Un común concreto: Las Muchas.

«El olor a trementina nos coloca, la ventana que deja entrar la luz, las copas de los árboles… Empezamos a juntarnos más deliberadamente en una época en que organizábamos los “anti-sábados”. Cada una con su atril a pintar. No había rondas. Cada una frente a su tela forma como su propio bunker. Salir y con­versar para volver a entrar y nunca perder consciencia de las luchas de cada una, aun si no se conversa, aun si, espalda con espalda, se pierde la noción de que hay alguien más ahí.»[1]

Llama la atención el procedimiento de estas pintoras: no se limitan a enfrentar el lienzo, como cualquier pintorx; a eso le agregan tener una espalda tras la propia espalda. No es darle la espalda sino estar -pintar- “espalda con espalda”. Para la incertidumbre del pintar, tienen espalda. No pintan lo mismo; pintan juntas. Es una “estancia en común”, pintando. Una parte del procedimiento es estar frente a la tela como en un bunker y otra parte es salir del bunker para conversar de la lucha que pintar es -en medio de la lucha. Una conversación colectiva que sostiene la actividad singular que sostiene a su vez la conversación colectiva. Este proceder crea una intimidad pública y (es decir: o) un común que sostiene.

Este común concreto nace, como un grupo, con rasgos compartidos, y, como lo grupal o como la trama consecuente o como el nosotros lewkowicziano, produce algo común que no estaba antes de su actividad colectiva.

Primero, los rasgos compartidos. Estas pintoras tenían como profe de pintura a Lula Mari y les interesaba “la pintura figurativa al óleo.”[2] Sin embargo, este rasgo compartido, más que rasgo identitario, era una inadecuación como la que plantea Ariel Pennisi: una in-coincidencia de cada une consigo mismo y con el mundo.[3] “Nuestra forma de pintar está ya atravesada por una cantidad de rechazos, lo que no hace tan fácil asumir un deseo en relación a la pintura… Por eso a los encuentros llegamos cada una de su desierto, de su propio desencuentro con el ambiente artístico.”[4] El colectivo se convirtió en un espacio en que esa inadecuación, que se vivía como soledad, podía afirmarse, desarrollarse. “Es como encontrarse con alguien que tiene un vicio secreto que es igual al de una.”[5] Otro rasgo compartido es el de la lucha por el tiempo. “Nuestras economías son parecidas, algo precarias, entre las clases y la necesidad de ganar tiempo para pintar.”[6] Pero una lucha compartida no genera necesariamente identidad grupal o de clase, sino que puede ser un proceso transindividual que, además de singularizar a cada une, genera un exceso. Ese exceso es lo que resumimos como “lo grupal”, y tiene que ver con una producción común, una coproducción.

Lo primero que Las Muchas produce es un tiempo para pintar. Luchar contra la disposición corriente de los sábados organizando “anti-sábados” generaba tiempo, un tiempo en un espacio. No un tiempo-espacio objetivo, definido solamente por día, hora y lugar, sino producido por el sujeto colectivo que desea pintar y se pone a pintar.

«La relación que tenemos con la pintura es una suerte de adherencia a algo que está en la clave de lo inútil, del exceso, de lo intimísimo que se sustrae de cualquier demanda del mundo; al contrario, hay que inventar el vacío para que eso exista. Nunca tenemos conflicto por no saber qué pintar… como borrachas buscamos cualquier cosa cuando la pintura está encendida. Una vez despertado ese deseo no hay que forzar el acto de pintar, solo queremos más tiempo y más excusas para pintar.»[7]

En Las Muchas, también se produce colectivamente un oficio, que es una forma de practicar la pintura: cada una en lo suyo y todas juntas, espalda con espalda y conversando. “En una pintura figura­tiva [como la nuestra], muy trabajada, [se juega] una apuesta sensible no muy gritada, sino susurrada.”[8] Este oficio practica lo que Deleuze llamó lengua menor o tartamudeo o estilo.

«Un estilo… no es una estructura significante, ni una organización bien pensada, ni una inspiración espontánea, ni una orquestación, ni una musiquilla. Es un agenciamiento, un agenciamiento de enunciación. Tener estilo es llegar a tartamudear en su propia lengua. Y eso no es fácil, pues hace falta que ese tartamudeo sea realmente una necesidad. No se trata de tartamudear al hablar, sino de tartamudear en el propio lenguaje.»[9]

El susurro de Las Muchas es la vacilación del propio lenguaje, vacilación comprensible en un lenguaje que se está inventando y se está afirmando en ese proceso colectivo de individuación que es el procedimiento que inventaron. Como veíamos con Percia, un común es una enunciación colectiva.

Como se trata de pintura, no solo el lenguaje, sino también la mirada se coproduce: “Com­partimos una manera de pensar la pintura, fuimos armando unas pistas a partir de las cuáles podemos decirnos cosas sobre la pintura de la otra, forjarnos una mirada.”[10]

Pero también este común produce consecuencias. Una consecuencia es el nombre.

«Cuando empezamos a juntarnos no teníamos la idea de armar un grupo solo de mujeres, incluso al momento de jugar a ponernos un nombre no sonaban nombres necesariamente femeninos, pero habiendo chicos en el taller [de Lula Mari] no se nos ocurrió incluirlos. Hasta que surgió “Las Muchas”, porque efectiva­mente éramos mujeres, unas cuantas y lo sentimos potente; un colectivo de muchas, abierto. La condición femenina no estuvo primero, pero después se resignificó y lo que en un principio fue intuitivo tomó otro espesor.»[11]

Otra consecuencia coproducida es la alianza: “Hay una alianza en base a un entendimiento muy profundo, a una lucha compartida, a la necesidad de inventar un lugar en el mundo para esta pintura.”[12] Otra consecuencia es volverse a juntar: “nunca salimos de los encuentros de igual ánimo, siempre algo se transforma y esa confianza nos mueve a seguir encontrándonos.”[13] Son todas consecuencias del entramarse en un espacio-taller que generan más entramarse. Nombre, alianza, confianza, seguir encontrándose: todas producciones colectivas que producen mundo común que posibilita el encuentro entre pintoras co-operantes que produce mundo común que posibilita el encuentro… en un bucle lógico sin principio ni final.[14]

Otra producción de este común es una alegría que flota entre los cuerpos.

«Al momento de emprender camino a una reunión parece jugarse una energía extra en relación a las actividades cotidianas, una energía que cuesta, desde la coordinación hasta la concreción. Pero una vez que los encuentros tienen lugar, fluye un entu­siasmo y terminamos muy enfocadas. Como si supiéramos que ahí se alimenta el deseo de pintar.»[15]

«Se sostiene una intimidad grupal en diálogo con la masividad de las marchas. Para esas situaciones nos organizamos, pero no demasiado, hacemos lugar a lo que de manera improvisada va surgiendo y, al ritmo del proceso que se juega entre nosotras, vamos adquiriendo fuerza en la acción.»[16]

«Cuando nos encontramos percibimos la lucha de la otra y nos emocionamos. Las conversaciones que tenemos alrededor de esa soledad nos dan mucha fuerza y nos enfoca. Y cada pequeño “triunfo” de una de nosotras alivia al resto.»[17]

«Nos hace felices la preparación de una muestra.»[18]

«Cuando ganó Macri las elecciones, el clima que se empezó a vivir nos golpeó anímicamente y sentimos la necesidad de juntarnos para procesar la situación, necesitába­mos un espacio que fuera amoroso y lo encontramos entre noso­tras. El amor que se generó entre nosotras es la materia prima del colectivo.»[19]

Toda esta alegría es “intensidades que necesitan más de un cuerpo”, como decía Percia; necesitan un común. Toda esta alegría es potencia, y la potencia, así como lo común de un común adviene por fuera y entre lo existente, se desarrolla por fuera y entre los poderes. Como decía Deleuze: “Línea quebrada que pasa entre dos” entes. Si un común es una composición transindividual o singularidad colectiva que deviene por fuera y entre los individuos individualizados, la potencia es un poder hacer que el individuo instituido y las instituciones instituidas no pueden.

Estuvimos diciendo, en «Vínculo, contacto, trama, transindividual y común«, que lo común es un rastro sutil, palpable y evanescente a la vez. Ahora podemos decir en qué se desvanece y en qué se palpa. Se palpa en la alegría y en la juntura del nosotrxs; se desvanece cuando se desvanece la alegría y la apuesta del hacer-pensar-sentir-decir juntxs ya no se afirma. Pero, digámoslo de una vez, es eso palpable lo que hace concreto a un común -y no meramente imaginario- que adviene por fuera de lo existente. Por eso Percia, después de asentar que “lo grupal no son los grupos”, admite que, a veces, “los grupos son efectuaciones posibles de lo grupal.”[20] Esa concreción es muy poco frecuente, y palparla, percibirla, requiere del concepto de trama consecuente como lo que pone en marcha una composición transindividual o un común concreto -y también requiere del relato que ese concepto permite.

Pero volvamos al común concreto que nos ocupa aquí. Con toda esa actividad colectiva y (co)productiva se habita “un entre-lugar que es la pintura misma”[21], pero atención: habitarlo es coproducirlo (no es un lugar preexistente que estaba esperando a sus ocupantes). Ese “entre-lugar” es algo que adviene y deviene “por fuera de lo existente” y entre los entes, pues los excede, y, sin embargo, existe, se vive. Ese exceso es el “efecto Muchas”: “una existencia inimaginada antes de estar viviéndose”. Además tiene una tarea, una “actividad configurante”: la producción común de singularidades (tanto individuales como colectiva) en la pintura. Es decir, este común es una trama de consecuencias, un proceso transindividual: es lo grupal que hace diferir a cada una respecto de su versión individual y al mismo tiempo es un social que difiere del mainstream social. Este doble diferir es la potencia que tiene un común y que no tiene una red de contactos.


[1] AA.VV., Mujeres colectivas, Vicente López: Red Editorial, 2019, p. 24.

[2] Íd., p. 22.

[3] Ver “Una trama con consecuencias. La amistad”, en este volumen.

[4] Mujeres…, cit., p. 22.

[5] Íd., p. 25.

[6] Íd., p. 27.

[7] Íd., p. 26.

[8] Íd., p. 22.

[9] Gilles Deleuze y Claire Parnet, Diálogos, Valencia: Pre-textos, 1980 [1977], p. 8.

[10] Mujeres…, cit., p. 24.

[11] Íd., p. 19.

[12] Íd., pp. 22-23.

[13] Íd., p. 28.

[14] Eso no significa que el colectivo dure para siempre. Los colectivos, dice Percia, “se rompen tras decir lo que tienen que decir” (estancias…, cit., p. 91). De tal manera, creo que diría Pennisi, “viven y mueren instituyentes” (Nuevas instituciones…, cit., p. 57). Pero también hay colectivos que apuestan a continuar el colectivo para que diga lo que lo dicho (en el sentido de coproducido) hace decir, esto es, para seguir extrayendo consecuencias.

[15] Mujeres…, cit., p. 22.

[16] Íd., p. 20.

[17] Íd., p. 23.

[18] Ibíd.

[19] Íd., p. 27.

[20] “Lo grupal…”, cit.

[21] Íd., p. 24.

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