de dejarse desbordar.” Son personajes excedentarios, pero no por ser personas fuera de lo común sino por ser otros-sí-mismos. La otredad en uno -en uno cualquiera- lo excede a uno y lo hace inadecuado para el mundo.

Finalmente afirma:

Miren si no será política la figura de la amistad en una época en la que esa valorización que la amistad supone de la inadecuación respecto de nosotros mismos y respecto del mundo se convierte en un reservorio fundamental para cualquier imaginación política que quiera pensar una comunidad diversa, plural, que soporta la diferencia, volver a preguntarnos qué nos pone en común: lo que podríamos llamar un comunismo de la amistad (un comunismo que no tiene nada que ver con el socialismo real del siglo XX, con el comunismo de Estado), un comunismo donde lo común es paradojal porque vive en esta red de singularidades que estamos llamando amistad.

Es posible una comunidad al modo de la amistad, donde lo que nos una no sea el miedo, el deber ni el espanto [aunque ellos puedan estar presentes] sino la apuesta por la amistad. Que haya amistad.

Bien, ¿a qué viene este denso resumen en un libro sobre la vincularidad contemporánea? No es solamente que la amistad es un tipo de vínculo (no abarcamos todos los tipos en este libro, no es parte de su estrategia). Es más bien que la amistad expresada por Ariel Pennisi nos permite aclararnos, por un lado, la dinámica del contacteo y, por otro, la de la trama consecuente.

Diálogo

¿Cómo relacionar la apuesta por la amistad a la que nos invita Ariel Pennisi y la apuesta por la trama consecuente a la que invita este libro (en tanto apuesta por un más allá del contacteo)?

La amistad como un más allá del contacteo.

Una primera diferencia es que, en Virno, el sí mismo es héteros-autos, otro de sí. En el contacteo, en cambio, el sí mismo es transparente para sí mismo (o esa es la imagen que emite y que el dispositivo imaginal hace circular). El emisor de las redes sabe qué le conviene, sabe qué siente, sabe qué piensa y sabe los motivos de lo que hace y dice. Por ejemplo, @luisgomez.audio comenta en una publicación de TN:[3] “Ese es tu problema ramón, no nuestro”, a lo que @javier_weyde responde: “@luisgomez.audio Es el de todos. Me imagino que con ese comentario sos ateo no?” Otro ejemplo: “Hay que renacer”: el mensaje de Alfredo Casero para la posteridad.[4] Otro ejemplo: @fercornaglia dice “nunca llama genocidio al genocidio este muchacho y es lo que le cuestiono…sabe mucho pero es judío y no se la juega” y @evasolymar le responde “@fercornaglia porque es sionista”.[5] El funcionamiento de las redes en clave opinadora nos conecta haciéndonos declarar nuestras opiniones como evidencias transparentes o como agresiones livianas o de otros modos “concretos, sin vueltas” y nos quita la opacidad que cada yo tiene para sí mismx, su exceso, su incoincidencia consigo mismo.

Otra diferencia importante hace al tipo de reflexividad. En Pennisi, la amistad se practica como reflexividad de la existencia (no existo simplemente, sino que siento que existo; tampoco lo siento directamente, sino en relación con otrx). En el contacteo, también hay una reflexividad, pero es de la estrategia. En el contacteo nos une la ganancia que -calculamos- podemos obtener del contacto (esa ganancia puede ser en influencia en las redes, en oportunidades de trabajo, en entradas gratis para un recital, números para un sorteo, etc.).

También es importante distinguir cómo la amistad y el contacteo tratan la diferencia. Pennisi propone la amistad como trabajo de la alteridad en un tiempo en que los algoritmos nos conectan por compatibilidad. Lo amistoso, dice, no es evidente, es problemático, mientras que los contactos, decimos, se dan siguiendo automatismos, buscando clonaciones (que son compatibilidades del cien por ciento). Lo compatible -o lo compatibilizado, o les compatibilizades- no tolera o es indiferente a la alteridad, mientras que la amistad es una manera de procesarla. Tenemos entonces dos maneras históricas de evitar que la alteridad tenga consecuencias, o sea, efectos alteradores. La manera sólida, del siglo XX, que reducía lo otro a lo mismo, a lo Uno, y la manera fluida, de este siglo, que no reduce a un uno de base sino que traduce informaciones compatibilizadas (es decir, traduce entre elementos que no tienen un suelo común como era el Estado-nación). Y tenemos una manera subjetivante de tratar la alteridad, de hacerla producir consecuencias, y se llama amistad.

Por otra parte, me parece que hay dos prácticas posibles de la amistad (pueden ser más, pero lo importante es que no hay solo una, que es posible desviarse de la dominante). La adaptativa, dominante, automática, solidaria con el contacteo, por un lado, y por otro, la existencial, que siempre está, aunque no se haya leído a Pennisi. Si el problema o materia que trabaja la amistad es la inadecuación, hay entonces dos formas de responder a ella. La prevaleciente, la refleja, la que no necesita que nadie la piense, vivencia la inadecuación como falta a reparar. La que expresa Ariel la vive como ocasión para la dicha.[6] La primera se vive como ayuda para adecuarse (por ejemplo, una amiga diciéndole a la amiga “vos sos linda y piola, todo se va a arreglar con tu pareja” o dándole recetas para encarrilar esa relación, o el amigo ayudando a su amigo a hacer su CV y levantándole la autoestima para que consiga trabajo, etc.). La segunda se vive como cooperación para sentirse existir. La primera adapta a cada une al mundo, y así lo hace existir manteniéndolo solo en su existencia; la segunda crea un común de existencia. La dominante es confirmatoria, identificatoria, y deja a cada unx solx ante su falta (“no soy lindx”, “no voy a llegar a fin de mes”, “al profesor le desagrado,” etc.) ayudado quizás por palabras de aliento que le indican el camino de la adaptación, mientras que la pensante es alteradora y singularizante al mismo tiempo que comparte la fortuna de la inadecuación. Ambas tratan el problema de la (in)existencia, pero la refleja reproduce la existencia aislada -corroborada dispersamente por vía del contacteo- mientras que la pensante produce una existencia colectiva. En la refleja, cada quién sigue en su mundo; en la común, los amigos comparten mundo.

La amistad como trama consecuente.

¿Podemos pensar que la amistad según Pennisi, esa que permite ir más allá del contacteo, es un tipo de trama consecuente? Sí, si pensamos qué hace, si la pensamos como práctica. Comparte inadecuación, hace existir, crea común, recoge los efectos alegres e invita a cultivarlos, es decir, recoge las consecuencias (mientras que el contacteo las hace caer en la dispersión). Si con el amigo nos sentimos existir y nos volvemos a juntar, hay producción de consecuencias; si, de todos mis contactos, que son más de los que puedo atender, respondo al que se aparece en whatsapp o en el escroleo en redes y no a aquel con el que tuve un intercambio tan significativo el otro día, las consecuencias se rarifican. “En condiciones de exceso de estímulos, tanto la repetición como la innovación tienden a la inconsecuencia,” escribía Franco Ingrassia en 2011, y agregaba: “la posibilidad de volver a explorar la potencia enigmática de los acontecimientos pasa por lograr inventar, a través de la autoorganización, las formas colectivas, igualitarias, de producción de consecuencias.” De ese escrito y de nuestras conversaciones, surgió la noción de trama consecuente: un relacionarse que recoge o produce las consecuencias del relacionarse, unas consecuencias que a su vez relacionan, traman. La amistad expresada por Pennisi es una forma de autoorganización que produce consecuencias. Por lo demás, la trama consecuente es, como la amistad pennisiana, un proceso colectivo de individuación, un proceso transindividual.[7] También es, como ella, la creación de una “atmósfera”, de una “intimidad”, de un espacio-tiempo común que no se limita a coordenadas espacio-temporales (“en tal lugar a tal hora”) sino que es lazo, es entre, es mundo común. Este espacio es exceso sobre los unos que se encuentran.

Por otra parte, Pennisi dice que el tema de la amistad es la inadecuación. Todxs somos inadecuadxs. El sistema de dominación contemporáneo nos resulta avasallante y sin salida, capaz de configurar las vidas en sus más mínimos detalles. Pero, nos dice Ariel, toda vida tiene algún punto de inadecuación al régimen social. “Hay algo que nos encuentra, y es el hecho de que no tenemos idea de por qué estamos acá.” Y, agrego, toda persona sufre esa inadecuación. El automatismo epocal invita a suturar la inadecuación saturándola de conexiones (una sutura que por lo tanto es precaria) o “reparándola” con adaptaciones (que tampoco solidifican). La amistad entendida como trama consecuente se desvía e invita a demorarse en la inadecuación, no para resolverla, sino para sentir existencia y compartir una atmósfera común. Leyendo a León Rozitchner, Ariel dice que “la amistad convoca las fuerzas de la rareza y de lo común a un tiempo.” “A un tiempo” significa allí “a la vez” pero también significa que la rareza y lo común son convocados a un cierto tiempo, el de la amistad, de la demora, del dulce estar compartido. “Sentimos [dice Ariel] la amabilidad de algo que también podría ser tortuoso,” la inadecuación. Cuando Ariel recorre cada una de sus amistades, vemos que cada amistad es una singularidad, y cada singularidad es un exceso sobre los automatismos a que el orden del mundo nos compele. Pero el exceso no es el amigx, sino el común y la atmósfera que la relación amistosa produce, no es la persona sino el proceso colectivo de individuación que la amistad es, el proceso transindividual. No somos amigxs porque nos parecemos o coincidimos sino porque nos hacemos mutuamente (pero nos hacemos de manera in-coincidente, o inadecuada). No somos amigxs porque somos compatibles (si lo somos, lo somos solo en parte) sino porque compartimos dos o más inadecuaciones, distintas en cada unx.

Ese compartir crea intimidad. La amistad, dice Ariel, es la posibilidad de una intimidad. Podemos ver la trama consecuente también como una intimidad pública, colectiva. En lo íntimo, mi interioridad está en el otro y su otredad está en mí, dice Jullien. Ahora bien, es interesante cómo define el compartir lo íntimo Jullien: “Compartir es dividir partes, donde cada cual tendrá la suya solo para sí, como se reparte una torta. Pero compartir también es tomar parte en algo, ya no estar más solo y participar. Comparto un pastel o bien comparto sentimientos o ideas. De tal modo que ser íntimo es compartir un mismo espacio interior –espacio de intencionalidad, de pensamiento, de sueño, de sentimiento– sin que ya nos preguntemos a quiénes pertenecen estos últimos.”[9] Cuando estamos en un mundo común, estamos en una atmósfera común y ya no sabemos -ni nos importa- qué pertenece a quién.

Una última consideración. La trama consecuente es un devenir otro con otrxs. ¿Es la amistad pensada por Ariel un devenir otro con otrxs? No, si leemos literalmente a nuestro amigo (pues en su antropología somos otros desde el vamos, sin necesidad de devenir). Sí, si pensamos situacionalmente: en nuestra circunstancia, en el mainstream, por defecto, somos alguienes que buscan adaptarse para existir. A menos que ocurra un desvío, una tensión con la época, practicamos la amistad como clonación, como confirmación de sí. En situación, la amistad de la otredad, la amistad no adaptativa, la amistad como proceso colectivo de individuación, viene a desbordarnos, es decir, a alterarnos.

Nos preguntábamos cómo relacionar la apuesta por la amistad a la que nos invita Ariel y la apuesta por la trama consecuente. Una y otra apuestas son convergentes en tanto siguen una ética de producción de consecuencias. El contacteo se diluye en la dispersión. Mi mensaje de whatsapp es reenviado pero no es contestado, o es contestado pero yo no llego a responder a la respuesta, o llego a responderla pero la conversación no se profundiza ni sigue… Saludo a alguien que veo en el gimnasio cada vez que voy pero no pasamos de charlar un poco luego de la ducha. “Más que huelga de acontecimientos, rarificación de las consecuencias, erosión de las fidelidades. Nuevos ‘acontecimientos’ erosionan el vínculo consecuente con el acontecimiento precedente”.[10] En la dispersión que el contacteo es la cantidad de conexiones desborda la posibilidad corporal de vinculación, así como la cantidad de acontecimientos impiden su concatenación productiva, así como la velocidad atenta contra la demora que una atmósfera común requiere. En estas condiciones, que las cosas que pasan y las palabras que intercambiamos tengan efectos requiere un gasto subjetivo, una tensión que nos desvíe de lo que las condiciones propician. Pues, en esas condiciones -que son las nuestras-, no hay consecuencias del relacionamiento si no se las produce. Esa tensión es entonces una apuesta, una ética.

¿Por qué una ética y no una moral? Porque es una exigencia vacía. No dice cuáles consecuencias producir. La moral del relacionamiento sólido sí indicaba, a diferencia del relacionamiento fluido, qué consecuencias producir. Por ejemplo, a “Hola” debía seguir un “Hola, ¿cómo está usted?” y a un noviazgo debía seguir un casamiento. El acto o gesto siguiente venía inscripto en el acto o gesto anterior. En la fluidez, en cambio, el acto siguiente se pierde en la dispersión, y quizás solamente los algoritmos puedan preverlo, no lxs humanxs. Y quizás tampoco los algoritmos: a un match en Tinder no sigue necesariamente una cita. Así, la amistad es una de las consecuencias posibles que producir, que tramar, no la consecuencia debida -y mucho menos el gesto disperso. Este texto, por ejemplo, es una consecuencia de mi amistad con Ariel que no era lógica ni moralmente necesaria ni algorítmicamente previsible o conducible. Si nos detenemos aquí en la amistad es porque nos muestra la posibilidad de ir más allá de la época y alterar cómo nos condicionan sus condiciones.


[1] “La amistad: antropología existencial.” https://www.youtube.com/watch?v=xA_K443Z4vE (exposición brindada en julio de 2020).

[2] Venimos diciendo que lo propio del contacteo es que no hay mundo común entre les contactados. Sin embargo, eso no significa que no exista ningún “mundo”. Cada une se encuentra, al nacer, al crecer, al subjetivarse, con una cultura que tiene un mainstream y que es habitada por otres y que le muestra los caminos por los cuales obtener existencia, ser alguien. Esta cultura es “el mundo” al cual cada individuo individualizado debe adaptarse individualmente. Sin embargo, al ser una cultura fluida, al no haber una metainstitución donadora de sentido (un Estado-nación) no provee suelo común, mundo común, a quienes se relacionan.

[3] https://www.instagram.com/p/DH06FNHBiB9/, 30/3/25.

[4] https://www.instagram.com/reel/DH2UWQ3Krhh/, 31/3/25.

[5] En un posteo de Canal Abierto: https://www.instagram.com/p/DH326FNuOy-/, 31/3/25.

[6] El verbo “expresar” no es coloquial aquí, sino que refiere a un tipo de actividad semiótica que va más allá de lo imaginal, y produce un entre antes no percibido, le da entidad. Más en Esto no es una representación, Red Editorial, 2023 o en “El Siluetazo, su estela y los derechos humanos como sismos de expresión”, en www.pablohupert.com.ar.

[7] Ver el concepto de transindividual en “Vínculo, contacto, transindividual y común”.

[8] Ver la idea de terceridad inmanente en el capítulo sobre las Madres de la Esperanza y “La terceridad inmanente” en www.pablohupert.com.ar.

[9] Lo íntimo. Lejos del Ruidoso Amor, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2000, p. 24. Algunos ejemplos de intimidad colectiva en www.pablohupert.com.ar, “Un nosotros sin identidad. Seis movimientos colectivos”

[10] Franco Ingrassia, “Inconsecuencia”. Texto inédito, 2011.

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